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Elogio de Alconada

Las monjas a las que más aprecio tengo son las de Alconada de Ampudia. Vale que las Carmelitas me infundieron modales y hasta un poco de Geografía e Historia mezclado con algún cachete que siempre tuve por merecido, pero la devoción literaria que padezco se entrevera mejor con las de Alconada, cistercienses de hechuras, dominicas de hábitos e inciertas de futuro, porque les aprietan las finanzas y el techo hay noche que se les cae.

A aquel páramo palentino llegue por Dueñas. Buscando el lienzo mustio de su castillo di con un bar de carretera que no pudiendo darme vistas me ofreció a buen precio un clarete Catajarros y un despiece rotundo de queso del Cerrato. Entre voces búlgaras de mujer (pero eso dará para otro artículo) me hice paso para inquirir por dónde subir al monasterio, razón que me dio un camarero húngaro de lenguaje y gesto más bien militar. Pasé el pueblo y subí la cuesta. Una tarabilla en un mojón de antaño me anunció que me adentraba en el secano, que ahora, por virtud de brocas enormes, es regadío. Nada como las carreteras comarcales de Franco, digan lo que digan: asfalto estrecho, firme abrasivo, rasantes y baches traicioneros, gravilla inesperada, curvas con coronas de muerto, vistas de alcores, restos derelictos de casetas de peones camineros, raíces de pino hinchando márgenes… Pasados diez grajos, dos milanos y un ratonero llegué a ese desvío que toda parte rural de España guarda en su seno agrícola para poner a prueba el saber o el buen juicio del viajero. Los griegos tenían esfinges; nosotros somos más parcos en la imaginería del desastre. Esa vez acerté, y al cabo de diez minutos unas aspas monstruosas y blancas me dijeron que monasterio no, pero parque eólico sí. O eso quise entender porque, para mi desazón, a la diestra de los molinos, donde menos lo hubiera esperado, estaba el convento de Nuestra Señora de Alconada.

Aquella vez prima, y antes de entrar al edificio, quedé un buen rato en silencio sentado en la hierba bajo el hechizo de la piedra seca, preso de la quietud del patio en sombra, del rumor imaginado de la fuente que no manaba y encantado por el canto austero de un mirlo palentino, cuya rima asonante daba volumen al jardín. El viaje había valido la pena. Y con suerte lo redondearía un portón claveteado abierto a la iglesia. Quien en medio del calor del páramo en verano, de la fueguina quietud de las trigalas, sediento, cansado y medio cegado por el brillo de los haces de gloria del sol entre las nubes dispersas y muelles no ha entrado en una iglesia castellana e ingresado sin aviso en su frescura y su grisor, no sabe qué hace Dios en España. Entré. Y ya venía, no obstante ese primer milagro, avisado de que el monasterio guardaba una talla románica, una virgen morena y coqueta de mucha devoción en la comarca. Libre de esa ansia que azota al turista por anotar lo visto en su agendilla virtual, más atento a los pequeños azares y a los cien detalles que cada paso ofrece a quien se abandona a su tranquilo mandato, y ciertamente aún desconcertado por el gris arcano revelado al abrir la puerta de la iglesia, prisa no había, y si la talla se me ofrecía bien, tanto como si no.

Imaginería mariana hay mucha en España. Nuestras Señoras las hay de las Fuentes, del Camino, del Llano, de las Vegas, de la Encina, de Allende, de Nublos, de clemencias, de cantigas, arroyos, rocas, castillos… Con el desprecio propio de quien de él hace marca de clase, timbre de gloria y recogida de votos, en cierta guía de tallas había leído lo que sigue, escrito como sigue: Actualmente en el Muiseo de Arte Sacro. Cierto gigantismo. Tiene una esfera como canica. Semejante muestra de ignorancia y de rigor laicista no podía más que esconder alguna maravilla, pensaba uno. Y recuerdo que más o menos al cabo de un cuarto de rondar retablos, sometido a la unción del sitio, me apercibí de una lamparilla tras el cristal de una puerta de hechura más moderna. Allí siguió una misa in memoriam a la que fui invitado por una familia doliente pero feliz de que su muerto anduviese ya camino de llamar a San Pedro (porque no es Bob Dylan quien toca a las puertas del cielo, no, sino Simón Pedro, portador de las llaves de oro y plata) a cuyo final iniciamos una breve y animada charla en el economato monastril, asistidos por el sacerdote (qepd) y por la priora del convento.

Reconozco que la conversación que entonces me ofreció Sor Mónica Vaquero no me pareció de este mundo. Fue larga y densa de Lectio Divina, sahumada de un cierto aroma a piedra inamovible, y pese a la firmeza de sus educados asertos en materia de fe la adornaba un lejano aire de mundo. A mayor abundancia había la Sor mirada redonda y sonrisa beata, iba tocada por el tocado y bendita por un rubor que daba a la tienda una yema de gracia. Despedía, es cierto, un apenas perceptible aroma a harinas perfumadas, pues venía de amasarlas, parejo y sin mezclarse con una loor de gracia austera, meseteña, císter, y en su estar allí de pie sentía uno como un peso viejo que la clavaba al suelo, de mujer que se ha ido donde no se van las otras mujeres; de, yo así lo vi, recio carácter moderado por la sabia mano de Dios. Camina por la bancada de la nave, se inclina cada vez que pasa por el crucero, atiende algo en el transepto, cumple las horas bernardas, vela por las hermanas de edad, y uno la imagina en sus rezos, con sayuela y esclavina de estameña sahumadas por el humo aceitoso de las velas castellanas, cuando no la ve nadie más que Él.

Sor Mónica, que lo exige la Regla, igual ora que labora, y así abre la cancela de la tienda a quien llame al timbre y tenga algo de paciencia para esperar. Ese mostrador, lo sé bien, es anticipo del cielo de los golosos, casa de acogida para esa rara avis que somos los sibaritas de lo recio. El iniciado en esa orden pronto distinguirá, entre agendas, rosarios y vírgenes de recuerdo, unas pastas de mantequilla cuajada en esa ubre de lactosa potencia castellana y vieja, colgada como un saco descosido del vientre de una vaca; un vinum missae de velado dulzor a misterio, hierbas leonesas amarillas de orujo, sacristanes de hojaldre, rosquillas al horno, adelaidas a prueba de rigoristas… cosas todas que prohíbe la doctrina hipocondríaca moderna de la eterna juventud. Decir que van de mi parte no les beneficiará descuento, ni ha lugar, que las monjas andan necesitadas de posibles para cuidar de tanta piedra. Y qué caramba; con llenar la boca y con ella el alma (que para los antiguos una era la puerta de la otra) tendremos sobrada ocupación y premio. E igual que pedir pastas pueden encuadernar libros de viejo, porque ellas los dejan como nuevos cuidando de que no pierdan ancianitud. Dónde, les dejo la cuestión, dónde mejor que en císter monasterio para restaurar ese libro de cuadernas ajadas, bien poblado de mohos, que vemos pudrirse y decaer en la alta estantería a la que lo hemos condenado.

Mas no vayan al monasterio a la ligera. Es ruego que les hago. Preferible sería llamar por teléfono, que con paciencia alguien responderá cuanto acierte a pasar por el despacho entre liturgias y harinas, y aprovechen que hay empresas de transporte de mercancías que por nada y menos les harán el servicio. A qué molestar los rezos con nuestras cuitas y rumios seculares, que en poco se quedan a la vista de esa eternidad de tumba que nos aguarda; a qué presentarse ante piedras tan viejas con aspecto de turista vocacional; a qué obligar la mirada del Cristo a bajar de su muerte diaria en el enorme retablo de oro jaspeado para vernos devolverle una mirada descreída y curiosa. Sé que Sor Mónica fruncirá el ceño cual monja bizantina a punto de saltarle al cuello al basileus cuando lea esta advertencia de alejamiento general, porque ella, cree uno, se alegra de ver allí un cierto revuelo, de que pese a la disposición lejana y rural del sitio acudan fieles y profanos para dar vida secular al sitio. Más uno, que es tozudo y un tanto novelesco, admite que la soledad pinta demasiado bien a esa iglesia y a esos lienzos como para llenarlos de algarabías impropias. Para eso están las romerías y las ferias que celebran a la Virgen de Alconada, y hasta las misas diarias. Fíjense que yo no he vuelto por no causar mayor disturbio, y les dejo a Vds. decidir si ello es cierto o es la única mentira que he contado en esta página.

Al cabo volví a la iglesia. Algo sabía de las idas y venidas de la talla entre la iglesia de Ampudia y el monasterio, de las Actas Capitulares que le dieron fuste jurídico, de que hay cantiga alfonsina que recoge su devoción, de las mudanzas del cenobio, ora repleto ora vacío. Lo que no sabía era que en el camarín del retablo mayor no está la talla románica de la Virgen lugareña sino una muñeca que la imita en todo menos en lo de ser una Virgen románica. El laicismo tiene eso, que de la religión lo desea todo menos la almendra, pues de por sí no produce nada bello que atraiga a las gentes a esta agreste comarca de la diócesis palentina. Y así, como avisaba aquella guía despoblada de encanto, la Virgen anda secuestrada en un Muiseo de Arte Sacro, como burdo reclamo para turistas sin paladar para otra cosa que para lo meramente visual.

Fue un año más tarde cuando pude ver la talla. Y a mayores en su día, presagiado por los aromas a ajos y embutidos del mercado que para la ocasión se asienta en el patio, de los puestos de mimbres y garrapiñados, de caramelos, juguetes, bastones, ruecas, blusas, flores, quesos, licores, pastas, zapatillas y, cosa inimaginable, hasta una edición desencuadernada y amarilla de El corazón de las tinieblas. Con la bancada de la iglesia bien surtida de fieles, adornada con arco de plata y flores vistosas había a la diestra del altar una pequeña virgen sedente, manzana en mano, Niño con flor en la siniestra con su diestra en bendición. Nada que ver con la desustanciada descripción de la guía laica. Quiere el rigor mitológico que fueran unos pastores a quienes se les apareciese la Dulce Señora en noche fría del páramo estrellado, y que presas de gran asombro y arrebatados en devoción fundasen cofradía del santo sitio, a la que, avisados ya entonces de que el siglo es traidor, dotaron de estatuto jurídico propio. Nada que ver con las modernas sociedades, que sin pudor ni recato parasitan del orbe religioso su imaginería y su liturgia para dejar de ella un fantasma colorista, ajeno, etnográfico.

Un tanto saturado por unciones, cuadros oscuros y tremebundos retablos, salí al patio a despejar la vista y airear el alma. Sabía por otro infausto libro que junto a la entrada de la iglesia de Alconada hay fuente antigua. Crecen junto al caño seco, en el prado anejo, algunas mostazas, resedas, torviscos y ulceradas, y más abajo, junto al muro de la granja, sale impropia la manzanilla loca. Pena fue no poder refrescarse los calores meseteños con su agua, porque ese día no salía y había olvidado traer reservas. Más era poco sacrificio. El día era limpio y soleado, los milanos circleaban el aire raro del páramo mirando de esquivar como podían los aerogeneradores que, corona de espinas metálicas, bordean el monasterio por el Sureste. Estos rosarios sin fe giran todo el día en la nada; llevan un impensativo existir que consiste en no ser pero girar, como esos molinetes butanos que ruedan los lamas y los budas reencarnados en panzudas o infantiles reencarnaciones. Inesperado cerco oriental que asedia al cuore de Europa allá donde lo encuentra, corporeizado en severos y altivos molinos aquijotescos, ciegos, mudos, sordos a todo lo que no sea rodar en la pura vaciedad que ellos mismos paren con su mero estar: diabolus in machina. Y por Sor Mónica supe que, al final del día, una lechuza nocturna y silente acecha ratones y polillas en las noches del jardín de Alconada; que las monjas, con no padecer de esas muertes comunes, sí padecen de ese poner perdidos fachadas y remates tan caro a la hueste alada de la noche. Aunque mayor padecimiento es el de no tener más vocaciones. Postulantes, dice la Sor, haberlas haylas, pero de feble fe, de magra hechura, de infirme entereza y quebradiza servidumbre al rezo porfiado y al trabajo sentido que exige profesar la Estricta Observancia del Císter bajo la paternidad del monasterio de San Isidro de Dueñas. Bien que las monjas ya no salen a pedir limosna y grano como un día hicieran, que ya no tiran del buey uncido arrastrando piedra de páramo y sillares a medio hacer, pero la vida císter es reglada y austera; sin martirios ni apreturas ermitañas pero dedicada al rezo incesante; porque, mal que le pese al brusco y palatino Francisco Papa, no es el variado reparto del vil metal lo que causa todo mal en la Tierra, ni propósito último de la Iglesia es el de equilibrar a la baja balanzas fiscales, sino algo más sutil que al montonero argentino se le escapa por entre sus dedos anillados y que cuatro monjas calladas y alegres cumplen con mayor rendimiento aquí, encerradas entre muros de piedra vieja, mejor que discutiendo con banqueros suizos afincados en islas tropicales o en la Habana, ciudad rabisalsera y doctrinal.

Pero quiera o no el furor vaticano la rueda gira; la cósmica, la del tiempo no administrativo ni lineal, no la del tiempo aerogenerado extramuros de Alconada, que no es tiempo ni es nada, y los días pasan y al cabo vuelven misteriosamente idénticos pero algo envejecidos1. Así como ese tiempo civil vaciado de sustancia discurre flojo cuesta abajo hacia su propia muerte, el tiempo bernardo vuelve al cabo del año y otra vez es Santa Brígida o de nuevo es San José. Así como el horario consuetudinal se extingue en veinticuatro horas con sus cuartos, en Castilla el día se lo llevan unos monjes y lo trae un cenobio de monjas. Porque llegada la hora víspera, bajo un coro apenas iluminado por el decaer del sol, en la fresca y lejana nave crucera del monasterio de La Trapa, dueño del cenobio alconado, treinta monjes dominicos rezan la oración de la Salve; y han de saber que sin ese murmullo musitado cada noche el sol no volverá a salir jamás, ni unos cuervos matinales volarán diciendo sus quebrados latines por los sotos del Canal, pagano anuncio del día, parándose aquí y allá en los altos chopos para que su impedimenta de urracas pique manzanas y majuelos. Y entonces, con el sol ya alto y el páramo aun frío, las monjas de Alconada darán la misa que cierre el rito, apenas las horas justas para que el mundo sea mundo, hasta que vuelva a caer la noche.

La misa de la mañana la oficia el Padre Daniel, cura seco de recia palabra elegante y contrita sobre cuyos anchos hombros enlutados deja Dios ocho parroquias castellanas. Es la garantía de que todo se repetirá. Así es como el mundo comienza una vez más y el hombre, sin saberlo, recibe su existir común: de la austera liturgia de unos monjes a la hora del crepúsculo, del dulzor a cenobio de un monasterio castellano. Por eso avisados están: avisados de desoír a quienes ahora vienen a ser Origen de Todo con funesta algarabía de novedad tardía y mustia, airando pretensiones de vasta renovación universal, dictando cursis, forzadas ordenanzas para reglar las horas y los días con innúmeros pesares civiles, gesticulando farisaicos gestos de cutres pseudoanthropos.

Castilla es Castilla, y mientras queden ascuas (mudas, frías, niebla cuajada en cuarterones sobre las trigalas y los sauces, rollos de justicia en las plazas de los pueblos, eras vaciadas de mies, almiares olvidados en vallejos despoblados, fuentes agostadas por la sed de sus piedras, historia de palacios, vizcondes, almirantes, desamortizaciones podridas, obispos rotundos, galeotes forzados, mestas de aridez y excremento, sotillos, palomares, bajadas de lobos en invierno, querellas de linde a sangre, retablos de encina y oro, cristos visigodos retuertos de dolor en piedra…) esas hordas encontrarán resistencia. En Alconada no lo vi, aunque también está, a ese Cristo de Unamuno avaro en lluvia / y que los panes quema. Allí en cambio vive una monja alegre con tres hermanas viejas, diría que igualmente joviales, de cuya estancia depende lo que escapa desde siempre a todo orden secular. Sor Mónica es la que lleva el Tercio. Ella sabrá perdonar lo ajeno y pagano de mi estetizante cristianismo, y que la nombre tanto cuando ella quisiera, seguro estoy, que más nombrara a Dios y que más rezase que escribiera de rezar. Pero es que ya lo dije arriba: las monjas a quienes más aprecio tengo son las de Alconada.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 12 de Septiembre de 2017.

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1: “Señor, tráenos hacía ti para que volvamos, renueva los tiempos pasados” Lm 5, 21.

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Ampudia_-_Monasterio_de_Nuestra_Señora_de_Alconada_3

 

Fuente de la imagen:

Wikipedia Commons/Monasterio_de_Nuestra_Señora_de_Alconada

 

 

 

 

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