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Chinoiseries

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No. No son series de chinos: ni puestos en línea ni de televisión. La chinería, por mucho que sea palabra en desuso, viene a cuento de que esta mañana he recibido un folleto publicitario sobre los beneficios que a mi vida traería hacer un curso intensivo de aikido, un arte de lucha de esos que precisan de kimono blanquinegro (como el antiguo equipaje del Salamanca pero de corte anguloso) y de poco más, porque a lo que se ve con poner cara de póquer (a la oriental, a saber, rasgando mucho el ojo, sin delatar en el rostro ni intención ni pensamiento) y estar presto, con eso basta.

Vale, ya sé que el aikidō (合気道、合氣道) no es cosa propiamente chinoiserie porque es arte del Japón, y los del Sol Naciente no es que se lleven fetén con los de la Sombra de la Muralla, pero miren, en eso de dar pataditas sutiles y de hacer posturitas de vacile (como los niños a la salida de la matinal del sábado después de ver dos seguidas de Bruce Lee) no es que vaya a parar en distingos. Además, dudo de que los adeptos, por su prurito de globalización de gentes, pueblos e ideas, opongan resistencia metodológica a mi heteróclita mezcolanza. Por chinoiserie y sus peculiares sinónimos de facto me referiré en adelante a esa imposible pero eficaz mezcla de budismo, hinduismo, artes marciales y algún que otro ismo más que no adelanto que circula como moneda de curso legal. Dejaremos entonces el arte de la japonierie para la obra de aquellos aventureros del siglo XIX que so capa de hacer reportajes periodísticos sobre las nuevas tierras de Oriente cartografiaban las defensas naturales o militares del país, destejían su cerrada urdimbre diplomática y establecían las primeras postas comerciales de Occidente con la garantía de unos permisos que los consejeros del Emperador fingían dar a regañadientes.

Fue precisamente por la vía de los reportajes como se introdujo en Europa la concepción idílica de Oriente que aún hoy persiste. Fotógrafos y reporteros enviaban a las redacciones de sus periódicos materiales selectos que pudieran satisfacer por desconocidos o variados, el ansia de novedad que todo diario impone a sus lectores, sustrayendo a su vista todo lo que había de ordinario y hasta de común. William Sunders o John Thomson relatan cómo la iluminación y los encuadres de las fotografías debían responder a la intención de mostrar a Oriente bajo el aspecto del exotismo y la delicadeza incluso en sus retratos de ajusticiados, ofreciendo tanto como fuera posible amplias vistas de jardines, laderas, albercas y palacios siempre embebidos en esa emulsión de luz de amanecer ambarina y polvorienta que acentúa la distancia y predispone al ensueño. Sólo se escogían para publicación aquellas composiciones que destacaran lo que en las redacciones se había pactado como lema comercial del nuevo mundo: la armonía. El pretendido interés del europeo de tropa por Oriente, por su estilo de vida y por su “filosofía”, tan manoseado por los adeptos al materialismo histórico, no fue más que un constructo formulado en las redacciones de los diarios de mayor tirada. Aunque poco importa al estudioso ideologizado que los materiales con los que construye la Historia sean tan pedestres.

 Cabe decir que hubo precedentes, puesto que esa rigidez de cuello que hace que ningún pontevedrés, baturro o cesaragustino pueda ir a comprar el pan sin dejar de mirar hacia el Este la padecieron primero viajeros de fortuna y hasta solemnes cátedros teutones. Entre los primeros destaca un tal Cörosi, húngaro emigrado que vivió largo tiempo en el Himalaya, justo hasta que sintió esa punzada pedagógica propia de todo orientalista que le hizo volver a su pueblo para traducir y publicar un primer libro de enseñanzas tibetanas llamado Kagyupa. No podemos más que imaginar el interés con el que el campesinado magiar debió de recibir la obra. Entre los segundos se pone a la cabeza nada menos que el alegre y patilludo Schopenhauer, quien seguramente necesitado de variedad tras empaparse de la poesía gnóstica y de la mística cristiana se hizo todo un esguince de cuello al girar brusca y definitivamente la cabeza hacia Oriente, así fuera sin salir de su despacho. Y es que don Arturo veía en los cenicientos y esqueléticos ascetas hindúes o budistas a los nuevos sacerdotes que por la vía de la práctica impartirían su apesadumbrada doctrina no ya en los púlpitos de las flamígeras catedrales góticas sino en las esquinas de pedir de cualquier villorrio europeo. Como en todo hay élites, hasta en las chinoiseries, Schopenhauer se deleitaba en la imaginación de una Europa sobrenadada de ascética y empobrecedora sabiduría oriental mientras él seguía disfrutando de los merecidos y europeizados beneficios de su posición de pensador, puesto que para ejecutar la ciencia del médico ya están los barberos.

Dirán ustedes que pese a lo dicho Europa necesitaba de un arte sutil de combate, que tanto hachazo carolingio, tanto aceite hirviendo vertido desde fortificada almena y tanta catapulta eran cosa ya un tanto grosera y de mal gusto. No crean. En punto a causar desgarros, cortar miembros, producir quemaduras y volar empalizadas esos orientales de cromo a los que ustedes tanto adoran eran gente avezada; diría que incluso aventajada respecto al europeo de a pie de cualquier siglo pasado. Digo pasado y no presente porque el único aceite hirviendo que ustedes vierten ahora es el que les manda cualquier chef de moda abocar a la basura (a la orgánica, por Dios), vestido de austero blanco y negro (como el maestro de aikido) y cantador de las virtudes del sushi por encima del mejor estofado de mero. De la brutalidad a la que se entregaban los tatarabuelos de sus budistas de cabecera da cuenta todo un repertorio de carros con garfios, lanzapiedras de torbellino, trabucos de tracción móvil, ballestas triples, carros con cuchillos, palomas incendiarias o manteletes móviles, armamento de asedio y derribo que durante las interminables guerras feudales debió de hacer de justo y equilibrado contrapeso al mandato budista de inacción y sosiego, aunque bien mirado nada decía de clavar cabezas en picas o de quemar al prójimo con una lluvia de pólvora. Con enviarlo al nirvana por la vía rápida, todo arreglado.

Pero donde la opereta orientalista alcanza su punto álgido es en la fundamentación del combatiente. Al samurai (en cualquiera de sus modalidades, que no son pocas) se le supone la más alta sensibilidad poética, siempre viajando con ese bártulo que contiene junto a la piedra de amolar un pergamino de arroz y una fina pluma de ganso, con la que sentado junto a una rumorosa cascada y refrescado por la sombra del bambú escribirá unos simples haikus que te harán olvidar de una vez y para siempre esos versos gregorianos que jamás estudiaste en la escuela estatal de tu pueblo, todas las églogas que nunca leíste y hasta las serranillas del Marqués de Santillana que malsanamente aún resuenan de un dictado de la E.G.B. Qué rudo y desagradable resulta por comparación ese caballero juramentado al Cristo, armado con un espadón de dos metros y provisto del gay saber que cruzaba las densas robledas francesas en busca de damas que salvar y príncipes a los que servir. Puag.

Amén de poeta, el samurai prototípico (ya sea el medieval o el ejecutivo de multinacional que acude dos horas por semana al dojo2 del barrio) debe ser hombre de un honor impoluto, siempre más atento al código que a los pormenores de la batalla así pierda un brazo por satisfacer la norma. Es timbre de gloria de todo maestro y de todo aspirante que su sometimiento a los preceptos del bushido sea imperfectible. Pero ocurre que manzanas podridas hay en todas partes, y los huertos imperiales no iban a quedar libres de gusanos. La literatura medieval amarilla está repleta de historias de samuráis venidos a menos por avaricia, por envidia, por gula y hasta por lujuria, de relatos de señores traicionados a cambio de unas pocas monedas, de niñas violadas por monjes guerreros, de pueblos sometidos a la brutal férula de mafiosos a la siciliana armados con katanas, de guerreros devenidos salteadores de caminos sin escrúpulos por la pobreza o por el virgo ajenos. Pero la figura que más llama la atención dentro del degradado panteón del samurai es la del guerrero que habiendo perdido a su señor es incapaz de cumplir con el mandato de rajarse las tripas, y así vaga como alma en pena por los caminos en busca de un nuevo señor al que servir. Un guerrero que ante todo teme morir, capaz de sobrevivir a cualquier precio, incluso al de incumplir su más alto juramento de honor y servidumbre. Y sin embargo el rōnin constituye el ideal guerrero para todo aquel que asiste a las clases de aikido tanto como para esa no ya media sino casi entera Europa que se entrega al blando ensueño narcótico budista. Europa tiene por nuevo ídolo la figura de un cobarde, un miserable, un hombre sin honor. No puede resultar extraño que triunfen en España versiones aligeradas del Quijote, que a la degradación del leguaje añaden la negación de los ideales caballerescos.

En materia de honor Europa ha producido igual cantidad y calidad de códigos que China o Japón, y como Oriente también goza de nombres de prestigio y de manzanas podridas. Desde el caballero Lanzarote al tirador de salón la gradación de sutilezas y sensibilidades honoríficas ha dejado también un amplio repertorio de figuras que al europeo converso no pueden sino parecerle desviadas y groseras. Desde el litigio resuelto por la vía del Mensur alemán hasta la deuda saldada a navajazo limpio en la serranía andaluza hay toda una nomenclatura del honor de la que Europa ha renunciado amparada en una crítica a sí misma promovida por Carlyle, Hume, Mill, Marx, Freud, por legiones de párrocos anglosajones o luteranos, por sangrientos revolucionarios franceses, por ilustrados con aires universalistas e intereses particulares, por cátedros de bufanda al cuello y zurrón al hombro convertidos en esos sacerdotes ascéticos de los que Nietzsche advertía como predicadores del instinto de sumisión. Qué mayor sumisión que el suicidio intelectual y qué mayor postración que la de la contemplación del vacío, de la extinción, del nirvana. Sólo uno entre los nuestros supo renunciar a las seducciones neutralizadoras de Oriente cuando una tarde parisina y nublada afirmó: “El nirvana sí, pero con café.”

No de menos sustancia para el achinado es el asunto de la meditación. Un caballero samurai, así sea de Fuenlabrada, no debe reflexionar, que eso es cosa atrasada, escolástica y de escaso alcance (y además, resuena a genuflexión, y un samurai de pro debe promover un sano e higiénico laicismo), sino dar vueltas y vueltas no en torno al fenómeno sino a la sustancia, y la sustancia es el yo. “¿Cómo soy yo que hago tales cosas?” “¿Por qué le di con el Jō ()1 en la cabeza?” son preguntas habituales en la meditación del aspirante y del maestro. El europeo irreflexivo, por imitación del amarillo prudente o del hindú piernicruzado, pasa el día meditando, sumido en una suerte de llevadero trance introspectivo que le permite comprar por internet sin errar el número de cuenta, atender a las ofertas de pescadilla del mercado, pasar en verde los semáforos o repicar noticias sobre gatos huérfanos sin desatender la exigente contemplación de los límites y contradicciones del yo. Uno esperaría que de tanto tiempo y de tanto personal dedicado a rumiar el tema favorito de uno de nuestros mejores cómicos, Sigmund Freud, hubiera salido una obra tan monumental y de tal alcance sobre los fundamentos de la persona que dejase obsoleta toda la filosofía producida por veintisiete siglos de reflexión, desde Heráclito hasta Nietzsche, desde Epicuro a Azúa; y sin embargo la obra cumbre de semejante inversión de fuerza intelectiva es… el libro de autoayuda. Ya el palabro disuade de acercarse al género, pero conocer la pedantería y el engreimiento que millones de europeos invierten en semejante memez (que no es más que una suerte de catecismo laico de la nueva religión, el Conductivismo) horripila y dispone a las armas, más aún si a la pedestre jactancia de sus monaguillos se añade el insufrible y censor proselitismo que ponen en práctica los supuestos y pacíficos meditantes.

La literatura del yo-a mí-me resultante de esa risible pero eficaz mezcla de conductivismo leninista y orientalismo afectado se ha convertido en pocas décadas en el género universal y unificador, capaz de permear cualquier obra que se produzca hoy en día en el planeta Tierra en virtud de una obligación de estilo que llaman transversalidad. Hay días que no gana uno para palabros. La susodicha y cacofónica transversalidad puede mejor formularse en términos ya propuestos por Calasso, a saber, los de la yuxtaposición, que se entiende como la pérdida forzosa de unicidad del acto, del objeto y hasta de la persona, la cesión irremediable de la singularidad, la obligación de superponer a Todo una causa y un propósito externos de orden ideológico que acabará por reducirlo Todo a Nada, quedando finalmente la perpetuación de la ideología como único objeto-sujeto mundial. Vamos, que si usted se pinta los labios a la vez debe dedicar el gesto a una que le tocaron las rodillas en Hollywood; si se come una paella en un chiringuito de playa es forzoso que proclame su solidaridad con los afectados por un maremoto, y si sale en bicicleta no puede por menos que ponerse una pegatina contra el cáncer de páncreas.

            Pero no desesperen. No es fuerza entregarse a ese perpetuo e improductivo mirarse el ombligo oriental y deslustrado. Hay en la tradición occidental tantas escuelas para el alma y para la vista como niños vestidos con kimono pueblan a esta hora los dojos ibéricos. Puede uno irse bajo un ciprés frondoso o junto a un algarrobo umbrío y ponerse a pensar en la concentración cristológica de toda la historia (que) es, al mismo tiempo, mediación litúrgica de esta historia y ex­presión de una nueva experiencia del tiempo, en el que se tocan pasado, presente y futuro, porque están inmersos en la presencia del Resucitado a. Claro que eso supondría abjurar de Francisco y proclamar a Ratzinger, y esto conduce, ya era hora, a tomar partido; o por decirlo con mayor claridad: a escoger armas. Puede uno estar al lado del argentino, tan supuestamente austero que ahorra hasta en el título y tan desconfiado de las seducciones de la via pulchritudinis3,b que tiene por timbre de gloria el haberla cegado, abriendo en canal la vía predicationis Verbi3,b por la fuerza peronista de los hechos consumados. Uno siente corregir a tan alto e ilustre, pero en nada es incompatible la práctica de la liturgia en los términos de la via pulchritudinis con la atención a las miserias del siglo mas que en el orbe de la ideología. Bien podía nuestro máximo purpurado ejercer contra la lujuria en casa propia o repartir vacunas en Somalia sin por ello dejar de producir alguna encíclica que otra sobre el gracioso mohín de la Virgen en un Nacimiento del Giotto; nada impide que maldiga a los usureros o señale a fariseos sin perjuicio de ahondar en las diferencias entre caritas y eros.

            La negación de la Belleza, y esto es trágico, la prohíbe la furibunda ideología que parece permear cada uno de Sus movimientos; porque la regla franciscana nada tiene de austero, siendo como es toda una exhibición del boato de la pobreza y de la miseria. No en vano, y este es acierto del oriental, el Tao afirma en dos de sus versos que:

                                   La compasión se obtiene, y da miedo.

                                   Por eso la compasión es humillante.

Se obtiene, se la procura uno, se la dosifica con un fin macabro, tal y como Ciorán o Nietzsche nos advertían que era propio de los cristianos de pez y catacumba. Don Francisco es maestro avezado en las artes de la dosificación de esa compasión utilitaria y siniestra, alejado en todo momento de esa otra idea aristocrática y arrogante de  la piedad que don Friedrich delinease en su Genealogía de la Moral o en Más allá del bien y del mal.

            Joseph Aloisius Ratzinger sí fue capaz de poner en práctica aquella vieja máxima que reza “a Dios rezando y con el mazo dando”, y quizá fue por la alta exigencia que se impuso (la de continuar la limpieza de las mazmorras vaticanas iniciada por Karol Wojtyła sin dejar de asombrase día y noche por la hermosura de las cosas de este mundo) que acabó agotado y abandonando antes de tiempo. Ratzinger atendió la Vía de la Belleza en encíclicas, catequesis, discursos y libros sin menoscabo de repartir escobazos intra y extramuros. Pero quizá avisado por sus vivencias en la Alemania nacional socialista de su juventud de que ir por la vida gritando las propias y populistas bondades es de mal gusto -así sea uno obispo de Roma- lo hizo en silencio, recogido en ese aire de sabio exilado de posguerra que le precede, y con esa voz quebradiza y retraída que en nada se parece a los exabruptos tan de moda en los pasillos vaticanos. Tampoco nada impidió que Karol Wojtyła proclamase la belleza del mundo en cuanto que obra divina con esa sonrisa suya tan tierna, como de forzudo de circo retirado o de obrero de alto horno por fin devenido burgués, y que a la vez iniciase las limpiezas y reformas que para sí se arroga hoy de forma tan codiciosa don Francisco. Obrando así el polaco se ganó las simpatías de medio mundo, tanto que incluso se le llegó a perdonar su condición de creyente, siempre, eso sí, que se comportase menos como un Papa abiertamente repartidor de doctrina cristológica y más como alto funcionario de Consejería de Bienestar Social con una inocua vis religiosa.

            El aikidoka onubense o el budistilla de Almansa, ambos renegados de la tradición (no de la europea, porque Europa es objeto de reciente y ne-fasta creación, sino de la cisterciense, carolingia, veneciana, fenicia, vaccea, teutona, paleolítica, barroca, vaticana…) dice estar provisto de enormes reservas de una belleza de orden más sutil y benéfica que la que encuentran en paisajes, catedrales, serranías, sotos, deltas, juderías, acueductos o peñones, cosas todas que por rudas y atrasadas es mejor apartar al ámbito del entretenimiento del Trabajador en la categoría de ocio (que no otium), subclase Turismo Rural. Solo que la belleza a la oriental consiste precisamente en la extinción de la belleza, porque donde antes había un frondoso soto de chopos o una densa robleda encajada el oriental prefiere unos montones de piedras mondas, o una pequeña llanada de grava dizque cargada de una misteriosa y sedante energía de signo opuesto al de la maleza, cuya telúrica vibración alcanza todos y cada uno de los rincones de ese yo indefinido tras una vida entera de meditación sobre sí mismo.

            Que Europa no ofrece nada en materia de espiritualidad y belleza y que por eso se ve uno en la necesidad de volver la vista a Oriente es tan cierto como lo es falso. No es tanto Europa la que nada ofrece sino esa inane pero eficaz mezcolanza entre marxismo naufragando al leninismo, conductivismo mecanicista policial y no menos  pensamiento utilitarista anglosajón que bajo un sinnúmero de modalidades post, post, post industriales domina toda acción del europeo de calle y de salón, cocktail pseudointelectual del que el buen citoyen presume a cada paso que da y que rige cada movimiento de esa alma que a sí mismo se niega. Mas no se puede adorar a Dios y al Diablo mucho tiempo sin pagar las consecuencias de la doblez. Si uno quiere interactuar con el prójimo (término reservado hasta hace poco para los roces entre la materia inanimada) en lugar de hablar con él, o escucharle, o meterle mano, acabará por cosificarlo (término en desuso, muerto de éxito) por considerarle un material más de los muchos disponibles, como prueba el éxito de esa malhadada fórmula progresista de considerar a toda persona como un “recurso humano”. Si uno quiere ser empático en lugar de simpático, es decir, si uno desea ser el otro en lugar de acompañarle en sus alegrías o en sus dolores, acabará por apropiarse de él. Si niega uno la tenencia de un alma, cristiana, celta, vikinga o panteísta, y la sustituye por la dignidad que le presta el Estado Socialista acabará por considerar desalmado a cualquiera que no comulgue con los presupuestos de dicho Estado. Si usted prefiere abstraerse de definiciones, evitar decantaciones y ampararse en un relativismo relativo a Todo acabará usted por no tener nada dentro. Si prefiere tener en el pasillo unos pintarrajos informes de Miró o de Pollock a una bailarina de Ingres o un manzano de Siegenthaler pronto se habrá vuelto usted tan abstracto como sus gustos. No dice uno que no se pueda ser relativista utilitarista socialista negacionista abstraccionista y desalmado, porque a diferencia de usted uno no es de espíritu tan censor, sino que le recuerda que su doctrina lleva aparejados unos altos precios de los que usted niega ser deudor y que recaen igualmente sobre el prójimo que no comulga. No reconocer deudas porque uno es merecedor de toda dignidad es cosa muy de moda pero también es cosa miserable, aunque ya sabemos que para el utilitarista socialista negacionista abstraccionista y desalmado la culpa de sus males y de sus carencias siempre es de otro.

            Hay más vías que la del Cristo para el europeo ansioso de belleza y ahíto de orientalismo mediocre y premeditado. Puede uno volverse occitano y echarse a los caminos, con o sin corte de ministriles, una vez aprendido el provenzal rimado y la norma métrica oportuna, recitando pasajes de Ausiàs March, Vicenç Foix o Jaufre Rudel. O si ya ha cumplido los cuarenta y esa vida se le hace un tanto hippy puede en lugar de rodar por la Provenza, el Delfinado, Lemosin, Gascuña o por el Reino de Trípoli educarse en decir las Ley’s d’amors en la comodidad de su propia casa e incluso en el sofá de saldo del club de lectura de su barrio, cuya directiva, en lugar de acabar apresuradamente la jornada para irse a repartir patadas y chillidos en la academia de aikido puede constituirse en Consistori del Gay Saber y por ende sancionar las lecturas y las composiciones de sus miembros de acuerdo a derecho antiguo. No me negarán que no es noble propósito enseñar a los amantes [vale decir, a los poetas] de qué manera deben amar, y con cuál entendimiento, y con cuál amor; y para refrenar a los falsos amantes y para eliminar sus deseos abyectos e impulsos deshonestos, de modo que ningún trovador, que sea un fiel amante, sucumba al amor vil o deseo abyecto cNo me imagino yo a un errante rōnin, amargado de tanto rumiar la cobardía de no abrirse el vientre y soñando con un nuevo servicio que le adormezca el pesar, yendo por Roncesvalles, por Despeñaperros, por Villanueva de la Serena o por la Calle de Alcalá vigilante de que no se le escape una rima o de que el honor de una mocita quede más intacto cuanto más se le canten coblastensos y patiments.

Y quien vea en la trovadoría un oficio amanerado y poco viril puede sin más dedicarse al estudio de la construcción de catedrales, al soplado de vidrio italiano o balear, a la pesca en almadraba, a criticar a Brunelleschi, tomar partido razonado por Monteverdi o por Gesualdo, estudiar planos de escafandras, horticultura belga (de esa de mucha geometría y poca hojarasca), balística militar, arte suntuario, música carolingia…

            Hay materiales en este mundo que no sólo interactuan sino que irradian. Como todo dato que trasciende su mero estar, hay en Europa algunos de esos materiales ascendidos al estatus de Figura. La virtud de las figuras es la de irradiar su potencia analógica al mundo; en otras palabras, la de mantener la vigencia del ser por encima de las cadenas causales propias del dato. Ya sabemos que toda escuela utilitarista reduce la analogía a poco más que a un artificio literario producido por una distorsión de la psique, pero allá ellos con su cortedad de miras. Y como el rōnin, por contrario que sea a su naturaleza y por desagradable que sea el resultado, se encuentra igualmente en el campo analógico de las figuras, el combate que de seguido anuncio puede llevarse a cabo en términos parejos4.

            La figura opuesta al rōnin  es el húsar. La diferencia sustancial entre el rōnin  y el húsar reside en que mientras el primero atiende al mandamiento rector de la eficacia el segundo responde al imperativo de la belleza en las formas. Así se parte en dos el mundo. Dan fe los relatos sobre ronins de que estos luchadores deshonrados pasaban meses meditando sobre la precisión del más leve movimiento de su katana para que el golpe, cuando llegara la ocasión, se diera con total economía de medios y causando el mayor daño posible. Por contra, el húsar, tan deseoso como el rōnin de causar el mayor estropicio en las filas enemigas, no concibe mayor descrédito que el de esconder las intenciones y las potencias detrás de un pensamiento reconcentrado y artero. Considera que lo taimado es lo propio del cobarde, y que es de superior naturaleza presentarse ante el enemigo de cara y sin astucias.

            Reza el imperativo occidental que no es posible una belleza duradera y generatriz fundamentada en los principios de la economía, la contabilidad y el ahorro precisamente porque la propensión de la belleza es la de expandirse por el mundo, y eso siempre conlleva un gasto que la norma oriental considera prohibitivo. Por lo que respecta a los usos de combate individuales no hay duda de que los modos orientales de enfrentamiento hombre a hombre (que no cara a cara, dado el imperativo de disimulo) rinden mejores resultados que los de Occidente, lo que equivale a decir que los achinados no tienen reparo en ganar a cualquier precio. ¿Qué precio paga el húsar a cambio de embellecer el mundo con sus líricas declaraciones sobre el honor dañado, propio o ajeno, o con las grávidas y pese a ello efímeras figuras que produce mientras se bate en duelo? El de la eficacia. ¿Qué precio paga el rōnin por su servidumbre a la norma de economía de fuerzas, por su transformar la guerra y con ella al mundo en un gabinete contable? El de la belleza.

            Para mayor descrédito de la escuela oriental, por si fuera poco el que les presta su ímpetu de bajura, contamos en las filas analógicas no sólo con figuras sino también con europeos de carne y hueso que se amoldaron y a su vez dieron sustancia al estatuario del húsar. Así el Feldzeugmeister5 Charles Joseph Lamoral, Príncipe de Ligne, tenido universalmente por una de las personas más encantadoras que jamás haya existido (salvo entre las amargas filas de la intelligentsia europea, lucífuga). Maqroll el Gaviero encontraba en sus Mémoires el solaz que redimía al mundo de sus cargas y miserias. Octavio Bonaccorsi se entregaba ociosamente a su lectura durante sus viajes trasatlánticos. Claudia Occhilupo extraía de su ancha manga de piel de oso un pequeño ejemplar de los Extravíos en su vagón privado del Nevenezia. Curtido en el mando durante la Guerra de los Siete Años y en las batallas de Kollin, Schwinitz, Breslavia, Leuthen, Olmütz, Hochkirch, Thiennendorf y Künersdorf salió de ellas ileso y libre de ese fatal escepticismo que hace presa en aquél que ha visto de cerca y durante demasiado tiempo el rostro de la muerte. Antes bien, de vuelta a los jardines de su castillo en Beloeil, Ligne rememora con sentida añoranza la camaradería con sus soldados, para quienes él es poco menos que un heraldo de Venus vestido con casaca amarilla y plata, las arengas patrióticas, las cargas de la caballería, la jovial fraternidad que inunda los movimientos de la topa en el campo de batalla, el gozo de contemplar a lanceros y granaderos practicar con sus armas en los claros del bosque y luego verlos retirarse a escribir melancólicas cartas a sus amantes y a sus familias, el sincero dolor por los hermanos caídos. Ligne sabe que todo empeño es vano, pero que en todo afán cabe una forma bella. Que escatimar la elegancia que todo lo redime es el pecado peor que pueda cometer el hombre, y que en lo efímero de esa gallardía hay un poso de verdad y de duración. De entre tantas como dejó, quizá no sólo la más pertinente sino la más atrevida sea la forma que creó una soleada mañana de Septiembre de 1778 en los claros de Gezoway cuando cabalgaba junto a su hijo Charles bajo el fuego de los mosquetes prusianos. Viéndolo sonreír al avanzar a todo galope alargó la mano para coger la suya y espoleando un poco más a la montura le dijo: “Sería hermoso, ¿o acaso no?, que nos hiriese la misma bala” d. Su hijo tenía entonces nueve años. Todo un continente podría fundarse sobre esa máxima.

            Así que desatendiendo las formas, el cuidado que el aikidoka pone en la ejecución de su programa responde al precepto de economía que le es propio. Ante todo el aikido es techné, atención incesante a la norma de ejecución prevista en términos de ahorro de fuerza. El aikido es en esencia como esa matemática desprovista de un logos rector que aparecida durante el Renacimiento reduce la materia al orbe de lo demostrable. Su motor inmóvil es la contabilidad, su propósito el de la preservación y fortificación de un yo reducido a su expresión vegetativa filtrado por la doctrina del Buda, extinto de todo deseo en la ambición del nirvana, más atento a perdurar en el mundo procurando pasar desapercibido que a embellecerlo con un opus jovial y expansivo. Así, por ese inane perdurar, la hipocondría es el sello del orientalizado, rebuscador incansable de pócimas, ungüentos y alimentos que sumados a la inacción del cuerpo y del espíritu prologuen la vida un día más que habrá de dedicarse no al disfrute de la prórroga sino a la repetición de la liturgia vegetativa. Así esos maestros de disciplinas marciales que pasan las mañanas en los parques ilustrando a sus discípulos en la inanidad técnica de su arte mientras prescriben varias horas diarias de quietud, a ser posible al calor del sol y con las mientes puestas o en la nada o en ese yo cansino, escurridizo e inaprensible revisitado a cada momento de la existencia.

            Ningún arte, ni siquiera uno oriental, puede fortificar aquello que niega y que ha venido a destruir, y sin embargo el europeo vive en la creencia de que la práctica del aikido fortifica el espíritu contra las adversidades de un modo que nada lo ha hecho hasta ahora, que no hay ni arte militar europeo ni escuela de psicología vienesa que puedan proporcionar el vigor de ánimo que insufla media hora repartiendo palos en un dojo y escuchando las mínimas máximas del maestro, concisas y reconcentradas en sumarias fórmulas dichas a cortantes chillidos6. Esa falsedad encuentra campo abonado donde medrar y propagarse en el desprecio que todo europeo entregado al multiforme progresismo siente hacia sí mismo, hacia su propio espíritu, por materialista y cuántico que sea en la manera de concebirlo. En punto a repugnancia por lo más hondo y propio cabe recordar aquella pancarta enarbolada en una de las manifestaciones posteriores al Golpe de Régimen del 11 de Marzo de 2004 en Madrid y que rezaba: “Bin Laden, mátanos”. Igualmente no es extraño que el difunto Sr. Laden, en su discurso de celebración por el derribo de las Torres Gemelas, recordase a sus hordas que la necesidad de compasión y el desprecio por la propia casa que propagan universidades y periódicos era el mejor aliado para su causa panislamista. No resulta extraño que nadie haya prestado atención a este punto, ni que un continente sometido a una ideología cuya máximo logro intelectual es la subvención se entregue con la mayor felicidad a ese nirvana constituido en un 50% por el placer que proporciona saborear la culpa administrada por la vía de compasión a la oriental, un 25% de rechazo frontal a todo signo de individualidad y otro 25% de  repugnancia ante cualquier forma bella si no está filtrada por un etnicismo de suplemento dominical y reducida a pieza de museo.

            Para completar la imposible mezcla que sustenta la figura del rōnin cabe mencionar por último que los achinados se declaran vitalistas. Así por ejemplo, si uno se encuentra en estado de necesidad o ya es abiertamente pobre, la respuesta más habitual que recibe la pregunta de por qué ha llegado uno a ese estado menesteroso es “porque no has deseado lo suficiente salir de la miseria”. Afirma el budistilla que la relajación del rito de introspección perpetua que sostienen una vida serena y vacua, o lo que es peor, burlarse de él y ni quererlo cerca, se paga entre otros con la ruina financiera. Puntualizan entonces que no es sólo la escasa cuantía del deseo sino la forma errada de ejercerlo la que te mantiene en la miseria, porque resulta que si uno ansía salir de pobre pero lo piensa con vehemencia, a la europea, no se le cumple, mientras que si en medio de la necesidad uno se comporta como si fuera millonario, gastando lo que no tiene y con abierto desprecio por el desear una cuenta corriente más gruesa, la fortuna no tardará en salir de la lorzada panza del Buda y llamar a tu puerta. Semejante triunfo de la voluntad sobre las obstinadas circunstancias no lo había ni soñado Leni Riefenstahl, y aventuro que ni su parte contratante.

            Hora sea de ir acabando, y lo haremos con un corto echar la vista atrás hacia la filogenia reciente del achinado, que reconocer deudas de parentesco es de gente de bien. Descubrimos así, rebuscando en la línea evolutiva, no al rudo neandertal preatapuerquino sino al aburguesado progresista ochentero, y lo vemos ya “socialmente concienciado” tomado un humeante café con leche en la terraza de un bar, pócima de origen imperialista con la que pretende rebajar los efectos de la resaca dominguera, y hojeando atentamente el suplemento dominical de un conocido diario. No faltan ya más de quince días para el inicio de sus vacaciones, a las que sumará unos moscosos que se le deben -pues por fin ha llegado a funcionario en una Consejería- y no cabe dejar cabos sueltos. Nuestro resacoso bedel se baja al moro, según reza la expresión popular del momento, con la múltiple finalidad de salir de esta Europa desgastada, respirar aires exóticos, ver puestas de sol con camello (pero eran dromedarios), admirar la ruda sensualidad de los azulados beduinos, liarse la manta con algún joven moro (así lo dicta una segunda expresión) de ser bedela cuarentona y divorciada o salidor de armarios, abortar a buen precio o cambiar de sexo si es necesidad, llenarse el alma de un sentimiento compasivo por tanta miseria como hay en el mundo (la compasión se obtiene, y…) y transportar por vía rectal un poco de hashish para uso privado y para repartir entre los amigos, artículo que con toda justicia recibía el título de costo culero. En suma, que no hay progre cincuentón que en su ochentera juventud no se haya sentido en la obligación de ser redentor de mauris.

            Fue precisamente a mediados de la década de los años ochenta del siglo veinte cuando con la llegada de los culebrones sudamericanos comenzó a extenderse una forma cruda y tiránica que es norma civil de hoy en día y muy del gusto de los achinados. A poco que uno aguantase aquello cinco minutos aparecía en la pantalla un personaje que presa de algún tipo de iracunda indignación espetaba a su oponente: ¡respeta! Como quiera que en castellano de España el verbo respetar era forma transitiva y que al haber cercenado la transitividad la expresión sudaca sonaba coja, pronto comenzaron a circular, y no menos en la televisión estatal, toda clase de imitaciones y chistes sobre la impositiva, alta y vacua pretensión de quien exigía el cumplimiento de un precepto sin contenido: es decir, de quien exigía sumisión. Semejante pretensión chocaba frontalmente con algo que entonces era moneda de curso legal, a saber, un cierto carácter ibérico rudo, discutidor, poco amigo de imposiciones por la vía de la autoridad ejercida con chulería; carácter proscrito hoy en día de la vida pública al haberse considerado como una de las pestes del siglo, cuya extinción constituye uno de los mayores ambiciones del progresismo orientalizado.

            El respeto vaciado devino un universal, una de esas categorías filosóficas tan aparentemente en desuso pero en la práctica tan en boga que incluso se tipifican en el código penal, sancionado un par de décadas después por esa otra forma invasora del respeto, la oriental, igualmente intransitiva y todavía más vacua por cuanto que responde a una exigencia de vaciamiento absoluto. Como la meta no es otra que la de extinguirse en el nirvana, los adeptos deben de pensar que cuanto antes mejor, y quizá por eso el budista de Navalcarnero prefiere dejar a su vecino padeciendo los rigores de la miseria e irse a practicar el respeto vacuo a algún país exótico que por necesitado sea menos riguroso con la gramática. Y es que el progresista y achinado ha venido a resucitar lo peor del paternalismo victoriano, nunca ahíto de su alimento preferido: la superioridad moral, pues al victoriano rebajado de aristocracia de hoy en día no le mueve a la acción compasiva la penuria de unos pocos, y menos la de quien tenga más cerca, sino la atención a un ente de más alcurnia: “los pueblos en riesgo de exclusión”. Por mi parte reconozco que pocas cosas me satisfarían más que excluirme de la sociedad de tanto hipócrita doliente y amanerado, pero al fin y al cabo yo no soy un pueblo entero y en hambruna sino una persona singular vaciada de posibles por los impuestos y agraciada con algunos dones menores, y, por tanto, lo que diga no cuenta. Además, algo habrá hecho el vecino de marras para estar como está, mientras que mis pobres mauris sufren porque nosotros, europeos malvados, les robamos las riquezas de sus tierras, que manan solas de las fuentes de los caminos pero que ellos, por su naturaleza edénica, no se molestan en recoger; y para cubrir el hambre patria y los recibos atrasados ya tiene previsto el Sacro Estado Socialista la vía de la subvención: primero te extrae hasta la última peseta y luego, si reúnes veinte o treinta condiciones de pobreza tipificadas por tres o cuatro comisiones municipales y cinco o seis autonómicas ya recibirás en tu cuenta una limosna mensual sujeta a disponibilidad. O no.

            Despojado de toda pretensión de belleza, lleno de la conciencia de un Yo voluntarista y en plena práctica del turismo de aventura entre sus mauris el progresista universal, que sobre todo ama la cinética (que él llama actividad por su desapego del castellano) no va a detenerse ni a pensar los precios y gastos en los que incurre su permetuum mobile ni a sopesar la eficacia (que él llama eficiencia) de su imparable transcurrir, que detenerse es de paletos atrasados y contemplativos. Pero lo quiera él o no toda movilización de fuerzas conlleva un gasto y lleva aparejado un precio; la transformación de la persona en mercancía vacuna apuntada por aquella aristócrata victoriana cuando por primera vez vió circular un tren de pasajeros; la conversión del paisano en avezado adalid del sector servicios con la llegada del turismo rural; la conversión del agro en urbs por la misma causa; la desaparición de la sorpresa y de la maravilla geográfica por la prohibición de sorprenderse y maravillarse cuando uno se cruza por la calle con un balinés vestido de azafrán o con un chiricahua de rostro plano y ausente; la sacralización del locus consecuencia del uso de cordajes móviles para levantar talayots… Todo tiene su sitio en la economía del ser y los precios no son siempre onerosos; los hay incluso que siendo altos son placenteros de pagar y hasta muchas cosas son casi gratuitas, pero primero hay que reconocer la naturaleza de la transacción y poner los términos del contrato sobre la mesa, no escamotear la operación en nombre de unos beneficios dados por descontados.

Quizá sea por la dieta castellana, que es de cuchara gruesa, o por la mediterránea, que para mi se redujo a unos bocadillos de media barra en los recreos, pero está uno más acostumbrado al trazo grueso y visible que a la sutileza, mórbida de tan delgada, que separa irremediablemente las múltiples y variadas escuelas de las artes de pensamiento y de lucha de allende el Amur. No sé, no sé; acaso tanta chinada (ruego no le pongan una g) nos vuelva un tanto amarillos, hepáticos, astutos, con mucha doblez. Recuérdese que el amarillo desconcierta incluso con la risa, que no sabe ni dónde ponerla, y es que decía don Mariano Ucelay (que se lo he leído al Marqués de Tamarón) que no se ríe por la gracia sino por nervios, por no saber qué hacer, por enfado y hasta por alarma y por susto. Ideas alguna he dejado para protegerse de los hechizos de tan rara especie, y por si el encantamiento no rinde lo esperado les propongo igualmente, y no lo emprende uno porque no es de ánimo hacendoso, abrir una academia no para dar cursillos, que esa es una forma menor del saber, ni un curso intensivo, que debe de ser muy cansado, sino una licenciatura completa de Garrotazos Goyescos, de Bandolerismo Serrano, Uso y Manejo del Trabuco, Puñalada Trapera Aplicada, Patada Cojonera, Insulto de Bajura, Insulto de Altura, Robo de Gallinas y Escupitajo a Barlovento. Artes bastas, sin duda, comparadas con el fino estatuario del aikido, pero juveniles, menos repensadas, más de irse luego a tomarse unos vinos in taberna que de inclinarse a saludar en supuesto respeto a un adversario al que acabas de doblarle el lomo de una patada en los higadillos.

Fdo:

Jose Antonio Martínez Climent

En San Vicente del Raspeig,

a 19 de Diciembre de 2015.

Despejado y sin brisa.

chinois

 

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Notas

1.- Jō (). Bastón de madera que se emplea en el aikido. Se diferencia del garrote por la falta de abultamiento en la parte distal, siendo indistinguible ésta de la parte proximal, lo que constituye toda una declaración de intenciones.

2.- Dojo. Lugar donde se medita el Zen, se rebusca al yo y se piensa en la pachorra del Buda en el que a la vez es posible practicar eso de partirle el cráneo al contrario con el palo indiferenciado. Si vis pacem, para bellum.

3.- Vía pulchritudinis. Vía de la belleza, por la cuál es posible llegar a Dios tanto como por la vía de la palabra (via pradicationis Verbi).

4.- El progresista, muy a su pesar y por mérito propio, se encuentra también en el panteón analógico de las figuras. En el sótano y despreciado por la divina superioridad pero ejerciendo su dominio sobre el mundo. Hasta que los Dioses se harten.

5.- Feldzeugmeister. Cargo equivalente al de un general de cuatro estrellas.

6.- Me dice un amigo que contagiados del ímpetu pedagógico que a Todo yuxtaponen los progresistas de hoy en día los maestros aikidokas ya casi no dan sus enseñanzas en forma de proverbios, epigramas o haikus, sino más bien con esos paternales discursos edificantes saturados de practicidad y conductivismo, dichos en ese tonillo policial con el que hablan los progresistas cuando te ven tan europeo, tan disminuido.

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Referencias

a.- Cardenal Joseph Ratzinger, 2001. El espíritu de la liturgia. Una IntroducciónEdiciones Cristiandad (Tercera parte, capítulo I. Págs. 137- 157).

b.- * García, Javier (2012). “Via pulchritudinis”. El camino de la belleza. Ecclesia XXVI, nº4, p. 465-469.

(http://www.uprait.org/sb/index.php/ecclesia/article/viewFile/787/579).

* Sátiras y melancolías de un liberal reaccionario. Marqués de Tamarón. http://www.elmanifiesto.com/manifiesto/documentos/2_pq.pdf

c.- Singing to another tune: contrafacture e attribution in troubadour song disertation . https://etd.ohiolink.edu/rws_etd/document/get/osu1074783188/inline.

d.- The Prince de Ligne. His memoirs, letters and miscellaneous papers. Selected and translated by Katherine Prescot Wormeley with an introduction and preface by C.-A. Saint-Beuve and Madame de Staël-HolsteinIllustrated with protraits of the original. Vol. I. Boston: Hardy, Pratt & Company, 1902.

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3 comentarios

  1. Abu Saif Al Andalusí dice:

    Largo, denso y por momentos desternillante artículo. Toca temas interesantes pero uno central en la vida de Occidente, al menos en el Occidente de los tiempos heroicos.
    El húsar, como el samurái, el gurkha o el legionario (español, francés o romano) pasa por un combatiente mítico, es decir que a su propia acción bélica une un mito y la liturgia de un rito: el sepukku, la carga, el asalto a la bayoneta…
    Un buen profesor me decía hace unos días que sólo hay cuatro profesiones y el resto son trabajos, como los de abogado, puta o carpintero. Las 4 profesiones, que se profesan, son sacerdote, médico, militar y profesor (de los de antes, claro).
    En esencia un húsar y un ronin se diferencian por 3000 años de civilización y 20.000 kms de distancia pero podrían ser en esencia lo mismo.
    En este sentido podría ser recomendable la lectura de “El Bushido” de Inazo Nitobe, traducido al español por el entonces Teniente Coronel Millán Astray y de cuyas enseñanzas tomo inspiración para redactar el Credo Legionario.
    Nitobe al final de su libro, escrito en 1900 más o menos, decía que:
    “Las civilizaciones desaparecen cuando los poderosos aman el dinero y los soldados temen a la muerte”. Y en ese punto estamos, precisamente.
    Un saludo cordial y agradecido.
    Abu

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  2. Ya ve Vd., estimado y sagaz Abu Saif, que la demarcación entre el rōnin y el húsar busca tan sólo establecer dos polos en forma de figuras, de constelaciones, que floten un tanto así por encima de la Historia y nos recuerden que el repudio de Occidente que triunfa en Europa y en los EEUU tiene no poco asiento en el desconocimiento casi absoluto de su pasado, de su arte (no me refiero al turismo de museo y catedrales, claro), de su literatura, de su escolástica, de su paisaje. A fuerza de superficialidad interesada se ha construido un fantoche del occidental y de su tierra, un monigote ideológico que hoy en día parece difícil de derribar, más aún porque, como Vd. sabe mejor que yo, sin el reconocimiento y el aprovechamiento del poso cristiano de Europa, Europa está muerta y a la deriva.

    Al budismo superficial que cobra fuerza y subvención lo ve uno como cosa pequeñoburguesa y con poco o ningún contacto con el budismo de raíz, que a su vez parece expulsado hasta del propio Bután en favor de la doctrina aligerada y archisuperficial. En fin, cosillas.

    Diría que Inobe fue un buen escritor, culto, ligero de formas, inteligente, y con un cierto aire británico, virtudes que al parecer le convirtieron también en un reconocido diplomático, y que El Bushido es un libro excelente, del que guardo la edición de Miraguano. Porque lo recomienda, leí también “Los cinco anillos”, de Miyamoto Musahi, aunque prefiero a Inobe. Y sobre todo, gracias por su nota.

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  3. Abu Saif al Andalusi dice:

    Así es. Me alegro de que conozca ya a Nitobe.
    Un saludo

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