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Monthly Archives: enero 2017

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Notas lentas de una Navidad pasada

Viene uno murmurándose que hoy no cederá a la pereza o al cansancio del día y abrirá de nuevo los versos de Char que leyera cuando una vez, in illo tempore, se perdió en el coto de Balmoral y pasó una mañana entre robles y niebla. Eran algo de un ciervo o de una mujer, palabras en archipiélago sobre una belleza herida, o quizá nada de eso.

Nunca olvidar el regreso al pabellón de caza, cansado, casi agotado por la caminata, empapado por la niebla: salía un humo rizado y lento de la chimenea regida por las cornejas, la puerta se abrió y un footman enviado por Palacio se detuvo en el vano con una manta extendida y la sonrisa más fina y delicada que jamás haya visto. También era diciembre. Trabajar como científico para un lord escocés tuvo algunas ventajas.

He olvidado, en cambio, la marca del whiskey que me confortó aquella tarde, algo imperdonable.

Nota marginal: mis diarios han envejecido más que yo, pero mucho mejor.

Uno, al azar (cosa rigurosamente falsa): “Mañana perdida leyendo al sol en el cauce del Turia. “El cementerio marino” no es adecuado para el invierno valenciano, demasiada luz difusa, el rumor de la ciudad no acompaña al ritmo de los versos; además, esta semana, Susana”.  Lo dejo aquí. No se puede volver sobre todo.

También los paseos en diciembre cuando en Navidad no había nadie en la playa. Mil veces he hecho ese tramo de ida y vuelta al faro, pero hace tanto que parece la vida de otro.

Pasar notas a la de mis ojos en la Misa del Gallo aprovechando el gentío, los saludos afables que se prodigaban nuestros padres o la pequeña confusión en el momento de darse la Paz. Tenía quince años, y no me separaba de Nabokov.

Hay melancolías que no las remedia más que una melancolía mayor, y ese es un dispendio de fuerzas al que hay que oponerse en estos días de ausencias y de fantasmas. Urge salir a la terraza, incluso rescatar alguna serranilla.

El Marqués de Santillana ha surtido efecto. Dos días de buen trabajo literario que, como viene siendo habitual, recibirá algún halago por su factura y su sintaxis, y toda la desgana editorial ibérica que pueda concebirse.

Noto con preocupación que mi María Moliner está donde lo dejé hace una semana. ¿Buen síntoma que no lo haya necesitado? Confianza, Jose, confianza, al fin y al cabo soy viejos amigos Moliner y tú.

Han cesado las lluvias (¿por qué vuelvo a pensar en Valery pudiendo recordarte a ti?). Un sol de uñas brujulea entre unas nubecillas demasiado cándidas y acaba por romper en un estallido albo. El “buen tiempo” en la costa alicantina se ha convertido en algo puramente anodino. Vuelvo a la habitación entre mis libros y mis inútiles diarios. Cojo distraídamente un tomo que guarda imágenes de principios de la década de los 90. Lo abro al azar (esta vez es cierto), reconozco de antiguo el sordo crujido del papel de seda. Y el milagro se produce: en el envés de una fotografía, con caligrafía capaz de superar toda contingencia (siete horas de caminata en busca de unas red grouse esquivas, temerosas de engrosar los apuntes censales de un naturalista español perdido en un coto real británico, treinta años de olvido): Glen Garioch. No sé si ahora me lo podré permitir, pero recta intención.

 

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José Antonio Martínez Climent

A 5 de enero de, nada menos, 2017

en Alicante.

old-photograph-queen

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Fuente de la imagen: http://www.queensofvintage.com/wp-content/uploads/2009/11/Old-Photograph-Queen-Elizabeth-II-Balmoral-Castle-Scotland-02.jpg

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