Los libros pequeñitos de Andrés Trapiello

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Con Fernando Sánchez Dragó, Félix de Azúa et al.

Félix de Azúa y Victoria Cirlot presentan «Liturgia de los días. Un breviario de Castilla» (KRK Ediciones).

Félix de Azúa, en El País (15-11-22):

«Me pareció que iba caminando por un secarral de los que van hincando pinchos en los calcetines y de repente, tras unos arbustos, me encontré con un jardín frondoso y poblado. Esa fue la impresión que me produjo Liturgia de los días, de José Antonio Martínez Climent (KRK ediciones). He aquí, por fin, una novela sin personajes, sin argumento, sin historia, sin caracteres, sin moralina, con un narrador omnímodo y la pura literatura como esencia de la narración…»

Reseña completa en abierto, en El País y en El Boomerang.

Disponible en su libreria habitual, Amazón, etc. Por ejemplo, en librerías de Valladolid (pinchar aquí).

Extractos del prólogo de Victoria Cirlot.

«Este es el libro de un observador acostumbrado a llevar consigo en sus exploraciones un cuaderno de notas en el que anotar con minuciosidad y precisión el vuelo de un pájaro o el color de la madera de un árbol. Pero este observador de la naturaleza y del mundo, del momento en que está mirando y del pasado más lejano rememorado en los Museos o en las ruinas, convierte luego esas notas en una prosa que fluye sin cesar y cuya sonoridad hace casi olvidar el significado de sus palabras. El título de este libro que se desarrolla en forma epistolar, once cartas dirigidas a un conferenciante por parte de un novelista que firma con el mismo nombre que el autor del libro que intento prologar, alude justamente al rumor incesante de esa prosa que no nos abandona sin dificultad; Liturgia de los días, porque la liturgia es la sucesión ordenada de gestos o palabras, ajenos al pensamiento discursivo, pensando encontrar en la repetición lo que no encuentra en la linealidad de los días. Dicho de otro modo, la liturgia es lo opuesto a la cotidianidad, y es aquello que nos protege al rozar lo divino con las manos desnudas...»

«Se hace aquí verdad el concepto de tradición que sustenta toda la hermenéutica de Hans Georg Gadamer, según el cual no nos encontramos separados del pasado por un abismo infranqueable, sino que por el contrario el pasado vive en nosotros,fruto de una continuidad real mucho más que de rupturas. En los campos de Castilla que vemos desplegarse aquí…


Reseña de Guillermo Más Arellano en el programa de radio EX LIBRIS (minuto 92, 45):

Programa completo en abierto, aquí,

Unas palabras con Gabriel Albiac

J. A.- Hasta mediados del siglo XX, puede que con Juan Benet y Sánchez Ferlosio como últimos puntales, la literatura en España todavía dejaba traslucir un poso rural. Desde luego, no me refiero a un cierto amor, a una cierta nostalgia por la pérdida irremediable de las costumbres propias del agro (de las que tanto se han mofado la Ilustración, la intelligentsia, y la burguesía socialdemócrata, ridiculizándolas en un costumbrismo alicorto tratado con exceso de moralina) sino a una cierta vis telúrica que saturaba el castellano vulgar tanto como el culto, propia de cualquier pueblo que todavía se halle cerca de la tierra, del misterio agrícola. A fecha de hoy son pocos los autores españoles que todavía encuentran en ese lenguaje, en el agro, una fuente, una surgencia capaz de alcanzar todos los aspectos de la vida, espirituales y materiales. Antes bien, se diría que en sus recuerdos infantiles, en las rememoraciones de su vida en pueblos o aldeas, los escritores modernos encuentran justificación para una nostalgia inane que apenas puede esconder un ansia desmedida de progreso, es decir, de rechazo por lo que se finge añorar. Puede que apenas sean dos, el Marqués de Tamarón (en El Rompimiento de Gloria) y el que suscribe, quienes todavía piensan en términos de la mítica tenebrosa de Benet, en la luminosa agropecuaria centroeuropea de Patrick L. Fermor, en el ordenado paisajismo inglés tan caro a Pla o a Delibes, y en la creencia, seguramente ingenua, de que esas potencias pueden convivir con la crudeza que imponen la producción y la técnica según un camino que podemos encontrar casi en cada página de Ernst Jünger. ¿Sabe Vd. de alguna reviviscencia, agraria o no, eléusica o no, capaz de dar nueva vida el castellano y no dejarlo en ese páramo semántico que George Steiner pronostica para las épocas de acabamiento?

G. A.- Pienso, ante todo, en José Jiménez Lozano, que se nos fue en el inicio de la pandemia. Su empeño en preservar la belleza del lenguaje castellano encierra una matriz estoica que conmueve precisamente por su ascetismo. En poesía como en narrativa y ensayo, Jiménez Lozano siguió una trayectoria ajena por completo a los usos y gustos del mundo literario oficial. Él llamaba a eso la “santidad” de la escritura. Leer El mudejarillo o Pájaros es asomarse a una lengua, por desdicha, casi extinta.

J. A.- El vaciado espiritual en Occidente (espíritu que las actuales fuerzas de progreso reducen a una burda parodia derivada del catolicismo, y a nada más), la desecación de las fuentes helénica y cristiana que han nutrido a Occidente durante milenios, en palabras de Steiner, ha tenido como consecuencia natural la búsqueda de espiritualidad allá donde se la encuentre. Desde la inclinación asiática de Schopenhauer, pasando por la mística emboscada de Jünger hasta el orientalismo superficial y difuso de cualquiera que hoy en día ponga una estatuilla de Buda en el salón o en el baño, el hombre no se decanta por el seco materialismo que con tanto ahínco trabaja nuestro paso por la modernidad. Una huella visible de esa sequedad espiritual, de ese apremio por lo inmediato y lo concreto, está en el lenguaje, en la capacidad de expresar lo que busca ser inefable: me refiero a la reducción de la capacidad mental del lector a frases que no excedan una docena escasa de palabras, patente en el desprecio a las oraciones subordinadas (que marcan un ritmo largo y arborescente al pensamiento). A la vez, la concisión diplomática de, digamos, Paul Morand, se considera un residuo elitista a destruir. Incluso las editoriales españolas fomentan y aplauden un imposible como es el haiku, puesto que sus raíces nos son ajenas y sólo podemos caer en una cierta imitación pseudoaforística o versificadora (con frecuencia leo haikus que me parecen versos fallidos, con independencia de que haya autores que construyan algunas frases cortas de gran mérito). ¿Qué consideración le merece a usted, que precisamente es buen conocedor de las honduras de las formas Orientales y puede deslindar el grano de la paja, esta peculiar mezcla de extremos?

G. A.- Me sobrevalora usted al verme como un “buen conocedor de las formas orientales”. Es cierto que los tratados taoístas me han atraído con fuerza. Pero, no nos engañemos, es imposible captar la entidad de un texto a través sólo de traducciones, como es mi caso aquí. El “viaje a oriente” ha sido, para Europa, poco más que un espejo sobre el cual mitologizar la propia imagen. Es lo que empiezan los hermanos Schlegel en la revista Athenaeum en el último decenio del siglo XVIII. Y lo que, después del alemán, repite todo el romanticismo europeo. Pero ese oriente exótico nuestro es sólo un mal decorado de cartón piedra.

J. A.- Pienso ahora en otro efecto del encogimiento espiritual. Me refiero a la persecución abierta al adjetivo. Hoy en día se le tiene como vehículo del mal, y esto bien pudiera ser un efecto luterano, protestante, calvinista, sostenido en la creencia de que el sustantivo es el portador de toda la fuerza moral del lenguaje, del pensamiento; fuerza que el adjetivo vendría a rebosar con una carga de intolerable individualidad. Si me lo permite, uno más bien se decanta por pensar que el adjetivo es el vehículo del matiz, del color, de la sal, del genio, de la capacidad de observación, una puerta abierta a la descripción precisa o grosera de las maravillas y las miserias del mundo. A la vez suelo pensar que la capacidad de nombrar está ciertamente menguada hoy en día, pues el Verbo solo lo es cuando acoge Espíritu… o cuando se reduce al tecnicismo, cual es el caso hoy en Occidente. ¿Cómo valora usted el desprecio del adjetivo por parte de escritores, filósofos y periodistas de hoy en día, notablemente en España, en un momento en el que sobre todo prima la exageración propia de todo converso?

G. A.- Adjetivar de un modo justo es una de las más difíciles tareas de un escritor. Y, desgraciadamente, el adjetivo puede acabar por convertirse en sucedáneo del concepto ausente. Pero tiene usted razón, el miedo a caer en ese uso trivial nos puede conducir a una seca amputación de los matices. Me viene al pensamiento el inmenso adjetivador que fue Borges. Pero esa economía suya en la conjugación de sustantivo y adjetivo me parece casi inalcanzable.

J. A.- Confieso que si algo me resulta indigerible es la literatura edificante. Eso le deja a uno en mala posición para leer autores contemporáneos, pues apenas conozco alguno, dentro de mi desinterés general, que no publicite sus libros como portadores de una sobrecarga de lucidez moral; para descubrir, apenas leídas dos páginas, que se trata en realidad de moralina, de esa especie canija descrita por Nietzsche, revestida una vez más de pujante sabiduría efectiva. Es, probablemente, ya lo decía Brodsky, una penosa consecuencia del realismo social (que no es ni una cosa ni la otra) importado desde la URSS. En España, dos grandes ilustrados, siendo magníficos escritores, pusieron su literatura al servicio del ideario socializante: o como diría Juan Benet, sometieron el estilo a un fin político. Me refiero a Miguel Delibes y a Josep Pla. No cuento a Cela porque después de leer Viaje a la Alcarria acabé convencido que a don Camilo sólo le interesaba comer bien en mesones y tascas, y que el campo más bien le daba mucho asco. ¿Cómo ve usted esta peculiar forma de sometimiento de la literatura, tan cara a los escritores españoles de hoy en día, quienes consideran que toda forma de escritura vehicula un propósito social?

G. A.- Hegel decía de la filosofía que jamás podía permitirse ser edificante, que la demolición es su territorio propio. Y Schelling habla de ella como de un “alejarse, por así decir, de la última orilla”. Yo pienso que esa tesis vale para toda escritura que se quiera rigurosa consigo misma. La escritura es escritura; no moral, no política, no creencia de ningún tipo. Usarla como sucedáneo de las perdidas religiones de salvación es privarse de cualquier sentido. La escritura no salva: ni mundana ni trascendentemente. En eso, la trayectoria que lleva a un Huysmans de las zolianas Sœurs Vatarda la depuración solitaria de À reboursme parece modélica.

J. A.-  George Steiner, que algo sagaz sí era, consideraba que los talleres estatales de literatura, los clubes de lectura, los especialistas en narrativa, teatro, ensayo o poesía, eran «los enterradores de la palabra». Entiendo que no por la inevitable vulgarización del lenguaje que allí se produce, pues creo el lenguaje vulgar tiene su sitio y su pujanza tanto como el lenguaje cultivado, sino por la esterilización del diccionario que tan profusamente se practica en esos ámbitos; por la reducción de la expresión a una norma no escrita pero aceptada por la generalidad de cursillistas y autores, que saben a qué atenerse para conseguir notoriedad. Y esa norma de expresión es moral y política. En consecuencia, ¿cómo valora usted el hecho de que el Estado, o, por ser más claro, los partidos políticos cuando acceden al mando, se ocupen de manera creciente en intervenir la escritura por medio de instituciones sufragadas con impuestos?

G. A.- Las únicas instituciones culturales en las que el Estado debería invertir erario público son las bibliotecas. No hay otro lugar en el que aprender el oficio de la escritura. Se escribe cuando la biblioteca ha pasado a través de uno. Cualquier otro pretendido aprendizaje es una soberana estafa.

J. A.- Dostoyevski derivó la literatura hacia el informe psiquiátrico. Es conocido que estudiaba los historiales de los sanatorios de lunáticos como parte sustancial de la documentación para sus novelas. En consecuencia, sus personajes se convirtieron en casos; en casos clínicos. Como avisó Nietzsche, el arte enferma cuando uno se le acerca con propósitos terapéuticos. Esa forma de tratarlos encontró arraigo en Europa, y muy especialmente en los EEUU. Encuentro natural que Dostoyevski triunfase de manera tan aplastante, puesto que en Occidente el alma ha sido sustituida por la mente. Las ramificaciones espirituales han quedado reducidas a su mero soporte eléctrico, neural, e incluso oigo hablar de una nueva disciplina llamada neuroestética, es decir, la producción de una estética placentera para el hombre previo conocimiento de lo que le es agradable: no se puede ser más determinista. Y aunque hay que admitir que el cerebro humano es un prodigio sin igual, resulta algo penoso reducir su complejo funcionamiento y las maravillas que es capaz de producir a un árido determinismo bioquímico con traducción moral directa. Pero veo que me voy por las ramas, como es propio de un pensamiento arborescente. Quería preguntarle, antes de que lo olvide, por esa asimilación entre la literatura y la psiquiatría moralizante que lo es todo hoy en día. O casi todo, si salvamos a algunos piratas de la escritura, espero, y a algunos desgajados de la moral al uso.

G. A.- La idealización romántica de la locura me parece una de las mayores indecencias en que pueda incurrir un pensador o un artista. La locura es dolor y pérdida: cualquier que la haya visto actuar y devastar lo sabe. Sujetos como Hölderlin o Nietzsche fueron grandes escritores, no en la locura, sino en su lucha contra la locura. Aunque, al final, fueron destruidos –como todos cuantos la padecen– por ella. Exaltar la enfermedad mental como una especie de iluminación divina es obsceno. La locura debe de ser afrontada como lo hace Freud: con una escritura analítica, fría, distante. Sabiéndola un demonio que siempre acosa a los hombre y que siempre puede llevarse aun a los mejores por delante.

J. A.- Me asombra tanto como me entristece recordar que, hace sólo cuarenta años, los pueblos en los que transcurrió mi infancia todavía estaban un tanto libres de la abrasión de la política: con esto quiero decir que, al menos hasta donde recuerdo, la acción política local no se entendía de un modo finalista, hegeliano, sino que estaba notablemente reducida a la administración de los impuestos destinados, con mayor o menor acierto, a los aspectos materiales mínimos de la vida en común: el cuidado de las acequias, el sueldo de serenos y policías municipales, alumbrado, depuración de aguas residuales, pavimentos, una partida para las fiestas patronales… Con la llegada de la democracia percibí, admito que con horror, que el lenguaje de los nuevos cargos administrativos se volcaba en la creación de finalidades, a cuya consecución todo debía someterse: desde la creciente carga de impuestos a la historia local o nacional. Esa pulsión impregnó el moroso acontecer de aquellos pueblos, que admitieron si rechistar que la política fuera el vehículo de la vida. En no pocas ocasiones he escuchado o leído que usted defiende las formas republicanas. A lo que se me alcanza, la estructura jurídica, administrativa y moral de la España democrática corresponde a la de una república moderna salvo en el precario dintel que es S. M. Felipe VI; hasta el punto de que, si no recuerdo mal, el difunto D. Alfredo Rubalcaba, a la pregunta de qué cambiaría con la llegada de la Tercera República respondió que sólo el nombre. ¿Hemos de admitir, con Yukio Mishima y Dalmacio Negro, que las monarquías parlamentarias son un sinsentido, y que la república es la vía moderna de la que se sirven los partidos políticos para, aduciendo que todo es res publica, ejercer un gobierno absolutista de facto?

G. A.- Mi maestro Althusser –otra víctima trágica de la locura– solía decir que el progresismo es el hegelianismo del pobre. Pero, a su vez, el envite hegeliano es el de trasplantar a la filosofía el lenguaje de la Providencia, a la cual él llama historia. Es, en realidad, una visión común a los románticos alemanes. Funesta, en mi criterio, porque de ella nace la lógica de los totalitarismos: si el absoluto está al alcance de la mano, cualquier coste a pagar –material como humano– resulta irrisorio. La consecuencia la conocemos todos: se llama Shoà en Alemania y Gulag en la URSS. Lo escalofriante es la pervivencia, después de eso, del progresismo como lugar común de todas nuestras sociedades. El salvacionismo –que es el supuesto callado de todo progresismo– es un camino casi inexorable al exterminio de cuantos obstáculos traben la llegada del reino de este mundo.

J. A.- En un vano intento, otro más, por alejar de mi vida los efectos de la política, escribí hace tiempo este aforismo: «La soberanía no puede residir en el pueblo porque carece de majestad con la que administrarla». Esto, contra Mishima, se puede entender como un argumento en favor de la monarquía parlamentaria. Es decir: poco o nada se ha hecho en España por explicar cuál es la naturaleza y el alcance de un rey sujeto al Parlamento, con el resultado de que pocos (salvo la facción dizque republicana, que abona un modelo soviético ya poco disimulado) comprenden su figura. Tengo la impresión, en cambio, de que el día 3 de octubre de 2017, cuando S. M. Felipe VI se mostró en televisión apuntalando la continuidad jurídica de España, quedó patente por primera vez que la prerrogativa del rey es la de asegurar un depósito de fuerza contenida que opera por encima de las contingencias políticas. Dicho en otras palabras: todos intuyen que la reina Isabel II es el Reino Unido, y que su muerte causará una mengua irreparable en el basamento de la nación; el 3 de octubre de 2017, el rey Felipe VI dejó de ser el más alto funcionario de la República Presidencialista Democrática de España, y durante unos minutos fue la nación; aunque temo que haya vuelto a su discreto asiento funcionarial, como muestra el hecho de que firme los decretos que le presentan los sucesivos gobiernos sin arbitrar o advertir sobre su efecto.

G. A.- Tiene usted toda la razón. Ese día, yo estaba en la redacción de ABC. Cuando se anunció la alocución de Felipe VI, me preparé –creo que nos preparamos todos– a escuchar la consabida sarta de lugares comunes sobre paces y negociaciones. Y, de pronto, saltó lo absolutamente insospechado: un discurso riguroso y ajeno a cualquier tentación de correcciones políticas. Yo, que soy un viejo republicano, sé que adquirí ese día una deuda crucial con el joven rey. Desgraciadamente, tal tipo de actuaciones ha sido rarísimo en la historia moderna de la monarquía española.

J. A.- Uno tiene la impresión de que las líneas de fuerza por las que se conduce la vida en Occidente, donde todo ha devenido res publica de un modo obsceno, no están exentas de una notable carga de, cómo diría, marranismo de converso que vuelve irrespirable la vida pública hasta del más escéptico o de quien preserve un fondo epicúreo. La persona singular ha devenido un objeto de caza, y por persona singular entiendo, en primera instancia, a quien no ha permitido la corrupción de su vocabulario, antes que a quien adopte tal o cual posición ética contra la barbarie, que, como es frecuente, se presenta bajo el aspecto de un cartesianismo moralizante. No acierto a ver, y sin duda es por un defecto mío, que la ética espinoziana a la que entiendo que Vd. apela con pasión pueda siquiera moderar el movimiento natural del demos¸ con sus pesadas inercias y su dependencia absoluta de la propaganda. Esa potencia bruta es el sustento de las repúblicas democráticas, y no un impulso ético del pueblo en busca de organización eficaz, como pretende la Ilustración. Lo particular de esta época es, lo apunta Dalmacio Negro, que los partidos políticos democráticos han pasado de intentar moderar la tendencia absolutista del poder a servirse de la máquina que es el Estado con el fin de ejercer su propio absolutismo. No en vano Stalin, tan malvado como sagaz, afirmaba que el Estado no es más que una máquina de recaudar impuestos al servicio del Partido, cosa que hoy se verifica en todas las regiones administrativas, desde la más pequeña concejalía hasta el propio Parlamento.

G. A.- Llamamos democracia, hoy, a lo que es, en rigor, una oligarquía benévola. Entiéndame, no la desprecio; he vivido cosas peores. Pero llamar democracia al régimen hermético de partidos que es el nuestro –y, en modo más o menos duros, el de toda Europa– se me hace abusivo. El planteamiento de Spinoza –tras el colapso, no hay que olvidarlo, de la república de Jan De Witt– tiene la ventaja de ajustarse a una analítica de los juegos determinativos de las potencias. Y también la de huir como de la peste de cualquier pretensión finalística. La finalidad, se escribe en el Apéndice a la Parte I de la Ética, es la fuente todos los errores humanos. Y el Tractatus Politicus es el intento asombroso de hacer una analítica de la dominación, al margen de cualquier proyección valorativa. Dicho eso, y en lo que a mí concierne, he buscado sólo blindarme frente a todas las prácticas políticas de mi mundo. Viví las esperanzas fantasiosas –aunque bellas– de final de los sesenta con menos de veinte años. Trato ahora de aplicar sólo la norma spinozana: humanas actiones non ridere, non lugere neque detestari. Aunque, por supuesto, sé que eso me condena a la impotencia. Me avengo pacientemente a ella. Mejor eso que cualquier contacto con el cenagal político, que linda siempre con la tentación del exterminio.

J. A.-La comicidad al uso en las repúblicas occidentales, dominadas por la ética progresista, no tiene nada de subversivo (como lo pudiera haber tenido, por ejemplo, Diógenes en aquella Grecia; por cierto, personaje de una grosería insuperable). Antes bien, y según palabras de Carlos Marín-Blázquez, «hasta el bufón actúa hoy con previsibilidad de funcionario». Desde que los partidos políticos, sirviéndose del Estado, administran la dignidad (el sucedáneo ideológico de la dignidad) la bufonería previsible se ha extendido a la par que las denuncias por el honor herido. Diría, no sé cómo lo verá usted, que todo ello es de una notable bajeza, puesto que la dignidad es una propiedad estrictamente individual que se gana o se pierde por acción u omisión. Incluso se puede vivir una vida entera sin dignidad sin por ello incurrir en maldad alguna.

G. A.- Así de desesperante es. Exactamente como usted lo describe. Queda la soledad de la biblioteca. Nada más. Y asomarse fuera de ella lo menos posible.


Fdo.: Jose Antonio Martínez Climent

«La literatura recuperada: entrevista a José Antonio Martínez Climent. Por Guillermo Mas»

«De cuantos prosistas discurren al margen de las convenciones que el mercado pequeñoburgués impone a la literatura contemporánea (es un decir), quizás no haya ninguno cuya irrenunciable (auto)poética cristalice de manera tan evidente en cada página publicada como en el caso de José Antonio Martínez Climent. Corren malos tiempos para la exigencia, es cierto. Y la mesa de novedades de cualquier librería de barrio así lo acredita. Sin embargo, leer Un lugar sagrado donde cazar, la última novela de Martínez Climent, es lo más parecido a una muestra tangible de esperanza que en estos días podemos encontrar bajo el dudoso rótulo de “novedad”: por su calidad pertenece ya a la intemporal categoría de lo perenne. En cada línea del libro late la certidumbre de que en la lectura, que es hija muda de la verdad, siempre nos reencontramos con la libertad.

Entrevistamos a un autor que,…»

Entrevista completa, en El Correo de España.

Reseña de «Un lugar sagrado donde cazar» por Guillermo Más Arellano

Guillermo Más Arellano es un joven periodista que, contra lo ordinario en el gremio, cuida su escritura articulista y la mueve hacia el ensayo. Razón, entre otras, por la que creo que merece atención. Va una muestra: la novela, discreta, se oculta tras la reseña para no entorpecer la lectura.

El equilibrio de las cosas y otros relatos, de Carlos Marín-Blázquez.

La formulación que hoy rige en Occidente, afincada en los presupuestos de la Ilustración, la república y el socialismo, establece que tan sólo la completa sumisión de la escuela al dominio ideológico del Partido y la entrega incondicional de los hijos al Estado («No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres», Isabel Celaá, ministra de Educación, enero de 2020) garantizan la creación ex nihilo, sin lastres, de cohortes de ciudadanos felices, puesto que la felicidad se tiene por la cualidad capital de la vida, tan sólo garantizada por el cumplimiento de la moral que expende el Estado Progresista, sustanciada en un cuerpo normativo cuya voluntad es la de regular todo movimiento, toda pulsión, todo instinto, toda expresión de la que sea capaz el hombre. Nietzsche, en cambio, sugiere que el problema ha de verse por el otro extremo: «una verdadera renovación y una verdadera depuración del bachillerato sólo surgirán de una renovación y una depuración del espíritu alemán, que sean profundas y potentes.» Bajo el presupuesto nietzscheano, el estrato del que surge el espíritu no es la losa que el Estado deposita sobre la persona bajo la astucia de que así conjura los peligros del vivir; ni tampoco ese espejismo de bondad, esa forma degradada que él llamó moralina, manifiesta, por ejemplo, cada vez que un político emplea formas sentimentales para justificar su ejecutiva demoníaca. El sentimentalismo político es, en palabras de Azúa, una «enfermedad senil de la democracia madura». Detengámonos un instante, demasiado breve, en esas dos palabras: espíritu y nación. 

El espíritu al que apelaba Nietzsche conjuraba la potencia mítica concentrada en la música temprana de Richard Wagner, que así renovado imbuiría los empeños ordinarios del pueblo alemán. Sin embargo, ese tal espíritu puede presentarse como parte de una naturaleza paradójicamente simple, no necesitada del aparato mítico wagneriano, y aún así alimentada por idénticas sustancias populares; todavía podíamos notar su saludable presencia en los pueblos de España hace apenas cuarenta años, y no menos en el resto de la Europa agrícola, antes de que la estatalización general de usos y costumbres lo arrasara todo, reduciendo el país al Boletín Oficial del Estado y el continente a un interminable paisaje de oficinas. Las inagotables manifestaciones de ese aliento las recogen, en lo tocante a España, los trabajos de Baroja, Dragó, Cunqueiro, Benet, Delibes, Plá, Dalí, Jünger, Dostoievsky, Spengler, Stirner… por nombrar tan sólo algunos puntales. Todos, sin excepción, reconocían que ese brío de raíz agrícola y católica (perceptible también para Nietzsche o Cioran, que lo asimilaban al espíritu ruso), todavía reconocible en el lenguaje, en los modales, en la arquitectura, en vicios y virtudes de viejos y de jóvenes, estaba agotado, y que la tradición que lo había transmitido se rompería para siempre en los descendientes directos de esas últimas estirpes. La potencia expansiva de ese espíritu dirige la vida a regiones siempre desconocidas y variadas, nunca según los mecanismos de esa fantasía o delirio llamado materialismo histórico o dialéctica de la historia (lo recuerda Spengler); y, como toda fuerza, encuentra su antagonista: véase el ingente esfuerzo bélico -intelectual, material- que invierten las repúblicas occidentales para aplacar toda clase de surgencias populares y sustituirlas por emanaciones del Estado que se presentan como síntesis del espíritu generatriz del pueblo. 

Una frígida simplificación recae hoy sobre la palabra espíritu, y una estela de sangre y ruinas sigue a la palabra nacionalismo. Y no me refiero sólo a la II Guerra Mundial, a la URRS, a Albania, Camboya, o a la guerra de Bosnia, sino a las vascongadas, Cataluña, Valencia, al Parlamento nacional, a los parlamentos regionales, a las calles donde todavía se percibe, bajo la democrática indiferencia general, la sangre de los ejecutados en nombre de lemas como «socialismo o muerte», cual es de la ETA, hoy en gobierno, o de otros no menos macabros derivados de un localismo grosero, teatral- radicalmente antipopular. No se adivina todavía en el horizonte, contra el sol, la silueta de quien venga a reunir ambos términos en una entidad razonable, capaz de albergar la infinita variedad de usos y costumbres que puede engendrar un pueblo liberado del yugo del Estado; lo que no debería ser obstáculo para que, cada cual en su trinchera, descubramos las vías que comiencen a despejar la rígida férula que recae sobre la persona.

Es ahí donde Carlos Marín-Blázquez ha hecho servir su instinto a la razón, y puesto a trabajar a ambos en una obra literaria que ya consta de tres libros (Fragmentos, Contramundo, El equilibrio de las cosas y otros relatos). Si en los dos primeros dejó constancia de que el estilo cuidado, la buena educación y la firmeza inquebrantable contra la maldad son vías por las que es posible la apertura de un frente de guerrillas, en esta nueva entrega, siguiendo esos mismos principios, se adentra en el espíritu de los jóvenes. Terreno, he de apresurarme a decirlo, en el que no tiene uno acogida ni experiencia más que la propia. Como quiera que lo propio, lo singular, se desprecia hoy en favor de lo gregario (de lo agregado por ley en torno a ideología, lo que conforma una siniestra comunidad), encontramos aquí, nada más empezar, un noble frente de batalla. Esa singularidad es la presa más codiciada por el Estado, que la busca precisamente en sus orígenes: en el corazón de los jóvenes.  

Hay quien, como el que firma, tiene serias dificultades para acomodar la moral en cualquiera de sus formas posibles. Se encuentra uno más libre de movimiento en otros campos, que si bien semejan algunas elaboraciones de la moral, no lo son. Aún así, es fácil entender y apreciar que la moral a la que apela, abierta o sutilmente, el trabajo de Carlos Marín-Blázquez, se constituye de elementos que aspiran a una cierta nobleza de trato, a una cortesía natural, a un propósito de bien singular (y, en consecuencia, de bien común) que lejos de erigirse en ideales políticos administrados por Leviatán buscan su sitio en la vida diaria; en la cocina familiar, en la barra del bar, en el salón literario, en la recepción nobiliaria, en el frente de guerra, en la panadería, en la escuela… en el corazón juvenil- tenso, alerta, incipiente. Se trata, quizá, de un modo aristocrático, de un ensalzamiento de la virtud de la que es capaz la persona a sabiendas de que todos, sin excepción, somos capaces de lo peor. Que la vida esté vigilada por el Estado o por Dios no garantiza que se consolide una naturaleza cabal en la persona, ni tampoco que se alcance una convivencia razonablemente pacífica y económicamente viable. La fuerza estabilizadora puja desde dentro de la persona singular, y que irradie bondad o maldad no depende tanto de la policía de la moral, civil o celeste, como de que en algún sitio conste una nobleza en acción, un aliviadero de las tensiones ideológicas, religiosas, financieras, guerreras, artísticas; una fuente.    

            El mal seguirá siempre ahí; sólo las más delirantes fantasías de la razón de Estado prometen paraísos civiles donde la maldad ha sido abolida por ley, paraísos que inevitablemente se custodian con fusiles. En cuanto a los paraísos angélicos, sigue uno convencido de que tienen su sitio entre nosotros, pero no como metas políticas de una nación, sino como surgencias del espíritu que, claro está, se decantan hacia la vida en común tanto como hoy en día no aciertan a escapar de la pesada gravitación vaticana ejercida por Francisco, cuyo mandato, esa mezcla ingrata de sociología, comunismo universitario y teología de almanaque se nos atoja, cuanto menos, poco deseable. Ambos pesos, el político y el religioso, confundidos por obra y gracia de quien une cielo y tierra, el Pontífice Máximo, ofrecidos como promesa de redención por la política bastarda, lo abruman todo allí donde actúan hasta el punto de haber absorbido los medios de producción, los manantiales primarios, y pugnan por caer sobre los hombros de los jóvenes con el fin de convertirse en la fuerza única que guíe su vida.  

No los tengo, pero si alguna vez los hubiera tenido, hubiera querido que mis hijos aprendieran a distinguir, entre la fantasmagoría de siluetas, ídolos y trampantojos del mundo moderno, algunas de las formas nobles, sencillamente nobles, que creo encontrar en los libros de Marín-Blázquez; así en El equilibrio de las cosas y otros relatos, que publica la Editorial Monóculo. Esa nobleza que se sabe solitaria e insuficiente, que hace aguas en los momentos de flaqueza, que se recompone cuando le es posible, que no busca redimir al prójimo de su naturaleza, sino prestarle ayuda en su hora de necesidad sin las condiciones tiránicas que a cambio exige el Estado. Exigencia que, presentada como dádiva, adormece el corazón de los jóvenes… votantes, reducidos a una condición servil, imposibilitados para el desarrollo de sus propios dolores, de sus propias inclinaciones, de su propias rebeldías. Cierto: el Estado aniquila la curiosidad reduciendo el instinto a una condición de morbidez psicológica, lo que justifica la presencia policial del psicólogo en las aulas; es el médico de la moral, y está facultado para administrar psicofármacos que reduzcan toda propensión a la individualidad; así por ejemplo, cuando se recetan narcóticos al joven que pasea solitario, volviendo a casa desde el colegio, tras ser denunciado por sus amigos como alguien fuera de la normalidad: le preguntan: «Pablo, pero… ¿en qué piensas cuando caminas tú solo… ¡diez minutos!?». Sic. El Estado ha convertido a los jóvenes en policías; el cuerpo de la Stasi ya no es necesario porque, anulada la persona, cada ciudadano es un comisario político. Triunfo absoluto de la democracia, de la que el comunismo es una forma tenebrosamente lograda.

Bajo estas condiciones, las tensiones del alma de los jóvenes quedan reducidas a su adecuación a ideología: se consideran enfermizas e ilegales cuando se desvían del ideario. Y, sin embargo, por debajo de esa fetidez circula la misma vieja savia puramente biológica, irreductible, pugnaz, que ansía formas culturales a las que adherirse (formas espirituales), y sólo encuentra un férreo ideario político inyectado bajo la especie de la hipocondría- el miedo a una vida desprendida, luminosa, jovial. Carlos Marín-Blázquez sabe perfectamente que las ansias de los jóvenes son tremendamente susceptibles a las concentraciones sentimentales, de entre las que el Estado ofrece la de los colectivos. E igualmente comprende que esas siniestras comunidades tienen una doble función: la primera, anular y redirigir cualquier brote de fuerza singular, demónica o apolínea. La segunda, espantar la potencia magnética, rectora, de la primera figura que se recorta ante cualquier joven: la de sus padres. He ahí otro noble frente de guerra, en el que siempre hay colaboracionistas.

No me extenderé más. Diría que estas y otras pistas frecuentan el trabajo literario que nos ocupa, consciente de que las virtudes, cuando emergen, lo hacen de la capacidad para la soledad de unas pocas personas, y jamás de una condición ideológica transcrita en ley. De este modo, los relatos que presenta El equilibrio de las cosas… continúan la espléndida colección de aforismos de Fragmentos y Contramundo en una sólida unidad del todo refractaria a las fúnebres asechanzas de hoy. No en vano Carlos es autor de sus libros.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 16 de febrero de 2022-02

El equilibrio de las cosas. Editorial Monóculo, 2022.

Reseña de Carlos Marín-Blázquez a «Un lugar sagrado donde cazar» (Eride Ed., 2021).

«… agradecemos encontrar creaciones que aborden aquella época desde una perspectiva nueva. Conocido el desenlace de este enfrentamiento entre colosos (la caída del Muro de Berlín y todo lo que siguió al colapso del comunismo y al atropellado desmembramiento de la Unión Soviética), nuestro acercamiento al periodo en cuestión busca enriquecerse con algún aporte valioso. Eso es justo lo que el lector encontrará en Un lugar sagrado donde cazar, la última novela de José Antonio Martínez Climent.»

Reseña completa en Leerporleer.com

Un lugar sagrado donde cazar (Eride Ediciones, 2021)

La revista Leer por leer, en artículo de Esperanza Ruíz Adsuar, sugiere algunas lecturas para la próxima Navidad; entre ellas, Un lugar sagrado donde cazar (Eride Ediciones, 2021).

En Amazon.

En Eride Ediciones.

En leerporleer.com.

Una nota sin Esperanza

Schopenhauer siempre me ha parecido un plomo. Una tarde de invierno del delicioso año de 1994, mientras esperaba a que cierta señorita saliera de clase en su academia de ballet (la tentación de irme por ese camino es grande…) di de bruces, entre miradas de soslayo al espejo donde molineaba su reflejo, con la frase que por fin me permitiría abandonar la lectura: «toda individualidad es un error especial, una equivocación, y el verdadero objetivo de la vida es librarnos de él».

En primera instancia, he de reconocer que lo que me atrajo de Esperanza Ruiz fue un asomo de ese carácter propio tan rechazable para el germánico orientalista, que ya es mezclar churras con merinas; esa a veces sutil y a veces abofeteadora presencia de un yo en todas las manifestaciones de la persona que, sin embargo, no resulta avasalladora o pretenciosa, ni mucho menos superflua. Pero Esperanza es católica, así se desprende de su lectura, y por ello universalista, ecuménica. De cómo casa ambas tensiones hay suficientes indicios en sus artículos; tantos como salidas escurridizas cuando el asunto tratado exige descender a la arena del detalle, al embarrado campo de lucha de lo práctico. Para ello, cada cual se las componga según sus ganas y sus fuerzas, si es que, como un servidor, también leyó a Schopenhauer y concluyó que la individualidad bien valía una misa.

Vivimos en tiempos de predicadores: no falta uno en cada esquina que nos advierta sobre lo funesto de nuestros hábitos, lecturas y vicios, y de que para alcanzar una condición más elevada bastará con que nos humillemos ante el púlpito, nos demos los preceptivos golpes de pecho y proclamemos los nuevos catecismos. En medio de esta borrasca, no da la impresión de que la autora desee presentar una recusación general contra la época: diría más bien que se ha impuesto la tarea de incoar una pequeña multitud de expedientes, algunos cercanos a la línea de flotación, otros visibles en la raya del horizonte, todos animados por la presencia semitransparente del Cristo. Llegados a este punto, cabe recordar que todo movimiento unificador produce en el que firma una reacción instintiva de rechazo, aunque sólo sea para alcanzar una posición ventajosa y amplia desde la que observar; la orden pastoral de Jesús no es una excepción. Desde esa lejanía cree uno apreciar que la línea de fuerza en la que se disponen Esperanza y algunos otros coetáneos encaja en un campo tensor de mayores proporciones cuya escasa penetración en terreno rival no impide perseverar en la contienda. Quizá este libro suyo sea un primer y vitalista arponazo en el cuerpo de un monstruo que desborda las posibilidades de lucha de Dios Padre, libro al que seguirán otras publicaciones, nuevos empeños.

Alguien podría deducir de esta nota una cierta crítica a la posición cristiana que abandera Esperanza, sin darse cuenta de que en nuestro altozano corren otras brisas; sin apercibirse siquiera de que hay guerras que inducen felices alianzas, que por lo general se diluyen al concluir la contienda. Sólo que esta guerra no tendrá fin. No se trata ya de una contienda de materiales, asunto superado desde Verdun, sino de obtener la posesión del alma humana. Es por eso que le deseo suerte a Esperanza: el fermento contra el que escribe (y presumo que contra el que vive sin entrar en contradicción, pese a su disposición a aceptar los adminículos que ofrece su tiempo) es tan pétreo como elástico, capaz de absorber todo embate y reactivo como la dinamita. También habrá quien diga que uno ha hecho magra reseña de su libro, y nuevamente andará errado. La crítica literaria nos es un tanto ajena: vive uno lo suficientemente a bocamina como para que el sol y el aire fresco despejen las fantasmagorías intelectuales a las que con tanta ligereza se precipitan estos tiempos. Tan sólo el carácter singular de quien acierte a pasar por la ventana despierta mi interés. En el fondo sigue uno en aquel asiento tan duro, esperando a su chica con un libro en las rodillas. Eso, y una cierta apertura a lo que de manera clandestina llamaré arte, nos han dejado en la estacada lo suficientemente poco como para seguir confiando en esa mezcla de determinismo biológico y señales mágicas que llamamos intuición. Es precisamente esa intuición la que señala a Esperanza y, aún sin conocerla, me urge a leerla.

Fdo.

José Antonio Martínez Climent

A 11 de octubre de 2021.

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