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La medida exacta de mi cráneo

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El historiador de la literatura Paul Kluckhohn, en un día no poco inspirado de la húmeda primavera tudesca de 1942, escribió esto en su cuaderno de notas: “Hoy es un gran punto de inflexión: la idea de una comunidad racial popular se revive y se fortalece, las divisiones parecen obsoletas, y también esta concepción tendenciosa luchada por Hölderlin que, según sea el caso, reduce al individuo a ser un intelectual o un manual clavado en su máquina. Nuestra comunidad racial popular debe recuperar su unidad para que todos se sientan miembros de un cuerpo al que pertenece con todo su ser”.

Como tantos después en aquél Reich de los Mil Años y un sólo Hundimiento, herr Kluckhohn creía haber formulado de manera harto lírica la sentencia de muerte del individuo, la fórmula de disolución del romanticismo, y el ensalmo que repetirían arias madres a arios hijos durante al menos un milenio, hasta que el Cuarto Reich viniera para alzar a esa comunidad racial popular a Wotan sabe qué alturas socialistas.

Se cuenta en los mentideros de la universidad (valga la redundancia), que años después, humeantes aún las trincheras de Verdum por la fuerza piroclástica de los lanzallamas arios, el guardabosques Martin Heidegger repasó el texto de Kluckhohn como fuente primaria para sus cursos de filosofía, y que tras una primera lectura frunció el ceño. Su formidable intelecto había encontrado una quebradura en la línea de carga de la comunidad racial. Como ario sí, pero perezoso no era, se puso inmediatamente a la tarea y esa misma mañana la grieta conceptual quedó subsanada con este razonamiento sencillo y eficaz: era precisamente por la agencia del lenguaje poético alemán, y en particular por medio de la poesía de Hölderlin, que los alemanes se distinguían del resto de Europa, ganando en ello legitimación como guías y como jueces de todo el continente. En las mismas fuentes del demenciado poeta suabo donde Kluckhohn viera mancanza socializante, Heidegger había encontrando fundamento y justificación para la práctica de una “soberanía fuera de la ley”. Mientras que la ciencia, decía, dirige su foco y su potencia al control material de la naturaleza mediante la creación de puros automatismos, la poesía holderliniana se constituía como el puro pensamiento al que la ciencia era constitucionalmente ajena. El fondo telúrico de lo tudesco emergía con fuerza versificada en los poemas del romántico Hölderlin, dando sustancia e ímpetu al ser germánico, a cada verso más diferenciado de las perezosas razas mediterráneas, anquilosadas por las fláccidas emanaciones de una poesía griega exangüe desde hacía siglos, por una tradición cristiana contaminada de judaísmo, de progresismo anglosajón y de republicanismo afrancesado.

Así, de un sólo movimiento Heidegger justificaba un biologicismo elemental de raíces germánicas sustentado en la poesía, y, de paso, también quedaba apuntalado filosóficamente el difunto Tercer Reich, aunque fuera a posteriori. Y quien sabe si también el Cuarto, en caso de que alguien tomase la antorcha de las manos cadavéricas del Führer. Los alemanes puros, en cuanto que susceptibles a Hölderlin, estaban facultados para pensar; el resto, judío o polinesio, cherokee o negro congoleño, era biológicamente incapaz de ello, y residía en una condición infrahumana, bestial. En consecuencia, una Alemania de nuevo purificada debería regir el destino del mundo, por su propio bien.

Convertir la poesía en medio de clasificación racial fue, como poco, algo peculiar. Fiar la posibilidad del pensamiento a la orgánica receptividad hacia un poema suponía un refinamiento sin precedentes que, como todo refinamiento, presuponía un filo acerado con el que el mundo se dividía entre quienes cortan libras de carne impura (los refinados) y quienes son tasados mediante el peso de la porción cortada. Refinados o no, versificadores o afines a la prosa, los amigos de la pureza racial medran hoy en España como setas en el antiguo bosque de Heidegger. Y es pena que así sea, porque donde la subvencionada legión (que a Dios gracias ya no es famélica) ve motivo de ruptura ontológica, biológica y administrativa uno, más orteguiano, admira la maravilla erosiva de una cuenca hidrólogica, la mansa solemnidad de un glacis, el humor petrificado de un escudo cuaternario, la brusca pertinencia de una sierra y, al cabo, el interminable repertorio de las costumbres de los hombres urdido para siempre en el paisaje. La generosa variedad que puebla la tierra desde el Aneto nevado hasta la mar atunera de Cádiz quisiera verla uno indivisa y regida por un Estado único, mínimo, fuerte, económico y monárquico (porque tanto poder nunca debe caer en unas solas manos), en lugar de andar partida y endeudada. Puede que así, mediante una mínima intervención, se pudiera fortificar una cierta libertad de acción, pensamiento y sentimiento hoy en franca retirada, de modo que el ser de cada cuál no dependa del delirio poeticoracial de nadie. O del ideológico, que viene a ser lo mismo pero en el gulag. Y que así lo popular regrese a su legítimo propietario: el pueblo, dejando a los administradores e ideólogos del folklore secarse al sol ibérico cual fardachos sedientos en pleno mes de agosto.

No deseo que nadie mida mi cabeza. Ni con barretina cuatribarrada, ni con hoces y martillos, ni con el casco de Don Jaime, ni menos aún con una tupida txapela-bomba. Deseo inútilmente que la juiciosa máxima de Arcadi Espada, “contra la idea maligna e impracticable de que a cada comunidad cultural deba corresponderle un Estado” cuaje por doquier. Y mientras espero lo imposible, veo que hasta mis amigos se vuelven craneometristas. Pienso melancólico cuál será la medida exacta de mi cráneo. A lo que se ve, es una cifra tan valiosa que bien merece la pena saberla y guardarla en secreto, para decirla al oído de mi amada justo antes de morir.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 24 de Mayo.

Festividad de San Simeón Estilita El Joven, que buscando la soledad cambió tres veces de columna.

Simeón el Estilita

 

 

 

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2 comentarios

  1. Artículo redondo, José Antonio. Y no le digo que ha cuadrado el tema porque ese tipo de medidas es más sencillo y puede que haya quien se atreva a medir sus palabras. Pues sí: dejémonos ya de mediciones y pensemos un poquito. Es más sano. Mi enhorabuena y mi agradecimiento.

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  2. Gracias. Durante años me he hecho acompañar por una boina no capada, para trabajar en el bosque o en la montaña, para caminar, o para calentar la sesera durante el invierno en la ciudad. Hoy mismo la tengo junto a mi cama, como obstáculo intelectual y sentimental contra los craneómetras de raza o de ideología. Ellos tienen la fuerza del Estado, el ímpetu de la horda y, beatos como son, un ansia infinita de redención por la vía policial del progreso: servidor, la irreductible terquedad de su vuelo y su badana.

    Con afecto,
    Jose A.

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