Carta abierta a Armando Pego Puigbó (III)

Estimado Armando:

La voz de pinzones, mirlos y verdecillos anuncia desde el soto el cambio de estación. La gigantesca rotación de las casas celestes, la hinchazón telúrica de la tierra, han comenzado de nuevo su viejo canon. Desde la ventana me llega el manso platear del Canal de Castilla entre las ramas de los chopos aun sin hojas. Los primeros milanos negros han llegado desde sus cuarteles en morería; pespuntean el aire dejando amplias perspectivas de silencio y de luz. La tímida agilidad de su vuelo, frente a la pausada solemnidad de los milanos reales que reinan en valles y páramos durante el invierno, pone de nuevo a Castilla en el dilema entre el románico y el gótico: indecisa y sabia, esta tierra acoge a ambos. Cabe imaginar a los viejos cister cavando sus huertos claustrales, dejando el azadón para levantar la vista y ver que en el cielo se clava el primer milano que anuncia el gigantesco movimiento de la faja zodiacal, recibido con una sonrisa mientras se seca el sudor de la frente, pues para él, el paso del ave sobre el claro del monasterio confirma un inconmensurable mandato divino.

Ayer me trajeron los restos descuartizados de una becada, muerta casi con seguridad por un búho al que en ocasiones veo pasar al anochecer desde mi ventana. Planea sobre el Canal a buena altura hacia sus posaderos valle abajo, desde donde no pocas noches escucho su canto, que marca la propiedad ducal de sus dominios, su fuero de muerte sobre la caza local. En Castilla no es necesario recurrir a la nostalgia para ver todavía las viejas formas que durante siglos han sustanciado la vida, lo que los eruditos llaman civilización o cultura. Los cortes firmes, tajantes, en los cañones de las plumas de la becada no dejan duda respecto al autor del lance. Resulta asombroso comprobar que apenas a unos metros de esta habitación se ha producido una escena que repiten las miniaturas de los manuscritos iluminados. En ellas, en la firmeza de los gestos del noble altanero, en la diligencia de su hueste de monteros, en la protocolaria compostura de las princesas, sus dueñas y sus madres y de la corte ambulante descubrimos que nada ha cambiado pese a todo, y que todo es posible de nuevo.

Las escenas de banquetes siguen al privilegio de cetrería. La impedimenta, vestida de gala, prepara un festín de aves cocidas con salsas de frutos secos, vino, ajo, hierbas y orejones. Jarras empedradas como cálices comienzan a aliviar su carga de vino, y con esa imperfectible medida del tiempo propia de la iconografía medieval, sendos galgos se disputan los restos huesudos bajo una mesa mientras los pajes, en el otro extremo del cuadro, entregan las primeras bandejas a los nobles que encabezan el festín. Resulta conmovedor ver a la dama castellana, adornada con velo y corona, llevarse a los labios un muslo de sisón. 

Recuerdo de hace sólo dos años la breve vista a una taberna en el pueblo vecino. En la barra se alineaban ordenadas bandejas con conchas zamburiñas, cerros de calamares rebozados, patas de pulpo renegridas por la hervor, navajas tocadas de sal y, en igual medida, hirvientes tazones con sopas de ajo, humeantes túmulos de patatas con rojas salsas picantes, cuajos de cebolla sobre rodajas de pan que acomodaban como podían las mezclas de moda, decurias de copas esperando el clarete de la tierra que el camarero comienza a servir apenas suena en la iglesia el toque que anuncia el final de la Misa. Casi todo el pueblo se reúne en el Oficio: los niños juegan en los bancos, las viudas entran del brazo, terratenientes vinateros lucen relojes dorados y esposas de lujo, hijos venidos de la capital acompañan a sus mayores con aire de desgana y de costumbre, el turista curioso se va a la mitad y se pierde la sustancia. Como nunca he encajado en ningún sitio, los lugareños me calan al instante, pero aun así me hago un hueco en la conversación. El corro de hombres recela de mi interés en los asuntos prácticos del pueblo, las lindes, los impuestos, las magras «ayudas» de la Administración, la caza de las evasivas codornices, cada año más ausentes porque quedan en los regadíos extremeños. El círculo de mujeres es impenetrable. Con el bar ya algo repleto llega el cura con una cartera en la mano y los círculos se abren reclamando su presencia, pero él pregunta por el fútbol mientras el camarero le sirve la primera copa de vino clarete que él toma sin quitar la vista del aparato de televisión que abusivamente domina el local. Un sorbo, una mueca, pierde el Valladolid.  

«¿De Alicante? Nosotros veraneamos en Torrevieja. Mi hijo trabaja en Mercadona», y la segunda copa se hace obligatoria. Pero los extraños siempre serán los extraños, y el corro termina por caer en un incómodo silencio que delata mi impropia condición. Lo entiendo y vuelvo a mi mesa con ese aire de felicidad truncada que me delata todavía más. Masticando ampulosamente un cuajo de tortilla el alcalde reanuda la conversación, y yo me hundo en este aroma a aceitunas y a refrito mientras el ruido en el local se convierte poco a poco en la verdadera voz del pueblo. Siento una pena infinita cuando las exigencias de la salud me obligan a dejar el bar, a tumbarme en el coche, a volver a la casa. En el camino de vuelta noto la ligera ebriedad de las dos copas de vino, ese punto de hambre que dejan las tapas por muy abundantes que hayan sido, y para cuando el automóvil cruza el labrantío de Cigales mi felicidad, pese a todo, es completa.

Hace dos años de aquello, y no he vuelto a ver un bar. Tampoco los sembrados, ni los cerros donde emplazan esos nuevos castillos de hormigón que son las modernas bodegas, ni las ermitas, ni las cuestas de páramo, brillantes por los cristales de yeso, ni tampoco las cubillas que guardan toneles y más toneles de vino, donde se reúnen las cuadrillas a merendar. La afluencia de productos marítimos no debe extrañar: es algo que empezó y se asentó en la Meseta con el tráfico fluvial del Canal de Castilla hacia los puertos del Cantábrico. Luego estaban los buhoneros que venían de Levante o de Extremadura por caminos de Mesta, hombres duros, hechos al clima, conocedores del tiempo astronómico que marca las fiestas o los mercados como apariciones y tránsitos de las constelaciones. Hoy las mercancías llegan por la Autovía A-62, una lacerante perspectiva de asfalto sin la que esta Castilla sería un yermo. Los más variados géneros llegan a cualquier rincón a velocidades casi fulminantes que rápidamente se establecen en el alma del hombre anulando todo sentido del tiempo, pues el tiempo humano es duración prolongada. Esa espléndida comodidad tiene sus costes, de los que nadie quiere oír hablar so pena de convertirse en un fastidio. El más notable es para la vista, como dije. El segundo, no menos, para el oído, porque motores, carcasas y carlingas dejan una nota de fondo que tapa todas las demás notas de la tierra, y a la que uno se descuida debe alzar la voz para hablar con el vecino. Más aun; cuando llueve, las ruedas producen un extraño y prolongado lamento, como de almas en agonía. Si alguien hace mil años hubiera oído ese estertor es de pensar que lo hubiera convertido en leyenda o en miniatura iluminada. El hombre de hoy se limita a fingir que no lo oye.

La Autovía A-62 pasa cerca del monasterio de Santa María de Palazuelos. El edificio fue obra del Císter, levantada pronto en el siglo XIII a orillas del Pisuerga donde el río estrecha por la cercanía del páramo de Cabezón. La Orden empleó para su construcción la piedra del cenobio benedictino de San Martín de Valbení, retirado en la solitaria cabecera de Valdecelada, dejando para los restos una granja que llamaron de San Andrés con cuyo último pastor tuve ocasión de conversar rodeado por sus once mastines. Hace tiempo que el lobo no viene, pero sigue ahí. En la hora del crepúsculo nocturno de un magnífico día fresco y soleado del otoño del año de Nuestro Señor de MMXIII, cuando llegaba a su fin una de las primeras salidas que me fue dado hacer tras veinte años de claustro, un lobo bajó al trote por la cuesta del páramo de no diré dónde y se sentó en la linde encinada de un cultivo para mejor conducir el acecho al ganado que pastaba en la pendiente. Cuando se hizo de noche bajé los binoculares y regresé a casa, tumbado pero feliz.

Nuestra Señora de Palazuelos fue un sitio muy capital: nada menos que alcanzó la dignidad de Cabeza del Císter en Castilla. Con el correr del tiempo, las sucesivas mudanzas y alguna que otra desamortización ilustrada lo condujeron a la ruina. No hace mucho, un consorcio de gentes de la comarca en alianza con alguna potencia administrativa del Estado empezó a desescombrar, electrificar, remodelar, y, en suma, a transubstanciar el sitio entero en algo distinto de aquello que ha sido durante más de mil años. Lo que yo he llegado a ver es algo magnífico, si uno hace el esfuerzo de aislarse de la vía del tren, de la autovía, del tráfago de los aviones, del ruido ocasional de bombazos y detonaciones que vienen del cercano arsenal militar; y muy principalmente si se logra desviar la mirada del enorme cartel que colocado por el patronato redentor en nombre del Estado concentra la atención de manera imperativa, clavado en la fachada principal junto a la puerta arquivoltada. Donde en tiempos, a buen seguro, hubo algún pobre de pedir entonando su menesterosa cantinela, ahora el Estado reclama nuestra atención y nuestra lástima por su tremendo esfuerzo algo más que financiero o arquitectónico. Aun así, como digo, todavía es notable la sabiduría práctica y la sagaz percepción de lo numinoso por parte de la Orden del Císter. La obra la protege por el flanco nororiental el baluarte de los cortados de Cabezón, un tajo vertical en la cuesta del páramo que desciende en circos de yeso hasta el soto del río, que discurre manso corriente abajo para proveer a la vieja hermandad con barbos y cangrejos, labor que correspondía al Maestro de los Peces. Junto a la ruina reconstruida se apoya una granja esparcida con balas de paja que aquí llaman alpacas, un depósito de agua y una valla casi decorativa si el lobo se decidiera a entrar. La planta basilical la culminan el enorme tejado, que cubre las dos naves, y los esfuerzos y fatigas de una espadaña. De las dependencias monásticas, del claustro reglar, sólo quedan los arranques de unos arcos junto a la puerta de los monjes y la puerta de los conversos, una tapiada y la otra cegada. 

El patronato ha pensado que el modo mejor de justificar los dineros invertidos, que no son pocos, no es el de darle al sitio su vieja vida religiosa y productiva, sino dedicarlo a pequeños acontecimientos civiles que permitan recaudar una magra entrada, juntar de vez en cuando a los vecinos de la comarca (al parecer incapaces de reunirse para festejar nada si no los cita el Estado), constar en las guías turísticas y aparecer en la internert como si aquello fuera el Valle de los Reyes egipcio, tal es el pisto que se da a toda atracción que se ofrece en esa red tenebrosa. De entre esas marcas civiles llaman mi atención los desfiles de moda femenina, que gozan de gran predicamento. No soy quién para decir si es o no blasfemia que varios pares de muslos impetuosamente jóvenes desfilen por el crucero; imagino que, tiempo ha, la replaza que se abre entre la fachada principal y el pequeño cementerio debió de acoger los ajetreos, glorias y miserias de algún mercado de pieles, aperos y alimentos; y sé de buena tinta que en las horas de oscuridad muchos han ido al socaire de la ruina a consumar amores precarios o duraderos. Más allá de la doctrina sobre el papel de la carne en suelo sacro, porque pese al abandono de la Iglesia el edificio aún lo es, el dolor que se percibe en tales festejos tiene una raíz más profunda: late en el estilo con el que se ejecuta la restauración material del edificio, en la modalidad de poder a la que sirve: en la pura condición titánica de la empresa.

Aquello a lo que Jiménez Lozano apelaba como espíritu rector de Castilla está ausente de Santa María de Palazuelos; el nomos del lugar apenas alcanza a  satisfacer una cuota de heno que alimente a las ovejas, como dije, porque apenas nadie, y en particular las potencias civiles en gobierno (con la mirada puesta en el turismo), desea trabajar la tierra. El numen, en cambio, persiste, guarecido en la piedra, en el susurro del viento en la ribera, en la mueca inefable de los canecillos historiados, arriba en la espadaña o en las tejas del ábside, en los orines que el ganado deja tras la valla, en las cacerías nocturnas de la lechuza que dormía en el tejado hasta que la restauración tapió su nido. Es un combate feroz, inaudible pero feroz, que se emprende cada día, bajo las solaneras de agosto, cuando las cencelladas de enero, en las mañanas aun frescas y maravillosamente verdes de la primavera. Lo terrible es comprobar que la pura hermosura del lugar acusa la ausencia de aquello que lo nutrió durante siglos. El observador, entre emocionado y herido por la hybris, se pregunta: Si la Iglesia no quiere ser logos rector de Santa María de Palazuelos, ¿qué queda ahí? Si el Císter ya no es nous de esta tierra ¿en qué convierte la restauración a este edificio y la labor que lo rodea? La respuesta es inmediata, y lo detiene todo, pero queda dentro en forma de herida. Mirando un poco más a lo ancho, nos damos cuenta de que si Cristo no es logos-nous, la historia de Europa es un fraude.

Como ve por los detalles, escribí esta carta a principios de la primavera, pero por unas o por otras no se la pude enviar. Eso me ha dado tiempo, ese tiempo vasto, monumental, canónico, para leerla de nuevo y acusar una punzada de nostalgia por las maravillas que aún me quedan tan lejos, de las que apenas pude entrever unas pocas. Aun así no me quejo: fiel a mi costumbre trabajo por las mañanas, temprano; el sol acaba de rayar sobre el páramo de la Muedra, cuyo fastuoso lomo antediluviano se me ofrece durante los meses de otoño e invierno, cuando hojas despueblan el soto. En la ribera del Canal veo un árbol cuajado de estorninos y urracas; es un chopo, el más viejo y alto del lugar. Castilla está honda en la estación; se ve en la floración de cierta margarita rastrera, en la pujanza de la yerba, en el furor matinal de las aves canoras. Escucho en la radio, mala costumbre, una vieja noticia (la forma más inane de cualquier acontecimiento); el sacrificio de novecientas reses que viajaban desde Cartagena a Turquía enfermas de lengua azul. Es otra hecatombe silenciosa, desperdiciada, una nueva fuga de significado que en lugar de subir al cielo se hunde en la vergüenza. Imagino la neblina matinal deshaciéndose sobre el tejado de Santa María con el alzamiento cada vez más impetuoso del Sol, y entre brumas y veras se me cuela uno monje labrando al fondo. De inmediato otra noticia tapa la anterior, un abundante desayuno me aguarda junto a la cama. Apago el transistor, lo guardo en el cajón de la mesita de noche. Fuera ladra un cuervo con voz seca, ronca; crían cerca de la casa. El primer rayo, fino, biselado, atraviesa la cortina de canuto y hiere la puerta de mi habitación con delicadeza infinita. Con un esfuerzo me levanto, me calzo, abro la puerta de la casa para ver mejor el chopo tomado, el ascenso del Sol. Con un gesto automático, de la cocina traigo un vaso lleno y en silencio absoluto, perplejo como cada día, hago una libación.

Con afecto,

José A. Martínez Climent

Respuesta de Armando Pego Puigbó (II).

Pinchando aquí se llega a una nueva carta abierta de Armando Pego Puigbó, que titula Los hijos de Laocoonte.

Carta a Armando Pego Puigbó (II)

Estimado Armando:

Quisiera, de ser posible, ahondar en lo esbozado en nuestras respectivas cartas anteriores, sin tener muy claro dónde puede llevarnos un descenso, que, bien mirado, no tiene pretensiones iluminadoras. Todavía más porque el ejercicio de la iluminación pesa sobre esos detestables predicadores de esquina que sobreabundan en este tiempo de liquidación.

Apunta Vd. en su carta a uno de los fundamentos del precario basamento de esta época nacida, dicen unos, con la Revolución francesa, y otro, Álvaro Mutis, quizá más atrevido y perspicaz, con la caída de Constantinopla: En el sótano de este tiempo yace la idea de que todo es política. Como un arcano sagrado, esa idea irradia en todas direcciones con igual intensidad.  Se trata de “una orden de asalto contra el mundo”. Y cabe decirlo ya: de un mandato ingenuo.

Trataré de justificar mi afirmación.

Quizá la carga de profundidad de mayor alcance que dejó Nietzsche no fuera su crítica a la psicopatología del socialismo, ni su mitopoyética dionisíaco-apolínea, sino la que formuló de una manera aparentemente informal, casi como por descuido: pensar es gesticular. Entre el acervo comportamental del chimpancé y la poesía de la alta matemática se abre desde entonces un infinito catálogo de muecas. El pensamiento discursivo, luminoso, la razón,  sustento de lamáquinacartesiana, de la bestia lógica, podía no ser más que el trasunto evolutivo de una minima moralia de corte burgués. Y cada una de esas muecas, todavía más cuanto más elaboradas, deja un rastro fantasmal que a la mente positiva le resulta intolerable. ¿Pero un rastro de qué? La respuesta, que durante milenios ha obrado en poder de los oficiantes del sacrificio, la encontramos hoy maravillosamente inscrita en la Estadística, cimiento de esa forma secular del sacrificio que es la sociología. Cualquier estudiante de matemática avanzada conoce esa rama llamada Análisis de Residuos, sabedores de que en los desperdicios de todo análisis reside un significado que pertinazmente elude la disección razonada del mundo. Y por Platón sabemos que la materia participa del misterio de lo divino por cuanto que lo habita y es omnipresente.

Así, fiel a la consigna iluminista, el Segundo Principio de la Termodinámica formula con gran aparato gestual lo que para el hombre de pensamiento antiguo, el de ayer como el de hoy, es una obviedad: la vida es un gigantesco almacén de esos residuos, que por participar de lo sagrado precisan de la mayor observancia en su manipulación: no se puede rozar siquiera lo divino (tò theîon) con las manos desnudas, sin una liturgia protectora. El sacerdote que púdicamente retira las migas y el poso de vino transubstanciados en carne y sangre, el oficiante védico que pliega la piel de gacela sobre la que ha vertido el soma, han encontrado la vía más segura para no resultar abrasados por el contacto con los residuos de divinidad pertinazmente presentes en todo, liberados durante el sacrificio. No es la política, puesto que esta es téhcne, constructo, elaboración, siempre cosa-a-posteriori, lo que fundamenta la vida, sino una cierta densidad casi irreductible al lenguaje que, pese a ello, se deja abordar. 

El modo secular con el que hombre de hoy afronta el dolor que le produce lo que permanece irreductible es la psicología. Digo bien: la psicología no es una ciencia ni un arte, sino un modo, un estilo. Especialmente en su variante conductista, un modo infantil, y por ello caprichosamente fanático. Sus adeptos pretenden que lo irreductible desaparece restándole importancia mediante presupuestos deterministas. Llegados a este punto cabe apuntar que Occidente es una gigantesca y fallida empresa de saneamiento del mundo so pretexto de la eliminación de toda forma de dolor. Así lo escribe Walter Benjamin ex negativo cuando afirma que el mal es un aparato romántico de desinfección, de redención, de eliminación del dolor constituyente, una vía hacia la ejecución del lema todo es política por parte de la máxima concentración posible del Estado: el comunismo; en el fondo, una empresa dedicada obsesivamente a la desmitificación de los residuos que deja a diario su amorfo y voluble corpus intelectual. Esta deficiencia, esta fuente cegada, esta imposible cesura, resulta algo baladí y dable de suyo para la monja cisterciense que barre las hojas caídas en el claustro en el silencio monumental del convento, movidas por la brisa, requeridas por el tiempo canónico; es algo que ha comprendido cabalmente aquel que presiente la hinchazón de lo divino mientras se ata un cinturón de explosivos antes de llegarse a una plaza llena de turistas (forma ideal de la inanidad burguesa que le resulta intolerable), si bien incluso esa apelación a lo inconmensurable está siendo reducida a lo concreto y práctico del machete oculto en la ropa.

Hay lugares donde el tránsito de lo divino es patente hasta el punto de resultar incontenible. El rostro de la amada, de la donna angelicata o de la pecosa quinceañera de intercambio; el bajo volumen de una ermita románica entre los chopos de la ribera o junto al descampado donde se verifica la matanza; el solitario barranco habitado por los fresnos, la planicie cultivada, la espesura a la que inesperadamente venimos a dar tras una revuelta del camino, la silueta lejana de la ciudad… Los romanos disponían de un latiguillo, numen adest, para señalar esa densidad, presencia ante la que era imperativo conducirse con respeto. Es decir, ateniéndose a una liturgia. En tales lugares los residuos parecen concentrarse en una forma maravillosamente cosmética que sella eternamente el significado, refractarios a cualquier orden de asalto. También lo divino rezuma en ciertos ambientes de transición entre medios: La parte del lienzo que linda con el marco; la puerta entre el boudoire y el pasillo; el deambulatorio de la iglesia, donde la tensión entre la radiación del altar, la pura mundanidad del desplazarse y la belleza y funcionalidad arquitectónica pueden alcanzar una inusitada intensidad; el ecotono entre el campo y la urbe, donde, como en todas partes, está perdida la batalla contra la técnica y su cortejo. Pero aquí, a diferencia de otras zonas limítrofes, es posible hallar todavía formas netas, formas no contaminadas por la hibridación, tan desagradables por su ethos orgánico y su dinamis grosera, lugares donde el cambio se produce principalmente por muerte natural del nomos, en este caso del nomos agrícola. Así ocurre en ciertos terrenos al sur de la ciudad de Valladolid, donde el frente de edificios corbusierinos linda exactamente con parcelas verdosas de heno perfectamente talladas por los agrimensores del pueblo cercano, sobrevoladas en invierno por los milanos. La hibridación es visible, en cambio, en los arrabales alicantinos. El viajero que llegue o abandone la ciudad en tren atravesará un amplio cinturón de huertas de caseta y somier, canteras improductivas, casas señoriales abandonadas por ilustrados aburridos del campo hace ya un siglo, polígonos industriales, ramblas polvorientas, giroscópicas rotondas en movimiento perpetuo… Es la discorde uniformidad de la que prevenía la Regla de San Benito.

En esos lugares cimarrones se multiplica el dolor, que sin embargo proviene de otras regiones: De la sentimentalización de la vida, de la reducción de la belleza a la mera visualidad, del temor a la disciplina ascética o guerrera, y, en general, de todos los aspectos de la vida sobre los que pesan las severas prohibiciones emitidas por el Estado, celoso de cualquier surgencia de poder, de cualquier emanación de significado. El dolor también se siente cuando el demos, bajo la forma del turista (el mismo que vio por televisión cómo el terrorista-sacrificante degollaba a machete a varios de sus congéneres, y luego cambió de canal), baja de su automóvil y sonriendo estúpida o fastidiosamente reconviene a chillidos a sus hijos, que han comenzado a fotografiarlo todo con su móvil anticipando sus intenciones; cuando la mujer a la que empezamos a amar pronuncia alguna de las imposiciones estilísticas de nuestro tiempo y la estatuaria que esforzadamente construíamos se agrieta, dejando heridas incurables donde intuíamos belleza duradera; y cuando el imperioso rugido del tren enmudece la oración de la Salve en el Monasterio de la Trapa comprendemos en todo su alcance la naturaleza de la herida. Solo que el rezo continúa bajo el clamor de la ferralla, en uno de los momentos más tensos de la historia de Europa reproducido cada día.

Puede que sea verdad que una cierta hybris es pecado; tanto como que la pureza es la más ilusoria de las ambiciones. Hoy la pureza es monopolio de los técnicos, de los especialistas, de los racionalistas benjaminianos, de los empleados del Estado, que ejecutan cada uno de sus movimientos con aires de sacerdote egipcio. “Si el infiel quiere separarse, que se separe”, como arbitra San Benito, no es posibilidad que contemplen estos tiempos. El Estado, lo recuerda Dalmacio Negro, es totalitario por naturaleza, no se permiten las ovejas negras. Para el disconforme, Leviatán es el ángel “que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies”, convocado por Walter Benjamin cuando hizo sonar las trompetas que anunciaban la práctica de la filosofía científica de la que él se hacía abanderado. El dolor se convierte así, en el mundo secularizado, “en una experiencia del darse del ser y del cuidado de la Nada, en un intento por hacer hablar a ese dolor y de hacer hablar a la Metafísica a través de él.” Sólo el cenobita, el monje-soldado, el emboscado, el pirata, el güelfo de una causa mayor o el mercenario contemplan la posibilidad de que ese nihilista lugar primordial que hoy ocupa el dolor deje un hueco efectivo a la belleza, lo que exige la recuperación de parcelas de vida en propiedad del Estado por parte del individuo, cuya propensión gregaria y su hambre de ritos siempre ha hecho el resto: Así la iglesia, la robleda, el soto, el humilladero en el cruce de caminos, la granja o la fábrica, el cenobio o la cueva ermitaña, el rascacielos, la plaza pública, el sendero, el parque, la acera, la perspectiva de edificios, la alameda en el corazón de la ciudad… lugares susceptibles al cambio porque en ellos aún se puede decir numen adest, capaces de albergar las nuevas formas de las viejas potencias sin desligarse de la aurea catena que las une en tradición.

¿Qué queda, pues, para el hombre singular? Una tarea formidable.

Atentamente,

José A. Martínez Climent

En Castilla.

Respuesta bucólica a José Antonio Martínez Climent. De Armando Pego Puigbó.

Armando Pego tiene la amabilidad de acusar recibo de mi carta abierta (publicada bajo), y escribe desde su monasterio claravantista.

Pinchando aquí se llega a su cuaderno.

Carta geórgica a Armando Pego Puigbó

Estimado Armando:

Estoy escuchando su charla a tres bandas con dos conterturlios que firman como Extremo Centro y Lezu, a quienes no conocía. No habiéndolo llevado en toda mi vida, sólo puede haberme gustado su comentario sobre que el conservador necesita el reloj, mientras que el tradicionalista nota el paso del tiempo en la luz, que, como siempre, es la medida de tantas cosas. Aún hoy discuto con mis amigos sobre la división del día en densidades de luz, en la partición en formas y vértices de las sombras de los árboles o del tejado de pizarra. Le aseguro que el único rastro de precisión horaria que hay en mí lo pone una lechuza que sale del tejado a la misma hora cada tarde… o eso pensaría un conservador, porque cada tarde se corrige por la luz solar, en un movimiento maravillosamente tradicional.

No me resisto igualmente a apuntar ese otro movimiento, tan propio de épocas de acabamiento, del que se hace mención en la charla. Últimamente veo una fina lluvia de artículos y de libros, recibidos con aplauso, que podrían caber en lo que llamaría, con un neologismo latinista muy anglo, virgiliana. Se trata de una summa de reflexiones sobre la vida en el campo cuyo ideal sería el descrito en las novelas de Delibes, en la civilizada agropecuaria de Plá, en la recia aristocracia campestre de Scruton. Y aquí veo una grieta muy profunda, aunque para no abrumar ni aburrir demasiado resumiré mucho esta carta. Noto en todo ello una excesiva simplificación, un aire decididamente platónico, un idealismo alicorto y un tono de abierta moralización que paradójicamente acerca a sus defensores a las filas de sus rivales. No encuentro descripciones del campo tal como fue durante siglos en su inagotable variedad, sino rememoraciones de un ideal campestre de corte, una vez más, ilustrado. Temo que bajo la especie de una nostalgia de naturaleza intelectual nos encontremos ante un pequeño Gran Salto Adelante que de nuevo vendrá a rechazar las potencias numinosas del agro.

Sé bien que al nombrarlas me adentro en terreno peligroso, pero como quiera que es en ese terreno donde me encuentro irremediablemente clavado desde la infancia, para mí el peligro está en otro sitio. Temo que nuestros modernos apologistas virgilianos detesten leer en el Liber Naturae porque sus páginas no reflejan ni sus añoranzas idealizadas ni sus ideales moralizantes ni los arabescos literarios, sino la crudeza, la soledad y el misterio propio de todo aquello que no es urbs. Si, como afirmaban los hermeneutas del s. XVII, quien bien mira la naturaleza acaba encontrando a Dios, sólo cabe temer que las renovadas ambiciones ilustradas compongan una incompleta filosofía, y no un perfecto tratado de teología. Igualmente el pagano, de cuya figura temo encontrarme demasiado cerca, se verá privado de esa condición mistérica sin la que la epifanía o la hierofanía son imposibles.

Temo, en suma, que la sombra no del ciprés, sino de los Delibes y los de la Fuente sea tan alargada como funesta. Porque con su grito de alerta han convocado la potencia de un demos que exige la abolición de las condiciones selváticas, la transubstanciación del campo en urbs: no se oculta a nadie que los nuevos apologetas rurales prefieren llegarse al pueblo por una autovía bien iluminada a perderse en la lobuna soledad de una vieja y bacheada carretera secundaria. No puede extrañar que lancen un sentido y progresista vade retro a los viejos modales campestres, arrinconados en la frigidez de los museos o en la culpable nocturnidad de los diccionarios.

Como dije, no ahondo en la materia, ni pretendo algo más que hacerle partícipe de algunas cosillas que me despierta escucharles conversar y, qué maravilla, reír.

Le saluda afectuosamente, y a sus contertulios,

José A. Martínez Climent

CASA DEL MARQUÉS DE LA DEHESA DE BÉCARES

Marooned

Recorre el mundo una oleada que, bajo la especie del puritanismo, promueve la censura como medio para lograr una igualdad de trato, de orden moral, entre las personas. Oscuros Consejos liman las aristas de los gestos, y de entre los gestos el más agudo de todos: el lenguaje. Aguas y barro en proporciones variables, la única reacción que por ahora cobra una cierta forma es la que proviene del orbe de los intelectuales católicos1. Ambas marejadas, sin embargo, tienen algo en común: se arrogan un cierto estoicismo. No se concibe un ensayo, libro o artículo sin la debida tarjeta de presentación. Se ha de hablar, preferiblemente de antemano, sobre la austera formalidad el autor, sobre su contención elegante que, sin embargo, ofrece soluciones, generalmente al amparo de una prosa amable y cultivada. Algo absolutamente refractario para Gómez Dávila, paladín del buen gusto reaccionario.

Hay quien viste la capa estoica para dar un vano lustre a la aridez que su paso deja en el mundo; otros lo hacen por vanidad; algunos convencidos de que la tiranía contra uno mismo, ese vicio oriental, promueve la altura propia y suaviza la convivencia. Nuevamente de acuerdo, ninguna facción admite la posibilidad de un acercamiento aristocrático, el movimiento del espíritu de unos pocos individuos guiado por la compasión y por la condescendencia, que es el arte de tratar al inferior con amor, con dulzura, sin humillarlo. Casi todos somos inferiores en algo con respecto a otros; en este reconocimiento hay una surgencia, un manantial. Desde bajo, empero, es posible ver el paisaje de las cumbres, adivinar la cualidad fresca del aire enrarecido. Es una forma de participar en los Misterios, cuya beneficencia permite la vida.

La aristocracia vive hoy reducida al secreto de las cavernas mentales o a la incierta luz de los libros. Apuntaba Álvaro Mutis que el ocultamiento se hizo definitivo con la caída de Constantinopla. Ajena a la Ley de los Grandes Números, proscrita de la vida pública (de esa totalización de la vida que ejerce el Estado, que hoy domina Occidente), la aristocracia no cabe en horma democrática alguna. A lo más, flota en el aire de ciertos autores una aspiración a los buenos modales, un deseo, otro más, de Ilustración, la promoción de una caritas de hombros anchos que, cristófora, ansía acoger en su seno a eros (con minúscula) y a ágape2. La aristocracia es, y seguirá siendo, dominio de unos pocos. Entre ellos menudean los piratas: Jünger los llamó emboscados. Son la última forma dionisíaca que aun resiste.

Ese fantasmal estoicismo de unos y de otros no ha impedido a nadie detenerse a considerar la vida del prójimo como un bien a proteger. La devastadora formulación de Nietzsche referida a que una invencible propensión a la enfermedad yace en el fondo de la democracia y del socialismo ha encontrado refrendo en la espumarada de muerte que ha seguido a las reuniones navideñas, celebradas y permitidas con pleno conocimiento de lo que iban a provocar. De nuevo los muertos se cuentan por miles en los noticiarios. Desde Platón hasta hoy, pasando por la llanura de Maratón, Waterloo, Verdún, Auschwitz o Verkne-Saldinsky, la consideración numérica del individuo sustancia todo movimiento político, cualquier temblor democrático.

No ha sido menos en España, donde la crítica a la ejecutiva del Gobierno cobró pleno sentido meses antes, cuando se publicaron informes, ocultados, cuyo contenido dejaba en evidencia que los ministerios oportunos conocían la naturaleza del virus y su brutal efecto numérico sin que se tomaran medidas inmediatas, posponiendo toda acción profiláctica hasta pasados los festivales ideológicos del ocho de marzo3. Puede que sólo por eso el Gobierno, y muy especialmente su máximo responsable, merezcan ser tratados con jovialidad homérica. Un tratamiento estrictamente anumérico, puramente nominal. Y a este respecto -el papel de la casta guerrera en la salud pública-, merece atención cierto artículo publicado en la Revista de Occidente cuando arguye que la tardanza en actual, con resultado de lesiones, muerte y ruina en toda España, “tuvo lugar bien porque la inteligencia no llegó a los decisores –como parece ser el caso de Canadá– o que, llegando, no fuera tomada en consideración, como en los Estados Unidos4”. Cabe suponer que tal afirmación se escribió antes de conocerse el escondimiento y ulterior desprecio de los informes antedichos; que la Revista no pudo retrasar la entrada en prensa, y que en próximos números se ofrecerán las adendas oportunas reconociendo la mayúscula (¿criminal?) ineficacia o la negligencia culpable de los servicios militares de información. La hipótesis de que la pieza fuera escrita con plena conciencia del escondimiento de esos informes,  cosa que cabría en el movimiento de sellado del Gobierno por parte de cuerpos armados anunciado por el General Santiago Marín5, merece igualmente ser tenida en consideración.

Estoica o no, la movilización de una facción conservadora que reclama la fundamentación de una nueva Europa en los pilares del socialismo católico medievalizante de Morris, Chesterton, Campbell,  Tolkien o Scruton, no ha tenido empacho en argüir que la libertad de acción del individuo no podía quedar cercenada por la prohibición de las reuniones familiares. Unas fueron mero alivio de las angustias y privaciones padecidas desde marzo, otras justificadas por la natividad del Cristo, todas amparadas por la insondable necesidad de ritos que sustancia al hombre. En cualquier caso, las reuniones navideñas han supuesto la disolución absoluta de la moral de la compasión que hasta ahora enarbolaba el cristiano tanto como la de su higiénico aspecto determinista (la empatía), florecido en los pagos del agnosticismo y adoptado por el Papa Francisco. La regla de San Benito (quien “teme sin cesar el futuro examen del pastor sobre las ovejas a él confiadas y se preocupa de la cuenta ajena, se cuidará también de la suya propia”6), ha quedado universalmente contradicha. O bien, en cambio, pudiera ser que la moral compasiva esté siendo católicamente puesta en movimiento por una disimulada revitalización del principio nazareno según el cual la vida en este mundo no tiene valor, puesto que la moral de la compasión florece, como no puede ser de otra manera, sobre el dolor, la muerte y la ruina, cuales los conseguidos tras las pasadas Navidades. “¿Cómo es posible que la crisis de la Iglesia se haya agudizado tanto?”7, se pregunta Ratzinger, sabiendo que se trata de una cuestión retórica. La respuesta es terrible: La inmunidad de rebaño es un trasunto de la moral de rebaño.

Los piratas no ofrecen soluciones a nadie. Si acaso sueñan, en el trajín de sus pillajes, con el destino de Ulises, que tuvo “tanta alegría cuando terminó su vida errante8”. Es proverbial la amabilidad de algunos de estos escogidos, siempre matizada por un cierto escepticismo, casi de tono aristocrático (no se conocen piratas estoicos). Se cuenta que Drub, tras recibir los halagos de un prisionero al que había liberado del moro en los peñones de Alborán, exigió las disculpas del liberto, desazonado por su obsequiosidad, so pena de devolverlo a la roca. Con ello anticipó a Heidegger: “El hombre es en cada caso la medida de la presencia y el desocultamiento mediante la mesura y la limitación9”. Es una lección que casi nadie ha aprendido cabalmente en España. En términos epidemiológicos, un número insignificante de personas. Esperamos en vano, en vista del pleno resultado de la democracia, a alguien “poderoso en detener ríos, y trastocar la barca del espanto8”.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 20 de enero de 2021

Referencias.

  1. Intelectual en el sentido robustecido tras el empuje bolchevique.
  2. http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html
  3. https://okdiario.com/espana/gobierno-ordeno-ocultar-alerta-previa-oms-sobre-coronavirus-realizada-23-enero-5426927
  4. “Aquí debemos discutir sobre si el impacto de la COVID-19 fue un fallo de inteligencia o un fallo en la política; esto es, si los espías no hicieron bien su trabajo o bien los decisores políticos fallaron a la hora de indicar prioridades o asimilar la inte-ligencia entregada por sus espías. El hecho de que las pandemias estuvieran incluidas en varias Estrategias Nacionales de Seguridad nos indica que ya eran un riesgo/amenaza objeto de atención de la inteligencia por lo que parecería que estamos ante un fallo en la fase de recepción por parte de los decisores políticos. Este fallo tuvo lugar bien porque la inteligencia no llegó a los decisores –como parece ser el caso de Canadá– o que, llegando, no fuera tomada en consideración, como en los Estados Unidos”. No hay enemigo pequeño:la adaptación de la inteligencia militar. Antonio Díaz. Revista de Occcidente, p-28. Nº 474, noviembre 2020.
  5. https://okdiario.com/espana/fernando-grande-marlaska-asciende-general-guardia-civil-que-ordeno-perseguir-desafeccion-gobierno-5811974
  6. San Benito. Regla del Gran Patriarca San Benito. Publicado por Abadía de Silos, España, 1993.
  7. https://marisabelcontreras.files.wordpress.com/2014/01/la-sal-de-la-tierra.pdf
  8. Sexto Propecio. Elegías. Editorial Gredos, Madrid, 1989.
  9. Heidegger, Martin. The will to power as art v.I (Nietzsche, Vols I & II ). HarperCollins, Australia, 1991.

La Batalla de Navidad

Si el resultado más probable no fuera un mes o dos de agonía intubado en la blanca e higiénica Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital y, al cabo, la muerte o la decrepitud de cuerpo y mente, sería distraído estudiar la batalla entre una potencia conservadora (la que mueve, por la vía religiosa, a los ritos del nacimiento de Cristo &, por la vía secular, a gastronómicas reuniones con familiares y amigos – no siempre encarnados en la misma persona-) y la criminal inutilidad del Gobierno Progresista, a la que se unen, en mayor o menor medida, no pocos gobiernos regionales.

La pujanza con la que esa insondable pulsión al rito reclama vigencia sobre las condiciones objetivas de la muerte y de la ruina supone una objeción irrecusable contra la misma sustancia del Progreso bajo cuya férula secular se ordena Occidente. La cruda certidumbre epidemiológica de que el resultado de las reuniones familiares será un recrudecimiento del dolor y la miseria no consigue refrenar la urgencia con la que la Tradición reclama cumplimiento. ¿Supone esto un triunfo, o, como premio de consolación, un trofeo para las vitrinas de los conservadores? No. Es tan solo la confirmación de que en la naturaleza del hombre yace un principio de costumbre refractario al cambio, una oscura aunque paradójicamente translúcida desafección por la ciencia que nos devuelve a esos tiempos presocráticos en los que, pese al empeño de historiadores y lexicógrafos, el logos estaba peligrosamente cerca del mythos, a un ansia por encontrar refugio en la tibieza del Origen mientras la nevada cae en el exterior.

No creo que nada de esto ofrezca consuelo a los que van a morir para que el hombre moderno satisfaga un hambre antigua. Ni creo que la ley de los Grandes Números que rige la vida democrática vaya a alterar uno solo de sus principios estadísticos para reconocer el valor del único número que existe; el Uno. Igualmente creo que ninguno de los cambios que promueve la presencia funesta del nuevo virus consiga alterar en lo esencial a ese solitario y viejo cazador-recolector que en la oscuridad de su cueva mental contempla el mundo, al que siempre, mucho antes de Platón, comprendió mejor si estaba representado en las rugosas techumbres del refugio: un día fueron bisontes y gacelas; hoy son las frías constelaciones titánicas. Pero la mirada pervive, hechizada, y en ella reside quizá nuestra sustancia última. Sabemos, no tan en el fondo, que en los oráculos, revelaciones y profecías del friso zodiacal hay más verdad que en los fogonazos de la Razón o la política, que hoy amenazan con quemarlo todo, una vez más. Y tenemos esta certeza, afilada, cortante, estremecedora en ocasiones: Los dioses nunca desaparecen; tan sólo se esconden. Puede que un día Apolo y Dioniso regresen bajo la forma del primero, como pronosticaron en Delfos, y que reinen para siempre, o que un Cristo Apocatástico nos redima de la corrupción de la carne; o puede que no, y que nos corresponda a nosotros alimentar el fuego sagrado de vacuos sacrificios a la espera de un regreso bajo formas nuevas.

Quizá esa tarea formidable recaiga sobre alguno de los que sobrevivan a estas Navidades democráticas, radicalmente conservadoras.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 21 de Diciembre de 2020

Reseña de Contramundo, de Carlos Marín-Blázquez.

Un libro de aforismos reaccionarios es un islario; lo quiera o no, su autor tiene más de cartógrafo que de literato.

Un castillo emplazado en la desolada planicie. Un abrigo entre las zarzas en el corazón del bosque o, como diría Whitman, algo vertical entre las cosas inanimadas. Pero un edificio mental. A nada más puede aspirar el hombre asolado por el viento democrático.

El punto de partida de esa singladura mental es la aceptación, o al menos la comprensión, de que no hay alternativa: la soledad frecuentada por libros, amigos y fantasmas o el despellejamiento en la plaza pública.

Nada disuelve la potencia bruta del demos: se agota tras consumir todos los materiales.

La cartografía de arrecifes y rompientes es labor de monacato o furia de converso. El reaccionario debe estar prevenido. Su alegría viene de otras fuentes, de otros desiertos, de otros vergeles.

Dichoso el que puede perdonar, porque de él es el futuro.

Completada la tarea de vivir en tierra hostil, sólo resta la rabia de una muerte inaceptada o la serenidad de quien entrega su alma a una instancia visible en cada gesto, en cada rama, en cada sombra.

La jerarquía está inscrita en nuestra sangre. De ahí el eros que obra en la dominación de las masas. No hay idea humanista que redima ese imperativo biológico.

Trasladar la jerarquía natural mediada por la fuerza a la corte de un autócrata capaz de asumir en su persona las cargas de la justicia, la economía, la crueldad, según los principios de la magia simpatética. Roma estuvo cerca en no pocas ocasiones. Nicolás II desacreditó a los autócratas durante siglos por venir.

Güelfo de una causa perdida, el hombre singular marea por el tiempo como un barco en llamas.

Bendito el que puede encomendarse a los daimones del camino, a los dioses del paisaje, al Cristo en Majestad…

Del viejo Humanismo, despiadado enemigo del hombre, sólo quedan fantasmas, jirones de palabras incapaces siquiera de formar ya una idea. Es una ventaja táctica que pocos están aprovechando.

Quien hoy vive a contramundo tiene certezas absolutamente ademocráticas.

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Estas y otras cosas cree ver uno en el segundo libro de aforismos de Carlos Marín-Blázquez.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 2 de Noviembre de 2020.

Contramundo, en la Editorial Homo Legens, 2020.

Reseña a “Mal de ojo”, de Pilar Carrillo.

Hace más de treinta años, se dice pronto, que aquí, en España, la educación positiva, de mucha ciencia, progresista, nos dice y asegura que el mundo es comprensible de suyo, que las nieblas del pasado, cubriendo desde Franco hasta el día (infausto) en que Lucy bajó a por nueces, las despeja para siempre un ánimo de razón que, cuando se adquiere, inunda el cuerpo, que no el alma, con una soberana plenitud de uno mismo. Así bendito, iluminado con un  Buda, todo se vuelve sereno, todo está lleno de promesas, el miedo se olvida y ya podemos caminar.

Como uno de orientalista tiene poco, o más bien nada, observa, rasgo reaccionario, ciertos reparos a eso de que un rayo de luz artificial baste para limpiar del pasado de polvo y telarañas, suponiendo, y ya es ingenuidad, que el pasado fuera un desván necesitado de limpieza. Así, recuerdo a mi abuela sentada en una silla de mimbre, limpiando lentejas de piedrecillas y gorgojos, sin levantar la vista de la olla, contándome cuentos que a su vez le contara su abuela, que me erizaban la pelusa del cuello con la sospecha de que ogros, lobos, salteadores de caminos, bandoleros o agriados gitanos pudieran aparecerse a mis espaldas.

Si, en cambio, abriera Vd. un libro de cuentos de hoy,  no encontraría nada del viejo misterio: tan sólo el esqueleto mal montado de una historia, aplastado bajo el peso de la moralina luminosa. Pues, no insistiré en lo que Vd. ya sabe, toda materia, y así todo libro, no es más que el molesto y antiguo soporte de las Nuevas Ideas, dice la grey res publicana.

Siendo así, encuentra uno de lo más agradable el libro de Pilar Carrillo, que además de escritora es buena amiga, titulado Mal de Ojo, publicado por Kolima. Diría que los cuentos de vieja que allí podrá encontrar no están atacados por ese cáncer de luz que hoy todo lo enferma, sino que permanece en cada página el toque anciano de su abuela, que fue la que en buena hora le contó esas historias de hogar y de gorgojo. Que el miedo, ese miedo infantil que a algunos les volvía hombres valerosos, repta entre las líneas, caído de calderos bullentes, montones de leña o escondido en los negros pliegues de la falda de la anciana.

Sé que a muchos tales cosas no les atraen más que como material de museo, literatura anestesiada por la ciencia de la antropología cultural, dicho sea esto con la pelusa del cuello erizada; cosas de un pasado felizmente lejano que uno recuerda con privada nostalgia y público rechazo. No cuenten conmigo para ello. Nada de eso me interesa. Si compro un libro y encuentro formol, lo cierro y lo tiro a la hoguera. El de Pilar cría polvo en una estantería; ese polvo que sueña con ser anciano tan pronto como pueda, para que, con la pátina del tiempo, encuentre un día a un lector necesitado de sombra y de frescor antes que de ciencia y solanera.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 21 de Julio de 2020.

Mal de Ojo, Editorial Kolima, 2017.

Mal de ojo

 

Reseña a “Memorias de un güelfo desterrado”, de Armando Puigbó

Armando Pego Puigbó bien podría ser el nombre de un trovador, miembro de esa corte de cantores desapegados de todo menos de trovar poesías y rimas melancólicas por caminos, pueblos, sierras y prados catalanes que, si no lo hicieron, debieron haberlo hecho cuando decir bellos tropos todavía era posible. Sin embargo, y pese a nuestra insistencia, Puigbó, con maneras gentiles, persiste en decir de sí que es güelfo desarraigado.

Se preguntarán ustedes, y con razón, a quién sirve hoy un güelfo; qué batallas libra, si va y viene de Milán a Constanza, si le tiene ojeriza a la casa de Suabia, ¿piensa vengar la derrota de Bolonia? o si es bien recibido en la Corte de Aviñón. Y la respuesta es que sí a todo, pero que no. Hemos de admitir que la condición de soldado papal es hoy una profesión extinta. Todavía más si el empleo dependiese del Papa Francisco, que anda algo desapegado de las cosas del Cielo como para meterse en batallas teológicas. Otra cosa, quizá, sería si Ratzinger… me estoy yendo del cauce.

Pero si algo nos enseña la Historia (la Historia; no esas fantasías metodológicas marxistas sobre la Historia) es que los caminos de Europa siempre han estado surtidos de personajes más o menos errabundos que sirvieron a las causas más desperdigadas. A buen seguro que Vd., amable lector, conocerá unas cuantas. ¿Qué no? Pues admita el consejo: adjunte a su colección de libros de trova, a la derecha de la serie reaccionaria, justo encima de los autores singulares y no muy lejos de esas partituras de música sacra los libros de Puigbó. Allí leerá cómo y cuándo es posible hoy la solitaria condición de güelfo.

Hubo más de un alemán que, para encontrar su sitio en este mundo de ruinas, se fue al bosque, y allí, enzarzado, vivió hasta su muerte. Armando les dirá que el bosque es hermoso, pero que él encontró otros bastiones para su fe. Ni mejores ni peores que una buena encinada: solamente los suyos, rodeado de un cierto aroma florentino y un tanto así de loor de Ascensión.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 17 de Julio de 2020

 

armando güelfo

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