La Batalla de Navidad

Si el resultado más probable no fuera un mes o dos de agonía intubado en la blanca e higiénica Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital y, al cabo, la muerte o la decrepitud de cuerpo y mente, sería distraído estudiar la batalla entre una potencia conservadora (la que mueve, por la vía religiosa, a los ritos del nacimiento de Cristo &, por la vía secular, a gastronómicas reuniones con familiares y amigos – no siempre encarnados en la misma persona-) y la criminal inutilidad del Gobierno Progresista, a la que se unen, en mayor o menor medida, no pocos gobiernos regionales.

La pujanza con la que esa insondable pulsión al rito reclama vigencia sobre las condiciones objetivas de la muerte y de la ruina supone una objeción irrecusable contra la misma sustancia del Progreso bajo cuya férula secular se ordena Occidente. La cruda certidumbre epidemiológica de que el resultado de las reuniones familiares será un recrudecimiento del dolor y la miseria no consigue refrenar la urgencia con la que la Tradición reclama cumplimiento. ¿Supone esto un triunfo, o, como premio de consolación, un trofeo para las vitrinas de los conservadores? No. Es tan solo la confirmación de que en la naturaleza del hombre yace un principio de costumbre refractario al cambio, una oscura aunque paradójicamente translúcida desafección por la ciencia que nos devuelve a esos tiempos presocráticos en los que, pese al empeño de historiadores y lexicógrafos, el logos estaba peligrosamente cerca del mythos, a un ansia por encontrar refugio en la tibieza del Origen mientras la nevada cae en el exterior.

No creo que nada de esto ofrezca consuelo a los que van a morir para que el hombre moderno satisfaga un hambre antigua. Ni creo que la ley de los Grandes Números que rige la vida democrática vaya a alterar uno solo de sus principios estadísticos para reconocer el valor del único número que existe; el Uno. Igualmente creo que ninguno de los cambios que promueve la presencia funesta del nuevo virus consiga alterar en lo esencial a ese solitario y viejo cazador-recolector que en la oscuridad de su cueva mental contempla el mundo, al que siempre, mucho antes de Platón, comprendió mejor si estaba representado en las rugosas techumbres del refugio: un día fueron bisontes y gacelas; hoy son las frías constelaciones titánicas. Pero la mirada pervive, hechizada, y en ella reside quizá nuestra sustancia última. Sabemos, no tan en el fondo, que en los oráculos, revelaciones y profecías del friso zodiacal hay más verdad que en los fogonazos de la Razón o la política, que hoy amenazan con quemarlo todo, una vez más. Y tenemos esta certeza, afilada, cortante, estremecedora en ocasiones: Los dioses nunca desaparecen; tan sólo se esconden. Puede que un día Apolo y Dioniso regresen bajo la forma del primero, como pronosticaron en Delfos, y que reinen para siempre, o que un Cristo Apocatástico nos redima de la corrupción de la carne; o puede que no, y que nos corresponda a nosotros alimentar el fuego sagrado de vacuos sacrificios a la espera de un regreso bajo formas nuevas.

Quizá esa tarea formidable recaiga sobre alguno de los que sobrevivan a estas Navidades democráticas, radicalmente conservadoras.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 21 de Diciembre de 2020

Reseña de Contramundo, de Carlos Marín-Blázquez.

Un libro de aforismos reaccionarios es un islario; lo quiera o no, su autor tiene más de cartógrafo que de literato.

Un castillo emplazado en la desolada planicie. Un abrigo entre las zarzas en el corazón del bosque o, como diría Whitman, algo vertical entre las cosas inanimadas. Pero un edificio mental. A nada más puede aspirar el hombre asolado por el viento democrático.

El punto de partida de esa singladura mental es la aceptación, o al menos la comprensión, de que no hay alternativa: la soledad frecuentada por libros, amigos y fantasmas o el despellejamiento en la plaza pública.

Nada disuelve la potencia bruta del demos: se agota tras consumir todos los materiales.

La cartografía de arrecifes y rompientes es labor de monacato o furia de converso. El reaccionario debe estar prevenido. Su alegría viene de otras fuentes, de otros desiertos, de otros vergeles.

Dichoso el que puede perdonar, porque de él es el futuro.

Completada la tarea de vivir en tierra hostil, sólo resta la rabia de una muerte inaceptada o la serenidad de quien entrega su alma a una instancia visible en cada gesto, en cada rama, en cada sombra.

La jerarquía está inscrita en nuestra sangre. De ahí el eros que obra en la dominación de las masas. No hay idea humanista que redima ese imperativo biológico.

Trasladar la jerarquía natural mediada por la fuerza a la corte de un autócrata capaz de asumir en su persona las cargas de la justicia, la economía, la crueldad, según los principios de la magia simpatética. Roma estuvo cerca en no pocas ocasiones. Nicolás II desacreditó a los autócratas durante siglos por venir.

Güelfo de una causa perdida, el hombre singular marea por el tiempo como un barco en llamas.

Bendito el que puede encomendarse a los daimones del camino, a los dioses del paisaje, al Cristo en Majestad…

Del viejo Humanismo, despiadado enemigo del hombre, sólo quedan fantasmas, jirones de palabras incapaces siquiera de formar ya una idea. Es una ventaja táctica que pocos están aprovechando.

Quien hoy vive a contramundo tiene certezas absolutamente ademocráticas.

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Estas y otras cosas cree ver uno en el segundo libro de aforismos de Carlos Marín-Blázquez.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 2 de Noviembre de 2020.

Contramundo, en la Editorial Homo Legens, 2020.

Reseña a “Mal de ojo”, de Pilar Carrillo.

Hace más de treinta años, se dice pronto, que aquí, en España, la educación positiva, de mucha ciencia, progresista, nos dice y asegura que el mundo es comprensible de suyo, que las nieblas del pasado, cubriendo desde Franco hasta el día (infausto) en que Lucy bajó a por nueces, las despeja para siempre un ánimo de razón que, cuando se adquiere, inunda el cuerpo, que no el alma, con una soberana plenitud de uno mismo. Así bendito, iluminado con un  Buda, todo se vuelve sereno, todo está lleno de promesas, el miedo se olvida y ya podemos caminar.

Como uno de orientalista tiene poco, o más bien nada, observa, rasgo reaccionario, ciertos reparos a eso de que un rayo de luz artificial baste para limpiar del pasado de polvo y telarañas, suponiendo, y ya es ingenuidad, que el pasado fuera un desván necesitado de limpieza. Así, recuerdo a mi abuela sentada en una silla de mimbre, limpiando lentejas de piedrecillas y gorgojos, sin levantar la vista de la olla, contándome cuentos que a su vez le contara su abuela, que me erizaban la pelusa del cuello con la sospecha de que ogros, lobos, salteadores de caminos, bandoleros o agriados gitanos pudieran aparecerse a mis espaldas.

Si, en cambio, abriera Vd. un libro de cuentos de hoy,  no encontraría nada del viejo misterio: tan sólo el esqueleto mal montado de una historia, aplastado bajo el peso de la moralina luminosa. Pues, no insistiré en lo que Vd. ya sabe, toda materia, y así todo libro, no es más que el molesto y antiguo soporte de las Nuevas Ideas, dice la grey res publicana.

Siendo así, encuentra uno de lo más agradable el libro de Pilar Carrillo, que además de escritora es buena amiga, titulado Mal de Ojo, publicado por Kolima. Diría que los cuentos de vieja que allí podrá encontrar no están atacados por ese cáncer de luz que hoy todo lo enferma, sino que permanece en cada página el toque anciano de su abuela, que fue la que en buena hora le contó esas historias de hogar y de gorgojo. Que el miedo, ese miedo infantil que a algunos les volvía hombres valerosos, repta entre las líneas, caído de calderos bullentes, montones de leña o escondido en los negros pliegues de la falda de la anciana.

Sé que a muchos tales cosas no les atraen más que como material de museo, literatura anestesiada por la ciencia de la antropología cultural, dicho sea esto con la pelusa del cuello erizada; cosas de un pasado felizmente lejano que uno recuerda con privada nostalgia y público rechazo. No cuenten conmigo para ello. Nada de eso me interesa. Si compro un libro y encuentro formol, lo cierro y lo tiro a la hoguera. El de Pilar cría polvo en una estantería; ese polvo que sueña con ser anciano tan pronto como pueda, para que, con la pátina del tiempo, encuentre un día a un lector necesitado de sombra y de frescor antes que de ciencia y solanera.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 21 de Julio de 2020.

Mal de Ojo, Editorial Kolima, 2017.

Mal de ojo

 

Reseña a “Memorias de un güelfo desterrado”, de Armando Puigbó

Armando Pego Puigbó bien podría ser el nombre de un trovador, miembro de esa corte de cantores desapegados de todo menos de trovar poesías y rimas melancólicas por caminos, pueblos, sierras y prados catalanes que, si no lo hicieron, debieron haberlo hecho cuando decir bellos tropos todavía era posible. Sin embargo, y pese a nuestra insistencia, Puigbó, con maneras gentiles, persiste en decir de sí que es güelfo desarraigado.

Se preguntarán ustedes, y con razón, a quién sirve hoy un güelfo; qué batallas libra, si va y viene de Milán a Constanza, si le tiene ojeriza a la casa de Suabia, ¿piensa vengar la derrota de Bolonia? o si es bien recibido en la Corte de Aviñón. Y la respuesta es que sí a todo, pero que no. Hemos de admitir que la condición de soldado papal es hoy una profesión extinta. Todavía más si el empleo dependiese del Papa Francisco, que anda algo desapegado de las cosas del Cielo como para meterse en batallas teológicas. Otra cosa, quizá, sería si Ratzinger… me estoy yendo del cauce.

Pero si algo nos enseña la Historia (la Historia; no esas fantasías metodológicas marxistas sobre la Historia) es que los caminos de Europa siempre han estado surtidos de personajes más o menos errabundos que sirvieron a las causas más desperdigadas. A buen seguro que Vd., amable lector, conocerá unas cuantas. ¿Qué no? Pues admita el consejo: adjunte a su colección de libros de trova, a la derecha de la serie reaccionaria, justo encima de los autores singulares y no muy lejos de esas partituras de música sacra los libros de Puigbó. Allí leerá cómo y cuándo es posible hoy la solitaria condición de güelfo.

Hubo más de un alemán que, para encontrar su sitio en este mundo de ruinas, se fue al bosque, y allí, enzarzado, vivió hasta su muerte. Armando les dirá que el bosque es hermoso, pero que él encontró otros bastiones para su fe. Ni mejores ni peores que una buena encinada: solamente los suyos, rodeado de un cierto aroma florentino y un tanto así de loor de Ascensión.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 17 de Julio de 2020

 

armando güelfo

Un verano con Julia

Hace una semana escasa se presentó, ella sola, muy peripuesta, la ocasión de volver a leer “Nadie dijo que fuera fácil”, primera novela de Julia Escobar Moreno. El verano tiene estas cosas. Así que, con mucho gusto, me puse a releer, que es cosa de mucho beneficio si se escoge bien el libro.

Al poco me di cuenta (por segunda vez) de que la sagacidad de Julia (se publicó en 1999) ni se había robustecido con el tiempo ni había perdido mordiente. Seguía allí, tal cual ella la dejó, dicha con el esmero de quien sabe escribir (¡ay, bobos antiestilistas!), sólo que con algo más de encanto por el amarillear de las hojas.

Encuentro algunos de los capítulos desternillantes, y comprendo que la siempre picajosa progresía del momento recibiese la novela con cierta amable suspicacia, cuando no de otra manera. También hubo quien no precisó de pretextos ideológicos y se hundió a disfrutar del libro, sin más. Como quiso la fortuna que un servidor estuviera entre estos últimos, ahora, pasados tantos años, cuando todo aquello que la autora describió con humor y brillantez se ha convertido en una turbia riada que ahoga la vida de quien no puede vivir fuera del mundo, he de decir que segundas partes fueron todavía mejores que las primeras; me alegro sobremanera de que esa campanilla invisible me advirtiera, como ahora les aviso a Vds., de que había llegado la hora de volver a Julia.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 8 de Julio de 2020

JULIA ESCOBAR

Lecturas desde la cueva.

Los aforismos de D. Carlos Marín-Blázquez son casi traslúcidos. En ello hay una virtud fácil de reconocer, incluso para quien busque en el lenguaje los estallidos de la pólvora, el filo de la navaja, la oclusión del cepo.  Quien complete la lectura de sus Fragmentos, publicados en la Editorial Sindéresis, sin embargo, encontrará engañosas mis palabras, porque, en la azulada mansedumbre de sus sintaxis espejean toda clase de explosivos, no pocas navajas y un número considerable de cepos.

La virtud reconocible, además de la puramente literaria, es la de la reacción. «Reaccionario» es, de acuerdo con la interesada imagen construida por la horda destinada a caer en las trampas dispuestas por D. Carlos, un personaje adusto, viejuno, aferrado a las costumbres y a los usos trogloditas que el Progreso asigna a quine obstinadamente se niega a ofrecerle el cuello. Ese fantoche de cartón triunfa entre la propaganda casi tanto como la estupidizante idea de que la gratuidad de todo lo que ofrece el Estado. No es así. Nos recuerda el Marqués de Tamarón que reaccionario era quien, vaya descaro, protestaba a la vista tremebunda de la guillotina francesa que lo iba a terminar. Pero cabe apresurarse a matizar, y es Tamarón quien de nuevo acude al rescate, que la simple protesta no define al reaccionario. El erudito aludirá aquí a un descabellado gusto por las formas del Antiguo Régimen, a un intolerable instinto de jerarquía, al más despreciable lenguaje altivo y cultivado, al hábito monacal de quien vive en un mundo imposible de habitar sin disponer de una cueva en el bosque. Serán, en primer lugar, los espinos de las palabras quienes definan los lindes de nuestra furtiva propiedad.

Es por ello que recomiendo la lectura de los Fragmentos del Sr. Marín-Blázquez tanto como en su día me permití alabar esa maravillosa gruta que es El rompimiento de gloria, novela de D. Santiago de Mora-Figueroa. Quien, descabelladamente, acepte mi consejo comprenderá, apenas lea las primeras páginas de ambos libros, que esas zarzas son insondablemente hermosas, cálidamente acogedoras para esa pequeña horda de solitarios reaccionarios destinados a una condición errante, irremediablemente huérfana.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

 

carlos fragmentoscomprar-el-rompimiento-de-gloria

La Venus de Bilbao

Lo de Enrique García-Máiquez de hoy en el Diario de Cádiz que lo acoge es nota muy alegre de leer en este valle diario de tristezas informativas. Para ser completo, el sentimiento debe acompañarse con las espléndida nota que firma Esperanza Ruiz, donde se lanzan piropos de mérito a la joven y por lo que dicen magnífica Beatriz Fanjul, diputada popular: que si es tierna, que si es muy buena y estudiada, que si abdominales de oro, una sonrisa hechizadora… Y todo viene a cuenta de que, a lo que se ve, la cosa feminista que nos llueve al parecer ya no es granizo sino lluvia arreciada, porque la nubes del firmamento ideológico se han roto en lo que el añorado Mariano Medina bautizó como chubascos dispersos. Dicho de otro modo: que la idea monolítica y cerrada del feminismo progresista se quiebra en variedades dizque liberales, de entre las cuales destaca el modelo praxiteliano de Fanjul.

Pues sí, las varietés siempre animan, pero imagine por un  minuto que las señoras, también los ángeles rubios de gimnasio, dedicasen su (lo diré sin saber qué es) feminidad menos a la ordenanza política del hembrío y más a la difícil tarea de ser en todos los campos de la vida. Imagine que en lugar de dictar diecisiete hormas de mujer (o una si gana Casado) las leyes fueran sexualmente neutras y que, libres de injerencia ideológica, las señoras dedicasen toda su vis no a mirarse en cómo deben ser sino a escribir lo que les salga, al macramé, a componer sinfonías, a cocer buen pan, a conquistar Marte, a dormir siestas celascas, a criar zagales, a no tenerlos, a amar con arrobo o desespero, a decir apotegmas en las plazas públicas, a dar de comer a las palomas…

Pero no. Con o sin variedad, unas por otras las señoras feministas, las buenas y las no tanto, sólo piensan en la regulación del ser hembruno sin darse cuenta de que, a fuerza de regulación, lo único que queda es un monolítico ser normativo vestido de muchos colores. Y miren que siento fastidiar la alegría general que había esta mañana en las páginas de Enrique García-Máiquez, de Beatriz Fanjul y de Esperanza Ruiz,  pero tengo el consuelo de que esta la mía muy leída no es, y la certeza de que, en el caso errabundo de que alguno de los tres cayese en estos desvaríos de inmediato me ofrecería su compasión, ya que no, por carca y reaccionario, su amistad de ángeles que da gloria verlos. Ni me imagino el éxtasis de tomar un whisky con tortilla de patata con ellos.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

 

venus de praxiteles Beatriz Fanjul, Enrique García Maiquez, Esperanza Ruiz

Vanidad, bendito tesoro.

Permitan, antes de que la ortodoxia progresista o la pudibundez ilustrada las extingan, que recuerde con nostalgia a aquellas jóvenes que comiendo pipas en el banco de un parque valenciano, pasando yo cerca y distraído me silbaron diciendo: “¡Qué olorcito!”. Dios las bendiga.

Fdo.

José Antonio Martínez Climent

A 4 de Marzo de 2020.

vanhaho

 

 

Reseña de una comida rural. Invierno de 2020.

Seré breve, pues el zumo de granada de mi desayuno está a punto de alcanzar esa temperatura perfecta, exactamente anumérica, en la que su sabor gomoso y coagulado… pero dije brevedad.

1.- La imposición del repertorio a servir & comer no corresponde al dueño del local, sino que es elección plenipotenciaria del cliente limitada por la carta de viandas, convertido por el mero hecho de entrar en el local en una suerte de Luis XVI que lo espera todo del servicio, como el servicio lo espera todo del cliente y con la misma educada discreción. Cuando por tres veces, como Pedro a Nuestro Señor, el propietario corrige al cliente y le impone sus platos, está cometiendo delito de lesa majestad.

2.- ¿Qué se puede esperar de un lugar cuyos magníficos ventanales dan a un paisaje castellano abochornado por el “¡Adelanteeeee, chicooos!” del susodicho y ya cargante propietario-regicida? ¿Hemos de poner en duda toda esta fenomenología rural?

3.- Uno espera lo peor, y sin embargo las alcachofas tocadas por variadas pero prudentes materias agropecuarias derriten nuestras defensas. Cuando el goce del silencio mezclado con huevo, sal y jamón alcanza el paroxismo en la quietud del local (pues todavía estamos solos), un camarero vestido de luto republicano incurre por el lado izquierdo del cuadro para agrietarlo en mil pedazos con un indigerible “¿Cómo va la experienciaaaa, chicoooos?”.  Cuántas veces a lo largo de una vida uno desearía haber acudido a ese curso de esgrima del que nos distrajo un amor universitario.

4.- El vino. ¿De verdad es precisa esa parábola amanerada que lleva el corcho a la nariz? ¿Qué clase de simiesca geometría es esta que despliega el camarero en repetidas trayectorias? ¿Es incapaz este súcubo siniestro de la más mínima naturalidad en el puro artificio que es cualquier acto estético? ¿Pero de verdad no ha leído y absorbido por su médula blanda, desviada, acúmulo gangliolar darwiniano, Cómo quiero que me sirvan el vino, de Arturo Pardos Batiste? ¿Debe ser el cliente quien le informe de la existencia de ese libro? ¿Será capaz de alejar el corcho de la nariz?

5. A- Pièce de résistance. Color marrón intenso por exceso de cebolla dorada, una enorme cama de lava irregularmente distribuida en borbotones sobre la que mueren unos trozos poliédricos de pollo corralino y bogavante de posguerra. La entrega del plato, su deposición en la mesa, ocurre bajo el signo fatídico de la dichosa expresión de moda: ”Bla bla bla, chicoooos”. El cliente extrae las gafas del bolsillo de su americana y contempla asombrado el plato de barro. Total ausencia de perspectiva o de simetría, tan sólo un derrubio de cadáveres, una fosa común. El sabor del escuálido bogavante, en caso de que se lo estén preguntando, abandonó el cuerpo del crustáceo hace demasiado tiempo como para captar un mero rastro. Las fibras musculares del pollo se incrustan pertinazmente entre los dientes, correítas de cuero, fetiche dental del camarero.

5. B.- Cuando todo recuerdo de aquellas maravillosas alcachofas con las que el truhán del propietario nos sedujo a su cueva platónica, pues aquí sólo sirven ideas, ha quedado reducido a polvo deseable, masticando el último cubo de ¿pechuga? llegamos a una suerte de látigo doblado, un apéndice impúdico y fláccido que yace en el centro mismo de la cazuela, momia aún fresca enmascarada por todavía una capa más de cebolla dorada en la que con gran atrevimiento, como el domador en el circo, acercando el tenedor con arrojo y temor, descubrimos el cuello del pollo. El cuello de un pollo muerto.

6.- Postre. La decencia belga del chocolate la matiza una goma verdosa con aspecto de gominola derretida cuyo sabor químico embadurna el paladar con un anticipo de la muerte.

7.- Licores. La potencia herbosa del orujo, con todo su empeño, no logra desviar nuestra mente del recuerdo de haber estado masticando el cuello de un pollo muerto.

8.- Cuenta astronómica en cajita de puros sin puros y un último y vengativo “¿Qué tal la experienciaaaa, chicoooos?”. Salida del local al frio castellano. Sol de invierno. Niebla incipiente. Un milano sobrevuela el valle. El olvido comienza su acción benefactora.

 

Fdo., sellado & cuñado,

José Antonio Martínez Climent

the picnic canvas

El tren de Russell

Ha venido la feria al pueblo. Huele a canela, a embutidos fuertes, a humo de freidurías. Una mano eficaz y laboriosa ha sembrado la calle de paradas donde se venden grandes hogazas de pan, prehistóricos pulpos sazonados que cuelgan de rotundos ganchos, collares de pedrería barata, máquinas de labrar. Casetas y toldillos se alinean al pie de ambas aceras, y por un efecto de sutileza geométrica la calle se hunde sin fin en una lacerante perspectiva de luces y gentío sazonada con una mezcla enervante de canciones de moda. Al fondo de la calle, hilando con los puestos con la mirada hasta al final de esa perspectiva expresionista, quien aventure la mirada alcanza a ver el oscuro descampado en el que acaban todas las ferias.

La vista se llena, se distrae con todo, apremia una necesidad pujante e infantil de comprar altramuces, caballitos de latón, churros o puritos de regaliz. Sin embargo, entre las idas y venidas de un puesto a otro (en un zigzag en el que el niño de antaño se reconoce como adulto sin la edad acumulada) no puede uno dejar de mirar de reojo aquel negro ámbito que se va haciendo más grande conforme cambio de parada. Llegado a ese tenderete ambiguo e imposible de situar en el tono de la fiesta (que obra en toda feria ambulante acumulando una magra colección de libros amarillos de Zane Grey, una jaula de perdices, linternas con o sin filamento, una caja de tuercas, dos muñecas tuertas, vigilado por un osco dependiente que sentado en una silla de mimbre tras el saco de pipas saladas no levanta la cabeza de una densa novela de título ilegible) se advierte que la perspectiva termina allí, es cierto, pero que tras un largo hiato de sombra aún queda un puesto más. En efecto: apartada del resto de las casetas se asienta una colección de flojas bombillas que entre sus halos irregulares, cuando el ojo se acostumbra, dejan leer un cartel que reza: “El Tren de la Bruja”. Algo puja muy adentro; el corazón se hace notar, oprimido por una emoción antigua. Todo deja de existir en derredor, sólo resta esa fijeza que atenaza nuestro ser entero ante la surgencia inesperada de la felicidad.

Con paso lento, pues los miembros pesan, se acerca uno a la caseta como a comulgar. Se anticipa la disolución del tiempo, la hierofanía irresistible. Es preciso detenerse ante la verja multicolor pues la densidad nos retiene: en ella reconocemos esa prudencia que también llaman liturgia. Así, de lejos, miro.

El primer vistazo a esa magnífica estructura porfiriana me deja una profunda desazón. Algo indefinible es contrario a lo que el cuarentón desañado presentía en sus adentros al ver el desleído cartel luminoso. Las imágenes de otros trenes, perdidos en mi infancia, acuden en tropel, pero no se superponen con estereoscópica perfección sobre el que tengo ante mí. Sí, en ese viejo cinematógrafo que es la memoria alguien proyecta recuerdos precisos de matinales sabatinas montado en los vagones descubiertos, de los gritos y escobazos que la bruja o sus esqueletos acólitos proporcionaban a los niños en el túnel, del girar sin desplazarse de la máquina. El hombretón de hoy, con el desgaste que a veces supone el intelecto, yuxtapone a la imagen unos subtítulos algo impertinentes en los que se lee una acotación extemporánea: que todo fueron símbolos de la entrada voluntaria del joven héroe en el reino de los monstruos, lugar del que saldrá victorioso o no saldrá, convertido en audaz, luminoso guerrero o sentado para siempre en el vagón,  sometido hasta la muerte por la vergüenza de no haber mirado el miedo a la cara.

Así es; el proyector se detiene, la memoria cesa, la luz quema durante un breve segundo, los ojos se acomodan para ver que todo ha cambiado. El panel donde antes había dragones alados escupiendo fuego, sedientos murciélagos membranosos, una balconada que daba una falsa impresión de respiro arquitectónico y, al cabo, una vieja encorvada luciendo un solo diente está ahora ocupado por una colección de dibujos de castillos en pseudofuga caballera, príncipes musculosos con mandíbulas de cachalote y pechos de gimnasio, búhos, pelícanos voladores, una mariposa psicodélica, árboles con delirios de cariátide pintados sobre un cielo azul con muelles nubes de campiña dominical. También hay ranas en una charca; no sapos verrugosos, sino ranas amazónicas, y dos perrillos enanos miran al espectador con ojos acuosos y sonrisa pedigüeña. Sólo arriba, colgada del andamio que sujeta la fachada, en un burdo e imposible vuelo (de continuar la trayectoria se estampará contra la suelo cien metros más allá) hay una bruja, aunque no tiene verrugas ni lleva un gato negro entre las faldas: está allí, tallada en el cartón, libre de las leyes bidimensionales del panel, sin poder ocultar su nueva naturaleza de incómodo postizo.

Un aplicado chiquillerío está montado en el único vagón del tren, que para abundar en el misterio de la inadecuación carece de máquina motriz, lo que eleva la pregunta de si privado de locomotora no será presa fácil de las fuerzas oscuras que habitan el túnel. Por su parte, un nutrido contingente de madres y padres, se diría que hasta cuatro por infante, se abalanza sobre la prole dando tirones a unas correas de seguridad más anchas que aquellos cintos de cuero con placa dorada de los guardas de coto, toqueteando como incrédulos unas gruesas barras que aprisionan o embuten a los niños contra el respaldo de los asientos. El blando pitido de un silbato (grabado, aunque no se escucha de fondo una carraspera de estática) pone fin a la espera y… aquí vuelve a haber un defecto, un tropezón narrativo, un descuajarse la memoria, porque donde antes el agudo y apremiante silbato despejaba el ámbito estimulando toda clase de chillidos de alegría guerrera entre la hueste juvenil ahora no hay más que silencio y quietud en las filas, confeccionando así una imagen terriblemente análoga a la de esa vagoneta de campo de trabajo que en el documental previo a la primera sesión avanzaba hacia el humeante horno crematorio, pero sin los saltitos propios de la película de celuloide.

Cuando el tren se hunde por fin en el túnel (cinco madres capitaneadas por una más encendida -aunque por una pasión para mí irreconocible- todavía advierten al vendedor de entradas para que el tren no corra mucho) al silencio de la partida le sigue otro más ominoso, pues la vista de un vagón cargado de inocentes adentrándose lentamente en una cueva es siempre cosa que acongoja el alma. A tal silencio a su vez le sigue otro que no alcanzo a entender, reconocible por un tono menos grave en esa nota de ausencia que domina el aire fresco de la noche. No se oyen chillidos, ni gritos: no se oye nada. Pero cuando el vagón, tras una demasiado breve espera que denuncia un muy corto paso por el Reino de las Sombras, aparece por la otra boca de la gruta, llegado fuera, a la realidad russelliana iluminada por cenefas de bombillas, festoneada por un coro de madres que se ajustan las rebecas, comienza el griterío, el vagón se anima, y el coro antitrágico de preocupados progenitores rompe en aplausos porque una bruja de utillería (en la que reconozco al vendedor de las entradas bajo una careta barata) está siendo apaleada por los feroces e inocuos cachiporrazos que sobre ella descargan los jovenzuelos con unos largos cilindros de gomaespuma multicolor.

La desazón me ha sometido por completo. La moderna, edificante simplonería psicológica ha consumado una inversión más. Tan sólo cabe dar media vuelta, volver a casa cruzando la larga perspectiva de luces y puestos y refugiarse en el despacho al amparo de los libros cuyos lomos son ya casi nuestra única compañía. Bien sabemos que es inútil, que nada hay menos cabal que oponer resistencia al Espíritu del Tiempo que todo lo devora, pero dejemos reposar por un instante nuestro pesar hasta que se haga soportable. Quizá la feria llegue pronto a algún sitio donde alguien con más fuerzas que uno se conmueva. Quizá ese alguien aún desconocido sueñe con una reacción que restablezca no digo que el antiguo régimen de aquel niño que fue sino una menos estúpida disposición de las líneas de fuerza que rigen este mundo. Porque quien entrega su miedo al Estado, como hicieron los infantes en el tren, pierde todo resto de humanidad.

Debe de ser tarde. Noto el fresco de la noche en los dedos, en los labios. Subo el cuello del gabán, produzco una tosecilla que quiere despejar el ánimo, pero no puede. Antes de irme de la feria deslizo una nota a la mujerona que ocupa la taquilla (ya no cose o amamanta como antes hicieran las taquilleras, sino que cuenta y recuenta y vuelve a contar el taco mellado de las entradas que habrá de entregar a un funcionario recolector) en la que he escrito: “Estimada señora, le ruego tenga a bien situar en su puesto un luminoso que rece lo siguiente: Quien entre aquí, que abandone toda esperanza”.

 

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

bertrand russell niños 3

 

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Apostilla:

No mucho después de haber escrito esta nota, leo por casualidad que en la lejana y querida Burriana…

“La Concejala de Cultura, en contacto con el grupo de teatro Bambalina, organizador del “Pasaje del Terror” previsto para este sábado por la noche, a la vista de la rapidez con la que se han agotado las entradas, ha decidido ampliar el número de horas y el número de entradas. Para facilitar horarios se repartirán en la casa de la cultura el mismo sábado por la mañana a partir de las 10.30 h. El Ayuntamiento da las gracias a la compañía de teatro por el esfuerzo y dedicación en esta actividad que tan popular se ha convertido.”

Burriana, a 30 de Octubre de 2015

Fuente: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=451231721727225

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Original:

La Regidoría de Cultura, en contacte amb el grup de teatre Bambolina, organitzador del “Passatge del Terror” previst per a este dissabte que ve la nit, a la vista de la rapidesa en la que s’han esgotat les entrades, ha decidit ampliar el nombre d’hores i el nombre d’entrades. Per a facilitar horaris es repartiràn a la casa de la cultura el mateix dissabte al matí a partir de les 10.30 h. L’Ajuntament dona les gràcies a la companyia de teatre per l’esforç i dedicació en esta activitat que tan popular s’ha convertit.

Fuente: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=451231721727225

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