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Pijilandia rural: las contrageórgicas.

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En cierta ocasión de bar de facultad, entre mucho humo de cigarrillo y algunos cascos de quintos, vine a decirle a un amigo que cada Parque Natural delimitado constituía la certificación del fracaso del biólogo. Naturalmente sobresaltado por tal revelación, desde entonces me miró siempre con recelo, y poco a poco dejó de hablarme. Contando el presente, va para veinte años que trabaja en uno de esos parques. Traigo esto a cuenta de que hoy son  muchos quienes celebran la Redención del campo en España, la extirpación de la condición paleta de sus habitantes, su ilustración según el modelo urbano, el adecentamiento de los caseríos, la iluminación de sus vías, la higienización de cenagales, todo ello en nombre del Progreso Social, que como Vds. saben es el nombre de una fe planetaria de naturaleza furiosamente laica. Permitan que me explique con brevedad y, quizá, con cierto tino.

No siempre el idealismo es buen compañero de viaje. Más aún cuando en su tradición consta el mandato de ocultar los precios que impone la consecución del ideal y el entierro a oscuras de los pecios que quedan hundidos a su paso. Así ocurre con el ideal que ha sometido al agro ibérico, a sus ramblas, pedreras, vallejos, barrancos, manantiales, sendas de cabra o de buey (también las de cabestro), poblachos, villorrios y aldeas. Bajo las especies del progreso económico y de la rehabilitación moral et espiritual del campesino (a quien el urbanita cataloga como su más mortífero enemigo, pues por lo general lo pone frente al espejo de sus necias complicaciones y sus vanas altanerías), el campo, como advertía Ortega, se ha convertido en poco más que en un locus amoenus infantil y aburguesado, desprovisto a punta de cizalla moral de todo rastro de misterio, cercenado hasta lo imposible de riesgo y resistencia, adecentado para poco más que el paseo de esa especie de hombre de hoy que ante todo cuida de su alma de funcionario. Esto, que suena a cascada un tanto ruidosa, lo ilustra un simple vistazo a la plaza Mayor de cualquier pueblecito castellano, levantino, extremeño, e incluso una visita a las Hurdes, región donde Buñuel, de vivir hoy, acudiría no a grabar sino a saciar su estómago y su sed prodigiosa en algún restaurant de cincuenta euros el plato.

Ya lo apuntó Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, en su novela “El rompimiento de gloria”, y también el asunto consta en otras, “Campo de víboras” o “La tierra del grajo”: La naturaleza “democratizada” prohíbe la hierofanía, desinfecta el misterio y dispone el peligro como excusa para su propia aniquilación. El resultado está a la vista: donde antes hubo campo hoy sólo queda jardín, convenientemente señalizado para la tranquilidad del burgués (del revolucionario) y del idealista (que sacrifica la naturaleza por el ideal de la naturaleza), con vistas y senderos dispuestos por el Estado regulados por policías (“monitores”, perdón por el palabro) y por organizaciones paragubernamentales que persiguen al paseante solitario. En suma, el hombre de hoy, tan altivo en su ansia de progreso e ideal, detesta al campo, y sólo lo transita si antes convierte veredas y barrancos en el paseo marítimo de Benidorm.

Tras semejante escabechina, pues ya no queda parcela rural en España que no haya inclinado la cerviz ni campesino que no deteste la soledad del monte, uno ve con renovado asombro cómo las voces de nuestros más notables se alzan orgullosas de haber enterrado al paleto ibérico y de haberlo vestido de mona, quiero decir, de cursi urbanita (contingente inmenso formado mayormente por legiones de quiero-y-no-puedo en perpetua exhibición de una supuesta superioridad moral derivada de su condición progresista, de cuyo cuerpo destacan lo que Nietzsche llamaba sacerdotes ascéticos¸ a saber, jetas más o menos ilustrados de toda laya y condición que se autoproclaman párrocos de la masa), y todo para que éste les reciba en lo que un día fue la casa de sus abuelos y ahora es un hotelito equipado con wifi¸ chef de postres, piscina, tumbonas estilo pub de Ibiza, canasta de basket para despachar a los críos a la hora del revolcón (quiero decir, de la merecida siesta tras cinco duras medias jornadas en la Consejería o en el Ayuntamiento), chalecos reflectantes, mountain bikes de alquiler y no menos de diez carteles subvencionados de plástico biodegradable que tapan la vista y ordenan el paseo.

Se me dirá que el campo se moría y que era cosa de urbanización o muerte, y uno responderá que bien podrían haber tomado el camino de la agricultura y la ganadería en lugar de caer por el turismo, ya que tanto les gustan las berzas y las mascotas. Lo cierto es que las tareas que aconseja Virgilio

uncir la vid al olmo, y qué cuidado
nos merezca el rebaño y el ganado
como también la diligente abeja,

que en castellano rudo se dice labrar de sol a sol u ordeñar la gruesa teta de la vaca, ya nadie las practica por el gusto de hacerlas, y, de verse forzado, tan sólo si consta por escrito la seguridad de una subvención. Se nos dirá que siempre estarán Constable o Pla como lugares intermedios, y responderá uno que no. El paisaje de Constable tiene su sitio su lugar, que no es otro que Inglaterra, y el de Pla, los minifundios catalanes, tan ordenados y productivos. Y no es que uno desprecie estos sabios consejos. Al contrario, Dios quiera que un día una porción del agro ibérico adquiera parte del impulso de utilidad y de belleza que ambos autores entrevieron en óleos y en ensayos, pero bien hará ese Numen tutelar que hoy se esconde en simas y encinadas (huyendo del grupo excursionista vestido de chaleco radiactivo, del animoso ciclista que lo mira todo sin ver nada, de la horda budista que ensucia el pinar esparciendo su Nada) en ponerle barrera a su ideal y en apartar lo más hondo de la sierra para sí. Dios quiera que los cuervos preserven su seno calcáreo o granítico y los grajos sus dominios de karts y berrocal para que allí sigan reinando la muerte y el misterio (la pudrición otoñal, el relámpago destructor, los consejos de hongos, las guerras del clanes de los lobos); todo para que un día lejano, junto a una cuerna de cabra, un excursionista perdido y desesperado encuentre allí la reseca calavera de unos huesos que todavía vistan el emblema raído de un piolet.

Y también para que este viejo cascarrabias pueda un día volver a pasear por las umbrías silenciosas y frías donde, estoy seguro, todavía caben sus huesos a poco que en el monte se hagan de nuevo el silencio y la soledad.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 27 de Noviembre de 2018

 

turismo rural pijos pijos

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3 comentarios

  1. Los dioses forestales no se manifiestan a las multitudes vestidas con chaleco radiactivo, ni en los restaurantes cinco estrellas del turismo rural.

    Silencio, soledad, premodernidad: condiciones para la hierofanía.

    Lo firma Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, en su bitácora:

    http://marquesdetamaron.blogspot.com/2018/11/el-ombligo-de-venus.html

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  2. Marqués de Tamarón dice:

    Tienes mucha razón, o la tenemos tú, Virgilio y yo. Y por cierto también Quevedo (“estos olmos hermosos a quien esposa vid abraza y cierra”), asunto del que espero tratar yo también, emulándoos a los clásicos, para lo cual me gustaría saber dónde dice Virgilio: uncir la vid al olmo.
    Gracias, José Antonio, por compartir tu sabiduría con los lectores.

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  3. La unción entre plantas es a lo que se ve asunto de mucha enjundia, del que esperamos leer más cuando publiques esa nota. Por lo que sirva, permite, querido Santiago, que te cuente cómo una hiedra que conozco, de tanto amar y subirse a un chopo castellano lo está secando por dentro, de savia y de ansia de vivir. En cambio, un día lejano vi un muérdago abundoso colgando de un tejo enorme en un barranco estrecho de la montaña castelloní que llaman Pañagolosa. En la partida había una dama, y cuando fui a darle el beso preceptivo por haber pasado bajo la planta druídica ella, que andaba corta de resuello por lo empinado de la cuesta, más que con labios dulces me recibió con bocanada helada. Pero como era hermosa y luego me compensó, no le guardo rencor.

    La pena es esta: que justo un año después la Consejería de Medio Ambiente (o de Ambiente Mediocre) transformó el barranco, empleando gruesa maquinaria, en un llano paseo para burgueses.

    Encontré la cita de Virgilio al comienzo del Libro Primero de Las Geórgicas, que reza:

    LIBRO PRIMERO

    Voy ¡oh Mecenas! a cantar las mieses,
    y a decir en qué meses
    el cielo desgarrar nos aconseja
    la tierra con la reja,
    y uncir la vid al olmo, y qué cuidado
    nos merezca el rebaño y el ganado
    como también la diligente abeja.

    Vosotras ¡oh del mundo
    clarísimas lumbreras, que en el cielo
    marcáis del año el fugitivo vuelo!
    Baco y Ceres benéfica, por quienes,
    por cuyo don fecundo
    la tierra aún salvaje
    abandonando su silvestre traje,
    pudo de espigas coronar sus sienes,
    y al vaso de agua pura, cristalino,
    incorporar el inventado vino.

    Y vosotros ¡oh númenes campestres!
    Faunos ligeros, Dríadas silvestres,
    dejad vuestros selváticos rincones
    que canto vuestros dones.

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