Celeste

Uno cortaría el mundo en dos mitades irreconciliables: los partidarios de Marlene, los adictos a la Garbo. Los unos sensuales, refinados, con ese aire a cabaret y humo denso de embajada o de tugurio; los otros más severos, contenidos por el gesto seco y la ceja altiva, por esa luterana carnalidad que promete dolor y placer aunados en el tono mórbido de la diva escandinava. Y en medio, nadie: al potro con quien se declare imparcial o indiferente Ostracismo para el bobo indecantado.

¿De qué lado caigo? No me pregunten, no me pregunten, se lo ruego.

Cordialmente,

José Antonio Martínez Climent

en Alicante.

garbo dietrich

Nota publicada en la bitácora de Antón Castro:

http://antoncastro.blogia.com/2018/011602-eugene-robert-richee-marlene.php

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Juan Benet, marca ACME

La tarea del crítico es en todo semejante a la de esa anciana que puesta de costado en la ventana del salón mira de reojo el pasear de las muchachas jóvenes del barrio, tanto como la tarea del escritor contemporáneo es pasear bajo el alféizar para que la vieja no pierda cuenta de sus quehaceres. Pues jamás fue el oficio de crítico tan fácil de cumplir como es hoy, cuando el juntaletras ordinario se ha convertido en una especie servicial a todos y cada uno de los prejuicios, lemas, estandartes y cañonazos ideológicos que saturan el ambiente literario con vetusta mediocridad y un emponzoñado mandato de sumisión.

¿Qué es un escritor de hoy más que un vocero de ideologías? ¿Qué es la literatura hoy más que el acto solipsista de buscar crédito social por medio de las letras? ¿Qué un libro más que torpe colección de ideas capadas por la censura (que el autor adopta motu proprio sabedor de que en la exhibición de sus muñones finca su mayor probabilidad de éxito) y sancionadas por el cutre furor de quien aplaude sus postraciones?

Más no cabe desesperar. Es cierto que Juan Benet se retiró a algún fondo de pantano a meditar sobre las cosas de la muerte y las del fango, que puede que sean una misma, pero con la modestia debida han de saber que dos o tres carcamales todavía no doblamos la cerviz ante el fantoche puerperal de estos tiempos, y que siendo serviles tan sólo al diccionario (al María Moliner, no al otro) andamos emperrados tontamente en ir poniendo ladrillos, chinchetas, clavos, empalizadas, hogueras, fosas, vacas muertas, burros destripados y, si me apuran, hasta en echar aquí y allá un poco de aceite hirviendo por reírnos con saña benetiana si se diera el feliz caso de que nuestros proyectiles le acertaran en la frente a los heraldos del progreso.

No será así, no crean que no lo sé; antes bien será algún criticastro viejuno, algún lector cansino o un escritor faldero quien nos atice a nosotros, perros resabiados que preferimos distraernos en paisajes vacíos o sumirnos en libros marcados a ir mirando quién lleva navaja en el bolsillo trasero.

Benet, cuánto se le hecha a usted de menos, por su prosa alta, por su pedrada certera.

José Antonio Martinez Climent

en Alicante.

BENET_juan_

 

Campo de víboras

Premio Iberoamericano Verbum de Novela 2017.

Sinopsis

La vida en un burdel vallisoletano tiene no pocas compensaciones para las mujeres que han ejercido su oficio en los lugares más variados de España. Acudidas desde almadrabas andaluzas, cementerios castellanos o salidas de altas cunas, la vida del pequeño grupo se ve interrumpida cuando las fuerzas de la decrepitud irrumpen en la casa, comenzando así un viaje por tierras antiguas, dominadas por un Numen mítico y funesto.

Reserva de ejemplares

Campo de Víboras - .José Antonio Martínez Climent- Editorial Verbum-

 

 

ISBN: 9788490745984

184 páginas

Editorial, Verbum, Madrid 2017.

Otra novelas del autor.

 

 

Solus ipse

La vista es la perdición del hombre. Y como todo en este mundo es signo doble, también es vía para su redención. Que se lo pregunten a los viejos que escondidos en los arbustos solazaban su impedida ancianidad mirando el cuerpo rotundo, babilónico y desnudo de Susana, que era “muy bella y temerosa de Dios”1. A Van Gogh, que sin ver bien las trigalas holandesas nunca hubiera pintado sus cuervos; a Ahab, quien desposeído de ojo y catalejo jamás hubiera encontrado la paz entre los dientes de la ballena; a Constable o a Turner, que de haber sido tuertos hubieran pintado nubes de escasa britanicidad. Mirar es necesidad y es vicio, y pocos son los que se salvan de ser ciegos y aun así ver el mundo como es, así Homero. Cómo describir el vuelo de un faldón sin verlo molinear en la brisa, la caída melancólica del aguacero, el iris verdeclaro en los ojos de nuestra amada, heredera única; la otoñada boscosa, la hojarasca de invierno, el mar embravecido, la gracia del minué, la entonación erótica del que baila fandango (lo decía Casanova), el rosa Tiepolo…

Del mirar, el vedutista es quien más sabe, o quien más debiera saber. No está muy alto el estilo en la jerarquía de los géneros, pero eso es cosa discutible. Reacción iluminista o relajación burguesa, la vista de un óleo apaisado en el que pacen vacas, cursan barcos, transcurren o estancan nieblas, cosechan los paisanos o posan unos robles sólo se ve superada para el vedutista por la serenidad de espíritu que recibe quien observa una perspectiva urbana bien trazada, un portal neoclásico en escorzo, filas de carruajes en el Soho o en San Marcos, multitud de viandantes de chistera y domingo, zagales en altos triciclos cívicamente portando cucuruchos de arrope en la otra mano, librerías en penumbra, salones de té privados, despachos eduardianos con alguna estatua y un blasón, pasillos largos de mansión, recibidores con criada…Vedutistas españoles hay pocos. Apenas me llega la lista a uno, D. Diego de Mora-Figueroa, de quien sólo conozco cinco cuadros, de fina hechura y alto rigor vítreo. Los ha habido con afición a eso de mirar & pintar en uno solo, pero por un prurito de modernidad se pusieron el cursi nombre de fauvistas y se pasaron dándole al color. Más que a reproducir el detalle sereno aristocrático o altoburgués, los fauvistas fueron a la caza del óleo costumbrista. Es lo que tienen las revoluciones, también las pictóricas; que terminan acomodándose al motivo del que huyeron. Y miren que he buscado, pero siendo aquella España de entonces un país de muertos (una tierra de abuelas y rosarios, de cirios pascuales, de cristos clavados, de mucha flor de cementerio, de hincar rodilla en devotas novenas, de lutos prolongados… en suma, un país que a diferencia del de ahora no repudiaba a los amortajados porque fastidian con su inerte existir el sueño fatuo de la eterna juventud), no he logrado encontrar un sólo cuadro de un camino con cruz y corona de difunto. Cree uno que no sería mala estampa para colgar en el salón: una vía entre secanos, a lo lejos un ciprés, más cerca un mulo cargado, cielo abierto castellano y de terceras, una cruz de humilladero con una corona seca al pie.

Mas todo eso ha cambiado. España fue un país de muertos. Hay quien dice que ahora es lugar de zombis, pero no nos salgamos del tema. Eso de mirar paisajes rurales o mansas vistas urbanas y reflejar en lienzo su calma serena o su burgués bienestar es cosa que no interesa a nadie: el pintor de hoy anda metido con la vista en la pantalla, el gentío estropea la paz. Reconozcamos que las fuerzas de progreso dominan el cotarro visual igual que imperan en materia de pureza e higiene de usos y costumbres. Impetuosas, niegan el ser a quien resiste, hablan de un Hombre Nuevo rutilante, alto, escandinavo, catalán o guaraní según sople el viento étnico del día; nos persuaden de que paisajes no, pero gulags sí, y para pasar el trago emplazan bajo nuestra ventana esa imposibilidad paisajística que llaman huerto urbano. Que el progresista es un ser atormentado ya lo sabemos, no cabe insistir. Anda por ahí necesitado de cambiarlo todo cada cuarto de hora porque lo que más rápido envejece es el progreso. Así que dejémosle entonando patético su solus ipse y tengámosle compasión, pues únicamente los locos y los necios creen que sólo ellos existen. Tal vez son, como Descartes, creados por un genio maligno que los fuerza a dudar de todo y de todos, a no admitir el ser de nada más que el de su yo pensante, declarando el mundo un lugar de fantasmas y apariencias cuyo transitar es martirio para la vista, confusión para el entendimiento, zozobra para el alma. No es de extrañar que, ahítos de sí mismos, pues toda ración sacia cuando se repite, un buen día expelan de sí el dolor en forma de piedra, y que en esa piedra, como ensalmo de salvaje, vean al mismo Dios.

Aspiremos hondo. Miremos en derredor.

Nunca lo hiciéramos. El paisaje todo de España está hoy cubierto de piedras. No de ruinas, no de iglesia carcomida, caserón derrotado, fachada a medias, torre vencida o lienzo solitario, sino de esas piedras del alma. Es un lugar donde “la existencia del otro constituye una dificultad y un escándalo para el pensamiento objetivo”2. Como la dificultad se ha vuelto insalvable y el escándalo mayúsculo (virtud de la susceptibilidad puritana que padecen los inquietos), el hombre de hoy, siquiera para sobrevivir a tal desorden, se vuelve hacia el Estado como el indio giraba la vista hacia el tótem: para encontrar en él la ultima ratio, el motor que mueve sin ser movido, para que sea su última reserva de fuerza mística, de realidad efectiva, para que supla la debilidad instrumental del que duda de todo menos de sí con una vis plenipotenciaria, universal, ciega, impasible, inalterable; para que el mundo no tenga centro, que es cosa incierta de situar, sino para que el centro tenga mundo al que someter a su invencible gravitación.

Volvamos al paisaje, en un intento de huida.

Y, en consecuencia, un país honroso. Como en Roma, hubo un tiempo todavía cercano cuando no se distinguía entre un lugar de paso y un locus sagrado. Ambos eran uno; coronas de difuntos jalonaban caminos y sendas, cruces dolientes de caliza o granito contenían el alma de los muertos en tránsito, bajo el calor castellano o la cellisca pirenaica el conductor de un Gordini dejaba atrás a una familia enlutada, compungida, caminando por el arcén para llevarle flores a su muerto accidentado. Como en la Vía Apia, que fue una vez la Vía Sacra, pero con el desgaste del tiempo y en carretera secundaria.

Nada de eso queda ya. Sin ir más lejos, en la vía insanta que conduce al pueblo donde escribo el Estado usurpador ha instaurado, donde antes había una y privada, 1.547 señales de tráfico. La que hubo era, lo habrán adivinado, una corona de muerto. Esa razón, 0,00064, es la nueva divina proporción, no áurea sino funérea, el nuevo número de la Bestia. En la España de hoy, Vermeer quedaría horrorizado al no encontrar rincón alguno done plantar el caballete. Es cosa bien triste, porque Dalí tenía al holandés en la más grande estima, y Proust decía de él que había pintado el cuadro más bonito del mundo: la mansa Vista de Delft, en óleo sobre lienzo. Con un poco de buen gusto en la construcción del paisaje y menos ambiciones de modernidad, bien podría ser Zamora a orillas del Duero.

Más no desespere el vedutista porque todo tenga que mudar. Si el aciago progreso detesta la piedra, el polvo, el meandro, la tetera, el sofá tresillo y la encinada es porque en ellas ve a su mayor rival. Siempre le quedará su propia casa que pintar, y quizá la de sus amigos. Vitrinas, baúles, cristaleras, paños, joyas, lomos de libro, le darán mejor motivo que la vista desde su ventana. Ya se encarga un apremiado concejal de enviar cada mañana una cuadrilla funcionaria que a eso de las seis va soplando con toberas las hojas caídas. La calle quedará como nueva; el Tiempo será expulsado; la estación y su pudrición vegetal, prohibidos; sólo permanece la misma calle desnuda e higienizada con solubles degradables, para que de ellos tampoco quede rastro alguno. Una calle indistinguible de sí misma si no fuera por el tránsito del sol, repetida cada día del año sin cambio aparente, una maldición visual, y el tufillo que deja en el aire la adoración al dios menor de lo salubre. Eso es lo que el progreso deja al viandante, sea o no pintor: el paso nocturno de un carro blindado con toberas, y luego, nada. Ya no podemos decir, con Brodsky, que hay lugares en que la historia es insoslayable, como un accidente en la carretera, lugares donde la geografía provoca la historia3, porque ese carro de limpieza también ha barrido la corona del muerto.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent.

A 29 de Diciembre de 2017

Vermeer-Vista de Delft

 

Referencias.

1.- Libro de Daniel, capítulo 13.

2.- Merleau-Ponty, Maurice. Fenomenología de la percepción. Altaya, Barcelona 1999.

3.- Brodsky, Joseph. Menos que uno. Altaya, Barcelona, 1995.

 

 

La bestia en el estadio

Una reciente iniciativa popular busca recoger firmas para promover la prohibición de lo que con un macabro eufemismo anglosajón hoy se llama “comportamientos inadecuados” en los campos de fútbol (*). Pasamos a comentar con brevedad y santa reacción esta nueva jugada de nuestros puritanos.

El árbitro es la ley en el campo de juego. Su vestido negro remite a la impasibilidad y a su naturaleza plenipotenciaria: como la de los agentes ordinarios, que visten de oscuro, representación de la venda en los ojos que lleva la justicia emanada de la Revolución Francesa, que pese a su éxito nominal no es la única forma posible de justicia. Aunque ya nadie lo recuerde.

            Quizá fueron las películas de cine mudo las que mejor entendieron el aspecto mecánico, ciego y torpe de la ley, y por eso presentaron a sus agentes como a personajes risibles, incapaces de comprensión más allá de la rigidez del código y perfectamente ineficaces para resolver nada. La policía recibía, en consecuencia, la burla del público. Al malvado que ataba a la chica a los raíles de una vía de tren, se aprestaba a cortarla en dos con una sierra o la sumergía en un bidón no le caía el escarnio que por su vis inhumana se vertía sobre los ejecutores de la ley.

            La categoría progresista “violencia” es hoy en día la peor forma de violencia contra la persona. Una forma rápida y eficaz mediante la cual la sociedad, ese monstruo parcheado de derechos en el que se ha convertido la sociedad, se hincha de probidad, que es el reactivo totalitario por excelencia. En ese saco cabe todo; no lo olvide quien reclame firmas, y no tienen fondo. Alguien, que naturalmente no seré yo, pedirá un día que le prohíban a usted, y mucho antes que a usted, a mi. Porque se empieza censurando el diccionario y se termina declarando no-personas. Y a eso ya hemos llegado: incluso se mata en las calles en nombre de la pureza.

            Mi firma, invisible e inútil, es para librar el estadio de fútbol (balompié) de puritanos. Para que la ley afrancesada encuentre un lugar de resistencia, un terreno en el que su naturaleza brutal, populachera, quede expuesta y reciba contestación. Que en el estadio cada cual pueda seguir gritando lo que desee, en lugar de convertir la grada en un lugar policial más donde en vez de a guerreros dando patadas al balón el publico acuda a espiarse entre sí y ganar crédito social señalando al disidente. Y ya de paso, que cada cual pueda seguir llamando al árbitro todo aquello que se le decía hasta hace poco y que ahora se desea prohibir, y a grito pelado: cuervo, cucaracha, Mortadelo, matasuegras…

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A14 de Diciembre de 2017

en Alicante.

 

malo cine mudo

(*)https://www.change.org/p/a-la-real-federaci%C3%B3n-espa%C3%B1ola-de-f%C3%BAtbol-proteger-el-f%C3%BAtbol-infantil-de-la-violencia-en-las-gradas/fbog/17837579?recruiter=17837579&utm_source=share_petition&utm_medium=facebook&utm_campaign=autopublish&utm_term=share_page

 

El reaccionario

Hace sólo cinco años no pensaba que un día tendría que salir de mi patria (un lugar pequeño y hosco sin interés para nadie más que para mí y quizá, aunque esto es presunción, para algunos de los míos) para protegerla del fuego. Y eso hago, salir del bosque a ratos para recomponer la empalizada, ensuciar de sangre las calaveras en las picas, llenar de pez los pozos, oxidar las hachas y renovar los esqueletos que cuelgan de las ramas, porque se los comen los grajos.

El escepticismo no me lo impide, ni la vida en este bosque lo prohíbe. La militancia en fila alguna no está inscrita en mi carácter, y a cambio de ello hay una sombra más o menos literaria de lo que debiera ser la lealtad para con amantes y amigos. Y así aquí estamos, en esta página perdida entre centillones de otras páginas, poniendo un inútil sillar entre las ruedas del Progreso que ya se anuncia a voz en grito como Redención. Es decir, como depuración.

Mientras pueda, no en mi casa en ruinas.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 23 de Noviembre de 2017

en Alicante.

ruina 2

La raza y la sed

El mapa que acompaña esta nota ofrece un vistazo eficaz de las cuencas hidrológicas en España. Confieso que de pequeño pasé horas sin fin vagando por esa geografía con la imaginación. Lo mismo estaba en el verde oscuro cántabro esperando la arribada de un ballenero en un puerto de costa que me perdía en el marrón castizo de la Meseta paseando entre trigales y sotos enchopados.

A esa imaginación primeriza no le sería hoy tan fácil vagar de sierras a vegas o de rías a valles, porque a las potencias geomorfológicas se le yuxtapusieron las veleidades historicistas de las marcaciones autonómicas. Las mismas que hablan con total impunidad de la superioridad o de la inferioridad racial de sus pobladores. Tantos años pasados (desde que el niño dejase un día la terraza de la casa de su abuela para guardar por última vez aquel álbum de cromos en un cajón donde habría de pasar casi cuarenta años hasta hoy, cuando, rebuscando algo inútil, su esquina amarillenta y cuarteada ha emergido entre los pliegues de una sábana de lino crujiente de tan vieja) no han logrado extinguir aquella intuición infantil de que la tierra y el mar eran más fértiles que los vanos trajines de la Historia.

Hoy vuelvo a mirar las viejas marcas, las del mapa, las mías. Una voz quebrada por la estática repercute en mi memoria, epifanía de una enorme radio de galena que mi abuela escuchaba ligeramente recostada cabe su celosía de madera. Daba los partes del tiempo, aquel año no hubo sequía. Y el recuerdo se disuelve.

Vuelvo a mis necios quehaceres diarios, con cincuenta años y pico a las espaldas y un mapa geográfico de España recorrido, ahora lo he visto, por un solitario y veloz pez de plata. El parte de hoy no lo da aquella radio, sino un moderno televisor de plasma. Una joven peripuesta habla del alza de un impuesto, de algo en Rusia que no entiendo, de la sequía pertinaz, de cómo esas parcelas a la gresca que llaman autonomías se disputan como hienas las cuencas hidrológicas que cosen mi mapa. Y por primera vez en su vida, a aquel niño que se perdía en la vasta topografía ibérica le viene una certeza de anciano: qué diantre tendrá que ver la raza con la sed.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante,

a 19 de Noviembre de 2017.

Mapa de España

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