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Monthly Archives: diciembre 2017

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Solus ipse

La vista es la perdición del hombre. Y como todo en este mundo es signo doble, también es vía para su redención. Que se lo pregunten a los viejos que escondidos en los arbustos solazaban su impedida ancianidad mirando el cuerpo rotundo, babilónico y desnudo de Susana, que era “muy bella y temerosa de Dios”1. A Van Gogh, que sin ver bien las trigalas holandesas nunca hubiera pintado sus cuervos; a Ahab, quien desposeído de ojo y catalejo jamás hubiera encontrado la paz entre los dientes de la ballena; a Constable o a Turner, que de haber sido tuertos hubieran pintado nubes de escasa britanicidad. Mirar es necesidad y es vicio, y pocos son los que se salvan de ser ciegos y aun así ver el mundo como es, así Homero. Cómo describir el vuelo de un faldón sin verlo molinear en la brisa, la caída melancólica del aguacero, el iris verdeclaro en los ojos de nuestra amada, heredera única; la otoñada boscosa, la hojarasca de invierno, el mar embravecido, la gracia del minué, la entonación erótica del que baila fandango (lo decía Casanova), el rosa Tiepolo…

Del mirar, el vedutista es quien más sabe, o quien más debiera saber. No está muy alto el estilo en la jerarquía de los géneros, pero eso es cosa discutible. Reacción iluminista o relajación burguesa, la vista de un óleo apaisado en el que pacen vacas, cursan barcos, transcurren o estancan nieblas, cosechan los paisanos o posan unos robles sólo se ve superada para el vedutista por la serenidad de espíritu que recibe quien observa una perspectiva urbana bien trazada, un portal neoclásico en escorzo, filas de carruajes en el Soho o en San Marcos, multitud de viandantes de chistera y domingo, zagales en altos triciclos cívicamente portando cucuruchos de arrope en la otra mano, librerías en penumbra, salones de té privados, despachos eduardianos con alguna estatua y un blasón, pasillos largos de mansión, recibidores con criada…Vedutistas españoles hay pocos. Apenas me llega la lista a uno, D. Diego de Mora-Figueroa, de quien sólo conozco cinco cuadros, de fina hechura y alto rigor vítreo. Los ha habido con afición a eso de mirar & pintar en uno solo, pero por un prurito de modernidad se pusieron el cursi nombre de fauvistas y se pasaron dándole al color. Más que a reproducir el detalle sereno aristocrático o altoburgués, los fauvistas fueron a la caza del óleo costumbrista. Es lo que tienen las revoluciones, también las pictóricas; que terminan acomodándose al motivo del que huyeron. Y miren que he buscado, pero siendo aquella España de entonces un país de muertos (una tierra de abuelas y rosarios, de cirios pascuales, de cristos clavados, de mucha flor de cementerio, de hincar rodilla en devotas novenas, de lutos prolongados… en suma, un país que a diferencia del de ahora no repudiaba a los amortajados porque fastidian con su inerte existir el sueño fatuo de la eterna juventud), no he logrado encontrar un sólo cuadro de un camino con cruz y corona de difunto. Cree uno que no sería mala estampa para colgar en el salón: una vía entre secanos, a lo lejos un ciprés, más cerca un mulo cargado, cielo abierto castellano y de terceras, una cruz de humilladero con una corona seca al pie.

Mas todo eso ha cambiado. España fue un país de muertos. Hay quien dice que ahora es lugar de zombis, pero no nos salgamos del tema. Eso de mirar paisajes rurales o mansas vistas urbanas y reflejar en lienzo su calma serena o su burgués bienestar es cosa que no interesa a nadie: el pintor de hoy anda metido con la vista en la pantalla, el gentío estropea la paz. Reconozcamos que las fuerzas de progreso dominan el cotarro visual igual que imperan en materia de pureza e higiene de usos y costumbres. Impetuosas, niegan el ser a quien resiste, hablan de un Hombre Nuevo rutilante, alto, escandinavo, catalán o guaraní según sople el viento étnico del día; nos persuaden de que paisajes no, pero gulags sí, y para pasar el trago emplazan bajo nuestra ventana esa imposibilidad paisajística que llaman huerto urbano. Que el progresista es un ser atormentado ya lo sabemos, no cabe insistir. Anda por ahí necesitado de cambiarlo todo cada cuarto de hora porque lo que más rápido envejece es el progreso. Así que dejémosle entonando patético su solus ipse y tengámosle compasión, pues únicamente los locos y los necios creen que sólo ellos existen. Tal vez son, como Descartes, creados por un genio maligno que los fuerza a dudar de todo y de todos, a no admitir el ser de nada más que el de su yo pensante, declarando el mundo un lugar de fantasmas y apariencias cuyo transitar es martirio para la vista, confusión para el entendimiento, zozobra para el alma. No es de extrañar que, ahítos de sí mismos, pues toda ración sacia cuando se repite, un buen día expelan de sí el dolor en forma de piedra, y que en esa piedra, como ensalmo de salvaje, vean al mismo Dios.

Aspiremos hondo. Miremos en derredor.

Nunca lo hiciéramos. El paisaje todo de España está hoy cubierto de piedras. No de ruinas, no de iglesia carcomida, caserón derrotado, fachada a medias, torre vencida o lienzo solitario, sino de esas piedras del alma. Es un lugar donde “la existencia del otro constituye una dificultad y un escándalo para el pensamiento objetivo”2. Como la dificultad se ha vuelto insalvable y el escándalo mayúsculo (virtud de la susceptibilidad puritana que padecen los inquietos), el hombre de hoy, siquiera para sobrevivir a tal desorden, se vuelve hacia el Estado como el indio giraba la vista hacia el tótem: para encontrar en él la ultima ratio, el motor que mueve sin ser movido, para que sea su última reserva de fuerza mística, de realidad efectiva, para que supla la debilidad instrumental del que duda de todo menos de sí con una vis plenipotenciaria, universal, ciega, impasible, inalterable; para que el mundo no tenga centro, que es cosa incierta de situar, sino para que el centro tenga mundo al que someter a su invencible gravitación.

Volvamos al paisaje, en un intento de huida.

Y, en consecuencia, un país honroso. Como en Roma, hubo un tiempo todavía cercano cuando no se distinguía entre un lugar de paso y un locus sagrado. Ambos eran uno; coronas de difuntos jalonaban caminos y sendas, cruces dolientes de caliza o granito contenían el alma de los muertos en tránsito, bajo el calor castellano o la cellisca pirenaica el conductor de un Gordini dejaba atrás a una familia enlutada, compungida, caminando por el arcén para llevarle flores a su muerto accidentado. Como en la Vía Apia, que fue una vez la Vía Sacra, pero con el desgaste del tiempo y en carretera secundaria.

Nada de eso queda ya. Sin ir más lejos, en la vía insanta que conduce al pueblo donde escribo el Estado usurpador ha instaurado, donde antes había una y privada, 1.547 señales de tráfico. La que hubo era, lo habrán adivinado, una corona de muerto. Esa razón, 0,00064, es la nueva divina proporción, no áurea sino funérea, el nuevo número de la Bestia. En la España de hoy, Vermeer quedaría horrorizado al no encontrar rincón alguno done plantar el caballete. Es cosa bien triste, porque Dalí tenía al holandés en la más grande estima, y Proust decía de él que había pintado el cuadro más bonito del mundo: la mansa Vista de Delft, en óleo sobre lienzo. Con un poco de buen gusto en la construcción del paisaje y menos ambiciones de modernidad, bien podría ser Zamora a orillas del Duero.

Más no desespere el vedutista porque todo tenga que mudar. Si el aciago progreso detesta la piedra, el polvo, el meandro, la tetera, el sofá tresillo y la encinada es porque en ellas ve a su mayor rival. Siempre le quedará su propia casa que pintar, y quizá la de sus amigos. Vitrinas, baúles, cristaleras, paños, joyas, lomos de libro, le darán mejor motivo que la vista desde su ventana. Ya se encarga un apremiado concejal de enviar cada mañana una cuadrilla funcionaria que a eso de las seis va soplando con toberas las hojas caídas. La calle quedará como nueva; el Tiempo será expulsado; la estación y su pudrición vegetal, prohibidos; sólo permanece la misma calle desnuda e higienizada con solubles degradables, para que de ellos tampoco quede rastro alguno. Una calle indistinguible de sí misma si no fuera por el tránsito del sol, repetida cada día del año sin cambio aparente, una maldición visual, y el tufillo que deja en el aire la adoración al dios menor de lo salubre. Eso es lo que el progreso deja al viandante, sea o no pintor: el paso nocturno de un carro blindado con toberas, y luego, nada. Ya no podemos decir, con Brodsky, que hay lugares en que la historia es insoslayable, como un accidente en la carretera, lugares donde la geografía provoca la historia3, porque ese carro de limpieza también ha barrido la corona del muerto.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent.

A 29 de Diciembre de 2017

Vermeer-Vista de Delft

 

Referencias.

1.- Libro de Daniel, capítulo 13.

2.- Merleau-Ponty, Maurice. Fenomenología de la percepción. Altaya, Barcelona 1999.

3.- Brodsky, Joseph. Menos que uno. Altaya, Barcelona, 1995.

 

 

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La bestia en el estadio

Una reciente iniciativa popular busca recoger firmas para promover la prohibición de lo que con un macabro eufemismo anglosajón hoy se llama “comportamientos inadecuados” en los campos de fútbol (*). Pasamos a comentar con brevedad y santa reacción esta nueva jugada de nuestros puritanos.

El árbitro es la ley en el campo de juego. Su vestido negro remite a la impasibilidad y a su naturaleza plenipotenciaria: como la de los agentes ordinarios, que visten de oscuro, representación de la venda en los ojos que lleva la justicia emanada de la Revolución Francesa, que pese a su éxito nominal no es la única forma posible de justicia. Aunque ya nadie lo recuerde.

            Quizá fueron las películas de cine mudo las que mejor entendieron el aspecto mecánico, ciego y torpe de la ley, y por eso presentaron a sus agentes como a personajes risibles, incapaces de comprensión más allá de la rigidez del código y perfectamente ineficaces para resolver nada. La policía recibía, en consecuencia, la burla del público. Al malvado que ataba a la chica a los raíles de una vía de tren, se aprestaba a cortarla en dos con una sierra o la sumergía en un bidón no le caía el escarnio que por su vis inhumana se vertía sobre los ejecutores de la ley.

            La categoría progresista “violencia” es hoy en día la peor forma de violencia contra la persona. Una forma rápida y eficaz mediante la cual la sociedad, ese monstruo parcheado de derechos en el que se ha convertido la sociedad, se hincha de probidad, que es el reactivo totalitario por excelencia. En ese saco cabe todo; no lo olvide quien reclame firmas, y no tienen fondo. Alguien, que naturalmente no seré yo, pedirá un día que le prohíban a usted, y mucho antes que a usted, a mi. Porque se empieza censurando el diccionario y se termina declarando no-personas. Y a eso ya hemos llegado: incluso se mata en las calles en nombre de la pureza.

            Mi firma, invisible e inútil, es para librar el estadio de fútbol (balompié) de puritanos. Para que la ley afrancesada encuentre un lugar de resistencia, un terreno en el que su naturaleza brutal, populachera, quede expuesta y reciba contestación. Que en el estadio cada cual pueda seguir gritando lo que desee, en lugar de convertir la grada en un lugar policial más donde en vez de a guerreros dando patadas al balón el publico acuda a espiarse entre sí y ganar crédito social señalando al disidente. Y ya de paso, que cada cual pueda seguir llamando al árbitro todo aquello que se le decía hasta hace poco y que ahora se desea prohibir, y a grito pelado: cuervo, cucaracha, Mortadelo, matasuegras…

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A14 de Diciembre de 2017

en Alicante.

 

malo cine mudo

(*)https://www.change.org/p/a-la-real-federaci%C3%B3n-espa%C3%B1ola-de-f%C3%BAtbol-proteger-el-f%C3%BAtbol-infantil-de-la-violencia-en-las-gradas/fbog/17837579?recruiter=17837579&utm_source=share_petition&utm_medium=facebook&utm_campaign=autopublish&utm_term=share_page

 

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