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Monthly Archives: febrero 2018

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Soledades

A eso de las ocho me ha despertado un vocerío abrupto borrado de vez en cuanto por punzantes cuchilladas de electricidad estática. Un speaker con la voz destruida por Dios sabe qué noches tremendas prueba el equipo de sonido de no sé qué carrera que organiza el municipio, con salida y meta en mi portal. Hay, puestos durante la noche, cien banderines reflectantes, paneles publicitarios, vallas delimitando calles y un pequeño templete donde afina un grupo con nombre de película ochentera. Al cabo de una hora los participantes llenan hormiguescos esta vía que apenas puede con la sorpresa de verse con tanta vida.

Hay miles, miles de corredores. Desde viejos de ultratumba a niñas de biberón, alumnos flacos de instituto, extractos de cábila mora o cristiana, dueños de obrador, profesores de instituto por docenas, secretarias de alcalde, bedeles, empleados del polideportivo no se pueden contar… y la carrera empieza con un agrio ¡Vamos San Vicenteeeeeee! curado por la formidable resaca del speaker.

Cuando la banda entona La chica de ayer el primero de la horda cruza la menta. El goteo continua durante casi una hora hasta que el último pasa el trapo para alivio del retén de la Cruz Roja, que amenazaba ruina por actividad cesante. Pues ocurre que todos aquí rezuman salud. Ni una pájara, ni un desfallecimiento, nadie con rampas. Miles de atletas más o menos incompetentes han llenado la calle con una plena exhibición de salud que, sin embargo, por su extraño y fluido transcurrir causa una cierta desazón. No hay salud sin enfermedad. Asciende por mi espalda un breve relámpago eléctrico, una alerta nerviosa instintiva. Semeja la del frío automatismo del que informa el deambular de un insecto.

Soy nostálgico por naturaleza, qué le voy a hacer. Y siendo así he recordado las carreras populares de mi juventud. En ellas, entre un más o menos magro gentío atlético y a falta de cien para la meta no tardaba en saltar las vallas de cerveza Mahou ese grupo de estudiantes borrachos que arrastraba su bulla resacosa en contradirección. He echado de menos al dueño del bar del pueblo repartiendo bocatas de longaniza en la meta, al grupito de casadas abanicándose el escote y saludando a paso lento por el centro de la calle; al campeón local, que siempre llegaba ahogado; a la estrella provincial ya cuarentona moviendo su asentada goliardez con grande sofoco disimulado; a la promesa de instituto, aunque lo suyo fuera el sprint; al grueso del club local, que ni llegaba ni nunca llegaría a nada y a quienes su admiración por los grandes y un tesón a prueba de fracasos volvía grandes a su manera; al tonto del pueblo, que en días como hoy iba recorriendo aceras feliz y parlanchín, interpelando a todo el mundo con sus descosidas razones.

Nada de eso vi hoy. La carrera empezó y acabó con gran competencia de organización, ningún incidente destacable; la primera chica recibió más aplauso que los cincuenta primeros hombres, y al cabo de hora y media la calle estaba vacía. Ni rastro de que allí había habido una carrera; ni un papel, ni una mancha en el suelo, ni un dorsal caído u olvidado, nada. Sólo, y probablemente sólo para mi, esa desazón de la que hablé, que deriva conforme avanza la tarde en una cada vez más profunda sensación de soledad. En esa carrera todos se lo tomaban muy en serio. Es un automatismo de estos tiempos confundir salud con hipocondría. Señor, qué sopor de época, qué civismo tan frío, qué sopor… Mejor dejo de escribir: me está pudiendo la nostalgia.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En San Vicente del Raspeig

a 25 de Febrero de 2018

arbsole

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Muerte en el museo

La fotografía que acompaña esta nota muestra la maravillosa Villa Josefina, casa de campo que figura en la novela La Tierra del Grajo, antes de que se convierta, por arte municipal y ordenanza de progreso, en museo de sí misma, en edificio administrativo, en koljos o en checa. Planes semejantes ya están previstos1, por lo que tan solo cabe esperar su ejecución, y con ella, la de la casa.

Sita en el municipio de San Vicente del Raspeig, provincia de Alicante, se trata de una de tantas quintas de recreo que a principios del siglo XX gozaron de plena vigencia en la huerta alicantina y de cuyos cadáveres viven hoy en día no pocos estudiosos de universidad y asociaciones dizque culturales, todas ellas adscritas, y lo llevan por bandera, a un lema ideológico de moda: la gestión de la memoria y del patrimonio.

La excusa formal para proceder al intento de expropiación de esta y otras fincas es la expresada en la creencia de que la casa es patrimonio del común. La idea es original en su simpleza. Vienen a decir tácitamente que poco o nada importa el capital, el trabajo y el buen gusto que sus dueños y constructores hayan invertido porque casa y huerta, que durante decenios no han importado a nadie como no fuera para reclamar su demolición (por antigualla burguesa) han despertado el súbito y supuestamente espontáneo interés de las gentes del pueblo, apercibidas ahora de su hermosura y de que, presos de las materialistas urgencias que impone el incesante ejercicio del progreso al que sirven, la casa constituye el único y mejor recuerdo que les queda de una vida más reposaba que si algo rechazaba por principio era precisamente el ideario del progreso.

El pueblo de San Vicente, contagiado de progresismo y de revolución, no tiene tiempo para detenerse en recordar nada de sí mismo mediante unas formas que extrañamente dice añorar: el paseo dominical rambla arriba, rambla abajo comentando los pormenores de la semana, los noviazgos previsibles, los decesos repentinos; el marujeo en el mercado, donde el chisme rivaliza en rigor informativo con el mismísimo dato y el tono de confidencia bien fundada supera en exigencias formales al propio método científico; la cansina charla del consejo de ancianos en la plaza del chopo, plaza que ahora circunda una coqueta rotonda y consejo que el ayuntamiento ha disuelto y trasladado de manera permanente a la residencia municipal de la tercera edad, regida no por los secos y sancionadores golpes de los gayatos contra el suelo de tierra sino por el infantil griterío de un animador titulado. Y como el pueblo no tiene tiempo para recordar, qué mejor que entregar el ejercicio de la memoria a un concejal (o a un miembro de una OG) acreditadamente ideologizado, provisto de un buen sueldo y un presupuesto que le permitan depurar de la memoria toda esa paja de los días del pasado que uno tendría cansinamente que desbrozar si quisiera traer a las mientes la imagen de su abuelo recogiendo aceituna o plantando pimientos vestido con traje raído de huertano; y que a la manera progresista, con eficacia y concisión, nos ofrezca una síntesis de nuestra propia vida, de la de nuestras familias y de la del pueblo mismo al módico precio de un par de euros que costará la entrada del museo al efecto erigido. Mas impuestos. Mas los presupuestos antedichos. Mas contratas y materiales, y así un suma y sigue interminable que, como toda obra estatal que se precie, aunque la llamen pública, se hinchará hasta desangrar las arcas que la nutren.

El presupuesto de que Villa Josefina es patrimonio común es falso e interesado, y así vicia todo razonamiento ulterior. En rigor, todo patrimonio es la riqueza de los muertos, y no la herencia de los vivos, como aclara Ernst Jünger. En consecuencia, sería patrimonio vagamente común (pues su valor y su alcance dependen del aprovechamiento que cada uno le diera) el disfrute de la vista de la casa, de su huerta, de sus setos de cipreses y olivos recortados contra un cielo despejado de edificios-dormitorio, el del camino de tierra que a ella conduce libre de señales de tráfico (cuya principal servidumbre es la de obligar la atención de viandantes y conductores hacia el Estado, manifestado aquí como el Municipio Vigilante) y, afinando, el goce de los aromas emanados por cipreses, pinos, buganvillas y sembrados o el sabor, una vez comprados en el mercado del pueblo, de esos perfumados tomates de Muchamiel que pequeños, oliváceos y rugosos concentran el sol en su simiente y lo entregan en el rito de la masticación. Todo lo demás es propiedad privada. Expropiarla con la justificación del supuesto disfrute común de su recuerdo es robar, sencillamente robar, y ladrón dice el RAE que es quien latrocinio practica.

También anda no poco errada la justificación de que mediante la expropiación de las cosas más notables del pasado se garantiza la memoria popular, pues el Estado sólo se recuerda a sí mismo, como queda de manifiesto en el empeño por apropiarse de toda obra particular y transubstanciarla en edificio administrativo. Administrar el recuerdo que para mi generación y para las sucesivas hayan dejado la casa y sus tierras no deja de ser asunto extraño, porque el uso para el que fue construida (casa burguesa de recreo con huerta aneja subarrendada) lo desprecian por cuestión ideológica, y porque desde que uno tiene memoria la huerta la ocupa un saladar impenetrable, alto hasta la cintura, cipreses y pinos padecen marchitamiento, carreteras erizadas de señales de tráfico y polígonos industriales rodean la propiedad, y los únicos aromas que desprende la parcela son los del alquitrán recalentado, los de los tubos de escape y el del polvo de la cementera que cubre el pueblo desde hace más de cien años con su pátina insalubre. Cosas todas traídas en nombre del progreso que abanderan los administradores del recuerdo de tiempos que, paradójicamente, reconocen como mejores y de más belleza paisajística, arquitectónica y hasta de usos y modales. Aquellos de natural benevolente o los que posean una firme convicción católica no podrán sino compadecer a quienes padezcan de la confusa racionalidad progresista.

Y sin embargo, en medio de tanta grisura y tanto fárrago encontramos una luz, un hito, un punto de apoyo inamovible aunque sea ex negativo. Favorecer unas condiciones económicas y una reglamentación urbanística que permitiera a los legítimos dueños dar nueva vida a esas casas y a esas huertas que tanto dicen amar los del pueblo (hasta el punto de voluntariamente desangrarse a impuestos para posibilitar su embalsamamiento) es la idea más inconcebible para un progresista o para un revolucionario. De ponerse en práctica perderían vigencia su progreso y su revolución, y ellos mismos perderían el sueldo munícipe o el cargo en la OG patrimonial, y con ellos la posición de predominio moral que tanto les ha constado labrarse. Es mejor construir un museo. ¿De qué? De la casa. ¿Sobre qué cimientos? Sobre la casa misma.

La museística equivale hoy en día a la necrofilia. Todo objeto en un museo, ya lo vieron Benjamin2 o Calasso3, queda inmediatamente neutralizado: su uso y su radiación son respectivamente prohibidos y contrarestados por el conservador del museo, que por medio de la ciencia ejerce unas funciones sacerdotales inversas a las tradicionales, pues si durante cuarenta mil años el hombre ha cuidado de preservar reliquias porque en ellas residía la vida misma (más aún que en el germen de la embarazada porque la reliquia era recipiendaria de traditio) ahora el nuevo sacerdote debe a toda prisa y a cualquier precio cortar el continuum de la historia con el presente incesante (superior, luminoso, materialista) mediante la reducción de la traditio al estatus de anécdota etnográfica. Sólo más tarde será posible proceder a la destrucción de la singularidad de la pieza mediante su reproducción en todas las formas posibles, desde copias en escayola a llaveros de plástico. La pérdida de unicidad es una categoría de segundo orden, asunto sobre el que Benjamin pasó de puntillas pero que Calasso supo deslindar y apuntalar.

El edificio conceptual y práctico levantado por las distintas facciones de los abanderados de la revolución en cualquiera de sus grados tienen más grietas que el rostro de Víctor Hugo en ese retrato en el que aparece más como un anciano cazador de la taiga que como un escritor de novelas románticas, con la mirada incisa en el observador (la presa), los brazos cruzados (signo de sapiente contención) y vestido con algo que parecen cueros de oso. Vivir sin nada detrás es imposible. Eso lo sabían mejor que nadie aquellos ideólogos materialistas que forzaron la rotura de la traditio para situar al Estado como única fuente de las transacciones de la memoria. Y vivir en una parodia del Origen (la del Estado-Partido como fuente de Todo) no sustenta más que el futuro derrumbe del constructo. Ya ha ocurrido antes. La historia reciente de Europa está saturada de esos cascotes.

Antes que someter las fincas alicantinas (o cualquier otro objeto) al formol progresista es preferible dejar que mueran su propia muerte. Cabe a este propósito citar unas páginas de Patrick Leigh Fermor. En ellas cuenta cómo, en no sé qué orilla del Danubio, había una soleada ladera en la que descansaba la ruina de un castillo. Al parecer, los villanos del pueblo cercano tenían por costumbre dominical subir a la ruina a tomar la merienda, a disfrutar del tibio sol de primavera y a contemplar la vista, y todo ello no por sí mismo, que lo podrían hacer en cualquier otro lado, sino porque en los cascotes de las torres y entre los cardos de los lienzos caídos residía, decían ellos, la memoria mejor del pueblo.

Semejante lección no entraría ni con sangre en las duras cabezas de nuestros iluminados redentores. El destino que aguarda a Villa Josefina es negro, y recuerda en todo el que padeció la casa de Vladimir Nabokov (igual de arrugado que Víctor Hugo pero de hábitos de caza más sutiles), que fue expropiada y convertida en koljós por la iletrada horda revolucionaria con gran aparato de propaganda: el suelo para el pueblo, repartir habitaciones entre los necesitados, librar al servicio de la esclavitud de sus amos, etc. Cuenta Nabokov cómo, pasados unos años, volvió a encontrarse con el ama de llaves de la propiedad, quien ya desdentada por la rigurosa dieta de caldo de nabos ofrecida por la sección de Salud y Producción del Partido se lamentó ante su antiguo señor diciéndole cuánto añoraba sus días de servidumbre, pues el trabajo que antes hiciera en la casa a cambio de cobijo, sueldo y tres comidas diarias lo había seguido haciendo durante toda la Revolución multiplicado por dos a cambio únicamente del orgullo de saberse bolchevique y liberada.

Villa Josefina acabará tarde o temprano convertida en Centro para la Juventud, en Oficinas para la Supremacía Femenina, en ese antagonista radical del paisaje cultivado y del mercado libre que es el huerto urbano municipal, en paredón de articulistas. O puede que en museo de sí misma. Si fuera esta la vía escogida para su liquidación cabría preguntarse cómo hubiera quedado su historia si en lugar de un servidor, con sus modestos medios, hubiera sido Agatha Christie quien la hubiera contado, mujer de rostro dulce, graciosamente libre de las masculinas arrugas de los otros escritores y a la que no se le conocen hábitos venatorios. Quizá hubiera escogido para el título algo menos elusivo y oscuro que La Tierra del Grajo, del que no se sabe si precede a un tratado de horticultura o a un poema fundacional escandinavo. Puede que, apegada a su traditio, hubiese titulado la novela Muerte en el museo, y no dudo de que hubiera sido su libro de más éxito, pues, ¿cuántos de sus desconcertados lectores hubieran imaginado que el asesino era el museo?

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante.

Casa Josefina - La Tierra del Grajo (Editorial Verbum, Madrid 2015) - José Antonio Martínez Climent

Bajo, la idea que del paisaje y la “conservación del patrimonio” tienen nuestros Redentores, una vez aprobado un campo de algo llamado “paintball”. Villa Josefina, al fondo.

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La vieja huerta, la pinada y la casa al fondo, tras la horda al parecer capitaneada por alguien vestido con traje de cerdo rosa.

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En lugar de huertos de olivos, algarrobos y granados, el paisaje lo distrae ahora la vista de alguien vestido de cerdo rosa.

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REFERENCIAS.

1.- Entre otros:

* http://www.raspeig.es/uploads/ficheros/arbolficheros/descargas/201311/descargas-catalogo-de-bienes-y-espacios-protegidos-es.pdf.

* http://www.diarioinformacion.com/alacanti/2012/05/22/san-vicente-otorgara-proteccion-cuarenta-edificios-espacios/1256240.html

* http://www.diarioinformacion.com/alacanti/2015/07/26/rehabilitacion-villa-josefina-inicia-proyecto/1659409.html

* http://costacomunicaciones.es/el-raspeig/actualidad/la-propietaria-de-la-villa-josefina-invierte-11.400-euros-en-su-conservacion-y-restauracion/

* http://www.raspeig.es/actualidad/el-ayuntamiento-ordena-la-restauracion-de-un-caseron-del-siglo-xix-a-su-propietario-tras-su-inclusion-en-el-catalogo-de-bienes-protegidos/

* http://www.diarioinformacion.com/alacanti/2015/07/26/rehabilitacion-villa-josefina-inicia-proyecto/1659409.html

 

2.- Iluminaciones II. WALTER BENJAMIN. Editorial Taurus, Madrid (1988)

3.- La ruina de Kash. ROBERTO CALASSO. Anagrama, Barcelona (1989).

 

 

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