Reseña a “Juan Benet. Guerra y literatura”, de Nora Catelli.

Albergo las más acerbas reticencias con respecto a exégetas, catequistas, mayeutas y, en general, hacia todo ese cuerpo de forenses de la literatura que sustancian con sus inanes despieces el único género literario parido por estos tiempos, modernos y envejecidos por igual: la didáctica infantil.

Agradezco todo lo que se presenta libre de intención edificante, razón por la que miro con no poco recelo un libro que viene, según confesión de la autora*, a explicarnos cómo leer a Juan Benet. Es decir: no se trata de un ensayo sobre la prolija obra del escritor, ni se pretende publicar el sedimento que la lectura de sus libros ha dejado en ella; ni siquiera se busca eso tan común en tiempos de economía lingüística (otros dirán de pobreza y debilitamiento) que sería una refutación del complejo estilo benetiano. Afirma, con el natural descaro propio de quien se cree investido de una ciencia que a los demás sólo puede sernos ajena, que nos va a enseñar cómo leer al escritor regionato.

Es esa, y no otra, la razón por la que no voy a comprar el libro de Nora Catelli. Como mucho, esperaré diez o quince años a que un amigo me informe de que el aparato pedagógico que precedió a la obra era poco más que un artefacto publicitario, me reprenda por lo errado de mi juicio y me avise de que, gracias a alguna librería de lance o a la compra de una copia en su séptima edición, aún será posible corregir mis estancados resabios.

Item más, el propósito didáctico de la autora quizá disuada al lector habitual de Benet, autor de quien cuesta creer que hubiera sido complaciente con ese imperativo pedagógico del que hoy en día cualquier hijo de vecino se cree investido. Nada se hubiera agradecido más que la lectura matinal (en esa hoja de periódico macilenta y par que acoge anuncios de fontanería, la muerte de un torero lucense, la presentación de una dudosa belleza patronal) de uno de aquellos artículos benetianos que partiendo de una observación anodina y provinciana terminaban por sustanciarse en una elegante pedrada a la cabeza de un tótem de la cultura, a un politicastro ambicioso, a un literato amanerado o, así lo quisiéramos, a una legión entera de pedagogos de cuarta que transforman la lectura de libros en un anquilosado, soporífero ejercicio de «comprensión lectora», de aquellos que uno detestaba porque el análisis sintáctico se le daba tan mal como evitar que la mirada se perdiera hacia el escote de la profesora.

Fdo.

Jose Antonio Martínez Climent

———————————————–
Juan Benet. Guerra y literatura.

Nora Catelli

 Formato:13,5x21cm.160Páginas

Colección Paralajes, 2015
ISBN:978-84-15766-22-

* http://cultura.elpais.com/cultura/2016/08/08/babelia/1470662594_933811.html



Reseña a “Por gusto”, del Marqués de Tamarón.

De bien pequeño, mi madre, que en Gloria esté, me enseñó que era de muy mal gusto comentar los gustos ajenos. Ahora, al otro extremo de ese rizo literario que es la vida, se ve uno ante la imposible disyuntiva de escribir la reseña de un libro titulado Por gusto. Así las cosas, quizá la única manera de excusar esta nota sea recordar cómo Eliot justificó las suyas sobre Shakespeare: admitiendo que «sólo podemos aspirar a equivocarnos de nueva manera».

Decía Hume que ante cualquier delicadeza de gusto podemos estar seguros de que encontrará aprobación. Uno cree que el filósofo no podía andar más errado. Antes bien, todo aquello que es delicado, raro, esquivo, bello encuentra refrendo entre unos pocos y rechazo entre los muchos. Conste que no lo digo para hacer de Por gusto uno de esos libros que la más bien triste intelligentsia española, imitando a su pálido modelo anglosajón, llamaba un libro de culto, lo que servía para justificar las pocas ventas y un par de dudosos artículos de suplemento dominical. Todo lo contrario. Diría que se trata de un libro alegre, diurno, poco amigo de escondrijos; expansivo incluso, en el que el Marqués de Tamarón compendia algunas de las maravillas literarias con las que se ha ido encontrando a lo largo de su vida. Eso ya es algo inaudito, porque vivimos en tiempos en los que, ante todo, un escritor busca ser original, que es precisamente lo que ningún escritor puede ser. Las fronteras entre el genio propio y la deuda de lectura son tan difusas como notables, y el fuero que las rige va desde la púdica imitación hasta el plagio abierto, que, como nos recuerda Salvador Dalí, son formas a las que todos nos vemos obligados así cogemos el lápiz, el pincel, el buril, la plomada o las llaves de nuestro pequeño negocio. Pero Por gusto va más allá del reconocimiento debido a los eslabones que componen una cierta tradición: es un cofre del tesoro.

Un libro de tesoros mal compuesto puede convertirse en un desierto lleno de ruinas: véanse los catálogos de casi todos los museos de Europa, aquejados de amontonamiento y didactismo. Digo esto porque los glosadores suelen esparcirse en consideraciones académicas plagadas de asteriscos y pies de página hasta el punto de que el lector comprende que los textos glosados son una molestia para el lucimiento ilustrado del crítico. La lectura de un libro así resulta tediosa. Los comentarios que encontramos en Por gusto, al contrario, son livianos, quizá beneficiados por un aire de conversación en la escritura en vez del habitual tono edificante. Uno tiene la impresión no de leer, sino de estar escuchando a Tamarón como si estuviéramos tomando un vino en la terraza un día de verano y la charla nos llevara lejos. Las acotaciones así ofrecidas van desde la broma sagaz a la nota elegante, pasando por la picardía andaluza, la ironía necesaria o la hondura inefable. Porque el libro incluye un capítulo dedicado a lo inefable, que es, como decía Maugham, lo que posee «el mérito de no tener respuesta». En un tiempo de excesiva iluminación, se agradece este rincón donde uno puede «tomar lecciones de abismo».

Ni la lista completa ni el top-ten de los reseñados los voy a nombrar aquí porque eso sería destripar el libro, pero sí diré, porque ya lo dijo el propio autor, que en él hay lazos misteriosos que unen al rey Salomón con nada menos que Cole Porter; o la coplilla sureña con audaces telegramas de la Guerra Fría. No faltará quien diga que echa de menos a tal o cuál autor, ésta u otra cita, que en vez de esto de éste él hubiera puesto… Siempre hay bobos que ante la belleza de Nefertiti no pueden más que señalar que al busto le falta un ojo.

En tiempos más civilizados, un libro de tesoros tendría sitio en la educación; y no me refiero a las escuelas, que por lo general corrompen la literatura, sino a la de la madre que lee a su hijo antes de dormir o a la del chaval que en el libro de mates esconde a Julio Verne. Tengo la ridícula esperanza de que algún jovenzuelo, harto de leer cosas con valores, pizca ahíto de que su colección de Salgari venga corregida por un comité de igualdad y masticada por un especialista, se anime a coger este libro del regazo de su padre, que dormita con las gafas caídas, y le eche una mirada. Puede que le quede algo grande, pero, ay, ¡y el brillo! ¡y la curiosidad! ¡y el misterio! Quizá por eso Tamarón haya dedicado éste su penúltimo trabajo a sus nietos. Sea como fuere, la dedicatoria no deja de ser una hermosa carga de profundidad lanzada contra tiempos en los que las generaciones priman sobre las estirpes.

Y en medio de estas cosas variadas o berrendas, que diría Hopkins, he de decir que una de mis páginas preferidas es más bien terrible. Es la número ciento cuatro. Ya verán ustedes por qué. Si la censuran, tiraremos de copia clandestina.

Vamos a dejarlo aquí, porque una reseña larga aburre y suele caer en un penoso lucimiento. Diré con Lichtenberg que la crítica literaria es una enfermedad infantil que padece todo libro recién publicado; aunque a la vez sabemos por Steiner que «un crítico es el eunuco de un escritor», lo que una vez más deja al que suscribe en una situación imposible: porque ni quiere uno ser médico de libros ni menos aún convertirse en crítico capón. Sólo cabe esperar que Tamarón comprenda que esta reseña se hizo con admiración por su libro.

Fdo.: José Antonio Martínez Climent

En Valladolid, a 30 de julio de 2021

“Por gusto” en Amazon.

“Por gusto” en la bitácora de Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón.

“Por gusto”, nuevo libro del Marqués de Tamarón.

Se publica, por fin, el siempre penúltimo libro de Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón, del que hay noticia en estos enlaces .

“Por gusto” en la bitácora del Marqués de Tamarón

Por gusto” en Amazón

In memoriam.- Rafael Plá Albiach, director del Circo Gran Fele (1956-2020)

Dejo este pequeño recuerdo de Rafael Plá Albiach, conocido en la pista como el Gran Fele, sin haber conseguido satisfacer lo que él me ofreció con su amistad.

Homenaje grabado en video (5m, 31s).

Fdo.

José Antonio Martínez Climent

Respuesta bucólica a José Antonio Martínez Climent. De Armando Pego Puigbó.

Armando Pego tiene la amabilidad de acusar recibo de mi carta abierta (publicada bajo), y escribe desde su monasterio claravantista.

Pinchando aquí se llega a su cuaderno.

Carta geórgica a Armando Pego Puigbó

Estimado Armando:

Estoy escuchando su charla a tres bandas con dos conterturlios que firman como Extremo Centro y Lezu, a quienes no conocía. No habiéndolo llevado en toda mi vida, sólo puede haberme gustado su comentario sobre que el conservador necesita el reloj, mientras que el tradicionalista nota el paso del tiempo en la luz, que, como siempre, es la medida de tantas cosas. Aún hoy discuto con mis amigos sobre la división del día en densidades de luz, en la partición en formas y vértices de las sombras de los árboles o del tejado de pizarra. Le aseguro que el único rastro de precisión horaria que hay en mí lo pone una lechuza que sale del tejado a la misma hora cada tarde… o eso pensaría un conservador, porque cada tarde se corrige por la luz solar, en un movimiento maravillosamente tradicional.

No me resisto igualmente a apuntar ese otro movimiento, tan propio de épocas de acabamiento, del que se hace mención en la charla. Últimamente veo una fina lluvia de artículos y de libros, recibidos con aplauso, que podrían caber en lo que llamaría, con un neologismo latinista muy anglo, virgiliana. Se trata de una summa de reflexiones sobre la vida en el campo cuyo ideal sería el descrito en las novelas de Delibes, en la civilizada agropecuaria de Plá, en la recia aristocracia campestre de Scruton. Y aquí veo una grieta muy profunda, aunque para no abrumar ni aburrir demasiado resumiré mucho esta carta. Noto en todo ello una excesiva simplificación, un aire decididamente platónico, un idealismo alicorto y un tono de abierta moralización que paradójicamente acerca a sus defensores a las filas de sus rivales. No encuentro descripciones del campo tal como fue durante siglos en su inagotable variedad, sino rememoraciones de un ideal campestre de corte, una vez más, ilustrado. Temo que bajo la especie de una nostalgia de naturaleza intelectual nos encontremos ante un pequeño Gran Salto Adelante que de nuevo vendrá a rechazar las potencias numinosas del agro.

Sé bien que al nombrarlas me adentro en terreno peligroso, pero como quiera que es en ese terreno donde me encuentro irremediablemente clavado desde la infancia, para mí el peligro está en otro sitio. Temo que nuestros modernos apologistas virgilianos detesten leer en el Liber Naturae porque sus páginas no reflejan ni sus añoranzas idealizadas ni sus ideales moralizantes ni los arabescos literarios, sino la crudeza, la soledad y el misterio propio de todo aquello que no es urbs. Si, como afirmaban los hermeneutas del s. XVII, quien bien mira la naturaleza acaba encontrando a Dios, sólo cabe temer que las renovadas ambiciones ilustradas compongan una incompleta filosofía, y no un perfecto tratado de teología. Igualmente el pagano, de cuya figura temo encontrarme demasiado cerca, se verá privado de esa condición mistérica sin la que la epifanía o la hierofanía son imposibles.

Temo, en suma, que la sombra no del ciprés, sino de los Delibes y los de la Fuente sea tan alargada como funesta. Porque con su grito de alerta han convocado la potencia de un demos que exige la abolición de las condiciones selváticas, la transubstanciación del campo en urbs: no se oculta a nadie que los nuevos apologetas rurales prefieren llegarse al pueblo por una autovía bien iluminada a perderse en la lobuna soledad de una vieja y bacheada carretera secundaria. No puede extrañar que lancen un sentido y progresista vade retro a los viejos modales campestres, arrinconados en la frigidez de los museos o en la culpable nocturnidad de los diccionarios.

Como dije, no ahondo en la materia, ni pretendo algo más que hacerle partícipe de algunas cosillas que me despierta escucharles conversar y, qué maravilla, reír.

Le saluda afectuosamente, y a sus contertulios,

José A. Martínez Climent

CASA DEL MARQUÉS DE LA DEHESA DE BÉCARES

Marooned

Recorre el mundo una oleada que, bajo la especie del puritanismo, promueve la censura como medio para lograr una igualdad de trato, de orden moral, entre las personas. Oscuros Consejos liman las aristas de los gestos, y de entre los gestos el más agudo de todos: el lenguaje. Aguas y barro en proporciones variables, la única reacción que por ahora cobra una cierta forma es la que proviene del orbe de los intelectuales católicos1. Ambas marejadas, sin embargo, tienen algo en común: se arrogan un cierto estoicismo. No se concibe un ensayo, libro o artículo sin la debida tarjeta de presentación. Se ha de hablar, preferiblemente de antemano, sobre la austera formalidad el autor, sobre su contención elegante que, sin embargo, ofrece soluciones, generalmente al amparo de una prosa amable y cultivada. Algo absolutamente refractario para Gómez Dávila, paladín del buen gusto reaccionario.

Hay quien viste la capa estoica para dar un vano lustre a la aridez que su paso deja en el mundo; otros lo hacen por vanidad; algunos convencidos de que la tiranía contra uno mismo, ese vicio oriental, promueve la altura propia y suaviza la convivencia. Nuevamente de acuerdo, ninguna facción admite la posibilidad de un acercamiento aristocrático, el movimiento del espíritu de unos pocos individuos guiado por la compasión y por la condescendencia, que es el arte de tratar al inferior con amor, con dulzura, sin humillarlo. Casi todos somos inferiores en algo con respecto a otros; en este reconocimiento hay una surgencia, un manantial. Desde bajo, empero, es posible ver el paisaje de las cumbres, adivinar la cualidad fresca del aire enrarecido. Es una forma de participar en los Misterios, cuya beneficencia permite la vida.

La aristocracia vive hoy reducida al secreto de las cavernas mentales o a la incierta luz de los libros. Apuntaba Álvaro Mutis que el ocultamiento se hizo definitivo con la caída de Constantinopla. Ajena a la Ley de los Grandes Números, proscrita de la vida pública (de esa totalización de la vida que ejerce el Estado, que hoy domina Occidente), la aristocracia no cabe en horma democrática alguna. A lo más, flota en el aire de ciertos autores una aspiración a los buenos modales, un deseo, otro más, de Ilustración, la promoción de una caritas de hombros anchos que, cristófora, ansía acoger en su seno a eros (con minúscula) y a ágape2. La aristocracia es, y seguirá siendo, dominio de unos pocos. Entre ellos menudean los piratas: Jünger los llamó emboscados. Son la última forma dionisíaca que aun resiste.

Ese fantasmal estoicismo de unos y de otros no ha impedido a nadie detenerse a considerar la vida del prójimo como un bien a proteger. La devastadora formulación de Nietzsche referida a que una invencible propensión a la enfermedad yace en el fondo de la democracia y del socialismo ha encontrado refrendo en la espumarada de muerte que ha seguido a las reuniones navideñas, celebradas y permitidas con pleno conocimiento de lo que iban a provocar. De nuevo los muertos se cuentan por miles en los noticiarios. Desde Platón hasta hoy, pasando por la llanura de Maratón, Waterloo, Verdún, Auschwitz o Verkne-Saldinsky, la consideración numérica del individuo sustancia todo movimiento político, cualquier temblor democrático.

No ha sido menos en España, donde la crítica a la ejecutiva del Gobierno cobró pleno sentido meses antes, cuando se publicaron informes, ocultados, cuyo contenido dejaba en evidencia que los ministerios oportunos conocían la naturaleza del virus y su brutal efecto numérico sin que se tomaran medidas inmediatas, posponiendo toda acción profiláctica hasta pasados los festivales ideológicos del ocho de marzo3. Puede que sólo por eso el Gobierno, y muy especialmente su máximo responsable, merezcan ser tratados con jovialidad homérica. Un tratamiento estrictamente anumérico, puramente nominal. Y a este respecto -el papel de la casta guerrera en la salud pública-, merece atención cierto artículo publicado en la Revista de Occidente cuando arguye que la tardanza en actual, con resultado de lesiones, muerte y ruina en toda España, “tuvo lugar bien porque la inteligencia no llegó a los decisores –como parece ser el caso de Canadá– o que, llegando, no fuera tomada en consideración, como en los Estados Unidos4”. Cabe suponer que tal afirmación se escribió antes de conocerse el escondimiento y ulterior desprecio de los informes antedichos; que la Revista no pudo retrasar la entrada en prensa, y que en próximos números se ofrecerán las adendas oportunas reconociendo la mayúscula (¿criminal?) ineficacia o la negligencia culpable de los servicios militares de información. La hipótesis de que la pieza fuera escrita con plena conciencia del escondimiento de esos informes,  cosa que cabría en el movimiento de sellado del Gobierno por parte de cuerpos armados anunciado por el General Santiago Marín5, merece igualmente ser tenida en consideración.

Estoica o no, la movilización de una facción conservadora que reclama la fundamentación de una nueva Europa en los pilares del socialismo católico medievalizante de Morris, Chesterton, Campbell,  Tolkien o Scruton, no ha tenido empacho en argüir que la libertad de acción del individuo no podía quedar cercenada por la prohibición de las reuniones familiares. Unas fueron mero alivio de las angustias y privaciones padecidas desde marzo, otras justificadas por la natividad del Cristo, todas amparadas por la insondable necesidad de ritos que sustancia al hombre. En cualquier caso, las reuniones navideñas han supuesto la disolución absoluta de la moral de la compasión que hasta ahora enarbolaba el cristiano tanto como la de su higiénico aspecto determinista (la empatía), florecido en los pagos del agnosticismo y adoptado por el Papa Francisco. La regla de San Benito (quien “teme sin cesar el futuro examen del pastor sobre las ovejas a él confiadas y se preocupa de la cuenta ajena, se cuidará también de la suya propia”6), ha quedado universalmente contradicha. O bien, en cambio, pudiera ser que la moral compasiva esté siendo católicamente puesta en movimiento por una disimulada revitalización del principio nazareno según el cual la vida en este mundo no tiene valor, puesto que la moral de la compasión florece, como no puede ser de otra manera, sobre el dolor, la muerte y la ruina, cuales los conseguidos tras las pasadas Navidades. “¿Cómo es posible que la crisis de la Iglesia se haya agudizado tanto?”7, se pregunta Ratzinger, sabiendo que se trata de una cuestión retórica. La respuesta es terrible: La inmunidad de rebaño es un trasunto de la moral de rebaño.

Los piratas no ofrecen soluciones a nadie. Si acaso sueñan, en el trajín de sus pillajes, con el destino de Ulises, que tuvo “tanta alegría cuando terminó su vida errante8”. Es proverbial la amabilidad de algunos de estos escogidos, siempre matizada por un cierto escepticismo, casi de tono aristocrático (no se conocen piratas estoicos). Se cuenta que Drub, tras recibir los halagos de un prisionero al que había liberado del moro en los peñones de Alborán, exigió las disculpas del liberto, desazonado por su obsequiosidad, so pena de devolverlo a la roca. Con ello anticipó a Heidegger: “El hombre es en cada caso la medida de la presencia y el desocultamiento mediante la mesura y la limitación9”. Es una lección que casi nadie ha aprendido cabalmente en España. En términos epidemiológicos, un número insignificante de personas. Esperamos en vano, en vista del pleno resultado de la democracia, a alguien “poderoso en detener ríos, y trastocar la barca del espanto8”.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 20 de enero de 2021

Referencias.

  1. Intelectual en el sentido robustecido tras el empuje bolchevique.
  2. http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html
  3. https://okdiario.com/espana/gobierno-ordeno-ocultar-alerta-previa-oms-sobre-coronavirus-realizada-23-enero-5426927
  4. “Aquí debemos discutir sobre si el impacto de la COVID-19 fue un fallo de inteligencia o un fallo en la política; esto es, si los espías no hicieron bien su trabajo o bien los decisores políticos fallaron a la hora de indicar prioridades o asimilar la inte-ligencia entregada por sus espías. El hecho de que las pandemias estuvieran incluidas en varias Estrategias Nacionales de Seguridad nos indica que ya eran un riesgo/amenaza objeto de atención de la inteligencia por lo que parecería que estamos ante un fallo en la fase de recepción por parte de los decisores políticos. Este fallo tuvo lugar bien porque la inteligencia no llegó a los decisores –como parece ser el caso de Canadá– o que, llegando, no fuera tomada en consideración, como en los Estados Unidos”. No hay enemigo pequeño:la adaptación de la inteligencia militar. Antonio Díaz. Revista de Occcidente, p-28. Nº 474, noviembre 2020.
  5. https://okdiario.com/espana/fernando-grande-marlaska-asciende-general-guardia-civil-que-ordeno-perseguir-desafeccion-gobierno-5811974
  6. San Benito. Regla del Gran Patriarca San Benito. Publicado por Abadía de Silos, España, 1993.
  7. https://marisabelcontreras.files.wordpress.com/2014/01/la-sal-de-la-tierra.pdf
  8. Sexto Propecio. Elegías. Editorial Gredos, Madrid, 1989.
  9. Heidegger, Martin. The will to power as art v.I (Nietzsche, Vols I & II ). HarperCollins, Australia, 1991.

La Batalla de Navidad

Si el resultado más probable no fuera un mes o dos de agonía intubado en la blanca e higiénica Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital y, al cabo, la muerte o la decrepitud de cuerpo y mente, sería distraído estudiar la batalla entre una potencia conservadora (la que mueve, por la vía religiosa, a los ritos del nacimiento de Cristo &, por la vía secular, a gastronómicas reuniones con familiares y amigos – no siempre encarnados en la misma persona-) y la criminal inutilidad del Gobierno Progresista, a la que se unen, en mayor o menor medida, no pocos gobiernos regionales.

La pujanza con la que esa insondable pulsión al rito reclama vigencia sobre las condiciones objetivas de la muerte y de la ruina supone una objeción irrecusable contra la misma sustancia del Progreso bajo cuya férula secular se ordena Occidente. La cruda certidumbre epidemiológica de que el resultado de las reuniones familiares será un recrudecimiento del dolor y la miseria no consigue refrenar la urgencia con la que la Tradición reclama cumplimiento. ¿Supone esto un triunfo, o, como premio de consolación, un trofeo para las vitrinas de los conservadores? No. Es tan solo la confirmación de que en la naturaleza del hombre yace un principio de costumbre refractario al cambio, una oscura aunque paradójicamente translúcida desafección por la ciencia que nos devuelve a esos tiempos presocráticos en los que, pese al empeño de historiadores y lexicógrafos, el logos estaba peligrosamente cerca del mythos, a un ansia por encontrar refugio en la tibieza del Origen mientras la nevada cae en el exterior.

No creo que nada de esto ofrezca consuelo a los que van a morir para que el hombre moderno satisfaga un hambre antigua. Ni creo que la ley de los Grandes Números que rige la vida democrática vaya a alterar uno solo de sus principios estadísticos para reconocer el valor del único número que existe; el Uno. Igualmente creo que ninguno de los cambios que promueve la presencia funesta del nuevo virus consiga alterar en lo esencial a ese solitario y viejo cazador-recolector que en la oscuridad de su cueva mental contempla el mundo, al que siempre, mucho antes de Platón, comprendió mejor si estaba representado en las rugosas techumbres del refugio: un día fueron bisontes y gacelas; hoy son las frías constelaciones titánicas. Pero la mirada pervive, hechizada, y en ella reside quizá nuestra sustancia última. Sabemos, no tan en el fondo, que en los oráculos, revelaciones y profecías del friso zodiacal hay más verdad que en los fogonazos de la Razón o la política, que hoy amenazan con quemarlo todo, una vez más. Y tenemos esta certeza, afilada, cortante, estremecedora en ocasiones: Los dioses nunca desaparecen; tan sólo se esconden. Puede que un día Apolo y Dioniso regresen bajo la forma del primero, como pronosticaron en Delfos, y que reinen para siempre, o que un Cristo Apocatástico nos redima de la corrupción de la carne; o puede que no, y que nos corresponda a nosotros alimentar el fuego sagrado de vacuos sacrificios a la espera de un regreso bajo formas nuevas.

Quizá esa tarea formidable recaiga sobre alguno de los que sobrevivan a estas Navidades democráticas, radicalmente conservadoras.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 21 de Diciembre de 2020

Reseña de Contramundo, de Carlos Marín-Blázquez.

Un libro de aforismos reaccionarios es un islario; lo quiera o no, su autor tiene más de cartógrafo que de literato.

Un castillo emplazado en la desolada planicie. Un abrigo entre las zarzas en el corazón del bosque o, como diría Whitman, algo vertical entre las cosas inanimadas. Pero un edificio mental. A nada más puede aspirar el hombre asolado por el viento democrático.

El punto de partida de esa singladura mental es la aceptación, o al menos la comprensión, de que no hay alternativa: la soledad frecuentada por libros, amigos y fantasmas o el despellejamiento en la plaza pública.

Nada disuelve la potencia bruta del demos: se agota tras consumir todos los materiales.

La cartografía de arrecifes y rompientes es labor de monacato o furia de converso. El reaccionario debe estar prevenido. Su alegría viene de otras fuentes, de otros desiertos, de otros vergeles.

Dichoso el que puede perdonar, porque de él es el futuro.

Completada la tarea de vivir en tierra hostil, sólo resta la rabia de una muerte inaceptada o la serenidad de quien entrega su alma a una instancia visible en cada gesto, en cada rama, en cada sombra.

La jerarquía está inscrita en nuestra sangre. De ahí el eros que obra en la dominación de las masas. No hay idea humanista que redima ese imperativo biológico.

Trasladar la jerarquía natural mediada por la fuerza a la corte de un autócrata capaz de asumir en su persona las cargas de la justicia, la economía, la crueldad, según los principios de la magia simpatética. Roma estuvo cerca en no pocas ocasiones. Nicolás II desacreditó a los autócratas durante siglos por venir.

Güelfo de una causa perdida, el hombre singular marea por el tiempo como un barco en llamas.

Bendito el que puede encomendarse a los daimones del camino, a los dioses del paisaje, al Cristo en Majestad…

Del viejo Humanismo, despiadado enemigo del hombre, sólo quedan fantasmas, jirones de palabras incapaces siquiera de formar ya una idea. Es una ventaja táctica que pocos están aprovechando.

Quien hoy vive a contramundo tiene certezas absolutamente ademocráticas.

———————————————————————————————

Estas y otras cosas cree ver uno en el segundo libro de aforismos de Carlos Marín-Blázquez.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 2 de Noviembre de 2020.

Contramundo, en la Editorial Homo Legens, 2020.

Reseña a “Mal de ojo”, de Pilar Carrillo.

Hace más de treinta años, se dice pronto, que aquí, en España, la educación positiva, de mucha ciencia, progresista, nos dice y asegura que el mundo es comprensible de suyo, que las nieblas del pasado, cubriendo desde Franco hasta el día (infausto) en que Lucy bajó a por nueces, las despeja para siempre un ánimo de razón que, cuando se adquiere, inunda el cuerpo, que no el alma, con una soberana plenitud de uno mismo. Así bendito, iluminado con un  Buda, todo se vuelve sereno, todo está lleno de promesas, el miedo se olvida y ya podemos caminar.

Como uno de orientalista tiene poco, o más bien nada, observa, rasgo reaccionario, ciertos reparos a eso de que un rayo de luz artificial baste para limpiar del pasado de polvo y telarañas, suponiendo, y ya es ingenuidad, que el pasado fuera un desván necesitado de limpieza. Así, recuerdo a mi abuela sentada en una silla de mimbre, limpiando lentejas de piedrecillas y gorgojos, sin levantar la vista de la olla, contándome cuentos que a su vez le contara su abuela, que me erizaban la pelusa del cuello con la sospecha de que ogros, lobos, salteadores de caminos, bandoleros o agriados gitanos pudieran aparecerse a mis espaldas.

Si, en cambio, abriera Vd. un libro de cuentos de hoy,  no encontraría nada del viejo misterio: tan sólo el esqueleto mal montado de una historia, aplastado bajo el peso de la moralina luminosa. Pues, no insistiré en lo que Vd. ya sabe, toda materia, y así todo libro, no es más que el molesto y antiguo soporte de las Nuevas Ideas, dice la grey res publicana.

Siendo así, encuentra uno de lo más agradable el libro de Pilar Carrillo, que además de escritora es buena amiga, titulado Mal de Ojo, publicado por Kolima. Diría que los cuentos de vieja que allí podrá encontrar no están atacados por ese cáncer de luz que hoy todo lo enferma, sino que permanece en cada página el toque anciano de su abuela, que fue la que en buena hora le contó esas historias de hogar y de gorgojo. Que el miedo, ese miedo infantil que a algunos les volvía hombres valerosos, repta entre las líneas, caído de calderos bullentes, montones de leña o escondido en los negros pliegues de la falda de la anciana.

Sé que a muchos tales cosas no les atraen más que como material de museo, literatura anestesiada por la ciencia de la antropología cultural, dicho sea esto con la pelusa del cuello erizada; cosas de un pasado felizmente lejano que uno recuerda con privada nostalgia y público rechazo. No cuenten conmigo para ello. Nada de eso me interesa. Si compro un libro y encuentro formol, lo cierro y lo tiro a la hoguera. El de Pilar cría polvo en una estantería; ese polvo que sueña con ser anciano tan pronto como pueda, para que, con la pátina del tiempo, encuentre un día a un lector necesitado de sombra y de frescor antes que de ciencia y solanera.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 21 de Julio de 2020.

Mal de Ojo, Editorial Kolima, 2017.

Mal de ojo

 

A %d blogueros les gusta esto: