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Porno y ciudadanía

En el programa Woman’s Hour de la BBC 4 Radio del 28 de Septiembre de 2015 la presentadora anunció, con voz serena y sin viento de Levante, que el tema estrella sería la denuncia de la pornografía sexista.

La fuente consultada por el Humilladero como referencia para esta nota ha sido Alohatube.com, según el buscador Google una de las más visitadas del mercado. Por mejor situarnos, la presentadora, y siempre de acuerdo con las categorías de la fuente, cae de manera no excluyente entre las Gordas o las Tetonas, mientras que la entrevistada cae en la que libremente traducimos como “Tías Buenas” (Babes: para el pornógrafo culto, puntilloso y lírico, Belleza, Hermosura).

En particular, y con el concurso de la actriz porno, al parecer de reconocido mérito (¿?), se denuncia una pretendida desigualdad salarial entre hombres y mujeres en favor de los machos, y se discute sobre un nuevo universal, el Porno Ético Feminista, en adelante P.E.F. Después de quince minutos de entrevista y severa denuncia, y preguntada sobre cómo se puede distinguir el P.E.F. del porno al uso, la pizpireta actriz afirma que “no es posible en la actualidad”, pero que el problema se arregla “poniendo una etiqueta de P.E.F sobre cada video” que cumpla con el feminista e indefinido ideario.

El Humilladero, siempre a la vanguardia de la igualdad civil, más aún cuando la cosa adopta tonos catulianos, manifiesta su honda preocupación por la sangrante indefinición del contenido ético del P.E.F, y se pregunta si quien se entregase a los transportes bestiales del porno ordinario y poco ético (más del tipo del que la fuente cataloga como abuse, bestiality, domination o submissive) debe ser denunciado por antisocial, o al menos por mal onanista. ¿Debe uno, tras el solitario y malicioso visionado de Salón Kitty, Calígua, El Ultimo Tango en París, o El Fontanero, Su Mujer y otras Cosas de Meter (Carlos Aured, 1981), mediando satisfacción glandular o no, llamar a los más íntimos y abrir sesión de cineforum, analizando los visto entre humo de cigarrillo, crujido de papa frita, y todo desde el punto de vista del materialismo histórico? En caso de contumacia por parte del poco ético onanista ¿debe haber penitencia con cilicio en castigo por la sexista polución?

De lo que la redacción del Humilladero no tienen dudas es de que el programa lo habrá igualmente escuchado algún estratega de partido progresista español (a saber, cualquiera), y de que a estas horas habrá ya sugerido la creación de una comisión parlamentaria que investigue la cuantía y alcance del desmadre de porno incensurado que corre (perdón) por ahí. Como de su fortaleza moral no dudamos, sabemos que estarán ya mortificados por las indudables diferencias interautonómicas que en materia de groserías sexuales inlegisladas debe de haber en la España del cambio. Y por seguro damos que, porque pueden, porque se comprometen, pronto detendrán el tráfico de nuevo ante los ayuntamientos a su mando para fotografiarse bajo una pancarta que rece: “XXX, ciudad respetuosa con el P.E.F.” Todos en pelota picada, imagino.

Fdo.

José Antonio Martínez Climent

porno y ciudadanía.-

 

PD: Esta artículo se publicó por primera vez en http://disparatero.blogspot.com, el 28 de Septiembre de 2015.

 

 

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Erosión

Desde que muriese el propietario y el mercado de la oliva, la granada y la garrofa no admitiera a minifundistas insancionados por los soviets estatales de la higiene y de la hacienda, cierta parcela de secano que ronda un villorrio de interior yacía hundida en esa latencia desmemoriada y polvorienta en la que se complace la huerta alicantina apenas la dejan de cultivar, ahormada en esa forma levantina de eludir el paso del tiempo que por un principio de exageración homeopática multiplica y acelera sus efectos hasta dejar el paisaje en una ruina vivificada por la espera. Se diría que en España tan sólo el paisaje fenicio ha aprendido que en la inutilidad, el caliche y la riada se esconde la única posibilidad de reviviscencia o el último resto de dignidad.

Algo de eso sabe el Numen del Progreso. Pareciera que avisado de que la memoria anda siempre reñida con las devastaciones que causa el porvenir,  su empeño mayor consista en quebrar las defensas del olvido y los presupuestos del recuerdo. Quizá por eso envía a sus mejores agentes erosivos a esa huerta levantina encostrada en el pasado, y puede que conocedor de sus tercas resistencias se decida por una táctica de lento desgaste, confiado en que ciclistas, senderistas y moteros ejecutarán el encargo entregando por anticipado la cédula de defunción.

Esas arrugas de vieja que dejan las ruedas y las suelas, esa sorda rumorada que arruinan los gritos, esa horda colorida, refulgente, que agrieta la agrisada membrana de polvo y cascote clavan las estacas del progreso en cada una de las muertas terrazas y en los calvos taludes, pero mientras quede uno sólo de los que mamaron de la leche agria de amarillos alacranes, jugaron con las camisas de la sierpe, sestearon en el frescor de sus acequias o presintieron en el cielorraso de otoño la avenida y la riada ese Numen atascado no habrá completado su aciaga tarea.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent.

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Imagenes: cultivo de secano alicantino (entre San Vicente del Raspeig y Muchamiel) erosionado en sólo dos años por el paso de ciclistas, moteros y excursionistas (2018)

 

Furtivos

Hay un lugar en España pequeño, recoleto y sombreado que desde antiguo viene siendo visitado por furtivos a la caza de cierto animal al que buscan por su carne, o por su piel, o por el gusto de vencerlo.  La senda por la que se llega es estrecha y bacheada, de modo que caminantes hay pocos, y porque lo exige el arte de la caza, y más de la caza furtiva, apenas se escuchan voces que no sean las de pájaros cantores. Va para cuarenta años que salvo alguna pareja en busca de amores apresurados o algún caminante solitario tan sólo los furtivos y algunos vecinos de las casas cercanas conocen esa vereda cubierta por el dosel arbolado. Es por eso que el sitio permanece idéntico a sí mismo, casi intacto, y como todo en él es castellano (sobrio en su verdor, gélido con las nieblas, recio cuando las tormentas, seco como un hueso en los calores de agosto), pocos son los que conocen su nombre y menos quienes lo quisieran saber. A cambio del secreto de su furtivo existir los hombres dejan alguna que otra botella abandonada, y siendo que no es mucho el rastro de su paso casi se agradece que allí queden tales restos de humanidad, para recordarnos que todo vergel está sujeto a los designios del hombre, única bestia que puede contar su historia y embellecerla con palabras escogidas.

Pero todo lo humano vierte en lenta caducidad. Más aún en estos tiempos atados al vertiginoso imperativo del progreso. Su negra curia ha decretado el penoso final; la secreta hijuela será pronto abierta por enorme maquinaria y substanciada en paso para ciclistas, en vía para turistas dizque rurales (de esa especie que detesta el campo hasta que no se lo allanan y lo sirven con hotel benidormita  y restaurant de cinco estrellas), todo ello adjetivado con un palabro de ocasión que rezuma cursilería y brutalidad: democratizar el monte.

Gracias sean dadas a los cazadores furtivos, Orden menguada y perseguida, por haber preservado esa pequeña maravilla durante tantos años a tan bajo precio. Y a lo que viene, maldita sea la res publica que lo parió.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

aaaa

Alfahuara

Con renovado acierto señala el escritor D. Francisco García Pérez que la frase cervantina “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia” ni la dijo Quijote ni aparece en los libros del manco. La fortuna con la que corre suelta se deba quizá al romanticismo que la impregna tanto como al aura que adorna su fuente. Naturalmente, hasta que D. Francisco hiciera justicia con ella y la situase ex Cervantes.

Cabe en consecuencia recordar que fue el propio Quijote, en su lecho de muerte, quien traicionó el ideal en ella contenido al denunciar sus nobles empeños de caballerías como delirios de un alma descarriada. Así fue como Cervantes reveló, esperando hasta el final, como si se tratara de Agatha Chirstie , que el ideal era Sancho. Su bajeza estomacal, su menestera artería, su cobarde actitud, su bizca, corta e inmediata necesidad fueron para Cervantes el modelo a seguir, y para probarlo no dudó en matar a Don Quijote y en hacerlo expirar repudiando su vis medieval. El mundo moderno, asqueado de las formas estamentales, contó desde entonces con un puntal materialista que para sí hubieran querido el socialismo utópico, la dialéctica de la historia, la frígida razón kantiana o el crudo cientifismo popperiano.

Esta crítica, por mucho que uno quisiera que fuese original, no le es ni por asomo, pues hasta Nietzsche se tomó la molestia de escribirla. Agradezcamos a Don Francisco su noble empeño erudito y quijotesco. En este mundo de sanchos no es extraño que a Quevedo se le olvide y que el cinismo cervantino cale tan hondo en todas partes. Con razón a Lenin le gustaba tanto el Quijote.

 

Fdo: José Antonio Martínez Climent

 

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Reseña de “La tierra del grajo”.

El diplomático y escritor D. Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón, comienza su reseña afirmando: ” Esta novela está llena de misterios, grandes y pequeños, relacionados con los espíritus, los hombres, los animales, las plantas, los elementos y los meteoros. Esos misterios plantean un caso de conciencia a quien escribe una reseña del libro.”

Texto completo en la bitácora del Marqués de Tamarón..

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La tierra del grajo, en la Editorial Verbum, Madrid.

ISBN: 9788490741573

 

 

Esta y la próxima entrada, DM, serán librescas.

 

 

Pijilandia rural: las contrageórgicas.

En cierta ocasión de bar de facultad, entre mucho humo de cigarrillo y algunos cascos de quintos, vine a decirle a un amigo que cada Parque Natural delimitado constituía la certificación del fracaso del biólogo. Naturalmente sobresaltado por tal revelación, desde entonces me miró siempre con recelo, y poco a poco dejó de hablarme. Contando el presente, va para veinte años que trabaja en uno de esos parques. Traigo esto a cuenta de que hoy son  muchos quienes celebran la Redención del campo en España, la extirpación de la condición paleta de sus habitantes, su ilustración según el modelo urbano, el adecentamiento de los caseríos, la iluminación de sus vías, la higienización de cenagales, todo ello en nombre del Progreso Social, que como Vds. saben es el nombre de una fe planetaria de naturaleza furiosamente laica. Permitan que me explique con brevedad y, quizá, con cierto tino.

No siempre el idealismo es buen compañero de viaje. Más aún cuando en su tradición consta el mandato de ocultar los precios que impone la consecución del ideal y el entierro a oscuras de los pecios que quedan hundidos a su paso. Así ocurre con el ideal que ha sometido al agro ibérico, a sus ramblas, pedreras, vallejos, barrancos, manantiales, sendas de cabra o de buey (también las de cabestro), poblachos, villorrios y aldeas. Bajo las especies del progreso económico y de la rehabilitación moral et espiritual del campesino (a quien el urbanita cataloga como su más mortífero enemigo, pues por lo general lo pone frente al espejo de sus necias complicaciones y sus vanas altanerías), el campo, como advertía Ortega, se ha convertido en poco más que en un locus amoenus infantil y aburguesado, desprovisto a punta de cizalla moral de todo rastro de misterio, cercenado hasta lo imposible de riesgo y resistencia, adecentado para poco más que el paseo de esa especie de hombre de hoy que ante todo cuida de su alma de funcionario. Esto, que suena a cascada un tanto ruidosa, lo ilustra un simple vistazo a la plaza Mayor de cualquier pueblecito castellano, levantino, extremeño, e incluso una visita a las Hurdes, región donde Buñuel, de vivir hoy, acudiría no a grabar sino a saciar su estómago y su sed prodigiosa en algún restaurant de cincuenta euros el plato.

Ya lo apuntó Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, en su novela “El rompimiento de gloria”, y también el asunto consta en otras, “Campo de víboras” o “La tierra del grajo”: La naturaleza “democratizada” prohíbe la hierofanía, desinfecta el misterio y dispone el peligro como excusa para su propia aniquilación. El resultado está a la vista: donde antes hubo campo hoy sólo queda jardín, convenientemente señalizado para la tranquilidad del burgués (del revolucionario) y del idealista (que sacrifica la naturaleza por el ideal de la naturaleza), con vistas y senderos dispuestos por el Estado regulados por policías (“monitores”, perdón por el palabro) y por organizaciones paragubernamentales que persiguen al paseante solitario. En suma, el hombre de hoy, tan altivo en su ansia de progreso e ideal, detesta al campo, y sólo lo transita si antes convierte veredas y barrancos en el paseo marítimo de Benidorm.

Tras semejante escabechina, pues ya no queda parcela rural en España que no haya inclinado la cerviz ni campesino que no deteste la soledad del monte, uno ve con renovado asombro cómo las voces de nuestros más notables se alzan orgullosas de haber enterrado al paleto ibérico y de haberlo vestido de mona, quiero decir, de cursi urbanita (contingente inmenso formado mayormente por legiones de quiero-y-no-puedo en perpetua exhibición de una supuesta superioridad moral derivada de su condición progresista, de cuyo cuerpo destacan lo que Nietzsche llamaba sacerdotes ascéticos¸ a saber, jetas más o menos ilustrados de toda laya y condición que se autoproclaman párrocos de la masa), y todo para que éste les reciba en lo que un día fue la casa de sus abuelos y ahora es un hotelito equipado con wifi¸ chef de postres, piscina, tumbonas estilo pub de Ibiza, canasta de basket para despachar a los críos a la hora del revolcón (quiero decir, de la merecida siesta tras cinco duras medias jornadas en la Consejería o en el Ayuntamiento), chalecos reflectantes, mountain bikes de alquiler y no menos de diez carteles subvencionados de plástico biodegradable que tapan la vista y ordenan el paseo.

Se me dirá que el campo se moría y que era cosa de urbanización o muerte, y uno responderá que bien podrían haber tomado el camino de la agricultura y la ganadería en lugar de caer por el turismo, ya que tanto les gustan las berzas y las mascotas. Lo cierto es que las tareas que aconseja Virgilio

uncir la vid al olmo, y qué cuidado
nos merezca el rebaño y el ganado
como también la diligente abeja,

que en castellano rudo se dice labrar de sol a sol u ordeñar la gruesa teta de la vaca, ya nadie las practica por el gusto de hacerlas, y, de verse forzado, tan sólo si consta por escrito la seguridad de una subvención. Se nos dirá que siempre estarán Constable o Pla como lugares intermedios, y responderá uno que no. El paisaje de Constable tiene su sitio su lugar, que no es otro que Inglaterra, y el de Pla, los minifundios catalanes, tan ordenados y productivos. Y no es que uno desprecie estos sabios consejos. Al contrario, Dios quiera que un día una porción del agro ibérico adquiera parte del impulso de utilidad y de belleza que ambos autores entrevieron en óleos y en ensayos, pero bien hará ese Numen tutelar que hoy se esconde en simas y encinadas (huyendo del grupo excursionista vestido de chaleco radiactivo, del animoso ciclista que lo mira todo sin ver nada, de la horda budista que ensucia el pinar esparciendo su Nada) en ponerle barrera a su ideal y en apartar lo más hondo de la sierra para sí. Dios quiera que los cuervos preserven su seno calcáreo o granítico y los grajos sus dominios de karts y berrocal para que allí sigan reinando la muerte y el misterio (la pudrición otoñal, el relámpago destructor, los consejos de hongos, las guerras del clanes de los lobos); todo para que un día lejano, junto a una cuerna de cabra, un excursionista perdido y desesperado encuentre allí la reseca calavera de unos huesos que todavía vistan el emblema raído de un piolet.

Y también para que este viejo cascarrabias pueda un día volver a pasear por las umbrías silenciosas y frías donde, estoy seguro, todavía caben sus huesos a poco que en el monte se hagan de nuevo el silencio y la soledad.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 27 de Noviembre de 2018

 

turismo rural pijos pijos

Monarquía

Hasta los salvajes de Sir James George Frazer sabían que es mejor divinizar y tabuar a un rey que extender el hechizo al consejo de ancianos. La concentración de ser (pues los reyes no representan nada, sino que son) bajo la especie de pueblo y nación en una persona supone un formidable ahorro de fuerza. Véase que la Reina de Inglaterra es Inglaterra, y que el resto es accidente, cosa mudable, y compruébense las ventajas de tal identidad comparadas con la democrática multiplicidad de ser que habita cualquier ayuntamiento, diputación, cámara nacional e incluso en los cuadros de las ONG’s parapoliciales que hoy tanto abundan o en la sede de los partidos políticos: cualquiera se cree depositario del ser de su nación, con el teratológico resultado de cutre nacionalismo que padecemos. Por eso la Monarquía es formalmente superior a la República.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

rey felipe princesa leticia

 

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