Sub Eleusis

Los números son obstinados; casi tanto como los buenos adjetivos. Es por eso, por cuestión de tozudez, por gusto de mirar, y por guardar adjetivos, que son demasiado preciosos como para no empezar a ahorrar, por lo que durante cuatro años este observador ha ido tomado las notas que, sencillamente elaboradas, se han publicado aquí y allá para descrédito propio y beneficio de nadie. Hoy llega el caso de haber medido, fíjese usted, la abundancia de aves en tres tipos de hábitat muy de moda en el semiárido alicantino que yace en cierta esquina de la algo más que difunta Huerta de Alicante.

Los primero que hay que decir es que el nombre le queda grande hace ya muchos decenios. Nuestros terruñescos gobernantes lo mantienen y hasta lo venden al turismo para darse lustre ecologista e histórico, brillo que desmiente cualquier paseo por dicha huerta, que no es más que un océano de carreteras, rotondas, semáforos dizque no machistas, señales reflectantes, miserables radares de Tráfico, carriles-bici apenas usados y ahora abandonados, bungalows de la más catastrófica arquitectura imaginable, antiguas quintas de recreo erigidas tan atrás como en el siglo XV o antes y que ahora asientan al pijerío culinario local convertidas en restaurants de estilo morgue-Ikea con toques tradicionales: un azadón colgando sobre un dintel, cencerros en el recibidor, cuadros de huertanos recogiendo algodón, cestos de mimbre con clavos oxidados, fotos y más fotos de esas mismas casas en su gastado esplendor finsecular.

A esa biota del desastre acumulada durante cuarenta años de concienzuda aplicación de los fundamentos progresistas (no conozco un sólo caso en que fuera otro el basamento de la urbanización) se le añade desde hace poco una nueva especie que ya de inicio espanta por su oscura filogenia. Se trata del huerto urbano, ese pequeño anticipo del gulag que la Eco-redención al mando nos vende como la panacea contra los excesos del consumo y del mercado, paso primero, necesariamente sentimental, de una fantasmagoría agropecuaria que pretende desalojar a la aristocracia mercantil de los ayuntamientos (curiosamente conformada en esta tierra por las familias de los más aguerridos –subvencionados- ecologistas que, hasta donde llego, no han reparado en el problema) para que los barrios se conviertan mágicamente en comunidades de fellahs con Smartphone y las ciudades en falansterios de ciclistas, todo gracias al poder de la voluntad (Make it happen!; Yes, we can! ¡Tengo derecho a…!) o al más práctico recurso de movilizar la energía bruta del demos, cuyas inercias son oleaginosas, imparables, y sólo se agotan mediante el fuego o el desgaste. Recuerdan, salvo por la alta gracia que da el latín, a la gens Paulo-Emiliana adicta a los Escipiones, fanáticos constructores de utopías como aquella de la Ciudad del Sol, el primer ensayo de una ciudad friendly para amos y para esclavos que, naturalmente, acabó como el rosario de la aurora.

Es precisamente el pringue ideológico con el que vienen envueltos, las obligaciones estilísticas de bajura que traen adheridas, la cruda fuerza bruta, infantil, con la que se asientan impúdicamente en el extrarradio y en las plazas de las ciudades-dormitorio que hoy se llaman pueblos, la premeditada falta de rigor científico, que vistan de dacha leninista el almagre de la casa de campo y de república populachera la monarquía del huertano lo que los vuelve infumables para este observador, de natural alérgico a las imposiciones aborregantes. En el huerto urbano, el ecologista hace la parodia del huertano, y también la del insumiso estético.

No obstante, nada impide la deseable tarea de aliviar nuestras economías de los macabros impuestos socialistas y de verduras imposibles de pagar para un autónomo, e incluso sería de agradecer que alguna vez se entendiera la vis práctica que tienen las ordenadas descripciones agrarias de Pla, Delibes, Ortega, o las más tremebundas de Benet e incluso, si me apuran, las de un servidor, pero resulta oneroso que los precios incluyan la rendición de la persona, la destrucción de todo paisaje que no sea conforme a ideología, la conversión de la vida en común en una república sentimental gobernada por aprovechados de hoz y rastrillo, la transubstanciación de la potencia epifánica del agro en una eléusica desnutrida, razonable, acomodada a la hipocondría del hombre desencantado, al buey de lo civil. Así que lo admito: me lancé a este estudio con todos los predicamentos imaginables contrarios al huerto urbano, y a la porra con la neutralidad científica. Al menos tanto como los ideólogos socialistas-comunistas que lo imponen por doquier. En la guerra, todo vale. Todavía más en el bando perdedor.

De modo que siguiendo las directrices de Bibby et al. (1992)1 para conteos mediantes transectos en automóvil  y aprovechando ciertos traslados particulares que uno hace cada semana por las cicatrices de ese laberinto material & conceptual (no; no les voy a decir qué hago circulando por esos pagos) estudié la abundancia relativa de las aves en tres tipos de parcelas:

(1) Huertas en activo, a saber, apenas un puñado de chalets de estilo desarrollista rodeados por sobrias filas de acelgas, caballones con pimientos vegabajenses, matas de habas estoicas, guisantes medrosos, olivos carolingios, almendros quemados, higueras peludas, granados amenazantes, que a duras penas mantienen en uso cuatro labriegos jubilados.

(2) Huertas abandonadas, una mezcla indefinible de saladar, cascotes, verjas vencidas, llencas de regaliz, algarrobos y olivos, casitas dispersas o agrupadas con criterios imposibles, taludes amueblados con derrubios setenteros, chalets de rusos millonarios, chalets-merendero heredados de papá por funcionarios ecologistas de paella dominical y valenciano postizo, algunos pinos cuajados de procesionaria, cacas de perro fosilizadas y, dispersos pero notables, excrementos de un extinto antropoide huertano, ya de un seco color óxido y tan duros como el hierro. ¿Los tendrán en cuenta nuestros nacionalistas para sus loas al terreno?

(3) Huertos urbanos, alargados rectangulitos paralelos que conforman un terroso cementerio, vallados con reja en verde Inglaterra no en imitación, sino como empalizada contra la naturaleza, construidos apresuradamente a golpe de ideología adocenante et pasta gansa en subvención (¿cuánto puede llegar a costar un pimiento aquí sembrado, en patrón oro?) donde cohortes de nuevos pijos -funcionarios de paga extra y viaje al Bután; ecolos con ropa de marca e inseparable iphone surafricano, barco en el puerto para acomodar barraganas de ocasión y piso en primera línea de playa; particulares poseídos de iguales ansias viajeras, materiales y prostibularias pero algo mancados de posibilidades a causa de los impuestos; nacionalistas cuarentones que subarriendan porque eso de cavar como el abuelo es muy cansado y la pela, ¡joder!, es la pela, etc.- exhiben su superioridad moral sobre el resto de los mortales mientras reciben los benéficos rayos del sol poniente en sus camisetas del Ché.

Los resultados me han producido una gran alegría. Los doy bajo en forma de gráficos y tablas, sencillos, masticados, no hace falta más. Como sospechaba, los huertos urbanos que he estudiado son puros vertederos en lo que respecta a variedad y abundancia aviares. Allí no hay nada; cuatro bichos mal contados que, por lo que vi de su comportamiento, van a cazar en horario de oficina, se espantan con cada cultivador que echa la tarde (seguramente por la brusca expresión del Mataputos estampado en las camisetas), pían algo lastimero y desaparecen volando hacia las restos pútridos de la huerta, hacia las pocas huertecillas que todavía tienen dueños desprovistos de otra ideología que no sea la del uso aplicado del azadón. Allí si hay bichos. Muchos. Vuelan, cazan, fornican sobre postes de teléfono de cuando el sitio de Teruel, cantan mirando al Este por las mañanas y al Oeste cuando el ocaso, y cuando mueren lo hacen con la dignidad que da la soledad del campo, lejos de esos funerales de Estado que la hueste ecologista-animalista exigiría si encontrase una cotorra de Kramer expirando en el gulag. Ortega: “He aquí dos técnicas opuestas, frente a frente. El europeo, amigo de la mecánica, mata por medio de una ley física. El negro, más próximo a las fuentes de la vida, se finge ave, es decir, mata con una metáfora.”2 El ecologista in hortus reúne ambas figuras.

En otros sitios he alabado las virtudes de la ruina3. Si leyendo tal cosa siente Vd. inclinación a pensar del observador en los términos retrógrados que ordena la propaganda progresista, le ruego que se detenga y que al hablar de mí oigáis con benevolencia4, que es consejo ciceroniano contra el vicio maniqueo que hoy se impone a todo. Que la nada volátil más insulsa pueble el huerto urbano de esta tierra no es obra mía. Aquí he dejado una muestra más de la virtud de los descampados, de las escombreras, del olvido, de la superioridad en belleza aviar de la huerta cuando todavía se cultiva o se abandona, y prueba suficiente de que aunque llenaran sus gulags de bolsillo con cajas anidaderas (subvencionadas) jamás de los jamases conseguirían producir esos contagios que da la soledad, esa magnífica potencia que descarga el campo cuando de él se extirpan los ácidos ideológicos y los abusos de la física, la ordenada fecundidad de su seno para que, un poco cada día, ofreciendo sus doradas semillas de trigo, pueda morir su propia muerte.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

a 21 de Noviembre de 2019

 

El rapto de Perséfone

El rapto de Perséfone. Gian Lorenzo Bernini. Italia, 1622.

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PD: Para mejor ilustrar la fantasmagoría ideológica, cabe mencionar que uno de los huertos urbanos estudiados se emplaza en un colegio que presume de ser cúspide y milagro progresista, de la República, de la redención planetaria, y todo en valenciano normativo. De acuerdo con el tono fúnebre del asunto, a los chavales se les enseña a dejar morir de sed a los numerosos árboles (pinos, cipreses, pimenteros…) que hay en la finca mientras riegan con goteros delicados las cuatro berzas que produce su jardincillo, a más abundamiento, situado junto a un cruce de caminos perfumado por los humos de cientos de automóviles al día tanto como por los vapores metálicos de un gigantesco edificio municipal adjunto, amén del propio. No quisiera uno llegar a conocer cuántos tipos de cáncer adquirirá el mocete que mastique tales berzas5, aunque lo haga, eso sí, hinchado por un sentimiento redentor de superioridad moral.

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Referencias:

  1. Bibby , C. J., Burgess, N. D. y Hill, D. A. 1992.Bird CensusTechn iques. Academic Press. Londres.
  2.  José Ortega y Gasset, Los “ámbitos culturales”. En: Obras completas, Tomo III, 1917-1928, pág. 302.
  3. Audio de la ponencia de presentación del Premio Iberoamericano de Novela Verbum 2017, Campo de víboras (ruego se disculpe el tono algo cansado, por causas razonables, no por gusto).
  4.  Marco Tulio Cicerón. Segunda filípica. En: Filípicas, pág. 32. Ed. Planeta, 1984.
  5.  De 58 estudios consultados en revistas de impacto, a modo de ejemplo: W. I. Lin, Ch. L. Chen, S. B. Xu. 2013. Heavy Metal Contamination and Environmental Concerns on Orchard at Abandoned Tungsten Mine, Southern China. Applied Mechanics and Materials (Volumes 295-298), 2013., págs. 1609.1614. Sin embargo, resulta fascinante leer que una enorme y contaminada según la propia alcaldesa, Barcelona, produce verduras libres de contaminantes así le pasen por encima los tubos de escape de diez mil coches al día: A study on air quality and heavy metals content of urban foodproduced in a Mediterranean city (Barcelona) Mireia Ercilla-Montserrat, Pere Munoza,, Juan Ignacio Monteroc, Xavier Gabarrella,,Joan Rieradevall. Journal of Cleaner Production Journal homepage:www.elsevier.com/locat

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Resultados.

  • ·        La riqueza específica se da mediante el Indice de Margalef1,
  • ·        La biodiversidad entre hábitats se da con el Índice de Simpson1 porque está libre de las exigencias formales de otros, como el más común de Shannon-Wiener, que imponen conocer el catálogo de especies completo en el universo sujeto a estudio, entre otras semejantes.

 

Huerta en activo Huerta abandonada Huertos urbanos
Total de especies registradas 16 21 12
Nº total de individuos observados 388 603 93
Índice de Margalef para la riqueza específica 2,50 3,33 1,83

 

Huerta en activo Huerta abandonada Huertos urbanos
Índice de Simpson 0,133 0,141 0,175

 

Figura 1. Abundancia relativa específica por tipo de hábitat (primavera, verano u otoño de 2016, 2017, 2018, 2019, sobre un total de 1.084 observaciones).

Abundancia relativa aves huertos

 

Figura 2. En modo a informar de manera sencilla hemos contabilizado el número de desplazamientos de automóviles que discurren junto a dos de los huertos urbanos controlados, en dos  huertas abandonadas y en dos huertas en activo. Los conteos fueron 90 en cada lugar realizados de manera aleatoria durante tres meses, a razón de 5 minutos cada uno. No constan datos que permitan eliminar una cifra estimada de coches eléctricos, pero a juzgar por una consulta realizada en un concesionario local su número es irrelevante en esta zona. Los huertos urbanos se fuman el 88,69% de los desplazamientos observados (N= 4.769), cosa que, según el Ajuntamiento ecologista, es irrelevante en punto a salubridad de los vegetales allí plantados, lo que se desprende de que ni se menciona tal cosa en la propaganda oficial. El cálculo del número total de desplazamientos en cada tipo de hábitat es inabordable para el observador.

coches huertos

 

El hígado de Prometeo (Un estudio de impacto ambiental).

Toda comunidad se fortalece contemplando actos de crueldad.

Nietzsche

Aurora

I

Nunca he sabido interpretar cabalmente cuál era el propósito de Miguel Delibes al describir sus añejas costumbres y su enterrado lenguaje de infancia castellana. Admito que todavía menos desde que leí su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, ese que tanto se alaba porque, dicen, tiene la virtud milagrosa de cicatrizar la herida entre un pasado cavernícola y un presente ultra-técnico. Siempre tuve la impresión de que a Delibes le traicionaba una decantación hacia el mañana, y que lo muerto bien muerto estaba, más y mejor cuanto más se lo celebrase. Esto arroja una imagen desaforada del escritor pucelano, al que se tiene por santo patrón de la conservación de la cosa rural, sea esto lo que sea, y que sin duda no guarda similitud alguna con lo que fue.

La analogía apropiada es con Miguel de Cervantes, a quien sólo unos pocos, Nietzsche, Steiner, el Marqués de Tamarón, han visto como a una persona crudelísima, capaz de someter a Don Quijote a las mil y una perrerías andantes con tal de llevarlo al lecho de muerte para arrepentirse de todas ellas, y a decir con el último suspiro que la vida caballeresca era locura, aprensión, desvarío, con lo tranquilo que hubiera estado él en… comoquiera que se llame aquél lugar de la Mancha, paradigma del sitio aburguesado, sin andanzas ni peligros, como cualquier pueblecito de hoy.

En apoyo de esta sin duda errada y errabunda idea viene su libro USA y yo, en el que encontré más de catecismo que de ensayo. Contiene lamento por lo que fue y por cómo fue, como todo lo suyo, mas creo ver página tras página una nostalgia todavía mayor por el progreso. Pero, como digo, no me escuchen: son pensamientos ociosos, de caverna. Tan ociosos como preguntarse qué escribiría Delibes en su columna de El Norte de Castilla a la vista de la fauna que recorre los viejos trigales castellanos con desenvoltura de propietario, ánimo deportivo y, quizá, muy poco garbo.

II

Así como el naturalista es de hechura contraria al técnico ambiental, o a lo sumo complementaria si uno peca de optimista, la figura del turista rural que hoy en día difunden las huestes ecologistas es opuesta a la que nos trae la terca realidad. Y discúlpenme por traer a colación semejante palabra, realidad, con el cono de sombra que vierte allá donde se presenta, sobre el que pienso saltar olímpica y figurativamente, pues el cuerpo no acompaña. Con permiso de Kant o sin él.

La intelligentsia dizque redentora de bichos y verduras proclama que el turista rural es hijo natural del capitalismo16, caperuza que para ellos acoge a la hez del género humano, de cuya anulación depende la supervivencia del planeta tanto como la del Partido, no necesariamente en ese orden. El basamento para la acción es, como aconseja la vieja propaganda soviética, la movilización de la sensiblería de las masas que conduzca la ulterior toma de poder, cosa espeluznantemente sencilla de lograr hoy en día habida cuenta los medios de difusión instantánea y planetaria y el adocenamiento estatalista que embarga a toda persona decente. Lo avisó Nietzsche, y nada ha cambiado desde entonces.

Teme uno que la intelligentsia yerre una vez más. El turista que hoy recibe injustamente las invectivas ecologistas es producto de las llamadas hechas durante los últimos decenios por el propio movimiento ecologista, recibidas por ese burgués universal que puebla las socialdemocracias semiplanetarias, figura cuyo cono de sombra incluye al ecologista sobrevenido, al ecowarrior californiano venido de intercambio, a presidentes a la caza de votos a cualquier precio, al repicalemas de Internet o a la malcarada niña visionaria, de cuyos poderes fatimescos me permito dudar. Llamadas a abandonar el sofá, a salir de la ciudad, al cuidado de la salud, a la preservación de la menguante biota a cuenta de imaginarios derechos, a comer en el pueblo tras pasear por la vega, a salir en bicicleta hasta en el centro de Madrid: basta de ver leones en la 2 habiendo urracas en la sierra. Esta orden precisa, exacta, fue convenientemente encauzada por el aparato legislador del Estado de Partidos, siempre tan atento y paternalista, así como mediante la acción directa & por lo general subvencionada de los grupos ecologistas hasta calar exactamente tanto como pretendían: por doquier. Los mismos que antes detestaban el campo hoy presumen de pasar horas en él, convenientemente pertrechados contra él1. De la fauna más o menos teratológica emanada de esta movilización de fuerzas nos interesan dos especies: el ciclista y el senderista.

III

En el ciclista coinciden la cinesis y la estasis para producir una nulidad perfecta. Requerida por su feroz ansia de traslación, la voluntad del centauro de carne y fibra de carbono reduce el mundo circundante a una mancha a ambos lados de la vía; a lo sumo, a una pequeña distracción de orden visual –como la marina o el cuadro de masías en la casa del burgués- que alivia los escasos momentos entre repechos y demarrajes, y sólo deja una idea de destino, de meta, de propósito, de absorbente finalidad. A lo que se añade la frenética repetición de un mismo gesto -pedalear-, signo inequívoco de permanencia, de sometimiento a la ley más escasa y a la vez la más gravosa. Los griegos llamaban manía a ese conglomerado de impulso y detenimiento obsesivos, claro que entonces la manía la enviaban los dioses para instalarla en la morada de Psique, a un palmo escaso de la casa de Eros.

El senderista participa de la naturaleza maniática del ciclista. Y es gran paradoja, porque la lentitud, que es la condición general de la contemplación, se encuentra en esta peculiar especie de caminante sometida no a su propio, moroso caer, sino a la misma ley obsesiva de la consecución de objetivos. Incluso el paisaje cumple para para él idéntica función paliativa: no son dioses griegos, ni duendes de roble, ni hadas de foresta quienes dictan al senderista las leyes del camino, sino la Organización, esa emanación de la machina machinorum, el Estado, tan abstracta en su naturaleza como concreta en sus mecanismos, que mediante sus monaguillos de ocasión, los especialistas, regula la longitud del paseo, tasa los minutos de parada y ambulación, obliga la mirada hacia hitos del paisaje ilustrados con un inane anecdotario histórico o etnográfico (es decir, dicta el recuerdo) e incluso fuerza la dieta mejor para no cansarse en el paseo. Sólo que toda transacción está sometida a las leyes de la entropía, y por ello su resultado es el desgaste, no esa burguesa prolongación de la vida que persigue quien camina bajo lemas cardiotónicos. Para ocultar este engaño sustancial, la machina se oculta en la urdimbre de la Organización. Allí, en palabras de Jünger, el hombre de hoy cumple su jornada de trabajo en los días de otium con tanta aplicación como en los de negotium2. No hay sitio para un corazón aventurero.

IV

Hay un camino bordeado de chopos en Castilla en cuyo borde oriental, sentado en una silla moldeada a mis huesos quebrados, he pasado un año observando a ciclistas, senderistas y a un buen número de aves rapaces. En 2.663 ocasiones, para ser precisos. No; no fui presa de manía, al menos que yo sepa, mal que me pese no haber sido tomado por alguna diosa griega en paños más o menos menores durante mis soledades al borde del camino. Lo hice por satisfacer el viejo impulso de observación que me tiene desde niño, que en parte se condujo hacia la ecología. A la ecología del paisaje y de las aves rapaces. Nada más llegar aquí, algún númen del sitio debió mover algo allá adentro, y casi me atrevo a decir que el cuaderno de notas y los binoculares aparecieron solos en la mesa. Establecí, viejo hábito de naturalista que el científico llama método, un horario de observaciones (una hora al día de sábado a miércoles cada semana del año), unos límites imaginarios al volumen de aire a observar (lo que el mismo científico pizpireto llama bandas de observación, cien metros a cada lado del camino), rasqué mi cartera para comprar clarete de Cigales que me hiciera compañía y el resto vino solo, pues en esto de distinguir quién es quién entre la fauna rapaz del cielo, no lo niego, aún me queda cierto arte. Lo novedoso para mí fue registrar el paso de ciclistas y senderistas, tarea que resultó de lo más sencilla a causa de la elevación natural del promontorio donde me sentaba y de lo fácil que lo puso esa especie: vestían con colores reflectantes, como las señales de peligro de radiación nuclear (toda una declaración de intenciones), y tanto en bici como a pie hablaban a voz en grito. Incluso puedo decir, porque se oían claras de tan altas que eran las voces, que la mayoría de las conversaciones que hube de padecer por el bien de mi estudio y que rompían la magia brumosa del lugar versaban sobre la hipocondría de la dieta, sobre los derechos (caprichos) que supuestamente les asisten por encima del hombre sedentario, y sobre el resto del pequeño catálogo de naderías políticas progresistas. Del paisaje, de los chopos, de las águilas del cielo, de los rastros de zorro o de tejón, nada. Ni una palabra en todo el año.

V

Lo que al cabo del año vi se puede decir en una frase: el paso de ciclistas y senderistas espanta a las aves rapaces que navegan, cazan y crían en este sitio de Castilla. Se ve bien, quien así quiera verlo, en las tablas y gráficos que acompañan. El sábado es mal día; el domingo, peor; y conforme vamos al miércoles, con el campo algo más libre de chillidos y malas radiaciones, es mucho más fácil que nos tropecemos, es un decir, con milanos negros o reales, águilas calzadas, aguiluchos pálidos o cenizos, ratoneros, cernícalos comunes o primilla, y algunos ejemplares despistados o residentes de halcones abejeros, azores, halcones peregrinos,  búhos reales, águilas pescadoras, águilas culebreras y águilas reales e imperial, que son en breve los bichos que yo vi.

Qué sucinta puede, si quiere, ser la ecología. Luce mejor así, sin los herrajes que impone el mandato determinista a la hora de escribir, sin la servidumbre que le unce el marxismo cultural al que está tan amoldada. Para alejarme todavía un poco más de esa horma tan sosa, rígida y errada pondré final a esta nota con esto que sigue: ya no es un ave rapaz al servicio de los dioses quien deglute las entrañas del titán que, vanidoso y vengativo, trajo al hombre el conocimiento que auspicia su propia destrucción (los de carácter roussoniano lo llaman Ilustración). Hoy es Prometeo quien devora los higadillos del buitre. Los de carácter secular lo llaman desmitificación. En este pago de Castilla, la mordedura es mayor cuanto mayor es la fanfarria de progreso con la que se anuncian los cambios. El campo se vacía porque pocos quieren pagar los costes de trabajarlo con sus manos, sino asentar en él sus derechos, sus caprichos, sus taras, y no revive bajo el peso gris de ninguna máscara ideológica. La Revolución “cultural”, que amenaza de nuevo al campo con la enajenación del ser en la comunidad regulada por el Partido3, con adherirle sus condiciones policiales so pretexto de liquidar su relativo vacío (alineamiento ontológico que lo separa de la urbs), sólo habla de sí misma mediante un Kulturpessimismus crepuscular, falto de vigor, a diferencia del desabrigo de Spengler4: pura tautología, el lenguaje revolucionario se yuxtapone a todo y todo lo somete a su impulso centrípeto, también el bosque, el trigal, el sendero. Leviatán conquista terreno mediante la civilización, y la metáfora se retira a las cavernas. Cuando las filas de ruidosos paseantes se adentran en el campo, la voz del nihilismo que sella la democracia de masas sustituye al canto de los pájaros. El pronóstico de Trakl:

 

Al atardecer se colman los bosques otoñales

del eco de armas mortales, las planicies doradas

y los lagos azules; sobre ellos rueda el sol

tenebrosamente; la noche envuelve

agonizantes guerreros, el lamento salvaje

de sus bocas destrozadas.5

 

se cumple cabalmente con una apariencia de absoluta inanidad, de completa indiferencia, porque:

 

La Naturaleza es un templo donde pilares vivos

dejan salir a veces confusas palabras.

El hombre pasa a través de bosques de símbolos

que le observan con miradas familiares.6

 

Los dioses, también los dioses pánicos, siguen observándonos con mirada familiar, pero ya no desde el corazón del bosque, donde es posible la embriaguez de la que nace la metáfora, sino agazapados en los pliegues y grietas de un mundo regido por titanes a punto de ser devorados por su hambrienta feligresía. Pero en medio del tráfico secular, el pequeñoburgués universal, como el cazador de mamuts, siente, padece el viejo aguijonazo que le mueve en busca de hontanares de sustancia. El “esenciarse del ser” (Seinswesen)7, 8, la tarea propia del hombre verificada de manera incesante desde que en el periodo Neolítico se entregase definitivamente a pintar figuras geométricas junto a gacelas y bisontes (desde que se supo irremediablemente distinto del resto de los animales), no la satisfacen los manantiales de la técnica efectiva, ni es posible que el calibre grueso de la política penetre en tales regiones. Estamos donde siempre hemos estado: en los vastos cazaderos del mito, pero sometidos a la tensión resultante de que en el mundo titánico Dios no sirve a la Naturaleza como pretendía Goethe, sino a los materiales, como apunta Jünger. Dios está en la máquina, en la Organización. Con Gregorio de Nisa:

… es una cosa digna de consideración el hecho de que, siendo este mundo nuestro de tales proporciones y concurriendo todas sus partes para constituir un conjunto ordenado, toda la creación no necesitó, por así decirlo, de un poder especial de Dios, sino que al punto surgió respondiendo a su designio9.

Quizá sea así porque a Dios le gustan las paradojas, cuyo sentido último es la revelación de una analogía, de una esencia común. Pero la vida en el centro mismo del designio también es posible; una vida no instrumental, regida por la saturación de significado, y por ello necesitada de una liturgia protectora.

Sólo una cantidad alícuota de hombres y mujeres viven retirados de las paradojas del siglo (expresas bajo la forma cruel de la parodia, como corresponde a todo fin de época), de los maquinales imperativos del diseño, en los monasterios, también en Castilla. De ellos depende que lo divino se concentre mientras Europa completa su enésimo despiece. También la preservación del tiempo astronómico está en sus manos, de un tiempo tasado por las bestias zodiacales, por los rebaños del cielo, no por Leviatán. Las filas de turistas que inundan los claustros admirando fieras, horas canónicas y trabajos acordes tallados en capiteles producen una erosión infinitesimal en la sustancia del mito, pero es la ratio justa para causar su repliegue en la fijeza de la piedra. La visualidad, la mera visualidad que gobierna el turismo y que reduce la tan ansiada sustancia a pura sed, desluce el mundo pero no logra exanguinarlo de mitos, incommunicabilis existentia. Senderistas y ciclistas lo aprenden al final de sus tránsitos tasados, y la sed no deja de aumentar. De ahí los adjetivos: rural, cultural.

Cultural, rural, historicizado; son palabras que conducen a la idea de remanente, de emanación, de surgencia, si bien el hombre secular sólo contempla la posibilidad de radiaciones mediatas por la modalidad de la técnica que no traela-cosa-ante-los-ojos, sino que muestra el para-algo de las cosas8, desprovistas de divinidad, desmitificadas, reducidas a la inanidad del dato por la autoridad del especialista. Physis ya no tiene, como en Grecia, el matiz de algo que brota de sí mismo de manera inesperada7, 8, sino que reposa en lo calculable, siguiendo el precepto de Marx Weber:

Todas las cosas, en principio, pueden ser dominadas mediante el cálculo. Y eso significa: el desencanto del mundo.10

La hierofanía no cabe en la naturaleza pensada en su finitud, y por lo tanto en su utilidad11: es el lugar de los recursos naturales, de entre los que Homo secularis, hueco, vaciado, ansía los que puedan aliviar su vacío, su oquedad: la naturaleza, utilitaria por gracia de la técnica factual, servil, se vuelve terapéutica, y no porque albergue químicos susceptibles contra los males del cuerpo, sino porque en ella percibe, sin atreverse a nombrarlo, la potencia indiferenciada del Orígen guarecida entre las raíces de los árboles, en canchales y pedreras, ventisqueros, quebradas o cantiles, obediente a los arbitrarios, inalcanzables mandatos del genio del lugar.

Turista es el hombre que paga por no ser recipiendario de la vieja póiesis cuando camina por los antiguos manantiales, el que alivia su bolsa para que el genio del lugar no lo alcance, lo que convierte en turistas (literalmente: giradores, los que vuelven eternamente al mismo sitio) a casi todo Occidente, cuanto menos,  y sumando. La naturaleza del viaje se ha convertido en un asunto técnico, en un ocasionar (make it happen, reza el nuevo lema dinámico, progresista) fiado a la preparación, a los designios de la Organización, pero vestido con la apariencia de una voluntad autónoma plenipotenciaria ejercida por cada viajero: son los harapos con los que la machina machinorum cubre la formidable desnudez de Homo secularis. Al amparo de esa techné que conmina a la Naturaleza a ofrecer sus reservas de energía factual hasta extenuar toda posibilidad de otras surgencias, la maniática traslación de ciclistas y senderistas encuentra justificación, sobrepujando sus efectos sobre la biota, enemistada con lo inconmensurable, en la comodidad de un regreso seguro, en el desembarazo que proporciona una técnica cuya tarea no es traer adelante el misterio sin violentar la utilidad del mundo sino liberarlo de su carga daimónica, exponer a la luz incendiaria del Sol el esqueleto armónico y neutro de la materia, la cristalina infinitud de los grandes números, pese a todo tan frágiles como el uno por su dependencia estadística.

Estamos en el reino de la hipocondría, vestida con los inciertos ropajes del culto a la salud. Un sentimiento acre nos invade en nuestro modesto observatorio, y se hace necesaria otra copa de vino, medio dionisíaco contra la fila de hipocondríacos titanes que recorre el camino junto al soto. Pero: “en principio”, dice Weber, dejándose a sí mismo un punto de fuga.

Cultural, rural, historicizado; son palabras que conducen a la idea de tradición, pero en Europa la tradición han sido sustituida por la reflexión sobre la costumbre con el abierto propósito de maldecirla por irracional e improductiva (Descartes, Galileo, Spinoza, Leibniz, Benjamin, Marx, Malthus, Schelling, etc.). En el mejor de los casos se buscan simulacros sobre los que fundar rupturas e inicios más o menos heideggerianos o benjaministas: los nacionalismos. Se trata inevitablemente de una impostura, porque el sustrato cristiano-católico y pagano de la tradición en Europa constituye un manantial cegado por el muro de carga de la Razón, que a duras penas sostiene hoy el gigantesco cadáver administrativo de Europa. Pues la Administración, brazo ejecutor de la Razón, ha sustituido a la tradición y se ha erigido en un fin en sí misma, cual es axioma fundacional de la Razón. “No aceptar nada que no sea el testimonio de su propia razón y experiencia”12 es para Diderot la formulación de la autonomía del hombre. Pecado de orgullo, dirían en la Grecia presocrática, cuando el hombre todavía podía enfrentarse a los dioses en lugar de huir de ellos mediante subterfugios intelectuales. Con tal presupuesto en cartera, Walter Benjamin ya podía comenzar a “pasarle a la Historia el cepillo a contrapelo”13, a señalar todo pasado y toda tradición como mera barbarie que el comunismo vendría a superar, quizá considerando un mal menor en el gran esquema de la razón marxista por venir la pura barbarie de las purgas, la brutalidad de los campos de trabajo, la conversión de la sociedad en avispero de espías, la mortaja burocrática, la quiebra total de la economía planificada, el aroma a progreso que despedían las pilas de cadáveres en las cunetas de Albania o en los arrozales chinos, donde Mao declaró la guerra del pueblo contra los pájaros como hoy las fuerzas de la luz, el progreso y la razón en Castilla.

Desmitificar el mundo es tarea imposible. No pudo desinfectarlo Heráclito, vencido por el mero fluir del agua; ni tampoco el Renacimiento, con su Anthropos pictórico, quizá gracias a la salvífica carga de medievalismo que lo nutrió desde el subsuelo y de la que no terminó de librarse14; nada logró la Revolución francesa, elevando al rango de fantasma a la diosa Razón; ni siquiera estuvo en la agenda de los altos mandos del Führer o de la ejecutiva del Politburó, reunidos bajo flameantes pendones con cruces gamadas o bajo una gigantesca hoz y un imponente martillo de granito ucraniano. Menos aún está al alcance del revolucionario de hoy, que clama por la satisfacción de sus derechos pequeñoburgueses, a cuya terapéutica comodidad se sacrifican los últimos restos de la tradición: los monasterios y el bosque. La apelación del hombre al símbolo (el agua, la esvástica, el martillo, la serpiente, el rayo…) es constitucional, y symbolon (σύμβολον), en su origen, es la rotura en la jarra de barro, la fisura en el plato de arcilla o en la pared del templo, la grieta abierta entre dos partes contiguas por la que el mito entra en el mundo15. Herida que no revela la técnica, sino la analogía, pues la técnica factual resuelve toda emergencia bajo la forma aséptica, civil, de una emoción plástica más o menos intensa resultante de la correcta ejecución de un proceso mediado por el intelecto (no por la liturgia), quedando eternamente detenida al borde mismo de la hierofanía, presa del legunaje sagrado del que dice querer desprenderse17.

El circunspecto repliegue del mito a regiones de sombra deja el campo expedito para el hombre titánico, para el matador de titanes. Así también en Castilla, donde, guiada por la movilización ecologista y bajo estrictas condiciones ideológicas socialistas o comunistas, al igual que ocurre bajo la férula liberalia, la técnica invade el campo y lo dota de pleno carácter instrumental. El zorro y la lechuza son  útiles por cuanto que se alimentan de topillos; el paisaje es terapéutico; el daimón de la encinada no supera la cruda agencia intelectual del monitor; Diana Cazadora debe cubrir sus pechos y rendir el arco; la muerte ya no habita la última gavilla de la cosecha, ni el crimen rural se distingue del urbano. Homo secularis no soporta ni la hostilidad, ni el  misterio, ni la liturgia que abren la herida, el contacto con las potencias agrestes: el campo lo quiere convertido en urbs. Eso lo saben las naturalezas monacales, de carácter reaccionario, demasiado suspicaces cuando leen a Delibes, quien quizá olvidó la máxima de Jünger:

el buen escritor, como la verdadera riqueza, se reconoce no por los tesoros que posee [así en ideas], sino por su capacidad para hacer que se vuelvan preciosas las cosas que toca.2

Y si me piden una conclusión al modo científico, estoy tentado de decir que no, pues creo que el tiempo de las postrimerías pasó para mí. Pero lo haré por aquella época tan feliz de joven investigador. Mi conclusión es esta: lo único que está en mi mano para preservar el sitio de los excesos de estos tiempos democráticos, y en la suya si algún día pasa usted por aquí, es guardar el secreto de su nombre.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Castilla, bajo el Escorpión.

impacto ambiental turismo rural ciclistas senderistas aves rapaces Castilla

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Gráficos y tablas descriptivos de la relación entre la intensidad de uso del hábitat (total de observaciones de aves, incluyendo migrantes, sin importar la  autorreplicación para propiciar la valoración de posibles efectos sobre la densidad de uso) y la abundancia de ciclistas y senderistas en una región de Castilla entre principios de Septiembre de 2018 y final de Julio de 2019, salvo Enero, por ausencia del observador.

 

1.- Prueba de Tukey posterior al ANOVA (previa transformación logarítmica) para las observaciones de aves rapaces por días. Los fines de semana, las observaciones de aves rapaces son significativamente inferiores a las producidas entre semana. Entre semana no hay diferencias entre días.

rapaces tuk

2.- Media de avistamientos diarios de aves rapaces por días a escala logarítmica.

rapaces 2

3.- Prueba de Tukey previa transformación logarítmica para las observaciones de ciclistas y senderistas por días. Los fines de semana, las observaciones de ciclistas y senderistas, especialmente los domingos, son significativamente superiores a las producidas entre semana. Entre semana no hay diferencias entre días.

turistas rurales tuk

4.- Media de avistamientos diarios de ciclistas y senderistas a escala logarítmica.

turistas rurales 2

5.- Valores medios de frecuencia de avistamientos de aves rapaces y de ciclistas y senderistas.

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6.- Lista de especies observadas.

tablarapaces

Referencias.-

 

1.- Martínez Climent, José Antonio. Pijilandia rural. 2019. Humilladero.

2.- Ernst Jünger. Los titanes venideros. Página indómita, Barcelona, 2016.

3.- Karl Marx. El capital. Alianza Editorial. Madrid 2010.

4.- Stephen Kalberg. The Origin and Expansion of  Kulturpessimismus: The Relationship between Public and Private Spheres in Early Twentieth Century Germany. Sociological Theory Vol. 5, No. 2 (Autumn, 1987), pp. 150-164

5.- Georg Trakl. Poesía completa. Editorial Trotta, Madrid 2010.

6.- Charles Baudelaire. Las flores del mal. Poesía Hiperión, Madrid 2016.

7.- Martín Morillas, Antonio. 2007. El dialogo de Heidegger con los filósofos presocráticos. PENSAMIENTO, vol. 63 (2007), núm. 235, pp. 35-58.

8.- Martin Heidegger. El ser y el tiempo. Fondo de Cultura Económica.

9.- Gregorio Niseno, Peri; kataskeuh ajnqrwvpou  (De hominis opificio), PG 44, 133 C-136 B.

10.- Marx Weber. El político y el científico. Alianza Editorial, Mardid 1981.

11.- Marqués de Tamarón. El rompimiento de gloria. Pre-Textos, 2002

12.- C. Taylor. Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna. Paidós Editorial, Barcelona 1996.

13.- Walter Benjamin. Discursos ininterrumpidos I. Taurus, Madrid 1992.

14.- Johan Huizinga. El problema del Renacimiento. Casimiro Libros, Madrid 2013

15.- Roberto Calasso. Las bodas de Cadmo y Harmonía. Anagrama, Barcelona, 1990.

16.- Paul Feyerabend. ¿Cuán equivocada es la ecología de los filósofos. 2001. https://journals.openedition.org/polis/8216

17.- Jean Palette, 2011. El toro entre reverencia piadosa y ansiedad. Revista de estudios taurinos, 29, 15-139.

Carta abierta al catedrático de la RAE, D. Pedro Álvarez de Miranda.

Estimado Sr. de Miranda:

He leído con la debida atención su reseña publicada en EL MUNDO1 sobre el diccionario de Doña Marta P. Campos, ese que ofrece, a razón de una palabra por página, no sé cuántas entradas en desuso, olvidadas, enterradas por el Tiempo, extraño agente que todo lo paga cuando los hombres no aceptan las consecuencias de sus actos. Es decir, casi siempre.

Entro en sazón: Declaro ser culpable de haber usado, y mucho, esa palabra maldita para Vd.: “amarrazón”. Ahora, al conocer gracias a su artículo que la palabra tiene origen en un desliz tipográfico, la voz me cae todavía mejor. Antes apreciaba su ruda eufonía, su consonante arquitectura arquitrabada por vocales de alto rango (lo decía Casanova, Giacomo, que también para amar los libros tenía un don), el tizne rural, y la rotundidad a la que apela su significado. A lo que ahora añado el feliz azar de su nacimiento, que para Vd. constituye una mancha de orígen, una desgracia de sangre. Tan funesta apreciación por el (pretendido) bajo abolengo de “amarrazón”, me lleva a preguntarme cuál será el criterio de alcurnia al que se acoge el académico para aceptar nuevas palabras en la sacrosanta oficialidad del Diccionario de la RAE.

Lo que sí está claro, en cambio, es el criterio que la RAE tiene para borrar acepciones. Todos recordamos, algunos con sorpresa no precisamente agradable, cómo la tan altiva institución se plegó a la petición (perdón: a la orden) de los alumnos de 4.º de la ESO de los institutos de Peñafiel, Tudela de Duero y Cuéllar de eliminar, descastar, exanguinar, destruir, borrar, dinamitar, momificar, deslucir, desalmar, execrar, el significado despectivo asociado a la palabra “rural”2. Uno no es nadie para empeñarse contra el Espíritu de los Tiempos, así se encarne en unos cuantos niños criados en la maligna superchería de que la servidumbre progresista que se les inocula en las escuelas les convierte en perros-policía de la moral; pero uno sí es alguien para rechazarlo frontalmente, por muy inútil que sea el berrinche, y decir lo que le plazca del campo o de la urbe sin la supervisión ideológica de nadie, por muy sancionada que esté por la RAE.

Nada tengo que decir de los criterios gramaticales, pues ahí mi voz está de más y me pliego a la orden de quien es más sabio. Lo que no me obliga a usar, como no uso hace años, el Diccionario de la Real Academia; antes bien, y por cuestión de rigor (pues el rigor no está en la norma; eso es un prejuicio determinista), seguiré teniendo en mi mesa de trabajo los pertinentes diccionarios de uso, que, al menos por ahora, y sé que no por mucho tiempo, no se arrodillan ante nadie.

Por esto que he dicho no comparto la alegría del autor por la eliminación del diccionario de la palabra “amarrazón” allá en 1992. Seguiré usándola en libros y en artículos, e incluso haré lo que esté en mi mano para encuñarla en el bar tomando el vino o en el quiosco de la plaza cuando pida el pan. Quizá me mueva un inútil gesto de apego al manifiesto rebelde de D. Mariano Ucelay3, levantado en armas lingüísticas contra la RAE, y no con escasa razón.

De la obra reseñada, esos libracos de Doña Marta, sólo los conozco por la descripción de Vd y por lo visto en internet. Ojalá me equivoque, pero por lo que ahí se dice me recuerdan a esas horteradas sin cuento que salen de las facultades de Bellas Artes (con perdón), a esas necedades que se exponen en ARCO o en cualquier casita de cultura con ambiciones de modernidad, valga la redundancia. O la tautología, pues el Estado es incompatible con la cultura (lo razonó sobradamente el viejo Cabezapólvora alemán, Don Federico Nietzsche, en esto tan perspicaz). La intención de darle nueva alma a vejestorios lingüísticos, empero, bien pudiera ser loable; siquiera porque a la modernidad a cualquier precio que abandera la RAE cabe oponer una calma hostil, un rechazo por principio, casi por rigor metodológico, vistos los principios ideológicos que la mueven.

Dicho esto, teme uno que, a lo que se desprende de su reseña, esos libracos más o menos resucitantes se ofrezcan con el sentimentalismo propio de esta época, y así la intención se devalúa hasta la Nada. Pues la Nada, y no otra cosa, es el destino que a todos y a todo aguarda. También a la RAE.

Sabiendo que me disculpará Vd. el desvarío si por un acaso acierta a leerlo,

suyo affmo.

José A. Martínez Climent

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Referencias:

 

(2) https://www.fundeu.es/noticia/una-tesis-doctoral-lleva-a-la-rae-a-cambiar-la-definicion-del-termino-rural/?fbclid=IwAR2Qhgr2AvVhzp4OtxT6pgWxK7Pk-DDZmSUGL78HMt71BVGqmvl3XGLTmGU

(3) https://marquesdetamaron.blogspot.com/2010/11/mas-insobornable-contemporaneidad.html


© de la imagen, desconocido.

Pedro Alvarez de Miranda

 

La extraña pureza de Alicante

Una buena amiga ahora instalada en España tuvo la extraña, no sé si llamarlo fortuna, de nacer y vivir tras el Telón de Acero, en pleno bloque comunista. No hace mucho, mientras tomábamos un vino en casa, acertó a contarnos algunos recuerdos de infancia. En particular, pues la memoria del niño es precisa donde el adulto escamotea el recuerdo falseando lo vivido con toda suerte de subterfugios y descargos, un sucedido de esa especie que perdura intacta a lo largo de lustros y decenios, conservado, pese a todo, como un tesoro.

El profesor de la Escuela Popular era un tipo muy acendrado y de entusiasmo fácil. Alto y muy delgado, hay quien decía que la flacura era cosa reciente, pues antes, siendo el hijo único del vaquero, había tenido sus anchuras. Entre sus no pocas virtudes estaba la de llevar la clase con unos horarios que cumplía a rajatabla. Así, llegado cada Jueves, anunciaba nada más entrar que a media mañana habría excursión. La natural algarabía de los zagales (y perdonen lo inadecuado de la expresión, pues no sé cómo se dice zagal en el dialecto que el Partido había aprobado para el valle donde se asentaba aquel pueblo) la cortaba el maestro con un varazo en la mesa. Pero a las once en punto y en fila de a dos la chiquillería tomaba la acera de la calle principal caminito de la carnicería del pueblo, para, una vez llegados frente al escaparate (donde tras un cristal con lamparones descansaban una cabeza de cerdo frecuentada por las moscas, dos riñones de vaca desinflados, medio pollo enflaquecido y un filete de cecina mal curada), el profesor se ajustaba sus gafas redondas, se alzaba sobre las putas de los raídos zapatos y así, en esa postura tan incómoda, lanzaba una arenga de la que, confiesa ella, los niños entendían la mitad, pero que de la mitad que entendían sabían lo que sigue: que el carnicero era gordo porque se comía “la grasa del pueblo”, imagen que ahora, pasados tantos años, todavía le produce a mi amiga unas arcadas homéricas; que el susodicho era un “asqueroso capitalista” porque su magro negocio, en realidad un economato del Estado, escamoteaba media docena de huevos y algunos huesos de pavo cada mes para destinarlos a la infecta ocupación del mercado negro, es decir, al beneficio individual; quién sabe si también algún filete; y que esas moscas tan grises eran “insectos venidos de Occidente”, y de ahí su pertinaz indolencia, pues antes, en los buenos tiempos de aquel pueblo, las moscas tenían un brío y una nobleza a la hora de escoger donde libar…

Lo cierto es que la flaca muchachada, que a decir verdad no había visto nunca en su mesa ni la grasa del pueblo ni los huevos hurtados a la economía planificada, comenzaba a impacientarse con tanta palabrería porque sabía lo que venía de seguido, a fuerza de repetirlo cada semana. Y es que con el primer gallito inducido por la fresca el profesor daba una tos un punto tísica, bajaba de sus puntas, se pasaba un pañuelo muy plegado por las comisuras, limpiaba los lentes y, seguramente por apego al método socrático, tomaba una piedra del suelo y la lanzaba contra el cristal.

Cuenta que ella también lanzaba piedras. Añade, entre risas y sollozos, que una vez cada Dios sabe cuándo un coche negro salía de una densa nube de polvo y grava por la parte del bosque, paraba en medio de la calle, y de sus élitros alzados bajaba un grueso abrigo tocado con un sombrero de fieltro. Era el Alto Comisionado del Partido, cuya mole ciega, gris, le producía pesadillas durante meses. Allí parada, aquella estatua viva saludaba con el puño en alto al socrático afecto al comunismo, que le entregaba, a modo de informe de progreso, las notas en ciencias, los suspensos en hidráulica, los notables en marxismo, y una lista con el número de piedras lanzadas por su clase contra aquel indeseable capitalista, con el nombre de los buenos lanzadores.

De todo esto me acordé ayer, día que preludia el solsticio de verano, y no porque un soplo de abundancia llenara mi mesa con algo mejor que las viandas que nunca vio mi amiga en otro sitio que no fuera en mesa ajena, sino porque leí en un diario, y mire usted que procuro no hacerlo, que en el Ayuntamiento de San Juan de Alicante se había ejecutado un acto de repudio contra la concejal de Vox durante la toma de posesión tras la elecciones municipales. En San Juan está prohibido decir San Juan, pues el nombre señala ahora una propiedad privada de algunos partidos. También, ha de decirse en catalán, o al menos en valenciano químico, normativo, lengua de la facción colaboracionista. Y el pueblo, que ya no existe más que encarnado en sus delegados en eso de existir, los concejales, ha convenido en declarar no-persona a una que, sin ser carnicera, a buen seguro es impura.

San Juan de Alicante era un villorrio de secano en el que los niños íbamos al colegio y aprendíamos a robar hojas de morera para forrar las cajas de zapatos donde criaban nuestros gusanos de seda; donde dábamos paseos Rambla arriba, Rambla abajo, cruzándonos con otras pandillas, que era la única forma extraña de ser que conocíamos. Ahora es un pueblo habitado por fantasmas.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

chica puerto de Alicante-autor desconocido

Fotografía vieja y buena, de autor desconocido.

Corrección política y (santa) reacción

Presentación en la Librería Troa-Neblí, Madrid, 21-5-19

Diccionario de Insultos de D. Francisco de Quevedo (Editorial Verbum)


Intervención de los autores (audio, 13 minutos)

José Antonio Martínez Climent -Diccionario de Insultos de Quevedo- Librería Troa-Neblí 21.5-19

José Antonio Martínez-Climent, coautor ©PeterWall, en “La Mirada Actual

Video de la presentación

Diccionario de Insultos de Quevedo- Editorial Verbum- Julia Escobar-Marqués de Tamarón-José Antonio Martínez

Julia Escobar Moreno (texto de su ponencia)

20190521_202721

Prólogo del Marqués de Tamarón

Marqués de Tamarón -Santiago de Mora-Figueroa, presentación Diccionario de Insultos de Quevedo, Tora-Neblí, Madrid, 21-5-19

Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón: Embajador de España, escritor. ©PeterWall, en “La Mirada Actual

Diccionario de Insultos de Quevedo- Editorial Verbum

Ricardo González-Haba- Diccionario de Insultos de Quevedo, Editorial Verbum

Con Ricardo González-Haba, coautor (entre el público, a la izquierda)

Diccionario de Insultos de Quevedo - Librería Troa-Neblí

Diccionario insultos Quevedo- Jose Antonio Martínez-Marqués de Tamarón-Julia Escobar

 


Fotógrafo en la presentación: PeterWall.- PeterWallAdobe@yahoo.es https://peterwallart.wordpress.com/https://www.instagram.com/peterwallart/

Bendito el país de camareros

Es un defecto, lo admito: la expresión “España es un país de camareros” me descompone un tanto. La emplean, como ustedes saben, aquellos que abanderan el progreso como los niños abanderan los berrinches: con un cretinoide sentido de superioridad que, no siendo niños, fundan en considerarse a sí mismos personas cultivadas, hombres de mundo, poseídos de una revisada ilustración, imbuidos de un socialismo mal disimulado en el que se postulan como predicadores de la modestia y del sentido común.

La peor facción de estos engreídos la sustancian los escritores, un difuso grupo de vanidosos de tercera que no se soportan entre ellos a fuerza de envidias, enchufes, reseñas, reportajes de suplemento, invitaciones al canapé ministerial, a soirées de casa de cultura o a saraos de diputación. Son la Corte de los Milagros de la intelligentsia de partido. Sin pudor alguno expelen borborigmos culturales copiados de los lemas del momento, y con igual fruición repican ideicas sobre devaluación de moneda, producción de energía, PIB, arquitectura y moral, fondos buitre, deuda pública, pintura impresionista, deforestación, pesca con mosca, astronomía, deconstrucción del lenguaje, ecumenismo leninista, Kant, y todo ese catálogo de filosofía superficial que nutre los editoriales de los diarios progresistas y sus artículos de encargo.

En lugar de postularse sin cesar, mostrando así su naturaleza advenediza cuando no parasitaria, mejor harían en sacudirse sus ansias redentoras y en acudir, cabizbajos y arrepentidos, a cierto bar de piel de gamba y quinto maloliente para que, entre servilletas aceitosas, paredes desconchadas, calendarios atrasados (esa modelo que anuncia tractores vestida del Betis; esa formidable italiana de pechos hercúleos que se apoya en el negro caucho de unas Pirelli de camión) y una parroquia de viejos desdentados atrapados en un eterno dominó, un camarero flaco y encorvado, masticando un palillo como la Pitia masticaba hiedra, relimpiando hasta el desgaste un sucio vaso de vermut, sin levantar la cabeza y mirando a la mosca posada en el hueso del jamón les anunciase que en la trastienda de ese bar, allende la cortina de canuto, mora el más puro duende del progreso; ese que a fuerza de fracasos aprendió que todo avance finca en el pasado, y que a la herida y no a la luz edificante está dedicado su templo, al que, a su debido tiempo lo verán, acuden también los escritores fracasados, por ver si un camarero revenido por la sabiduría que le es propia les redime de sus miserias sirviéndoles, sin mirarles, un pincho duro de tortilla y un tintorro avinagrado.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Castilla, tierra de mesón ceñudo y mosca terca, a 7 de Mayo de 2019.

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Arcadi Espada, Quevedo y el juicio del “Prussés”: un peritaje lingüistico.

Publicado en El Mundo, a 11 de Abril de 2019:

“Estos días suele darse un momento de vacilación repetido en la Sala, cuando los fiscales urgen de este modo a los policías que intervinieron en los colegios:

– Dice usted que hubo insultos, ¿qué insultos?

Casi ningún testigo responde fluidamente. Vacilan, mezcla de las dificultades de la memoria y de la timidez.

– Bueno, pues, no sé…, fascistas, escoria, sinvergüenzas, basura, hijos de puta, cabrones, asesinos, cobardes…

La galería siempre decepciona. Aunque reconozco que estoy marcado por un librito desopilante que acaba de llegarme: Diccionario de insultos. Extraídos y trasvasados de las obras de D. Francisco de Quevedo. Los autores… ”

Artículo completo, aquí.

Diccionario de Insultos de Quevedo- Editorial Verbum

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