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Cuando llegue Annukka

Cuando llegue Annukka no es el título de una de esas novelas ganadoras del Planeta, que empiezan todas con apotegmas del estilo de Hacía frío esa mañana de 1952 en las Ramblas de Barcelona. Pudiera haberlo sido, pero por edad y por su color de pelo no fue tampoco la tal escandinava esa Turista Un Millón que a otros tantos españolitos animaba la espera del verano, estimulada nuestra cateta e inocentona imaginación por la idea romántica de que allende el paso de la Junquera se encontraba, difuso pero bien asentado de fundamentos, como pensado por Fukuyama, el paraíso de una modernidad resuelta de modales, liberal de costumbres y burguesa hasta la médula cuyo prototipo, para empezar, sería una rubia faldicorta y de tez de pergamino que saludaría en un lenguaje incomprensible (por avanzado) a un mozo de carga bajito, cetrino e incapaz (por retrasado) de otra cosa más que de silbarle a esos vestires y a esos andares norteños, tanto, tan distantes de los de nuestra media nacional mujeril, dibujada entonces por una señora provinciana, bajita, protestona y dispuesta a ponerse de luto así se muriera el gato. Además, Annukka es de esos finlandeses que parecen de Málaga de tan morenos de pelo, y no sé si porque trabajó mucho y muy duro en una vaquería se le quedaron unas formas un tanto rudas y unos gustos en moda bien dispares del vestido tipo azafata de nave espacial de película sesentera que se le suponía a la Turista Un Millón. Y ni en lecturas. Leía mucho a Kierkegaard, vicio nefando del que nunca conseguí disuadirla y a cuya doliente seducción se entrega cada vez que tiene una ventanilla de avión a su siniestra. En los cascos llevaba a menudo, y para su descargo, alguna inacabada de Sibelius.

Hacía veinte años que no la veía. Ni se pueden contar las cosas que cambian en semejante nadería, que diría Gardel, y para empezar, lo más distinto era el aeropuerto de Alicante, que de conformarse con unos cuantos barracones y unas casas enjalbegadas para la ocasión se había convertido en una suerte de cosmópolis de cemento repleta de grandes avenidas desiertas y edificios enormes de estilo estalinista, todo cemento y geometría, pura potencia en bruto que irradia el Estado en sus obras públicas. Pero como era invierno, la Terminal de Llegadas Internacionales estaba más bien vacía. Un par de mozos de carga llevaban una carretilla con fúnebre solemnidad endomingada; un guardia de seguridad, apoyado el hombro en su garita, intentaba ligar con una empleada de la cafetería que a las cuatro y cuarto ya estaba cerrada, imagino que porque hasta de horarios ya “semos” europeos, y no más de diez familiares o amigos esperaban la llegada del Helsinki-Alicante, desconocedores de que la lejanía ya no es motivo para no viajar en masse.

La puerta corrediza se abrió con un despacioso chirrido que denotaba falta de aceite, y al cabo de un largo minuto de expectativa un par de erasmus mochileros y sin afeitar salieron a paso lento de las entrañas de la terminal para ser recibidos por sendas madres que me parecieron faltas de aquel entusiasmo con el que la mía me saludada cada vez que aterrizaba yo venido de Dios sabía dónde cada vez. Pensé que eso del sentimiento del viajero ya no venía al caso, porque a buen seguro madre e hijo se habían visto no menos de dos veces por día en la frígida pantalla de una tablet, y que ni la promesa de un reponedor cocido alicantino con pelotas de sangre bastaría para extraer una muestra de emoción de estos modernos recién llegados que, se diría, jamás terminaron de irse. Pero de Annukka, ni rastro.

Temí no haberla reconocido entre la desganada tropa estudiantil, o que la vista, que ya me anda borrosa, me hubiera jugado una mala pasada, o que… Pasados diez minutos y con la corrediza ya cerrada (con un segundo y más lastimero crujido de funcionaria vieja y resabiada que baja la ventanilla de su negociado antes de hora y no desea que la molesten más con caprichosas peticiones extemporaneas) comencé a preocuparme, y me acerqué al conductor de carretillas, pues ventanilla de información no es que hubiera, quien me dijo que eso no era lo suyo, pero que tampoco sabía a quién preguntar. Así, desconcertado y con la sala ya vacía -salvo por el de seguridad y la camarera, que a esas alturas ya le hacía mohines-, un nuevo chirrido, esta vez emitido en un justificado tono de enfado, me hizo volverme hacia la puerta para comprobar que allí estaba Annukka, y que Gardel tenía razón. Y entonces caí en la cuenta: la voz del aeromozo (qué gusto da ver que la paridad se cumple, ¿no es cierto?), entre toses y carrasperas de estática, volvió a anunciar, seguramente grabada, la llegada del Helsinki-Alicante, y, esto sí que había cambiado, no lo hacía en cristiano, en inglés, en francés y en alemán, como cuando los setenta, sino en un español de dolorosa sintaxis anglófila y en un Valenciano Forense químicamente puro, vulgo lengua normativa, no menos doloroso al oído local, acostumbrado a las sinuosidades, canturreos y altisonancias del habla del país, ya difunta y enterrada por la normalización lingüística. Annukka se había perdido en la terminal, y no encontrando a nadie a quien preguntar por la salida lo había fiado todo a esa voz de antaño que a buen seguro, lo sé por experiencia, suena animosa y políglota en el aeropuerto de Helsinki.

Cuando Annukka vuelva a Finlandia contará lo del aeropuerto. No les quepa duda, porque resulta que aquellos altirrubios adalides del progreso eran más cotillas que todas las abuelas ibéricas juntas: todo se lo dicen por teléfono entre cuchicheos y censuras, luteranos ellos, y de eso doy fe por nueve años de haber subido a trabajar en la taiga. No se extrañen si en el próximo de Eurovisión, cumplida ya una reforma constitucional que asiente la fractura del país en diecisiete repúblicas dependientes y endeudadas hasta las cejas, cuando le llegue el turno a Suomi-Finlad, una rubia sonriente y peliarreglada pestañee, baraje el guión que lleva en las manos con gesto estudiado, y mirando a cámara con sus bellos ojos azules diga aquello tan doliente de: Comunitat Valenciana: cero points.

Fdo.: José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 3 de diciembre de 2016.

aarr-copia

  • Artículo publicado en:

http://disparatero.blogspot.com.es/2016/12/cuando-llegue-annukka.html

  • Fuente de la imagen:

http://lamarinaplaza.com/

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