Extramuros

Estimado Armando:

He leído su última carta con el mayor interés, dado que en ella trae Vd. a nuestra correspondencia varios asuntos, como diría Sánchez Ferlosio. He anotado unas cuantas líneas maestras que me sirvan de guía en las cartas que preciso para comentar lo mucho que creo ver en esa última, pues necesito de apoyaturas como esa. Deje que le recuerde que mi formación es la de un amateur, es de decir, la de un amante; hasta el punto que abandoné la facultad de Biología antes de que esta me maldijese con un título. Mi posterior aprendizaje con algunos de los capitanes de la ecología en Europa o en los Estados Unidos se produjo en los más estrictos términos del magisterio, bajo la forma de paseos por el bosque, el páramo, la orilla o la sierra; lo que aprendí de ellos fue desprendiéndose poco a poco, entreverando un tiempo que se medía en meses de hacer camino, de contemplar, de leer, de anotar, de escribir, no siempre dedicado a los requisitos de la ciencia: comer pan con queso al borde de un pantano eslavo, calentar unos pies congelados con el motor del vehículo o recibir, a las dos de la madrugada en una cabaña cubierta por el hielo en plena taiga, a una bailaría del vientre como regalo de cumpleaños, forman parte del aprendizaje que un maestro ofrece a quien desea escucharle. Así fue como, de seguido, participé en otras o dirigí mis propias investigaciones, convenientemente publicadas, con la independencia de la que carecen quienes trabajan para el Estado. Y así es como me propongo hacer los comentarios que siguen, ligeros, incompletos, vaciados de intención didáctica, pues sólo responden a la posibilidad de esta conversación escrita que Vd. me ofrece con tanta generosidad. Comenzaré dando una pincelada gruesa, y ya veremos dónde llego en esta o en las cartas que vendrán, DM, pues ni yo mismo lo sé.

Osama Bin Laden fue, ante todo, un hombre sagaz. Recuerdo que, mientras consideraba con asombro el ataque a las Torres Gemelas, su lúgubre grandeza, escuchaba un informativo en el que daban cuenta de un mensaje grabado por Laden, dirigido a Occidente, muy especialmente a su presa más codiciada: Al-Ándalus (aunque alguno de sus lugartenientes afirmase que a Europa llegarían mejor mediante las barrigas preñadas de sus mujeres). De entre toda la palabrería guerrillera, algo sentimental, que el intérprete vertía al castellano con monótona regularidad, llamó mi atención una frase de inapelable perspicacia. Cito de memoria: la necesidad de culpa de Occidente era el mejor aliado de la yihad.

En el mundo secularizado, la culpa ha estado sometida a sucesivos lavados filosóficos, psicológicos e ideológicos que lejos de haberla desvirtuado o alienado la han generalizado, puesto que, pequeñoburguesa, democrática, sin un lugar concreto al que dirigir la mirada cuando se la busca, se encuentra en todas partes, en todas las personas: su forma actual es la multitud. La culpa ya no cabe en un animal, en una hoja o en un objeto: es ubicua, como sabía Émile Cioran cuando describió el hastío de las tardes de domingo en París, la exánime vitalidad de una civilización agotada. Resulta lícito pensar que Bin Laden y su generalato conocían, o lo intuyeron por su cuenta, esta exacta formulación.

De modo que es la multitud la que debe ser sacrificada: el 11 de marzo de 2004 fue un sacrificio fundacional; el 8 de marzo de 2021, por segunda vez, buscaba convertirse en un sacrificio de renovación. E igual que antes los sacerdotes examinaban a las víctimas en busca del mínimo gesto de aquiescencia, un pestañeo, una vibración, una palabra, los modernos sacrificantes confirman la aceptación de la muerte en ese gesto universal que consiste en hundir la cabeza en la pantalla de metal líquido y expatriarse: ese gesto es «el puro vacío de lo inconmensurable».

Como siempre, junto a las formas canónicas se producen crecimientos parasitarios, que no excluyen la posibilidad de sectas o de movimientos secretos llevados a cabo por personas singulares. ¿Cómo podrían estos herejes celebrar hoy un sacrificio en Europa o en América del Norte, cuando todo sacrificio exige la destrucción de algo para que algo pueda surgir, y Occidente, como se dijo, busca fundamentarse en la –fallida- empresa de la extinción del dolor?  La respuesta es inmediata: el sacrificio solo puede verificarse en la vasta soledad de la mente. El hombre que cada noche sale a su jardín e impetra la protección del friso celeste celebra un sacrificio, que no obstante su aparente condición inmaterial cumple con el requisito de una destrucción inaugural (su bajada al jardín, abandonando el hogar, es el vertido de su propia carne a la tierra, presentada como inerme despojo), tras la cual se entrega a una liturgia, a una sucesión ordenada de gestos o palabras ajenos al pensamiento discursivo, pensando encontrar en la repetición lo que no encuentra en la áspera linealidad de los días: los dioses, generosos, le han concedido la manía. Igualmente es posible arriesgarse a derramar sangre de animales en el secreto de su jardín, o acudir a un templo postconciliar, donde el Crucificado está vagamente presente como parábola o moraleja. Cada cuál debe estimar lo que le es más conveniente para honrar ese regalo divino.

Lo que aguarda a quien exponga sus liturgias es el infierno civil, la sorna, el despellejamiento, en palabras de Jünger, y uno ha de aceptarlo. El Infierno homérico, en cambio, tenía la delicadez de estar situado al otro lado del mar. En la Antigüedad, clásica o bárbara, había que ganarse el derecho a un Más Allá. Héctor sabe que la chusma griega no merece la dignidad de los grandes tormentos; el Infierno antiguo es un lugar aristocrático. La alternativa al Infierno griego son los Campos Elíseos, las Islas de los Bienaventurados, lugares a los que tan solo entran quienes murieron felices, como Menelao; Aquiles, en cambio, vaga eternamente hambriento por el Tártaro, convertido en sombra. Recuerda en todo a esas filas de paseantes dominicales que Cioran veía desde su ventana en el Barrio Latino.

En las novelas de terror, un género que me parece admirable, las sombras tienen la mala costumbre de materializarse, de corporeizarse, para ser exactos. Es entonces cuando una entidad cobra derecho sobre las cosas del mundo y abandona sus prerrogativas platónicas. Este es, formulado con sencillez, el problema que aqueja a la moral, o a los moralistas: el de pasar de las abstracciones a los hechos cotidianos en un mundo desleído, secular; tránsito en el que, por lo común, se pierde derecho y se gana en paradojas, que son formas disminuidas.

La moral se enfrenta hoy a un poderoso enemigo: la técnica, con su afirmación de que es capaza de eliminar cualquier forma de dolor a condición de que se le otorguen todos los materiales y todos los espíritus. En esta lucha parte con desventaja, pues en la naturaleza de la moral no está combatir las fuentes del miedo. Para este fin sirve mejor lo que un oficial de la RAF le dijo a su navegante antes de salir en una misión aérea de la que difícilmente iban a regresar: Come on, old chap, let’s smoke a cigar!

Ante demostraciones de estilo como esa, la propia moral, antes incluso que la técnica, enerva todo su arsenal ofensivo. Esa reacción alérgica es particularmente notable entre los panegiristas de la «moral científica» o neurociencia, siempre dispuestos a reducir el carácter propio a una condición específica determinada por la mera fisiología; es decir; a reducir al hombre a una condición de mecanismo orgánico. Me recuerdan al médico que delegaba en el barbero (los técnicos) para ejecutar las degollinas resultantes de su diagnóstico. Yo me permito pensar, en cambio, que la neurología, que no es más que una modalidad avanzada de la antropología, informa sobre cómo el cerebro lo transforma todo en ciencia o en mito a través de complejas elaboraciones intelectuales. Es algo verdaderamente prodigioso para una pequeña mezcla de albúmina y electricidad. Pocos son capaces, contemplando el infinito catálogo de la Creación, de asimilar dato y símbolo como equivalencias en un maravilloso atlas universal.

Tal vez la tarea del hombre sea administrar el fulgor de cada rayo en lugar de arrebatarle la antorcha a Prometeo. Esto me lleva a pensar, como la marea a los peces muertos en Venecia, que ya sea en campo abierto o en las esquinas de la civilización, la moral apenas alcanza a señalar paradojas, contradicciones, callejones sin salida que se emplean como combustible para la indignación; solo que «nadie miente más que el indignado». La falta de elasticidad consustancial a la moral no impide, en cambio, que se desarrolle como fronda, ocupando el espacio en forma de maraña. Es algo fácil de ver, por ejemplo, cuando el moralista alza su ceja ante la cohabitación entre la sangre vertida por británicos, güelfos y príncipes germanos con la delicadeza y la inocencia de la poesía trovadoresca; el goce de su indignación le impide ver que se trata de una hinchazón de las fuerzas, de una plenitud del ser que se manifiesta en todos los órdenes de la vida. Solo que esas formas netas, toda forma neta, chocan frontalmente con la concepción humanista de la existencia, que reduce la vida a ciertas prerrogativas intelectuales cuyo manso disfrute regula el Estado. El hombre de hoy busca un imposible: ser moralmente coherente dentro de su nihil.

Pese a lo dicho arriba, y por debajo de un aparente antagonismo, el furor que hincha las abstracciones morales de nuestro tiempo encaja perfectamente en la creciente ocupación de dominios por parte de la técnica. Incluso el fatalismo campesino se ha transformado en un nihil andrajoso cuya palanca aristotélica es la salubridad, mientras, desde al bar, inclinado ante un vino rancio, el viejo pastor consulta su flamante WhatsApp, al que llega un chiste visual sobre Ángela Merkel. Luego están los rayos y truenos en la prensa, los caballeros de la Alta Orden Intelectual, esa suerte de intelligentsia presentada en sociedad con el boato del escepticismo y la prosapia del racionalismo científico: menciona Vd. en un reciente artículo el reproche que George Steiner hace a Ernst Jünger, cuando aquel se asombra bíblicamente de que el alemán pudiera prestar atención a los jardines en medio de la muerte y la desolación de la guerra. Las erupciones de Steiner dan el modelo de lo que trato de comentar en este párrafo: son puramente judaicas, enfado de maestro picajoso, gesto de rosh yeshivá. Por muy apartado de la religión que dijera hallarse, el tono rabínico persiste. Me pregunto hasta qué punto no constituían un mero elemento retórico, pues nadie a quien escanda el rayo del dolor moral de manera tan fulminante como él afirme puede seguir escribiendo a menos que sea un frívolo o un creyente. O bien participa de la disposición de ánimo que dice repudiar. Sin pretenderlo, antes bien todo lo contrario, Steiner refuerza la idea de que las paradojas morales son formas disminuidas.

De modo que la frase de Leon Boy «los moralistas han observado desde hace tiempo que siempre se tiene bastante fuerza de ánimo para soportar las penas de los demás», que leí en un artículo suyo a principios del verano, la tomo como un desiderátum o, quizá, como una ironía, si me apoyo en el tono desapasionado, de impostada neutralidad metodológica («han observado») tan impropio de él. De los moralistas que se me ha dado a conocer durante mis años precastellanos, e intentaré ser cabal, sólo puedo referirle esto: el grueso fueron advenedizos de ideas comunes que intentaban ganar una cuota de prestigio a fuerza de exhibir su probidad predicando o por escrito. Encajan a la perfección en la figura del sacerdote ascético, descrita por Nietzsche; el farsante interesado, el ideólogo crepuscular. A causa de su apego a la pequeña hipocresía cotidiana, a la mentirijilla infantil, al disimulo nervioso, es una especie casi digna de lástima; no merece más atención. De entre ellos, en ocasiones, destacan algunos que no son ninguna de esas cosas, que se presentan en sociedad con gran aparato intelectual, con un moderado rasgarse las vestiduras; esta sí es una especie temible porque, en tu hora más baja, al desprecio añade crueldad, que es el laurel de su triunfo. Tiene Vd. mi palabra de que no conocí nada más, sin saber qué me depara el futuro en este campo. Por eso me llaman mucho la atención sus consideraciones ignacianas sobre la moral, algunas de ellas publicadas: la apelación a la práctica solitaria, desnuda, guerrera, demuestra una vitalidad que creía perdida entre las filas moralistas.

En este punto cabe recordar que la Ilustración siempre ha querido fundamentarse en la secularización de las virtudes greco-cristianas; en particular, sobre la idea de que la bondad es una concreción empírica de la belleza moral; posiblemente sea esta la idea con más orificios en el casco que jamás haya concebido el hombre. Además, siempre hay hontanares ocultos que modifican el paisaje moral en direcciones y formas imposibles de prever por el hombre determinista: un día cualquiera Proust escribe sobre un pintor desconocido en el que encuentra la pintura más bella; un tal Vermeer, y el centro de gravedad artístico se desplaza; ayer la NASA publicó la fotografía de un agujero negro situado a noventa millones de años-luz de la Tierra, y el determinismo gana enteros; el Papa Francisco empuja a una joven que ansiaba abrazarlo, pero Claraval no se revuelve en su tumba; un joven de nombre desconocido se enfrenta a la guerrillera de las FARC y rescata a una niña que iba camino de algún prostíbulo revolucionario…

En el mundo prometeico, las ramificaciones morales se producen a cada instante, en todos los lugares a la vez; su energía es incontenible; no es posible siquiera detenerse a reflexionar sobre causas o consecuencias, a menos, claro, que uno viva en su propio tiempo o tenga el valor para crear su propio Císter; pensar que haya quien, además de lamentarse, dedique su capital de vida a la creación de un monasterio tal, que acoja a una nueva Orden, es del todo ilusorio.

Por escasas que sean las alternativas a tanta pesadumbre, no dejan de ser interesantes. «Todo en sentido extra-moral» es una máxima peligrosa que, sin embargo, ofrece vertientes raramente sondeadas en estos tiempos: extramuros hay vastísimos espacios abiertos que apenas podemos atisbar. Como botón de muestra, la virtud, cuya arquitectura (prudentia, justitia, fortitudo, temperantia) no contiene una sola gota de moral. Con respecto a la ética, sólo veo posibilidades en una doctrina de los matices redactada por un aristócrata aquejado de spleen; el resto es Revolución francesa, brisa floja, la comedia de lo civil. Entre las alternativas no cuento al Vaticano; hoy la Iglesia se ha vuelto agustiniana, profundamente romana, por cuanto que en la religión admite cualquier cosa: desde la jus hasta la filosofía deconstructivista, el panteísmo amazónico, la etiqueta del Estado o su calendario festivo, las arrugas psicológicas budistas, la fe en la subvención, la cartilla de racionamiento cubana, Picasso, las bondades del Terror, las aulas de Bellas Artes… Queda, Allá Arriba, un Dios apático rodeado por legiones giratorias de ángeles polioftálmicos, quizá abstraído en el pensamiento que rescata el Marqués de Tamarón: «Y arrepintiose Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y pesole en su corazón. Y dijo Jehová: raeré los hombres que he criado de sobre la faz de la tierra, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; porque me arrepiento de haberlos hecho» (Génesis, 6, 6-7).

Por lo que respecta al Reino de las Sombras, me pregunto una vez más si la Iglesia postconciliar no habrá desperdiciado al Maligno en una imaginería demasiado psicológica, maniquea, un tanto pueril. El magnífico demonio Lucifer, (que, pese a todo, sigue siendo el hijo predilecto de Dios Padre) encarnando Su voluntad hacia la tierra, sería un formidable rival para Prometeo; puede que el único verdaderamente capaz de arrinconarlo, aunque no de vencerlo. Sin embargo, el tremendum social que conmueve, dispone y moviliza el alma postconciliar convoca a Satanás cayendo como un rayo sobre nosotros para ejercer una labor de gusano. Alejado de estas posiciones puritanas, moralistas, acogería a Lucifer como Gracia Descendiente. Gracia siempre melancólica a causa de la Caída; dolor para él insalvable, que aun así no le impediría  ejecutar Su voluntad: capitanear una lucha a muerte, pedida de antemano, contra los Titanes y sus ejércitos.

Citaré igualmente entre las alternativas a Ramón Llull, quien deja escrito en su Libre de l’ordre de cavalleria que los nobles están en la obligación de orientar sus acciones por el camino de la «justicia, sabiduría, caridad, lealtad, verdad, humildad, fortaleza, esperanza, experiencia y otras virtudes semejantes a estas»; ni la arquitectura del hombre virtuoso ni la del caballero requieren de la moral, sino del ejercicio entre deportivo y militar de un cierto código literario en el que no tiene sitio el pensamiento. De modo que podemos preguntarnos: ¿Qué deja al descubierto la moral cuando se la retira amablemente del terreno de juego? Entre tantas otras, esta: la casaca rosa y plata del Príncipe de Ligne.

Charles Joseph de Ligne sabía que todo empeño es vano, pero que en todo afán cabe una forma bella. Sabía también que escatimar la elegancia que todo lo redime es el pecado peor que pueda cometer el hombre, y que en lo efímero de esa gallardía hay un poso de verdad y de duración. De entre tantas como dejó, quizá no sólo la más pertinente sino la más atrevida sea la forma que creó una soleada mañana de Septiembre de 1778 en los claros de Gezoway cuando cabalgaba junto a su hijo Charles bajo el fuego de los mosquetes prusianos. Viéndolo sonreír al avanzar a todo galope alargó la mano para coger la suya y, espoleando un poco más a la montura, le dijo: «Sería hermoso, ¿o acaso no?, que nos hiriese la misma bala». Su hijo tenía entonces nueve años. .

Con afecto,

José A.

In memoriam.- Rafael Plá Albiach, director del Circo Gran Fele (1956-2020)

Dejo este pequeño recuerdo de Rafael Plá Albiach, conocido en la pista como el Gran Fele, sin haber conseguido satisfacer lo que él me ofreció con su amistad.

Homenaje grabado en video (5m, 31s).

Fdo.

José Antonio Martínez Climent

Carta IV a Armando Pego.

Estimado Armando:

Tengo la impresión de que algún lugar de nuestras primeras cartas un contrapeso se ha desplazado; su última carta en particular abre lo que bien pudiera ser una vía amplia por la que transitar. Comprendo que las implicaciones civiles de la palaba liturgia son vastas (por cuanto que, en origen, designa el cuerpo de obligaciones ciudadanas debidas al Estado, que en Grecia van desde la limpieza de las gradas del teatro al calafateado de trirremes), pero admito que ninguna de ellas despierta mi interés. Las ceremonias que antes sellaban la ciudad han perdido su carácter sagrado, aunque conservan un residuo inextinguible de divinidad, y tampoco el culto al hombre democrático o la desnuda idolatría estatal que hoy se practican consiguen mi adhesión: el Leviatán de Hobbes, granítico, estructural, árido, creciendo desde dentro como pura secreción mental, no es desde luego la forma que adoptaran la Venecia ducal o la Roma de Augusto. Me fijo, en cambio, en esa vertiente siempre excesivamente deslizante, peligrosa, que hace de la liturgia un elemento del sacrificio. He traído ya en más de una ocasión, y posiblemente volveré a traer a estas cartas, el término «sacrificio». No me detendré en él. Tan solo dejo dicho que no lo remito a la composición publicada por René Girard, brillante pero estrecha por cuanto que se limita a dos casos particulares (el pharmakós griego y el chivo expiatorio judío), sino al ámbito extraordinariamente vasto y complejo del sacrificio védico. De modo que, si bien veo que ya había entrado en esa senda casi sin advertirlo, me propongo seguir por su incierto trazado, y es posible que contándole lo que me sale al paso acabe por ofrecerle una idea de la liturgia de mis días, desligada de las viejas instituciones, raída por los costados, incongruente para el hombre razonable, feraz en ocasiones… Puede que Nietzsche tuviera razón: quizá sea yo un hombre irremediablemente moderno. 

Así que aquí me encuentro, mirando hacia dónde se abre el horizonte, aunque sea desde una ventana, detenido ante el papel. En los cruces de caminos hay siempre un numen manso y otro diabólico: no sé cuál de los dos guiará mis pasos desde ahora. Lo que sí puedo decirle es que el daimón que nutre esta mañana debe de estar muy complacido: el sol brilla en un cielo sin nubes después de una semana de sombríos nubarrones y frescos vientos del norte. El habitual trasiego de milanos y águilas calzadas se cumple con el natural rigor que impone la búsqueda de alimento, que no cesa en estos días de bonanza, sino que se redobla en un sinnúmero de matanzas, de topillos, conejos, insectos o perdices, y el verdor del seto de cipreses lo matiza el destello de los verdecillos, currucas o escribanos que se adentran en el denso ramaje. Entre ellos, entre los árboles más viejos, hay un tronco seco, barroco que, sin duda, en otro tiempo sería carne de retablo. No lejos de él, donde se posa una pareja de torcaces, algunas ramas muertas han trabado una plataforma en la que algunas noches creo ver los ojillos de las ratas.

De cupresus era la madera que vi en cierto humilladero de no recuerdo ahora qué pueblo del Cerrato. Debieron de ser lugares de cierta animación, y no sólo cuando allí se congregaban las cofradías, sino a diario, cuando servían para otras cosas distintas al oficio sacro. Tanto llegó a ser así que la iglesia mandó cerrar muchos de ellos que estaban a cubierto para que no se refugiaran los rebaños; no menos para que, en los días de mal tiempo, el furor de los amantes no terminara por consumarse en sagrado. Así las cruces volvieron a quedar a la intemperie, que es el mejor preservativo del tiempo canónico.

Los peregrinos de hoy, cuando logran levantar la vista de sus pequeños ordenadores, llegados a un cruce de caminos sólo encuentran la preceptiva e higiénica señal de dirección cuya factura está más reglamentada que la mismísima Torá. Los cruces de caminos han dejado de ser lugares donde la misericordia se hacía palpable, pues los humilladeros y otros tipos de eremitorios venían sufragados por vecinos o cofradías, mientras que ahora es un enorme cuerpo  de funcionarios quien dicta la apropiada norma cívica a cumplir: un cruce es hoy un lugar más donde se rinde sumisión al Estado. De esa carencia les viene la frialdad. Pero aun así, y aunque sea bajo una nueva forma, le diré que en Villanueva de los Alcores hay una marquesina donde con frecuencia se reúnen un par de vecinos a comentar la tarde, o las cosas de la semana, a la espera de que el autobús los lleve a Ampudia a comprar tabaco. También es fácil que, si uno acierta a pasar por ese moderno humilladero, vea que sólo hay un vecino mirando el sol poniente; la estampa es tan bella, tan melancólica que casi no dan ganas de acercarse a hablar con él; no digo que ofreciéndole un pitillo, porque ya hace lo suyo que dejé de fumar.

También me ha dado tiempo a ver alguna de estas maravillosas construcciones consumadas en la ruina. Dice el dicho español, con gran precisión, que «en la ruina caracolera», por ese vicio que tienen los caracoles, moros o cristianos, de subirse a postes o cascotes y quedarse allí como absorbiéndoles la vida. Eso se ve muy bien en las paleras, cuando se mustian, arrugadas como viejas en total decrepitud; queda nada más una parodia de la vida, dejando entre las pinchas racimos de orlas blancas, rastros brillantes de sus babas. Mi juventud, he de decirle, es una sucesión de días pasados entre las ruinas caracoleras de la vieja huerta al norte de Alicante. O, más claramente, entre los restos desahuciados de la huerta de la Playa de Muchavista, que otros menos informados llaman de San Juan. Mi abuelo de padre llegó aquí desde Torremendo, pedanía de Orihuela, para buscarse el pan y los cuartos; aunque sólo consiguió lo primero, ya muy al final de su vida. Y ello en la forma escasa de llegarle para el pan o las zapatillas de esparto de sus cinco hijos, de los que solo quedan tres. Mi primer recuerdo es el de un aroma a polvillo que había en un suelo de listones. Cuando abro los ojos, veo un enorme cesto de mimbre del que rebosan unas sandías reventonas, unos melones venosos y aromáticos que mis padres vendían en un puestuco transportable en esa playa que le digo. Justo enfrente, con el paso de los años, de un continuo deslomarse haciendo pozos, aseando jardines, haciendo obra, plantando tomateras, jugando al fútbol, mi padre construyó un supermercado, al que llamó con el nombre toponímico. Como vivíamos arriba, desde la terraza yo planeaba mis solitarias excursiones por la paya, por la huerta de terrazas resecas, de almendros carbonizados, de mucha regaliz y acequias de un verdor o una sequedad magníficas. Andando o en bicicleta, mirándolo todo, es como me recuerdo a mí mismo; o tomando el baño hasta eso de noviembre, conociendo la hora del día por el tono, desde el verdoso feraz al gris tormentoso, del agua del mar.

La ruina es el elemento arquitectónico más importante en mi vida. La ruina maravillosamente sugestiva, cargada de historias que me costaba extraer a mis padres o a los vecinos del pueblo porque todos estaban hartos de trabajarla. Pero yo no cejaba, y cuando mi huerta muerta querida terminó por desaparecer con la expansión del asfalto y del cemento, que ahora la tienen convertida en pura ola de chalets erizada por la espuma de los rascacielos, fui desplazando mis correrías al interior, bien por el cauce árido del Río Seco, bien por las pendientes aterrazadas o las ramblas cortadas al tajo en arenisca que como venas en la tierra bajan de las sierra del Cabeçó. Del Cabeço d’Or, porque sus faldas pedregosas están horadadas por catas o minas que los romanos hicieron en busca de metales que luego exportaban desde el cercano asentamiento de la Isleta.

A la ruina dediqué también mis años universitarios. Cosa que no es verdad, pero no pienso desdecirme porque no se debe alterar una frase perfecta. Sea como fuere, entre risas, fiestas; en fin, en el corazón de unos años luminosos viviendo con mis amigos en pisos algunos de ellos verdaderamente amenazando con caerse, como el de la calle Tapinería, encontraba yo tiempo para dedicarlo al culto de ese continuum subyacente; de modo que no perdí ocasión de irme al monte (a Peñagolosa, por decir uno muy querido, donde hacía noche en el santuario protegido por el cura párroco del santuario, que servía una sopa de fideos nutricia, humeante, que llenaba hasta el borde un enorme plato de porcelana agrietada sobre un hule mugriento pero digno, en el refectorio iluminado por un tubo de neón desgastado, parpadeante, al que concurrían unas cuantas polillas encabezonadas en chocar contra el borne habitado por ese polvo gris que es la forma material del olvido), a visitar cementerios (donde anidaban, una en cada uno, en los nichos abandonados o por llenar, parejas de lechuzas, a las que visité con motivo de mi tesina durante nueve años sazonados por la generosidad de no pocos enterradores a la hora del almuerzo -la puntualidad exquisita de la bota de vino, el cigarrillo pertinente-, o igualmente por las conversaciones ocasionales con quienes, como en Paiporta o Massanassa, en Beniparrell o en Alfafar, venían a visitar a sus muertos; en particular a ese anciano caballero que vivía en Sedaví, siempre de luto, que pasaba el día entero sentado frente al nicho de su mujer, y que se había colocado una lata oxidada, atada con un alambre, que servía de cenicero a tantos puros como allí se fumó mientras le hablaba a ella e incluso a mí, contándome lo hermosa que era, cuánto se querían, las penas que pasaron cuando la muerte vino muy anticipada en forma de cáncer terminal) o dar larguísimos paseos por esa, nueva para mí, vivaz y hedionda huerta valenciana que por entonces aún llegaba a orillas de la ciudad, en particular por la parte norte junto al Politécnico, lugar donde se estudiaba lo más moderno y prometeico del momento, al que se llegaba atravesando interminables cebollares delimitados por estrechísimas acequias en las que flotaba todo lo que la ciudad expulsaba en su portentosa digestión.

He de decir que, sin serle infiel, hubo un tiempo que siguió a ese, breve, intensamente feliz, en que del desplome no hubo rastro en mi agenda. Yo estaba en ultramar, o muy lejos, en la taiga, pero esa es otra historia.

Luego la quiebra me alcanzó. Y ya me gustaría desdecirme de esta otra frase perfecta, pero no puedo. Desde entonces vivo una existencia entre atormentada y feliz, en la que de pronto surgió este oficio de tinieblas que es escribir. No hace mucho vine a Cubillas de Santa Marta, donde está esta casa que por ahora no acusa la decrepitud, pero que ya tiene sus años. Está alta en un cerrillo que domina el soto de chopos anejo al Canal de Castilla; algo más allá corre el Pisuerga, que aún me es un gran desconocido. Pero desde aquí, también saliendo un poco mientras pude, durante un año entero me fue dado ver algo de esta tierra; pocas cosas, pero de cierta enjundia, que dieron nuevo curso a mi natural curioso y a ese culto a lo gastado que, cuando se mira bien, se descubre que es propio de almas de natural joven, alegre, y en ocasiones, serio.

Por eso siempre le tuve recelo a la ciudad; incluso cuando viví en ella asuntos verdaderamente maravillosos. No me hubiera importado mucho seguir en ella, en Valencia, por ejemplo, solo que el aire político que ya entonces se presentía, más aún en la urbe, se me hace asfixiante. Dice el lema comunista que «todo es política», lo que constituye una orden de asalto contra el mundo; así está hoy también Valencia, cuajada de carteles que expenden moral de Estado en asuntos incluso de alcoba. Siento una gran pena por ver en qué clase de fatiga ha caído esa queridísima ciudad, porque esa consunción resulta de una descomposición química de sus elementos provocada por fuerzas que la superan. Cierto que Valencia respira igual que siempre, que bulle de actividad, pero esa vivacidad que antes se debía a la inquietud más o menos artística de una parte de sus habitantes (mayoritariamente asentados en el Barrio del Carmen, al ajetreó de sus librerías, al jolgorio universitario, a la presencia todavía de gentes o de sitios puramente agrícolas que permanecían en huecos imposibles –huertecillos de neumático y somier incrustados junto a cruces, puentes, rotondas u oficinas municipales, solares lagartijeros entre edificios, huertanos devenidos carpinteros o cajeros en el quiosco del barrio…) ahora se ha vuelto una cuestión de grandes números; Valencia se ha deshumanizado un grado más, como toda gran ciudad: cuando se contempla el tránsito de los miles de participantes en las maratones que organiza aquí el Estado por medio de sus instancias locales, no se puede evitar pensar en el movimiento de un gigantesco insecto alargado, centípedo. Tan cerca como en 1984 uno podía salir a correr por la Senda de la Carrasca sin encontrarse a nadie hasta Alboraya. No es necesario decir que ahora la senda está asfaltada, que la recorren a diario filas de ciudadanos vestidos con chalecos reflectantes (advirtiéndose unos a otros, sin saber bien lo que hacen, de su adhesión a la ley de hipocondría a la que obliga en Estado), que de la vieja encina no queda más que su fantasma en el anecdotario localista, que en vez de a puerro, acelga o cebolleta ahora huele a tartán, y que el paseo por su trazado lo regula un cuerpo de normativa tan grueso, como dije, como las mismísima Torá.

Allá entre los siglos XIII al XV, Valencia estuvo limitada por catorce Cruces de Término; como aquí, recibían los nombres de peirones, humilladeros o eremitorios. Historiadores más o menos serviciales con la fanfarria localista, e incluso otros de lo más formal, atribuyen su alzamiento al deseo de Jaime I de parcelar su reino contra las lindes de Aragón. No hay ciudad que no busque, en su fundación o en su arquitectura, una vía para que entre la savia de lo divino, o, para ser acorde con estos tiempos, el aire fresquito de la leyenda o de la anécdota histórica elevada a un rango superior. Hoy que tanto se vende la idea de una ciudad perfecta como garantía, una de tantas que se esparcen para conseguir votos, conviene recordar que Roma sólo existe hasta el pomerium, allende el cual está el bosque. Poco importa que Valencia llegue ya hasta Picassent o hasta Sagunto: para ser, la urbs necesita de límites de una naturaleza ajena a la administrativa. No creo que los nuevos gestores lo hayan leído, pero sus extrañas ideas sobre una ciudad universal, moralmente triunfante y perfectamente autosuficiente ya las dejó escritas Platón en su opúsculo Las leyes. En él, colofón de La República, se nos describe con todo lujo de detalles cómo ha de ser una ciudad perfecta. Y una ciudad perfecta era, para Platón, aquella en la que el Estado lo regula todo; desde la versificación de los ritos délficos hasta la longitud de la vestimenta o el montante de tobillo que las mujeres pueden dejar a la vista. Platón llamó Consejo nocturno al cuerpo encargado de la vigilancia de usos, costumbres y pensamientos; nocturno porque debía, por encima de todo, ser capaz de adentrarse en los sueños. Freud, Mao, Kadaré, Pol Pot, Snezhnevsky, Dimitrieva, cualquier concejal con ideas o lo los modernos algoritmos cibernéticos han despejado esta senda hasta dejarla expedita.

Por eso siempre me ha llamado la atención la alta estima en que la academia tiene a este filósofo. Dejando aparte lo cual le diré que, en contra de la dirección que hoy toman las cosas, yo creo que una ciudad perfecta es algo temible. El hombre necesita la ruina, la cercanía de la ruina, en todas sus formas posibles: en esos aliviaderos del tiempo civil que son los descampados (sepa que el más logrado de todos ellos, en lo simbólico, está en la villa de San Vicente del Raspeig, a tiro de alabarda con la frontera de Alicante capital, donde un día, pasando con mi silla de ruedas, que entonces aún la usaba, di con un hueco en forma de cubo entre las caras interiores de unos edificios que dejaban a la vista paredes encaladas, cañerías, ventanucos de cuarto de baño; y en medio de ese cuadrado ciego, sordo, pero nada mudo, está plantado un solitario poste de teléfonos o de la luz rodeado por calvas de caliche y margaritas de estación, bendecido por unas pocas orlas de baba de caracol moro, que allí se aprecia mucho para la paella de carne bien tocada con romero, nada escasa de ñora, garbanzo, pollo o conejo), en la escombrera ilegal, en el somier dispuesto por la riada en la copa de un algarrobo centenario; en el pozo abandonado que un día se habrá de tragar a un niño juguetón; en la mugre de la vieja casa señorial agobiada por los chalets adosados; en la valla erizada con cristales, en el barrio Chino, en el untuoso, desmedido maquillaje de las putas de Belluters, y en la tristeza de sus rostros de muñeca; en los baches de la impenitente carretera secundaria, en la serenidad industrial de las farolas de forja, en su disposición pausada, que nos salva de la maléfica regularidad de los modernos conos de luz.

Bajo la luz incierta de esas farolas caminaba yo durante tantas noches de invierno, hace más tiempo del que puedo enumerar, solo o cogido de la mano de cierta señorita por lo estrecho de la calle San Vicente, entre las dos plazas grandes; hacía un fresco húmedo, anticipo de un relente que olía a cieno porque no hacía mucho la Albufera aun llegaba hasta el barrio de Ruzafa, que no está lejos de esa calle, mezclado con el intenso tufo a metano que sale de las alcantarillas de Valencia cuando hay calma en el aire y el día fue caluroso. Las poderosas farolas de forja estaban generosamente espaciadas; sus globos, prudentes, nos dejaban tramos de oscuridad que hacían posibles las confidencias, los secretos, las maniobras arriesgadas.

Ahora vuelvo a Cubillas. Desde el canalón de una casona al otro lado de la autovía, atravesando los restos góticos de un almendro en el jardín de mi vecino, llega un halo mustio y sin embargo penetrante de luz blanquecina producido por una moderna antorcha rectangular que el dueño del club se habrá visto obligado a poner allí en virtud de alguna normativa sobre seguridad vial. Esa luz, a diferencia de las de aquellas farolas, mata toda profundidad, toda perspectiva, con su constancia de quirófano a lo largo del trayecto. Tres finos, alargados neones en verde, rojo y azul, sin embargo, insisten, a lo largo del canelón por toda la techumbre, en dejar su mensaje de ruina, cochambre y vaso de tubo a los conductores, a los vecinos o a los turistas rurales que con mayor o menor disimulo visitan el local; cuya presencia salva este tramo de la autovía, lo vuelve habitable, sagrado, por el dolor y por el placer que alberga, estrictamente humanos- no como esa luz.

La Luna de primavera apareció una noche justo sobre su tejado; fina, auxiliadora. Durante los pocos minutos que salgo al jardín, ya entrados en completas, he de estar atento a tantas constelaciones de significado como se me ofrecen… Los pequeños dramas órficos del jardín se trasforman por la noche en fastuosas escenas cosmogónicas. El grupo de Orión asciende por el Este hasta la cumbre de los chopos y luego hasta situarse en el tejado. Así es como el Cazador Celeste bendice nuestra casa. Luego de rezar, allí, de pie, o sentado ridículamente en el viejo armazón de una bicicleta mientras termino los ejercicios del día, veo las luces de la Dehesa de los Santos, donde está la Granja Muedra; uno de esos poblados agrícolas construidos por la Ilustración sobre los restos de viejos santuarios vacceos, quizá, que en sus mejores días, no tan lejanos, tuvo una población  de colonos que asistían los domingos a su propia capilla,  disponían de cinematrógrafo, de viviendas higiénicas, biblioteca, patios de juego para los críos, teatro… y que ahora viste con gracia su ruina arquitectónica mientras invisibles operarios riegan los sembrados con gigantescos aspersores móviles. El aire que viene de la granja, empero, huele a rocío, a heno mojado, a orín, a cagarruta, a cieno del Canal; con el tiempo he aprendido a pronosticar la escarcha en el tono de la serena que se puede ver en el halo de sus farolas. Un zorro ladra desde el camino de sirga, no lejos del bulto sombrío que ahora forman sus edificios. Su voz es quebrada, un doloroso lamento que preludia el celo; es la vida en su pleno furor dionisíaco. Cuesta arriba por la Muedra avanza penosamente un tractor, cuyo ojo de fuego se mueve entre los chopos. Contemplando esta página de los nuevos bestiarios de Castilla, noto llegar el sueño.

APP.

Jose A.

Carta abierta a Armando Pego Puigbó (III)

Estimado Armando:

La voz de pinzones, mirlos y verdecillos anuncia desde el soto el cambio de estación. La gigantesca rotación de las casas celestes, la hinchazón telúrica de la tierra, han comenzado de nuevo su viejo canon. Desde la ventana me llega el manso platear del Canal de Castilla entre las ramas de los chopos aun sin hojas. Los primeros milanos negros han llegado desde sus cuarteles en morería; pespuntean el aire dejando amplias perspectivas de silencio y de luz. La tímida agilidad de su vuelo, frente a la pausada solemnidad de los milanos reales que reinan en valles y páramos durante el invierno, pone de nuevo a Castilla en el dilema entre el románico y el gótico: indecisa y sabia, esta tierra acoge a ambos. Cabe imaginar a los viejos cister cavando sus huertos claustrales, dejando el azadón para levantar la vista y ver que en el cielo se clava el primer milano que anuncia el gigantesco movimiento de la faja zodiacal, recibido con una sonrisa mientras se seca el sudor de la frente, pues para él, el paso del ave sobre el claro del monasterio confirma un inconmensurable mandato divino.

Ayer me trajeron los restos descuartizados de una becada, muerta casi con seguridad por un búho al que en ocasiones veo pasar al anochecer desde mi ventana. Planea sobre el Canal a buena altura hacia sus posaderos valle abajo, desde donde no pocas noches escucho su canto, que marca la propiedad ducal de sus dominios, su fuero de muerte sobre la caza local. En Castilla no es necesario recurrir a la nostalgia para ver todavía las viejas formas que durante siglos han sustanciado la vida, lo que los eruditos llaman civilización o cultura. Los cortes firmes, tajantes, en los cañones de las plumas de la becada no dejan duda respecto al autor del lance. Resulta asombroso comprobar que apenas a unos metros de esta habitación se ha producido una escena que repiten las miniaturas de los manuscritos iluminados. En ellas, en la firmeza de los gestos del noble altanero, en la diligencia de su hueste de monteros, en la protocolaria compostura de las princesas, sus dueñas y sus madres y de la corte ambulante descubrimos que nada ha cambiado pese a todo, y que todo es posible de nuevo.

Las escenas de banquetes siguen al privilegio de cetrería. La impedimenta, vestida de gala, prepara un festín de aves cocidas con salsas de frutos secos, vino, ajo, hierbas y orejones. Jarras empedradas como cálices comienzan a aliviar su carga de vino, y con esa imperfectible medida del tiempo propia de la iconografía medieval, sendos galgos se disputan los restos huesudos bajo una mesa mientras los pajes, en el otro extremo del cuadro, entregan las primeras bandejas a los nobles que encabezan el festín. Resulta conmovedor ver a la dama castellana, adornada con velo y corona, llevarse a los labios un muslo de sisón. 

Recuerdo de hace sólo dos años la breve vista a una taberna en el pueblo vecino. En la barra se alineaban ordenadas bandejas con conchas zamburiñas, cerros de calamares rebozados, patas de pulpo renegridas por la hervor, navajas tocadas de sal y, en igual medida, hirvientes tazones con sopas de ajo, humeantes túmulos de patatas con rojas salsas picantes, cuajos de cebolla sobre rodajas de pan que acomodaban como podían las mezclas de moda, decurias de copas esperando el clarete de la tierra que el camarero comienza a servir apenas suena en la iglesia el toque que anuncia el final de la Misa. Casi todo el pueblo se reúne en el Oficio: los niños juegan en los bancos, las viudas entran del brazo, terratenientes vinateros lucen relojes dorados y esposas de lujo, hijos venidos de la capital acompañan a sus mayores con aire de desgana y de costumbre, el turista curioso se va a la mitad y se pierde la sustancia. Como nunca he encajado en ningún sitio, los lugareños me calan al instante, pero aun así me hago un hueco en la conversación. El corro de hombres recela de mi interés en los asuntos prácticos del pueblo, las lindes, los impuestos, las magras «ayudas» de la Administración, la caza de las evasivas codornices, cada año más ausentes porque quedan en los regadíos extremeños. El círculo de mujeres es impenetrable. Con el bar ya algo repleto llega el cura con una cartera en la mano y los círculos se abren reclamando su presencia, pero él pregunta por el fútbol mientras el camarero le sirve la primera copa de vino clarete que él toma sin quitar la vista del aparato de televisión que abusivamente domina el local. Un sorbo, una mueca, pierde el Valladolid.  

«¿De Alicante? Nosotros veraneamos en Torrevieja. Mi hijo trabaja en Mercadona», y la segunda copa se hace obligatoria. Pero los extraños siempre serán los extraños, y el corro termina por caer en un incómodo silencio que delata mi impropia condición. Lo entiendo y vuelvo a mi mesa con ese aire de felicidad truncada que me delata todavía más. Masticando ampulosamente un cuajo de tortilla el alcalde reanuda la conversación, y yo me hundo en este aroma a aceitunas y a refrito mientras el ruido en el local se convierte poco a poco en la verdadera voz del pueblo. Siento una pena infinita cuando las exigencias de la salud me obligan a dejar el bar, a tumbarme en el coche, a volver a la casa. En el camino de vuelta noto la ligera ebriedad de las dos copas de vino, ese punto de hambre que dejan las tapas por muy abundantes que hayan sido, y para cuando el automóvil cruza el labrantío de Cigales mi felicidad, pese a todo, es completa.

Hace dos años de aquello, y no he vuelto a ver un bar. Tampoco los sembrados, ni los cerros donde emplazan esos nuevos castillos de hormigón que son las modernas bodegas, ni las ermitas, ni las cuestas de páramo, brillantes por los cristales de yeso, ni tampoco las cubillas que guardan toneles y más toneles de vino, donde se reúnen las cuadrillas a merendar. La afluencia de productos marítimos no debe extrañar: es algo que empezó y se asentó en la Meseta con el tráfico fluvial del Canal de Castilla hacia los puertos del Cantábrico. Luego estaban los buhoneros que venían de Levante o de Extremadura por caminos de Mesta, hombres duros, hechos al clima, conocedores del tiempo astronómico que marca las fiestas o los mercados como apariciones y tránsitos de las constelaciones. Hoy las mercancías llegan por la Autovía A-62, una lacerante perspectiva de asfalto sin la que esta Castilla sería un yermo. Los más variados géneros llegan a cualquier rincón a velocidades casi fulminantes que rápidamente se establecen en el alma del hombre anulando todo sentido del tiempo, pues el tiempo humano es duración prolongada. Esa espléndida comodidad tiene sus costes, de los que nadie quiere oír hablar so pena de convertirse en un fastidio. El más notable es para la vista, como dije. El segundo, no menos, para el oído, porque motores, carcasas y carlingas dejan una nota de fondo que tapa todas las demás notas de la tierra, y a la que uno se descuida debe alzar la voz para hablar con el vecino. Más aun; cuando llueve, las ruedas producen un extraño y prolongado lamento, como de almas en agonía. Si alguien hace mil años hubiera oído ese estertor es de pensar que lo hubiera convertido en leyenda o en miniatura iluminada. El hombre de hoy se limita a fingir que no lo oye.

La Autovía A-62 pasa cerca del monasterio de Santa María de Palazuelos. El edificio fue obra del Císter, levantada pronto en el siglo XIII a orillas del Pisuerga donde el río estrecha por la cercanía del páramo de Cabezón. La Orden empleó para su construcción la piedra del cenobio benedictino de San Martín de Valbení, retirado en la solitaria cabecera de Valdecelada, dejando para los restos una granja que llamaron de San Andrés con cuyo último pastor tuve ocasión de conversar rodeado por sus once mastines. Hace tiempo que el lobo no viene, pero sigue ahí. En la hora del crepúsculo nocturno de un magnífico día fresco y soleado del otoño del año de Nuestro Señor de MMXIII, cuando llegaba a su fin una de las primeras salidas que me fue dado hacer tras veinte años de claustro, un lobo bajó al trote por la cuesta del páramo de no diré dónde y se sentó en la linde encinada de un cultivo para mejor conducir el acecho al ganado que pastaba en la pendiente. Cuando se hizo de noche bajé los binoculares y regresé a casa, tumbado pero feliz.

Nuestra Señora de Palazuelos fue un sitio muy capital: nada menos que alcanzó la dignidad de Cabeza del Císter en Castilla. Con el correr del tiempo, las sucesivas mudanzas y alguna que otra desamortización ilustrada lo condujeron a la ruina. No hace mucho, un consorcio de gentes de la comarca en alianza con alguna potencia administrativa del Estado empezó a desescombrar, electrificar, remodelar, y, en suma, a transubstanciar el sitio entero en algo distinto de aquello que ha sido durante más de mil años. Lo que yo he llegado a ver es algo magnífico, si uno hace el esfuerzo de aislarse de la vía del tren, de la autovía, del tráfago de los aviones, del ruido ocasional de bombazos y detonaciones que vienen del cercano arsenal militar; y muy principalmente si se logra desviar la mirada del enorme cartel que colocado por el patronato redentor en nombre del Estado concentra la atención de manera imperativa, clavado en la fachada principal junto a la puerta arquivoltada. Donde en tiempos, a buen seguro, hubo algún pobre de pedir entonando su menesterosa cantinela, ahora el Estado reclama nuestra atención y nuestra lástima por su tremendo esfuerzo algo más que financiero o arquitectónico. Aun así, como digo, todavía es notable la sabiduría práctica y la sagaz percepción de lo numinoso por parte de la Orden del Císter. La obra la protege por el flanco nororiental el baluarte de los cortados de Cabezón, un tajo vertical en la cuesta del páramo que desciende en circos de yeso hasta el soto del río, que discurre manso corriente abajo para proveer a la vieja hermandad con barbos y cangrejos, labor que correspondía al Maestro de los Peces. Junto a la ruina reconstruida se apoya una granja esparcida con balas de paja que aquí llaman alpacas, un depósito de agua y una valla casi decorativa si el lobo se decidiera a entrar. La planta basilical la culminan el enorme tejado, que cubre las dos naves, y los esfuerzos y fatigas de una espadaña. De las dependencias monásticas, del claustro reglar, sólo quedan los arranques de unos arcos junto a la puerta de los monjes y la puerta de los conversos, una tapiada y la otra cegada. 

El patronato ha pensado que el modo mejor de justificar los dineros invertidos, que no son pocos, no es el de darle al sitio su vieja vida religiosa y productiva, sino dedicarlo a pequeños acontecimientos civiles que permitan recaudar una magra entrada, juntar de vez en cuando a los vecinos de la comarca (al parecer incapaces de reunirse para festejar nada si no los cita el Estado), constar en las guías turísticas y aparecer en la internert como si aquello fuera el Valle de los Reyes egipcio, tal es el pisto que se da a toda atracción que se ofrece en esa red tenebrosa. De entre esas marcas civiles llaman mi atención los desfiles de moda femenina, que gozan de gran predicamento. No soy quién para decir si es o no blasfemia que varios pares de muslos impetuosamente jóvenes desfilen por el crucero; imagino que, tiempo ha, la replaza que se abre entre la fachada principal y el pequeño cementerio debió de acoger los ajetreos, glorias y miserias de algún mercado de pieles, aperos y alimentos; y sé de buena tinta que en las horas de oscuridad muchos han ido al socaire de la ruina a consumar amores precarios o duraderos. Más allá de la doctrina sobre el papel de la carne en suelo sacro, porque pese al abandono de la Iglesia el edificio aún lo es, el dolor que se percibe en tales festejos tiene una raíz más profunda: late en el estilo con el que se ejecuta la restauración material del edificio, en la modalidad de poder a la que sirve: en la pura condición titánica de la empresa.

Aquello a lo que Jiménez Lozano apelaba como espíritu rector de Castilla está ausente de Santa María de Palazuelos; el nomos del lugar apenas alcanza a  satisfacer una cuota de heno que alimente a las ovejas, como dije, porque apenas nadie, y en particular las potencias civiles en gobierno (con la mirada puesta en el turismo), desea trabajar la tierra. El numen, en cambio, persiste, guarecido en la piedra, en el susurro del viento en la ribera, en la mueca inefable de los canecillos historiados, arriba en la espadaña o en las tejas del ábside, en los orines que el ganado deja tras la valla, en las cacerías nocturnas de la lechuza que dormía en el tejado hasta que la restauración tapió su nido. Es un combate feroz, inaudible pero feroz, que se emprende cada día, bajo las solaneras de agosto, cuando las cencelladas de enero, en las mañanas aun frescas y maravillosamente verdes de la primavera. Lo terrible es comprobar que la pura hermosura del lugar acusa la ausencia de aquello que lo nutrió durante siglos. El observador, entre emocionado y herido por la hybris, se pregunta: Si la Iglesia no quiere ser logos rector de Santa María de Palazuelos, ¿qué queda ahí? Si el Císter ya no es nous de esta tierra ¿en qué convierte la restauración a este edificio y la labor que lo rodea? La respuesta es inmediata, y lo detiene todo, pero queda dentro en forma de herida. Mirando un poco más a lo ancho, nos damos cuenta de que si Cristo no es logos-nous, la historia de Europa es un fraude.

Como ve por los detalles, escribí esta carta a principios de la primavera, pero por unas o por otras no se la pude enviar. Eso me ha dado tiempo, ese tiempo vasto, monumental, canónico, para leerla de nuevo y acusar una punzada de nostalgia por las maravillas que aún me quedan tan lejos, de las que apenas pude entrever unas pocas. Aun así no me quejo: fiel a mi costumbre trabajo por las mañanas, temprano; el sol acaba de rayar sobre el páramo de la Muedra, cuyo fastuoso lomo antediluviano se me ofrece durante los meses de otoño e invierno, cuando hojas despueblan el soto. En la ribera del Canal veo un árbol cuajado de estorninos y urracas; es un chopo, el más viejo y alto del lugar. Castilla está honda en la estación; se ve en la floración de cierta margarita rastrera, en la pujanza de la yerba, en el furor matinal de las aves canoras. Escucho en la radio, mala costumbre, una vieja noticia (la forma más inane de cualquier acontecimiento); el sacrificio de novecientas reses que viajaban desde Cartagena a Turquía enfermas de lengua azul. Es otra hecatombe silenciosa, desperdiciada, una nueva fuga de significado que en lugar de subir al cielo se hunde en la vergüenza. Imagino la neblina matinal deshaciéndose sobre el tejado de Santa María con el alzamiento cada vez más impetuoso del Sol, y entre brumas y veras se me cuela uno monje labrando al fondo. De inmediato otra noticia tapa la anterior, un abundante desayuno me aguarda junto a la cama. Apago el transistor, lo guardo en el cajón de la mesita de noche. Fuera ladra un cuervo con voz seca, ronca; crían cerca de la casa. El primer rayo, fino, biselado, atraviesa la cortina de canuto y hiere la puerta de mi habitación con delicadeza infinita. Con un esfuerzo me levanto, me calzo, abro la puerta de la casa para ver mejor el chopo tomado, el ascenso del Sol. Con un gesto automático, de la cocina traigo un vaso lleno y en silencio absoluto, perplejo como cada día, hago una libación.

Con afecto,

José A. Martínez Climent

Respuesta de Armando Pego Puigbó (II).

Pinchando aquí se llega a una nueva carta abierta de Armando Pego Puigbó, que titula Los hijos de Laocoonte.

Carta a Armando Pego Puigbó (II)

Estimado Armando:

Quisiera, de ser posible, ahondar en lo esbozado en nuestras respectivas cartas anteriores, sin tener muy claro dónde puede llevarnos un descenso, que, bien mirado, no tiene pretensiones iluminadoras. Todavía más porque el ejercicio de la iluminación pesa sobre esos detestables predicadores de esquina que sobreabundan en este tiempo de liquidación.

Apunta Vd. en su carta a uno de los fundamentos del precario basamento de esta época nacida, dicen unos, con la Revolución francesa, y otro, Álvaro Mutis, quizá más atrevido y perspicaz, con la caída de Constantinopla: En el sótano de este tiempo yace la idea de que todo es política. Como un arcano sagrado, esa idea irradia en todas direcciones con igual intensidad.  Se trata de “una orden de asalto contra el mundo”. Y cabe decirlo ya: de un mandato ingenuo.

Trataré de justificar mi afirmación.

Quizá la carga de profundidad de mayor alcance que dejó Nietzsche no fuera su crítica a la psicopatología del socialismo, ni su mitopoyética dionisíaco-apolínea, sino la que formuló de una manera aparentemente informal, casi como por descuido: pensar es gesticular. Entre el acervo comportamental del chimpancé y la poesía de la alta matemática se abre desde entonces un infinito catálogo de muecas. El pensamiento discursivo, luminoso, la razón,  sustento de lamáquinacartesiana, de la bestia lógica, podía no ser más que el trasunto evolutivo de una minima moralia de corte burgués. Y cada una de esas muecas, todavía más cuanto más elaboradas, deja un rastro fantasmal que a la mente positiva le resulta intolerable. ¿Pero un rastro de qué? La respuesta, que durante milenios ha obrado en poder de los oficiantes del sacrificio, la encontramos hoy maravillosamente inscrita en la Estadística, cimiento de esa forma secular del sacrificio que es la sociología. Cualquier estudiante de matemática avanzada conoce esa rama llamada Análisis de Residuos, sabedores de que en los desperdicios de todo análisis reside un significado que pertinazmente elude la disección razonada del mundo. Y por Platón sabemos que la materia participa del misterio de lo divino por cuanto que lo habita y es omnipresente.

Así, fiel a la consigna iluminista, el Segundo Principio de la Termodinámica formula con gran aparato gestual lo que para el hombre de pensamiento antiguo, el de ayer como el de hoy, es una obviedad: la vida es un gigantesco almacén de esos residuos, que por participar de lo sagrado precisan de la mayor observancia en su manipulación: no se puede rozar siquiera lo divino (tò theîon) con las manos desnudas, sin una liturgia protectora. El sacerdote que púdicamente retira las migas y el poso de vino transubstanciados en carne y sangre, el oficiante védico que pliega la piel de gacela sobre la que ha vertido el soma, han encontrado la vía más segura para no resultar abrasados por el contacto con los residuos de divinidad pertinazmente presentes en todo, liberados durante el sacrificio. No es la política, puesto que esta es téhcne, constructo, elaboración, siempre cosa-a-posteriori, lo que fundamenta la vida, sino una cierta densidad casi irreductible al lenguaje que, pese a ello, se deja abordar. 

El modo secular con el que hombre de hoy afronta el dolor que le produce lo que permanece irreductible es la psicología. Digo bien: la psicología no es una ciencia ni un arte, sino un modo, un estilo. Especialmente en su variante conductista, un modo infantil, y por ello caprichosamente fanático. Sus adeptos pretenden que lo irreductible desaparece restándole importancia mediante presupuestos deterministas. Llegados a este punto cabe apuntar que Occidente es una gigantesca y fallida empresa de saneamiento del mundo so pretexto de la eliminación de toda forma de dolor. Así lo escribe Walter Benjamin ex negativo cuando afirma que el mal es un aparato romántico de desinfección, de redención, de eliminación del dolor constituyente, una vía hacia la ejecución del lema todo es política por parte de la máxima concentración posible del Estado: el comunismo; en el fondo, una empresa dedicada obsesivamente a la desmitificación de los residuos que deja a diario su amorfo y voluble corpus intelectual. Esta deficiencia, esta fuente cegada, esta imposible cesura, resulta algo baladí y dable de suyo para la monja cisterciense que barre las hojas caídas en el claustro en el silencio monumental del convento, movidas por la brisa, requeridas por el tiempo canónico; es algo que ha comprendido cabalmente aquel que presiente la hinchazón de lo divino mientras se ata un cinturón de explosivos antes de llegarse a una plaza llena de turistas (forma ideal de la inanidad burguesa que le resulta intolerable), si bien incluso esa apelación a lo inconmensurable está siendo reducida a lo concreto y práctico del machete oculto en la ropa.

Hay lugares donde el tránsito de lo divino es patente hasta el punto de resultar incontenible. El rostro de la amada, de la donna angelicata o de la pecosa quinceañera de intercambio; el bajo volumen de una ermita románica entre los chopos de la ribera o junto al descampado donde se verifica la matanza; el solitario barranco habitado por los fresnos, la planicie cultivada, la espesura a la que inesperadamente venimos a dar tras una revuelta del camino, la silueta lejana de la ciudad… Los romanos disponían de un latiguillo, numen adest, para señalar esa densidad, presencia ante la que era imperativo conducirse con respeto. Es decir, ateniéndose a una liturgia. En tales lugares los residuos parecen concentrarse en una forma maravillosamente cosmética que sella eternamente el significado, refractarios a cualquier orden de asalto. También lo divino rezuma en ciertos ambientes de transición entre medios: La parte del lienzo que linda con el marco; la puerta entre el boudoire y el pasillo; el deambulatorio de la iglesia, donde la tensión entre la radiación del altar, la pura mundanidad del desplazarse y la belleza y funcionalidad arquitectónica pueden alcanzar una inusitada intensidad; el ecotono entre el campo y la urbe, donde, como en todas partes, está perdida la batalla contra la técnica y su cortejo. Pero aquí, a diferencia de otras zonas limítrofes, es posible hallar todavía formas netas, formas no contaminadas por la hibridación, tan desagradables por su ethos orgánico y su dinamis grosera, lugares donde el cambio se produce principalmente por muerte natural del nomos, en este caso del nomos agrícola. Así ocurre en ciertos terrenos al sur de la ciudad de Valladolid, donde el frente de edificios corbusierinos linda exactamente con parcelas verdosas de heno perfectamente talladas por los agrimensores del pueblo cercano, sobrevoladas en invierno por los milanos. La hibridación es visible, en cambio, en los arrabales alicantinos. El viajero que llegue o abandone la ciudad en tren atravesará un amplio cinturón de huertas de caseta y somier, canteras improductivas, casas señoriales abandonadas por ilustrados aburridos del campo hace ya un siglo, polígonos industriales, ramblas polvorientas, giroscópicas rotondas en movimiento perpetuo… Es la discorde uniformidad de la que prevenía la Regla de San Benito.

En esos lugares cimarrones se multiplica el dolor, que sin embargo proviene de otras regiones: De la sentimentalización de la vida, de la reducción de la belleza a la mera visualidad, del temor a la disciplina ascética o guerrera, y, en general, de todos los aspectos de la vida sobre los que pesan las severas prohibiciones emitidas por el Estado, celoso de cualquier surgencia de poder, de cualquier emanación de significado. El dolor también se siente cuando el demos, bajo la forma del turista (el mismo que vio por televisión cómo el terrorista-sacrificante degollaba a machete a varios de sus congéneres, y luego cambió de canal), baja de su automóvil y sonriendo estúpida o fastidiosamente reconviene a chillidos a sus hijos, que han comenzado a fotografiarlo todo con su móvil anticipando sus intenciones; cuando la mujer a la que empezamos a amar pronuncia alguna de las imposiciones estilísticas de nuestro tiempo y la estatuaria que esforzadamente construíamos se agrieta, dejando heridas incurables donde intuíamos belleza duradera; y cuando el imperioso rugido del tren enmudece la oración de la Salve en el Monasterio de la Trapa comprendemos en todo su alcance la naturaleza de la herida. Solo que el rezo continúa bajo el clamor de la ferralla, en uno de los momentos más tensos de la historia de Europa reproducido cada día.

Puede que sea verdad que una cierta hybris es pecado; tanto como que la pureza es la más ilusoria de las ambiciones. Hoy la pureza es monopolio de los técnicos, de los especialistas, de los racionalistas benjaminianos, de los empleados del Estado, que ejecutan cada uno de sus movimientos con aires de sacerdote egipcio. “Si el infiel quiere separarse, que se separe”, como arbitra San Benito, no es posibilidad que contemplen estos tiempos. El Estado, lo recuerda Dalmacio Negro, es totalitario por naturaleza, no se permiten las ovejas negras. Para el disconforme, Leviatán es el ángel “que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies”, convocado por Walter Benjamin cuando hizo sonar las trompetas que anunciaban la práctica de la filosofía científica de la que él se hacía abanderado. El dolor se convierte así, en el mundo secularizado, “en una experiencia del darse del ser y del cuidado de la Nada, en un intento por hacer hablar a ese dolor y de hacer hablar a la Metafísica a través de él.” Sólo el cenobita, el monje-soldado, el emboscado, el pirata, el güelfo de una causa mayor o el mercenario contemplan la posibilidad de que ese nihilista lugar primordial que hoy ocupa el dolor deje un hueco efectivo a la belleza, lo que exige la recuperación de parcelas de vida en propiedad del Estado por parte del individuo, cuya propensión gregaria y su hambre de ritos siempre ha hecho el resto: Así la iglesia, la robleda, el soto, el humilladero en el cruce de caminos, la granja o la fábrica, el cenobio o la cueva ermitaña, el rascacielos, la plaza pública, el sendero, el parque, la acera, la perspectiva de edificios, la alameda en el corazón de la ciudad… lugares susceptibles al cambio porque en ellos aún se puede decir numen adest, capaces de albergar las nuevas formas de las viejas potencias sin desligarse de la aurea catena que las une en tradición.

¿Qué queda, pues, para el hombre singular? Una tarea formidable.

Atentamente,

José A. Martínez Climent

En Castilla.

Respuesta bucólica a José Antonio Martínez Climent. De Armando Pego Puigbó.

Armando Pego tiene la amabilidad de acusar recibo de mi carta abierta (publicada bajo), y escribe desde su monasterio claravantista.

Pinchando aquí se llega a su cuaderno.

Carta geórgica a Armando Pego Puigbó

Estimado Armando:

Estoy escuchando su charla a tres bandas con dos conterturlios que firman como Extremo Centro y Lezu, a quienes no conocía. No habiéndolo llevado en toda mi vida, sólo puede haberme gustado su comentario sobre que el conservador necesita el reloj, mientras que el tradicionalista nota el paso del tiempo en la luz, que, como siempre, es la medida de tantas cosas. Aún hoy discuto con mis amigos sobre la división del día en densidades de luz, en la partición en formas y vértices de las sombras de los árboles o del tejado de pizarra. Le aseguro que el único rastro de precisión horaria que hay en mí lo pone una lechuza que sale del tejado a la misma hora cada tarde… o eso pensaría un conservador, porque cada tarde se corrige por la luz solar, en un movimiento maravillosamente tradicional.

No me resisto igualmente a apuntar ese otro movimiento, tan propio de épocas de acabamiento, del que se hace mención en la charla. Últimamente veo una fina lluvia de artículos y de libros, recibidos con aplauso, que podrían caber en lo que llamaría, con un neologismo latinista muy anglo, virgiliana. Se trata de una summa de reflexiones sobre la vida en el campo cuyo ideal sería el descrito en las novelas de Delibes, en la civilizada agropecuaria de Plá, en la recia aristocracia campestre de Scruton. Y aquí veo una grieta muy profunda, aunque para no abrumar ni aburrir demasiado resumiré mucho esta carta. Noto en todo ello una excesiva simplificación, un aire decididamente platónico, un idealismo alicorto y un tono de abierta moralización que paradójicamente acerca a sus defensores a las filas de sus rivales. No encuentro descripciones del campo tal como fue durante siglos en su inagotable variedad, sino rememoraciones de un ideal campestre de corte, una vez más, ilustrado. Temo que bajo la especie de una nostalgia de naturaleza intelectual nos encontremos ante un pequeño Gran Salto Adelante que de nuevo vendrá a rechazar las potencias numinosas del agro.

Sé bien que al nombrarlas me adentro en terreno peligroso, pero como quiera que es en ese terreno donde me encuentro irremediablemente clavado desde la infancia, para mí el peligro está en otro sitio. Temo que nuestros modernos apologistas virgilianos detesten leer en el Liber Naturae porque sus páginas no reflejan ni sus añoranzas idealizadas ni sus ideales moralizantes ni los arabescos literarios, sino la crudeza, la soledad y el misterio propio de todo aquello que no es urbs. Si, como afirmaban los hermeneutas del s. XVII, quien bien mira la naturaleza acaba encontrando a Dios, sólo cabe temer que las renovadas ambiciones ilustradas compongan una incompleta filosofía, y no un perfecto tratado de teología. Igualmente el pagano, de cuya figura temo encontrarme demasiado cerca, se verá privado de esa condición mistérica sin la que la epifanía o la hierofanía son imposibles.

Temo, en suma, que la sombra no del ciprés, sino de los Delibes y los de la Fuente sea tan alargada como funesta. Porque con su grito de alerta han convocado la potencia de un demos que exige la abolición de las condiciones selváticas, la transubstanciación del campo en urbs: no se oculta a nadie que los nuevos apologetas rurales prefieren llegarse al pueblo por una autovía bien iluminada a perderse en la lobuna soledad de una vieja y bacheada carretera secundaria. No puede extrañar que lancen un sentido y progresista vade retro a los viejos modales campestres, arrinconados en la frigidez de los museos o en la culpable nocturnidad de los diccionarios.

Como dije, no ahondo en la materia, ni pretendo algo más que hacerle partícipe de algunas cosillas que me despierta escucharles conversar y, qué maravilla, reír.

Le saluda afectuosamente, y a sus contertulios,

José A. Martínez Climent

CASA DEL MARQUÉS DE LA DEHESA DE BÉCARES

Marooned

Recorre el mundo una oleada que, bajo la especie del puritanismo, promueve la censura como medio para lograr una igualdad de trato, de orden moral, entre las personas. Oscuros Consejos liman las aristas de los gestos, y de entre los gestos el más agudo de todos: el lenguaje. Aguas y barro en proporciones variables, la única reacción que por ahora cobra una cierta forma es la que proviene del orbe de los intelectuales católicos1. Ambas marejadas, sin embargo, tienen algo en común: se arrogan un cierto estoicismo. No se concibe un ensayo, libro o artículo sin la debida tarjeta de presentación. Se ha de hablar, preferiblemente de antemano, sobre la austera formalidad el autor, sobre su contención elegante que, sin embargo, ofrece soluciones, generalmente al amparo de una prosa amable y cultivada. Algo absolutamente refractario para Gómez Dávila, paladín del buen gusto reaccionario.

Hay quien viste la capa estoica para dar un vano lustre a la aridez que su paso deja en el mundo; otros lo hacen por vanidad; algunos convencidos de que la tiranía contra uno mismo, ese vicio oriental, promueve la altura propia y suaviza la convivencia. Nuevamente de acuerdo, ninguna facción admite la posibilidad de un acercamiento aristocrático, el movimiento del espíritu de unos pocos individuos guiado por la compasión y por la condescendencia, que es el arte de tratar al inferior con amor, con dulzura, sin humillarlo. Casi todos somos inferiores en algo con respecto a otros; en este reconocimiento hay una surgencia, un manantial. Desde bajo, empero, es posible ver el paisaje de las cumbres, adivinar la cualidad fresca del aire enrarecido. Es una forma de participar en los Misterios, cuya beneficencia permite la vida.

La aristocracia vive hoy reducida al secreto de las cavernas mentales o a la incierta luz de los libros. Apuntaba Álvaro Mutis que el ocultamiento se hizo definitivo con la caída de Constantinopla. Ajena a la Ley de los Grandes Números, proscrita de la vida pública (de esa totalización de la vida que ejerce el Estado, que hoy domina Occidente), la aristocracia no cabe en horma democrática alguna. A lo más, flota en el aire de ciertos autores una aspiración a los buenos modales, un deseo, otro más, de Ilustración, la promoción de una caritas de hombros anchos que, cristófora, ansía acoger en su seno a eros (con minúscula) y a ágape2. La aristocracia es, y seguirá siendo, dominio de unos pocos. Entre ellos menudean los piratas: Jünger los llamó emboscados. Son la última forma dionisíaca que aun resiste.

Ese fantasmal estoicismo de unos y de otros no ha impedido a nadie detenerse a considerar la vida del prójimo como un bien a proteger. La devastadora formulación de Nietzsche referida a que una invencible propensión a la enfermedad yace en el fondo de la democracia y del socialismo ha encontrado refrendo en la espumarada de muerte que ha seguido a las reuniones navideñas, celebradas y permitidas con pleno conocimiento de lo que iban a provocar. De nuevo los muertos se cuentan por miles en los noticiarios. Desde Platón hasta hoy, pasando por la llanura de Maratón, Waterloo, Verdún, Auschwitz o Verkne-Saldinsky, la consideración numérica del individuo sustancia todo movimiento político, cualquier temblor democrático.

No ha sido menos en España, donde la crítica a la ejecutiva del Gobierno cobró pleno sentido meses antes, cuando se publicaron informes, ocultados, cuyo contenido dejaba en evidencia que los ministerios oportunos conocían la naturaleza del virus y su brutal efecto numérico sin que se tomaran medidas inmediatas, posponiendo toda acción profiláctica hasta pasados los festivales ideológicos del ocho de marzo3. Puede que sólo por eso el Gobierno, y muy especialmente su máximo responsable, merezcan ser tratados con jovialidad homérica. Un tratamiento estrictamente anumérico, puramente nominal. Y a este respecto -el papel de la casta guerrera en la salud pública-, merece atención cierto artículo publicado en la Revista de Occidente cuando arguye que la tardanza en actual, con resultado de lesiones, muerte y ruina en toda España, “tuvo lugar bien porque la inteligencia no llegó a los decisores –como parece ser el caso de Canadá– o que, llegando, no fuera tomada en consideración, como en los Estados Unidos4”. Cabe suponer que tal afirmación se escribió antes de conocerse el escondimiento y ulterior desprecio de los informes antedichos; que la Revista no pudo retrasar la entrada en prensa, y que en próximos números se ofrecerán las adendas oportunas reconociendo la mayúscula (¿criminal?) ineficacia o la negligencia culpable de los servicios militares de información. La hipótesis de que la pieza fuera escrita con plena conciencia del escondimiento de esos informes,  cosa que cabría en el movimiento de sellado del Gobierno por parte de cuerpos armados anunciado por el General Santiago Marín5, merece igualmente ser tenida en consideración.

Estoica o no, la movilización de una facción conservadora que reclama la fundamentación de una nueva Europa en los pilares del socialismo católico medievalizante de Morris, Chesterton, Campbell,  Tolkien o Scruton, no ha tenido empacho en argüir que la libertad de acción del individuo no podía quedar cercenada por la prohibición de las reuniones familiares. Unas fueron mero alivio de las angustias y privaciones padecidas desde marzo, otras justificadas por la natividad del Cristo, todas amparadas por la insondable necesidad de ritos que sustancia al hombre. En cualquier caso, las reuniones navideñas han supuesto la disolución absoluta de la moral de la compasión que hasta ahora enarbolaba el cristiano tanto como la de su higiénico aspecto determinista (la empatía), florecido en los pagos del agnosticismo y adoptado por el Papa Francisco. La regla de San Benito (quien “teme sin cesar el futuro examen del pastor sobre las ovejas a él confiadas y se preocupa de la cuenta ajena, se cuidará también de la suya propia”6), ha quedado universalmente contradicha. O bien, en cambio, pudiera ser que la moral compasiva esté siendo católicamente puesta en movimiento por una disimulada revitalización del principio nazareno según el cual la vida en este mundo no tiene valor, puesto que la moral de la compasión florece, como no puede ser de otra manera, sobre el dolor, la muerte y la ruina, cuales los conseguidos tras las pasadas Navidades. “¿Cómo es posible que la crisis de la Iglesia se haya agudizado tanto?”7, se pregunta Ratzinger, sabiendo que se trata de una cuestión retórica. La respuesta es terrible: La inmunidad de rebaño es un trasunto de la moral de rebaño.

Los piratas no ofrecen soluciones a nadie. Si acaso sueñan, en el trajín de sus pillajes, con el destino de Ulises, que tuvo “tanta alegría cuando terminó su vida errante8”. Es proverbial la amabilidad de algunos de estos escogidos, siempre matizada por un cierto escepticismo, casi de tono aristocrático (no se conocen piratas estoicos). Se cuenta que Drub, tras recibir los halagos de un prisionero al que había liberado del moro en los peñones de Alborán, exigió las disculpas del liberto, desazonado por su obsequiosidad, so pena de devolverlo a la roca. Con ello anticipó a Heidegger: “El hombre es en cada caso la medida de la presencia y el desocultamiento mediante la mesura y la limitación9”. Es una lección que casi nadie ha aprendido cabalmente en España. En términos epidemiológicos, un número insignificante de personas. Esperamos en vano, en vista del pleno resultado de la democracia, a alguien “poderoso en detener ríos, y trastocar la barca del espanto8”.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 20 de enero de 2021

Referencias.

  1. Intelectual en el sentido robustecido tras el empuje bolchevique.
  2. http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html
  3. https://okdiario.com/espana/gobierno-ordeno-ocultar-alerta-previa-oms-sobre-coronavirus-realizada-23-enero-5426927
  4. “Aquí debemos discutir sobre si el impacto de la COVID-19 fue un fallo de inteligencia o un fallo en la política; esto es, si los espías no hicieron bien su trabajo o bien los decisores políticos fallaron a la hora de indicar prioridades o asimilar la inte-ligencia entregada por sus espías. El hecho de que las pandemias estuvieran incluidas en varias Estrategias Nacionales de Seguridad nos indica que ya eran un riesgo/amenaza objeto de atención de la inteligencia por lo que parecería que estamos ante un fallo en la fase de recepción por parte de los decisores políticos. Este fallo tuvo lugar bien porque la inteligencia no llegó a los decisores –como parece ser el caso de Canadá– o que, llegando, no fuera tomada en consideración, como en los Estados Unidos”. No hay enemigo pequeño:la adaptación de la inteligencia militar. Antonio Díaz. Revista de Occcidente, p-28. Nº 474, noviembre 2020.
  5. https://okdiario.com/espana/fernando-grande-marlaska-asciende-general-guardia-civil-que-ordeno-perseguir-desafeccion-gobierno-5811974
  6. San Benito. Regla del Gran Patriarca San Benito. Publicado por Abadía de Silos, España, 1993.
  7. https://marisabelcontreras.files.wordpress.com/2014/01/la-sal-de-la-tierra.pdf
  8. Sexto Propecio. Elegías. Editorial Gredos, Madrid, 1989.
  9. Heidegger, Martin. The will to power as art v.I (Nietzsche, Vols I & II ). HarperCollins, Australia, 1991.

La Batalla de Navidad

Si el resultado más probable no fuera un mes o dos de agonía intubado en la blanca e higiénica Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital y, al cabo, la muerte o la decrepitud de cuerpo y mente, sería distraído estudiar la batalla entre una potencia conservadora (la que mueve, por la vía religiosa, a los ritos del nacimiento de Cristo &, por la vía secular, a gastronómicas reuniones con familiares y amigos – no siempre encarnados en la misma persona-) y la criminal inutilidad del Gobierno Progresista, a la que se unen, en mayor o menor medida, no pocos gobiernos regionales.

La pujanza con la que esa insondable pulsión al rito reclama vigencia sobre las condiciones objetivas de la muerte y de la ruina supone una objeción irrecusable contra la misma sustancia del Progreso bajo cuya férula secular se ordena Occidente. La cruda certidumbre epidemiológica de que el resultado de las reuniones familiares será un recrudecimiento del dolor y la miseria no consigue refrenar la urgencia con la que la Tradición reclama cumplimiento. ¿Supone esto un triunfo, o, como premio de consolación, un trofeo para las vitrinas de los conservadores? No. Es tan solo la confirmación de que en la naturaleza del hombre yace un principio de costumbre refractario al cambio, una oscura aunque paradójicamente translúcida desafección por la ciencia que nos devuelve a esos tiempos presocráticos en los que, pese al empeño de historiadores y lexicógrafos, el logos estaba peligrosamente cerca del mythos, a un ansia por encontrar refugio en la tibieza del Origen mientras la nevada cae en el exterior.

No creo que nada de esto ofrezca consuelo a los que van a morir para que el hombre moderno satisfaga un hambre antigua. Ni creo que la ley de los Grandes Números que rige la vida democrática vaya a alterar uno solo de sus principios estadísticos para reconocer el valor del único número que existe; el Uno. Igualmente creo que ninguno de los cambios que promueve la presencia funesta del nuevo virus consiga alterar en lo esencial a ese solitario y viejo cazador-recolector que en la oscuridad de su cueva mental contempla el mundo, al que siempre, mucho antes de Platón, comprendió mejor si estaba representado en las rugosas techumbres del refugio: un día fueron bisontes y gacelas; hoy son las frías constelaciones titánicas. Pero la mirada pervive, hechizada, y en ella reside quizá nuestra sustancia última. Sabemos, no tan en el fondo, que en los oráculos, revelaciones y profecías del friso zodiacal hay más verdad que en los fogonazos de la Razón o la política, que hoy amenazan con quemarlo todo, una vez más. Y tenemos esta certeza, afilada, cortante, estremecedora en ocasiones: Los dioses nunca desaparecen; tan sólo se esconden. Puede que un día Apolo y Dioniso regresen bajo la forma del primero, como pronosticaron en Delfos, y que reinen para siempre, o que un Cristo Apocatástico nos redima de la corrupción de la carne; o puede que no, y que nos corresponda a nosotros alimentar el fuego sagrado de vacuos sacrificios a la espera de un regreso bajo formas nuevas.

Quizá esa tarea formidable recaiga sobre alguno de los que sobrevivan a estas Navidades democráticas, radicalmente conservadoras.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 21 de Diciembre de 2020

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