La casa en el bosque de Nemi

No sé si Nabokov andará a estas horas por el cielo (ese cielo de los rusos blancos, que es todo restitución de sus magníficas casas solariegas y olvido de las penurias del exilio) buscando insectos a la diestra de Ernst Jünger, pero no es difícil imaginarlos a los dos observando bajo el cuentahilos la agonía de una gruesa polilla que se ahoga en espíritu de formol. Tampoco se hace penoso suponer que si en algún momento la emboscadura fue oportuna es ahora: incluso si se trata de una emboscadura a la española, recia en su formulación, ruda en su práctica, sazonada de cabezonería y embebida en un quedarse fuera de la farsa política (o casi) que unos y otros representan con peor o mejor suerte. Al fin y al cabo para emboscarse sólo hace falta despedirse sin que nadie lo note, ni tu esposa, ni tu amigo, de un lugar y de unas compañías que nada tienen que ofrecer más que utillaje para la propia vida.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 9 de Noviembre de 2017

en Alicante.

Ernst-Jünger-la emboscadura

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Elogio de Alconada

Las monjas a las que más aprecio tengo son las de Alconada de Ampudia. Vale que las Carmelitas me infundieron modales y hasta un poco de Geografía e Historia mezclado con algún cachete que siempre tuve por merecido, pero la devoción literaria que padezco se entrevera mejor con las de Alconada, cistercienses de hechuras, dominicas de hábitos e inciertas de futuro, porque les aprietan las finanzas y el techo hay noche que se les cae.

A aquel páramo palentino llegue por Dueñas. Buscando el lienzo mustio de su castillo di con un bar de carretera que no pudiendo darme vistas me ofreció a buen precio un clarete Catajarros y un despiece rotundo de queso del Cerrato. Entre voces búlgaras de mujer (pero eso dará para otro artículo) me hice paso para inquirir por dónde subir al monasterio, razón que me dio un camarero húngaro de lenguaje y gesto más bien militar. Pasé el pueblo y subí la cuesta. Una tarabilla en un mojón de antaño me anunció que me adentraba en el secano, que ahora, por virtud de brocas enormes, es regadío. Nada como las carreteras comarcales de Franco, digan lo que digan: asfalto estrecho, firme abrasivo, rasantes y baches traicioneros, gravilla inesperada, curvas con coronas de muerto, vistas de alcores, restos derelictos de casetas de peones camineros, raíces de pino hinchando márgenes… Pasados diez grajos, dos milanos y un ratonero llegué a ese desvío que toda parte rural de España guarda en su seno agrícola para poner a prueba el saber o el buen juicio del viajero. Los griegos tenían esfinges; nosotros somos más parcos en la imaginería del desastre. Esa vez acerté, y al cabo de diez minutos unas aspas monstruosas y blancas me dijeron que monasterio no, pero parque eólico sí. O eso quise entender porque, para mi desazón, a la diestra de los molinos, donde menos lo hubiera esperado, estaba el convento de Nuestra Señora de Alconada.

Aquella vez prima, y antes de entrar al edificio, quedé un buen rato en silencio sentado en la hierba bajo el hechizo de la piedra seca, preso de la quietud del patio en sombra, del rumor imaginado de la fuente que no manaba y encantado por el canto austero de un mirlo palentino, cuya rima asonante daba volumen al jardín. El viaje había valido la pena. Y con suerte lo redondearía un portón claveteado abierto a la iglesia. Quien en medio del calor del páramo en verano, de la fueguina quietud de las trigalas, sediento, cansado y medio cegado por el brillo de los haces de gloria del sol entre las nubes dispersas y muelles no ha entrado en una iglesia castellana e ingresado sin aviso en su frescura y su grisor, no sabe qué hace Dios en España. Entré. Y ya venía, no obstante ese primer milagro, avisado de que el monasterio guardaba una talla románica, una virgen morena y coqueta de mucha devoción en la comarca. Libre de esa ansia que azota al turista por anotar lo visto en su agendilla virtual, más atento a los pequeños azares y a los cien detalles que cada paso ofrece a quien se abandona a su tranquilo mandato, y ciertamente aún desconcertado por el gris arcano revelado al abrir la puerta de la iglesia, prisa no había, y si la talla se me ofrecía bien, tanto como si no.

Imaginería mariana hay mucha en España. Nuestras Señoras las hay de las Fuentes, del Camino, del Llano, de las Vegas, de la Encina, de Allende, de Nublos, de clemencias, de cantigas, arroyos, rocas, castillos… Con el desprecio propio de quien de él hace marca de clase, timbre de gloria y recogida de votos, en cierta guía de tallas había leído lo que sigue, escrito como sigue: Actualmente en el Muiseo de Arte Sacro. Cierto gigantismo. Tiene una esfera como canica. Semejante muestra de ignorancia y de rigor laicista no podía más que esconder alguna maravilla, pensaba uno. Y recuerdo que más o menos al cabo de un cuarto de rondar retablos, sometido a la unción del sitio, me apercibí de una lamparilla tras el cristal de una puerta de hechura más moderna. Allí siguió una misa in memoriam a la que fui invitado por una familia doliente pero feliz de que su muerto anduviese ya camino de llamar a San Pedro (porque no es Bob Dylan quien toca a las puertas del cielo, no, sino Simón Pedro, portador de las llaves de oro y plata) a cuyo final iniciamos una breve y animada charla en el economato monastril, asistidos por el sacerdote (qepd) y por la priora del convento.

Reconozco que la conversación que entonces me ofreció Sor Mónica Vaquero no me pareció de este mundo. Fue larga y densa de Lectio Divina, sahumada de un cierto aroma a piedra inamovible, y pese a la firmeza de sus educados asertos en materia de fe la adornaba un lejano aire de mundo. A mayor abundancia había la Sor mirada redonda y sonrisa beata, iba tocada por el tocado y bendita por un rubor que daba a la tienda una yema de gracia. Despedía, es cierto, un apenas perceptible aroma a harinas perfumadas, pues venía de amasarlas, parejo y sin mezclarse con una loor de gracia austera, meseteña, císter, y en su estar allí de pie sentía uno como un peso viejo que la clavaba al suelo, de mujer que se ha ido donde no se van las otras mujeres; de, yo así lo vi, recio carácter moderado por la sabia mano de Dios. Camina por la bancada de la nave, se inclina cada vez que pasa por el crucero, atiende algo en el transepto, cumple las horas bernardas, vela por las hermanas de edad, y uno la imagina en sus rezos, con sayuela y esclavina de estameña sahumadas por el humo aceitoso de las velas castellanas, cuando no la ve nadie más que Él.

Sor Mónica, que lo exige la Regla, igual ora que labora, y así abre la cancela de la tienda a quien llame al timbre y tenga algo de paciencia para esperar. Ese mostrador, lo sé bien, es anticipo del cielo de los golosos, casa de acogida para esa rara avis que somos los sibaritas de lo recio. El iniciado en esa orden pronto distinguirá, entre agendas, rosarios y vírgenes de recuerdo, unas pastas de mantequilla cuajada en esa ubre de lactosa potencia castellana y vieja, colgada como un saco descosido del vientre de una vaca; un vinum missae de velado dulzor a misterio, hierbas leonesas amarillas de orujo, sacristanes de hojaldre, rosquillas al horno, adelaidas a prueba de rigoristas… cosas todas que prohíbe la doctrina hipocondríaca moderna de la eterna juventud. Decir que van de mi parte no les beneficiará descuento, ni ha lugar, que las monjas andan necesitadas de posibles para cuidar de tanta piedra. Y qué caramba; con llenar la boca y con ella el alma (que para los antiguos una era la puerta de la otra) tendremos sobrada ocupación y premio. E igual que pedir pastas pueden encuadernar libros de viejo, porque ellas los dejan como nuevos cuidando de que no pierdan ancianitud. Dónde, les dejo la cuestión, dónde mejor que en císter monasterio para restaurar ese libro de cuadernas ajadas, bien poblado de mohos, que vemos pudrirse y decaer en la alta estantería a la que lo hemos condenado.

Mas no vayan al monasterio a la ligera. Es ruego que les hago. Preferible sería llamar por teléfono, que con paciencia alguien responderá cuanto acierte a pasar por el despacho entre liturgias y harinas, y aprovechen que hay empresas de transporte de mercancías que por nada y menos les harán el servicio. A qué molestar los rezos con nuestras cuitas y rumios seculares, que en poco se quedan a la vista de esa eternidad de tumba que nos aguarda; a qué presentarse ante piedras tan viejas con aspecto de turista vocacional; a qué obligar la mirada del Cristo a bajar de su muerte diaria en el enorme retablo de oro jaspeado para vernos devolverle una mirada descreída y curiosa. Sé que Sor Mónica fruncirá el ceño cual monja bizantina a punto de saltarle al cuello al basileus cuando lea esta advertencia de alejamiento general, porque ella, cree uno, se alegra de ver allí un cierto revuelo, de que pese a la disposición lejana y rural del sitio acudan fieles y profanos para dar vida secular al sitio. Más uno, que es tozudo y un tanto novelesco, admite que la soledad pinta demasiado bien a esa iglesia y a esos lienzos como para llenarlos de algarabías impropias. Para eso están las romerías y las ferias que celebran a la Virgen de Alconada, y hasta las misas diarias. Fíjense que yo no he vuelto por no causar mayor disturbio, y les dejo a Vds. decidir si ello es cierto o es la única mentira que he contado en esta página.

Al cabo volví a la iglesia. Algo sabía de las idas y venidas de la talla entre la iglesia de Ampudia y el monasterio, de las Actas Capitulares que le dieron fuste jurídico, de que hay cantiga alfonsina que recoge su devoción, de las mudanzas del cenobio, ora repleto ora vacío. Lo que no sabía era que en el camarín del retablo mayor no está la talla románica de la Virgen lugareña sino una muñeca que la imita en todo menos en lo de ser una Virgen románica. El laicismo tiene eso, que de la religión lo desea todo menos la almendra, pues de por sí no produce nada bello que atraiga a las gentes a esta agreste comarca de la diócesis palentina. Y así, como avisaba aquella guía despoblada de encanto, la Virgen anda secuestrada en un Muiseo de Arte Sacro, como burdo reclamo para turistas sin paladar para otra cosa que para lo meramente visual.

Fue un año más tarde cuando pude ver la talla. Y a mayores en su día, presagiado por los aromas a ajos y embutidos del mercado que para la ocasión se asienta en el patio, de los puestos de mimbres y garrapiñados, de caramelos, juguetes, bastones, ruecas, blusas, flores, quesos, licores, pastas, zapatillas y, cosa inimaginable, hasta una edición desencuadernada y amarilla de El corazón de las tinieblas. Con la bancada de la iglesia bien surtida de fieles, adornada con arco de plata y flores vistosas había a la diestra del altar una pequeña virgen sedente, manzana en mano, Niño con flor en la siniestra con su diestra en bendición. Nada que ver con la desustanciada descripción de la guía laica. Quiere el rigor mitológico que fueran unos pastores a quienes se les apareciese la Dulce Señora en noche fría del páramo estrellado, y que presas de gran asombro y arrebatados en devoción fundasen cofradía del santo sitio, a la que, avisados ya entonces de que el siglo es traidor, dotaron de estatuto jurídico propio. Nada que ver con las modernas sociedades, que sin pudor ni recato parasitan del orbe religioso su imaginería y su liturgia para dejar de ella un fantasma colorista, ajeno, etnográfico.

Un tanto saturado por unciones, cuadros oscuros y tremebundos retablos, salí al patio a despejar la vista y airear el alma. Sabía por otro infausto libro que junto a la entrada de la iglesia de Alconada hay fuente antigua. Crecen junto al caño seco, en el prado anejo, algunas mostazas, resedas, torviscos y ulceradas, y más abajo, junto al muro de la granja, sale impropia la manzanilla loca. Pena fue no poder refrescarse los calores meseteños con su agua, porque ese día no salía y había olvidado traer reservas. Más era poco sacrificio. El día era limpio y soleado, los milanos circleaban el aire raro del páramo mirando de esquivar como podían los aerogeneradores que, corona de espinas metálicas, bordean el monasterio por el Sureste. Estos rosarios sin fe giran todo el día en la nada; llevan un impensativo existir que consiste en no ser pero girar, como esos molinetes butanos que ruedan los lamas y los budas reencarnados en panzudas o infantiles reencarnaciones. Inesperado cerco oriental que asedia al cuore de Europa allá donde lo encuentra, corporeizado en severos y altivos molinos aquijotescos, ciegos, mudos, sordos a todo lo que no sea rodar en la pura vaciedad que ellos mismos paren con su mero estar: diabolus in machina. Y por Sor Mónica supe que, al final del día, una lechuza nocturna y silente acecha ratones y polillas en las noches del jardín de Alconada; que las monjas, con no padecer de esas muertes comunes, sí padecen de ese poner perdidos fachadas y remates tan caro a la hueste alada de la noche. Aunque mayor padecimiento es el de no tener más vocaciones. Postulantes, dice la Sor, haberlas haylas, pero de feble fe, de magra hechura, de infirme entereza y quebradiza servidumbre al rezo porfiado y al trabajo sentido que exige profesar la Estricta Observancia del Císter bajo la paternidad del monasterio de San Isidro de Dueñas. Bien que las monjas ya no salen a pedir limosna y grano como un día hicieran, que ya no tiran del buey uncido arrastrando piedra de páramo y sillares a medio hacer, pero la vida císter es reglada y austera; sin martirios ni apreturas ermitañas pero dedicada al rezo incesante; porque, mal que le pese al brusco y palatino Francisco Papa, no es el variado reparto del vil metal lo que causa todo mal en la Tierra, ni propósito último de la Iglesia es el de equilibrar a la baja balanzas fiscales, sino algo más sutil que al montonero argentino se le escapa por entre sus dedos anillados y que cuatro monjas calladas y alegres cumplen con mayor rendimiento aquí, encerradas entre muros de piedra vieja, mejor que discutiendo con banqueros suizos afincados en islas tropicales o en la Habana, ciudad rabisalsera y doctrinal.

Pero quiera o no el furor vaticano la rueda gira; la cósmica, la del tiempo no administrativo ni lineal, no la del tiempo aerogenerado extramuros de Alconada, que no es tiempo ni es nada, y los días pasan y al cabo vuelven misteriosamente idénticos pero algo envejecidos1. Así como ese tiempo civil vaciado de sustancia discurre flojo cuesta abajo hacia su propia muerte, el tiempo bernardo vuelve al cabo del año y otra vez es Santa Brígida o de nuevo es San José. Así como el horario consuetudinal se extingue en veinticuatro horas con sus cuartos, en Castilla el día se lo llevan unos monjes y lo trae un cenobio de monjas. Porque llegada la hora víspera, bajo un coro apenas iluminado por el decaer del sol, en la fresca y lejana nave crucera del monasterio de La Trapa, dueño del cenobio alconado, treinta monjes dominicos rezan la oración de la Salve; y han de saber que sin ese murmullo musitado cada noche el sol no volverá a salir jamás, ni unos cuervos matinales volarán diciendo sus quebrados latines por los sotos del Canal, pagano anuncio del día, parándose aquí y allá en los altos chopos para que su impedimenta de urracas pique manzanas y majuelos. Y entonces, con el sol ya alto y el páramo aun frío, las monjas de Alconada darán la misa que cierre el rito, apenas las horas justas para que el mundo sea mundo, hasta que vuelva a caer la noche.

La misa de la mañana la oficia el Padre Daniel, cura seco de recia palabra elegante y contrita sobre cuyos anchos hombros enlutados deja Dios ocho parroquias castellanas. Es la garantía de que todo se repetirá. Así es como el mundo comienza una vez más y el hombre, sin saberlo, recibe su existir común: de la austera liturgia de unos monjes a la hora del crepúsculo, del dulzor a cenobio de un monasterio castellano. Por eso avisados están: avisados de desoír a quienes ahora vienen a ser Origen de Todo con funesta algarabía de novedad tardía y mustia, airando pretensiones de vasta renovación universal, dictando cursis, forzadas ordenanzas para reglar las horas y los días con innúmeros pesares civiles, gesticulando farisaicos gestos de cutres pseudoanthropos.

Castilla es Castilla, y mientras queden ascuas (mudas, frías, niebla cuajada en cuarterones sobre las trigalas y los sauces, rollos de justicia en las plazas de los pueblos, eras vaciadas de mies, almiares olvidados en vallejos despoblados, fuentes agostadas por la sed de sus piedras, historia de palacios, vizcondes, almirantes, desamortizaciones podridas, obispos rotundos, galeotes forzados, mestas de aridez y excremento, sotillos, palomares, bajadas de lobos en invierno, querellas de linde a sangre, retablos de encina y oro, cristos visigodos retuertos de dolor en piedra…) esas hordas encontrarán resistencia. En Alconada no lo vi, aunque también está, a ese Cristo de Unamuno avaro en lluvia / y que los panes quema. Allí en cambio vive una monja alegre con tres hermanas viejas, diría que igualmente joviales, de cuya estancia depende lo que escapa desde siempre a todo orden secular. Sor Mónica es la que lleva el Tercio. Ella sabrá perdonar lo ajeno y pagano de mi estetizante cristianismo, y que la nombre tanto cuando ella quisiera, seguro estoy, que más nombrara a Dios y que más rezase que escribiera de rezar. Pero es que ya lo dije arriba: las monjas a quienes más aprecio tengo son las de Alconada.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 12 de Septiembre de 2017.

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1: “Señor, tráenos hacía ti para que volvamos, renueva los tiempos pasados” Lm 5, 21.

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Fuente de la imagen:

Wikipedia Commons/Monasterio_de_Nuestra_Señora_de_Alconada

 

 

 

 

Un culto pagano

 

Una buena tarde del otoño helesponto de nadie recuerda cuándo, Apolo, que dormía una portentosa siesta bajo una higuera consagrada a Dioniso, abrió su olímpica boca para dar un divino ronquido (más musical, menos rudo) cuando una mosca que rondaba los higos paganos se desprendió de la gota supina de miel para posarse en la hermosa comisura. Airado por el cosquilleo despertador, el más bello de los dioses (descontando a Hades, pero su belleza era negrura) se irguió de un salto, palpó los labios carnosos y con un velocísimo aspaviento atrapó a la mosca atrevida para, después de sonreirse, apretar el puño hasta producir un leve crujido.

Por esas vaguadas áticas y pobladas de ruinas (nadie ha dicho que los antiguos no gustasen de mayores antigüedades) todo el mundo sabía que el príncipe Clepsídocles, primogénito de Clepsídocles y nieto de Clepsídocles, no había podido soportar la vergüenza y había huido. Y con razón. Nadie recordaba, ni los más ancianos ni los todavía más ancianos (el precio del clasicismo es el de una cierta senectud que se pega a todo), a un bascárido hijo de los taludes fragantes de lavandas de Bascaria que hubiese entregado las armas en pleno combate, poseído por el miedo a la muerte e incapaz de guiar a su hueste en la lid guerrera, ni menos todavía que el cobarde fuera un clepsídocle (de la progenie de Clepsídocles Hermokleón, que dicen hundía su sangre genética de estirpes en una cueva ovidiana de esas que ya estaban cuando Cosmos suplantó a Caos). Porque así fue; el joven heredero, enfrentado el pueblo bascario en crudelísima batalla contra sus vecinos protacleontes (de Protaclia la Vieja, no confundir con la Nueva), había flaqueado de hechuras y temiéndose que la batalla guerrera condujese a la inevitable sucesión, pues su padre y rey andaba anciano y lento, prefirió tomar las de Villadiego griegas y escapar monte arriba hasta los cantiles que como en una acuarela de Caspar Friedrich dominan el mar en el Estrecho de los Dardanelos.

Como los dioses son caprichosos pero no holgazanes, Zeus no tardó en encontrarlo entre las cuevas de pastor que habitaba y, pueden temerlo, con un ruidoso chasquear de los dedos lanzó un rayo tonante y descendente que lo alcanzó en la pantorrilla y lo convirtió en mosca; en esa mosca, mire Vd. por dónde, que muertihambrienta y con mucha sed había ido a beber miel de higo a la boca de Apolo. Mas no crean que fue mal fario de artrópodo el que puso allí al príncipe insecto y al dios pulquérrimo. Apolo, amén de alto y guapo es muy picajoso, y gusta mucho de que los hombres le rindan culto de acuerdo a pagana liturgia. Rota la real sucesión bascara por la huida del cobarde no habría rey que proclamase que por encima de su testa coronada estaba la marmórea y rubia cabeza de Apolo, a quien los bascarios rendían culto desde que el mundo fue mundo. Apolo es dios de las músicas bien tonadas, de las pozas con serpientes, de las nubes bajas y de las cosas apacibles (“apolíneas”, dijo Nietzsche mucho tiempo después), pero también es dios del Estado, y con eso, pensaba Él, no se juega.

Ciertamente aquello fue cosa terrible, pero uno no es quién para juzgar los designios de un dios. Ocurrió hace siglos y ahora vivimos tiempos descreídos, aunque hasta el más ateo de los ateos sabe, porque lo dijeron Stirner y Calasso, que todo en este mundo tiene una forma religiosa y que, por si esto fuera poco, los dioses no mueren; tan sólo se ocultan. Lo que uno no desearía nunca es irritar el celo creativo de Apolo. Ya procuramos cumplir con esas pequeñas y coqueas liturgias íntimas que hoy exigen los dioses prófugos. Y como tampoco desea uno el mal ajeno, hemos resuelto hacerle saber al príncipe Enrique de Inglaterra el destino del príncipe Clepsídocles, para que la próxima vez que le tiemblen las hechuras monárquicas sienta un tanto así de temor apolíneo y otro tanto de pudor real antes de proclamar a los cuatro vientos periodísticos que no es digno de gobernar la Moderna Albión porque es hijo aventajado de estos tiempos.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 24 de Junio de 2017.

Bibliografía

http://www.elperiodico.com/es/noticias/internacional/enrique-inglaterra-dice-que-nadie-familia-quiere-ser-rey-reina-6122790

Apolo

 

 

Británica contención

Todo apostura y encanto irreductible, Patrick Leigh Fermor, ya entrado en años y rememorando sus viajes de juventud, escribió en la beatífica e ilustrada soledad de su despacho una frase de engañosa, apolínea sencillez: «hubo un tiempo en el que se podía conocer a una persona sin conocer sus opiniones».

            No creo que se pueda argüir nada en contra: se trata de una máxima estilística de primer orden, de un lema de friso griego, casi de un oráculo pitio que bien vale el óbolo pagado al templo. Diría, si no fuera excederme, casi de un Mandamiento.

            Fortificado por la británica contención del epigrama, quizá alguno se abstuviera de satisfacer ese impulso de exhibición que rige estos tiempos agitados (salvo que se tratase de un dandy de alta hechura, de un Brummell o de un Téllez-Girón, pero no es cosa previsible); quizá algunos refrenaran esa pulsión casi diabólica que mueve a tantos a elevar los propios gustos, cuando no los propios vicios, al grado de imposiciones y requisitos para la vida en común; en ese común que es sin serlo, pues bien puede casi no existir como cuerpo de doctrina y pese a ello regir, ex-negativo, la convivencia. No en vano Heráclito reclamaba ardor en la defensa de las leyes, y algo menos en el de las murallas. Casi un precursor de Burke.

            Contención carmelita, hábito benedictino, entrega de una parte del propio ser al silencio, y abluciones en el agua probática de la sana indiferencia hacia las ideas del prójimo. Mas no se confunda esta actitud conciliadora con falta de ánimo para combatir al malvado, al impostor, al tirano. Patrick Leigh Fermor fue tan capaz de entablar amistad con un general alemán rimando versos de Horacio como de arriscarse en la maquia griega cargando el fusil a la espalda. No siempre «el silencio es la réplica más aguda», sin que por ello deje de ser la más deseable.

José Antonio Martínez Climent

A 3 de marzo de 2017,

en Alicante.

NPG x45576,Sir Patrick Michael Leigh Fermor,by Steve Pyke

Fuente de la imagen:
https://www.andrewharper.com/harper-way-travel-blog/read/patrick-leigh-fermor/

Notas lentas de una Navidad pasada

Viene uno murmurándose que hoy no cederá a la pereza o al cansancio del día y abrirá de nuevo los versos de Char que leyera cuando una vez, in illo tempore, se perdió en el coto de Balmoral y pasó una mañana entre robles y niebla. Eran algo de un ciervo o de una mujer, palabras en archipiélago sobre una belleza herida, o quizá nada de eso.

Nunca olvidar el regreso al pabellón de caza, cansado, casi agotado por la caminata, empapado por la niebla: salía un humo rizado y lento de la chimenea regida por las cornejas, la puerta se abrió y un footman enviado por Palacio se detuvo en el vano con una manta extendida y la sonrisa más fina y delicada que jamás haya visto. También era diciembre. Trabajar como científico para un lord escocés tuvo algunas ventajas.

He olvidado, en cambio, la marca del whiskey que me confortó aquella tarde, algo imperdonable.

Nota marginal: mis diarios han envejecido más que yo, pero mucho mejor.

Uno, al azar (cosa rigurosamente falsa): “Mañana perdida leyendo al sol en el cauce del Turia. “El cementerio marino” no es adecuado para el invierno valenciano, demasiada luz difusa, el rumor de la ciudad no acompaña al ritmo de los versos; además, esta semana, Susana”.  Lo dejo aquí. No se puede volver sobre todo.

También los paseos en diciembre cuando en Navidad no había nadie en la playa. Mil veces he hecho ese tramo de ida y vuelta al faro, pero hace tanto que parece la vida de otro.

Pasar notas a la de mis ojos en la Misa del Gallo aprovechando el gentío, los saludos afables que se prodigaban nuestros padres o la pequeña confusión en el momento de darse la Paz. Tenía quince años, y no me separaba de Nabokov.

Hay melancolías que no las remedia más que una melancolía mayor, y ese es un dispendio de fuerzas al que hay que oponerse en estos días de ausencias y de fantasmas. Urge salir a la terraza, incluso rescatar alguna serranilla.

El Marqués de Santillana ha surtido efecto. Dos días de buen trabajo literario que, como viene siendo habitual, recibirá algún halago por su factura y su sintaxis, y toda la desgana editorial ibérica que pueda concebirse.

Noto con preocupación que mi María Moliner está donde lo dejé hace una semana. ¿Buen síntoma que no lo haya necesitado? Confianza, Jose, confianza, al fin y al cabo soy viejos amigos Moliner y tú.

Han cesado las lluvias (¿por qué vuelvo a pensar en Valery pudiendo recordarte a ti?). Un sol de uñas brujulea entre unas nubecillas demasiado cándidas y acaba por romper en un estallido albo. El “buen tiempo” en la costa alicantina se ha convertido en algo puramente anodino. Vuelvo a la habitación entre mis libros y mis inútiles diarios. Cojo distraídamente un tomo que guarda imágenes de principios de la década de los 90. Lo abro al azar (esta vez es cierto), reconozco de antiguo el sordo crujido del papel de seda. Y el milagro se produce: en el envés de una fotografía, con caligrafía capaz de superar toda contingencia (siete horas de caminata en busca de unas red grouse esquivas, temerosas de engrosar los apuntes censales de un naturalista español perdido en un coto real británico, treinta años de olvido): Glen Garioch. No sé si ahora me lo podré permitir, pero recta intención.

 

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José Antonio Martínez Climent

A 5 de enero de, nada menos, 2017

en Alicante.

old-photograph-queen

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Fuente de la imagen: http://www.queensofvintage.com/wp-content/uploads/2009/11/Old-Photograph-Queen-Elizabeth-II-Balmoral-Castle-Scotland-02.jpg

Cuando llegue Annukka

Cuando llegue Annukka no es el título de una de esas novelas ganadoras del Planeta, que empiezan todas con apotegmas del estilo de Hacía frío esa mañana de 1952 en las Ramblas de Barcelona. Pudiera haberlo sido, pero por edad y por su color de pelo no fue tampoco la tal escandinava esa Turista Un Millón que a otros tantos españolitos animaba la espera del verano, estimulada nuestra cateta e inocentona imaginación por la idea romántica de que allende el paso de la Junquera se encontraba, difuso pero bien asentado de fundamentos, como pensado por Fukuyama, el paraíso de una modernidad resuelta de modales, liberal de costumbres y burguesa hasta la médula cuyo prototipo, para empezar, sería una rubia faldicorta y de tez de pergamino que saludaría en un lenguaje incomprensible (por avanzado) a un mozo de carga bajito, cetrino e incapaz (por retrasado) de otra cosa más que de silbarle a esos vestires y a esos andares norteños, tanto, tan distantes de los de nuestra media nacional mujeril, dibujada entonces por una señora provinciana, bajita, protestona y dispuesta a ponerse de luto así se muriera el gato. Además, Annukka es de esos finlandeses que parecen de Málaga de tan morenos de pelo, y no sé si porque trabajó mucho y muy duro en una vaquería se le quedaron unas formas un tanto rudas y unos gustos en moda bien dispares del vestido tipo azafata de nave espacial de película sesentera que se le suponía a la Turista Un Millón. Y ni en lecturas. Leía mucho a Kierkegaard, vicio nefando del que nunca conseguí disuadirla y a cuya doliente seducción se entrega cada vez que tiene una ventanilla de avión a su siniestra. En los cascos llevaba a menudo, y para su descargo, alguna inacabada de Sibelius.

Hacía veinte años que no la veía. Ni se pueden contar las cosas que cambian en semejante nadería, que diría Gardel, y para empezar, lo más distinto era el aeropuerto de Alicante, que de conformarse con unos cuantos barracones y unas casas enjalbegadas para la ocasión se había convertido en una suerte de cosmópolis de cemento repleta de grandes avenidas desiertas y edificios enormes de estilo estalinista, todo cemento y geometría, pura potencia en bruto que irradia el Estado en sus obras públicas. Pero como era invierno, la Terminal de Llegadas Internacionales estaba más bien vacía. Un par de mozos de carga llevaban una carretilla con fúnebre solemnidad endomingada; un guardia de seguridad, apoyado el hombro en su garita, intentaba ligar con una empleada de la cafetería que a las cuatro y cuarto ya estaba cerrada, imagino que porque hasta de horarios ya “semos” europeos, y no más de diez familiares o amigos esperaban la llegada del Helsinki-Alicante, desconocedores de que la lejanía ya no es motivo para no viajar en masse.

La puerta corrediza se abrió con un despacioso chirrido que denotaba falta de aceite, y al cabo de un largo minuto de expectativa un par de erasmus mochileros y sin afeitar salieron a paso lento de las entrañas de la terminal para ser recibidos por sendas madres que me parecieron faltas de aquel entusiasmo con el que la mía me saludada cada vez que aterrizaba yo venido de Dios sabía dónde cada vez. Pensé que eso del sentimiento del viajero ya no venía al caso, porque a buen seguro madre e hijo se habían visto no menos de dos veces por día en la frígida pantalla de una tablet, y que ni la promesa de un reponedor cocido alicantino con pelotas de sangre bastaría para extraer una muestra de emoción de estos modernos recién llegados que, se diría, jamás terminaron de irse. Pero de Annukka, ni rastro.

Temí no haberla reconocido entre la desganada tropa estudiantil, o que la vista, que ya me anda borrosa, me hubiera jugado una mala pasada, o que… Pasados diez minutos y con la corrediza ya cerrada (con un segundo y más lastimero crujido de funcionaria vieja y resabiada que baja la ventanilla de su negociado antes de hora y no desea que la molesten más con caprichosas peticiones extemporaneas) comencé a preocuparme, y me acerqué al conductor de carretillas, pues ventanilla de información no es que hubiera, quien me dijo que eso no era lo suyo, pero que tampoco sabía a quién preguntar. Así, desconcertado y con la sala ya vacía -salvo por el de seguridad y la camarera, que a esas alturas ya le hacía mohines-, un nuevo chirrido, esta vez emitido en un justificado tono de enfado, me hizo volverme hacia la puerta para comprobar que allí estaba Annukka, y que Gardel tenía razón. Y entonces caí en la cuenta: la voz del aeromozo (qué gusto da ver que la paridad se cumple, ¿no es cierto?), entre toses y carrasperas de estática, volvió a anunciar, seguramente grabada, la llegada del Helsinki-Alicante, y, esto sí que había cambiado, no lo hacía en cristiano, en inglés, en francés y en alemán, como cuando los setenta, sino en un español de dolorosa sintaxis anglófila y en un Valenciano Forense químicamente puro, vulgo lengua normativa, no menos doloroso al oído local, acostumbrado a las sinuosidades, canturreos y altisonancias del habla del país, ya difunta y enterrada por la normalización lingüística. Annukka se había perdido en la terminal, y no encontrando a nadie a quien preguntar por la salida lo había fiado todo a esa voz de antaño que a buen seguro, lo sé por experiencia, suena animosa y políglota en el aeropuerto de Helsinki.

Cuando Annukka vuelva a Finlandia contará lo del aeropuerto. No les quepa duda, porque resulta que aquellos altirrubios adalides del progreso eran más cotillas que todas las abuelas ibéricas juntas: todo se lo dicen por teléfono entre cuchicheos y censuras, luteranos ellos, y de eso doy fe por nueve años de haber subido a trabajar en la taiga. No se extrañen si en el próximo de Eurovisión, cumplida ya una reforma constitucional que asiente la fractura del país en diecisiete repúblicas dependientes y endeudadas hasta las cejas, cuando le llegue el turno a Suomi-Finlad, una rubia sonriente y peliarreglada pestañee, baraje el guión que lleva en las manos con gesto estudiado, y mirando a cámara con sus bellos ojos azules diga aquello tan doliente de: Comunitat Valenciana: cero points.

Fdo.: José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 3 de diciembre de 2016.

aarr-copia

  • Artículo publicado en:

http://disparatero.blogspot.com.es/2016/12/cuando-llegue-annukka.html

  • Fuente de la imagen:

http://lamarinaplaza.com/

Madrid, Peyró.

El estilo lo es todo. O quizá no. Por eso me gustan tanto las breves escenas en las que Jep Gambardella camina por la Roma semidesierta en el caluroso mediodía italiano, con las manos en los bolsillos, sin rumbo fijo y mirando allí donde sólo un espíritu literario y en calma acertaría a mirar. Leyendo este diario, y hay que leerlo en las exactas y escasas dosis en las que se nos ofrece, le llega a uno la misma melancolía, de esa modalidad recogida y meditada propia de alumno aventajado de buena escuela (Nabokov añadiría aquí “privada”, porque era un hombre sabio) que vagabundea o que finge que vagabundea por una urbe cosmopolita tocada por la saludable y redentora rusticidad de unas tapias en ruinas, unas aceras de adoquines o unos carteles pasados de moda. Por las películas italianas de antaño sabemos que todo ello, inevitablemente, terminará por llevarnos a un bar, donde un aperitivo castizo, un barman eficaz y un periódico de moda que lee un personaje secundario nos informan de que vivimos en una época que se acaba.

No voy a decir que Ignacio Peyró sea como Jep Gambardella: ni sería ajustado ni tendría razón, pero sí diré que esa ciudad que él deambula en sus literarias soledades quisiera verla un día convertida en libro, igual que una vez Roma fue celuloide, y que mientras tanto siga paseando o fingiendo que pasea, que al cabo es lo mismo, y que persista en cultivar ese estilo que, para quien lee su Madrid, lo es casi todo.

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(Breve reseña sobre los diarios de D. Ignacio Peyró Jiménez)

bar-chicote

Fdo: José Antonio Martínez Climent

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