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Satanás o el olvido

Hay un campo de almendros no lejos de aquí que nunca será valle de nada, y menos de caídos, que todavía guarda los huesos insepultos de unos cuantos fusilados. Pocos saben dónde está, y como su historia la han prohibido, los muertos que allí ejecutaron seguirán durmiendo en paz sin que ningún miserable los excave para exhibirlos como cobarde signo de victoria tardía. ¿De qué bando eran? Mezclados: algún republicano de feble mentalidad comunista, que así se ganó la bala en la nuca; un par de falangistas de ocasión, de esos a los que el devenir de las campañas dejó en un lado como pudo dejar en otro; unos pocos sin parte ni filiación que defendieron una iglesia de la quema, y entre ellos un paisano más bien seco de modales y casi mudo que estando allí de pie, esperando el tiro entre burlas gruesas y escupitajos en la cara, sólo acertaba a pensar en el hambre que esperaba a su familia tras su muerte. Ejecutados los de su izquierda, y antes de que le llegara el turno, para dentro de sí maldijo todo el aceite de estraperlo que esos hideputas le habían requisado en los últimos dos años. Tanto como los cabrones de enfrente.

Fue así que dos haces de luz amarilla y polvorienta cortaron las siluetas negras de los almendros, seguidos de un jeep destartalado en el que un mando local venia montado fumando un apestoso caliqueño. Finalizada la inspección de los cadáveres se llegó al paisano y le dijo al cabo ejecutor: “A este me lo dejas vivo que el muy perro cava pozos de puta madre, y de la huerta sabe un rato. Me lo mandas para casa. ¡Eh, Antonio, mira qué suerte has tenido!”

Antonio murió de un lento cáncer pocos años después, ya terminada la guerra. Se sentaba en una silla de mimbre al borde de la acequia del Gualeró, donde pasaba las tardes mirando la bajada de las aguas cuando el alguacil levantaba los partidores. Una de las últimas cosas que dijo mi abuelo fue esta: “Carmencita, no vayas nunca al campo de almendros, y si vas, santíguate todo el rato hasta que pases de largo. Con el cagao ese del capitán ya hablaré yo dentro de poco allá arriba, y lo que le voy a decir es mejor que no lo oigas. Pero que le estuve meando en el pozo un año entero te lo juro por estas”.

Lo que Carmencita no supo, porque nunca se lo dijo Antonio (aunque sí a su hijo, que ya acabada la guerra había heredado la servidumbre en la casona del capitán, para entonces metido en el textil, acumulando fortuna protegido por el apellido familiar y por una agenda a prueba de bandos), es que una noche tranquila de verano, pasada una estación desde aquella madrugada en la fila de los muertos, mi abuelo se coló en el dormitorio del señorito con un martillo de pelar almendra, y que detenido al borde de la cama donde dormía el capitán republicano estuvo allí de pie, escuchando el canto lejano de un mochuelo, pensando si abrirle la cabeza como se merecía o si dejarle el juicio a Dios.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 11 de Septiembre de 2018.

hombre y y piedra

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