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La extraña pureza de Alicante

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Una buena amiga ahora instalada en España tuvo la extraña, no sé si llamarlo fortuna, de nacer y vivir tras el Telón de Acero, en pleno bloque comunista. No hace mucho, mientras tomábamos un vino en casa, acertó a contarnos algunos recuerdos de infancia. En particular, pues la memoria del niño es precisa donde el adulto escamotea el recuerdo falseando lo vivido con toda suerte de subterfugios y descargos, un sucedido de esa especie que perdura intacta a lo largo de lustros y decenios, conservado, pese a todo, como un tesoro.

El profesor de la Escuela Popular era un tipo muy acendrado y de entusiasmo fácil. Alto y muy delgado, hay quien decía que la flacura era cosa reciente, pues antes, siendo el hijo único del vaquero, había tenido sus anchuras. Entre sus no pocas virtudes estaba la de llevar la clase con unos horarios que cumplía a rajatabla. Así, llegado cada Jueves, anunciaba nada más entrar que a media mañana habría excursión. La natural algarabía de los zagales (y perdonen lo inadecuado de la expresión, pues no sé cómo se dice zagal en el dialecto que el Partido había aprobado para el valle donde se asentaba aquel pueblo) la cortaba el maestro con un varazo en la mesa. Pero a las once en punto y en fila de a dos la chiquillería tomaba la acera de la calle principal caminito de la carnicería del pueblo, para, una vez llegados frente al escaparate (donde tras un cristal con lamparones descansaban una cabeza de cerdo frecuentada por las moscas, dos riñones de vaca desinflados, medio pollo enflaquecido y un filete de cecina mal curada), el profesor se ajustaba sus gafas redondas, se alzaba sobre las putas de los raídos zapatos y así, en esa postura tan incómoda, lanzaba una arenga de la que, confiesa ella, los niños entendían la mitad, pero que de la mitad que entendían sabían lo que sigue: que el carnicero era gordo porque se comía “la grasa del pueblo”, imagen que ahora, pasados tantos años, todavía le produce a mi amiga unas arcadas homéricas; que el susodicho era un “asqueroso capitalista” porque su magro negocio, en realidad un economato del Estado, escamoteaba media docena de huevos y algunos huesos de pavo cada mes para destinarlos a la infecta ocupación del mercado negro, es decir, al beneficio individual; quién sabe si también algún filete; y que esas moscas tan grises eran “insectos venidos de Occidente”, y de ahí su pertinaz indolencia, pues antes, en los buenos tiempos de aquel pueblo, las moscas tenían un brío y una nobleza a la hora de escoger donde libar…

Lo cierto es que la flaca muchachada, que a decir verdad no había visto nunca en su mesa ni la grasa del pueblo ni los huevos hurtados a la economía planificada, comenzaba a impacientarse con tanta palabrería porque sabía lo que venía de seguido, a fuerza de repetirlo cada semana. Y es que con el primer gallito inducido por la fresca el profesor daba una tos un punto tísica, bajaba de sus puntas, se pasaba un pañuelo muy plegado por las comisuras, limpiaba los lentes y, seguramente por apego al método socrático, tomaba una piedra del suelo y la lanzaba contra el cristal.

Cuenta que ella también lanzaba piedras. Añade, entre risas y sollozos, que una vez cada Dios sabe cuándo un coche negro salía de una densa nube de polvo y grava por la parte del bosque, paraba en medio de la calle, y de sus élitros alzados bajaba un grueso abrigo tocado con un sombrero de fieltro. Era el Alto Comisionado del Partido, cuya mole ciega, gris, le producía pesadillas durante meses. Allí parada, aquella estatua viva saludaba con el puño en alto al socrático afecto al comunismo, que le entregaba, a modo de informe de progreso, las notas en ciencias, los suspensos en hidráulica, los notables en marxismo, y una lista con el número de piedras lanzadas por su clase contra aquel indeseable capitalista, con el nombre de los buenos lanzadores.

De todo esto me acordé ayer, día que preludia el solsticio de verano, y no porque un soplo de abundancia llenara mi mesa con algo mejor que las viandas que nunca vio mi amiga en otro sitio que no fuera en mesa ajena, sino porque leí en un diario, y mire usted que procuro no hacerlo, que en el Ayuntamiento de San Juan de Alicante se había ejecutado un acto de repudio contra la concejal de Vox durante la toma de posesión tras la elecciones municipales. En San Juan está prohibido decir San Juan, pues el nombre señala ahora una propiedad privada de algunos partidos. También, ha de decirse en catalán, o al menos en valenciano químico, normativo, lengua de la facción colaboracionista. Y el pueblo, que ya no existe más que encarnado en sus delegados en eso de existir, los concejales, ha convenido en declarar no-persona a una que, sin ser carnicera, a buen seguro es impura.

San Juan de Alicante era un villorrio de secano en el que los niños íbamos al colegio y aprendíamos a robar hojas de morera para forrar las cajas de zapatos donde criaban nuestros gusanos de seda; donde dábamos paseos Rambla arriba, Rambla abajo, cruzándonos con otras pandillas, que era la única forma extraña de ser que conocíamos. Ahora es un pueblo habitado por fantasmas.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

chica puerto de Alicante-autor desconocido

Fotografía vieja y buena, de autor desconocido.


3 comentarios

  1. Carmen Pita dice:

    La tiranía de lo políticamente correcto se está convirtiendo en la peor Inquisición. Nadie puede defenderse de ella.

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  2. Es una pelea inútil que, sin embargo, hay que luchar.

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  3. Carmen Pita dice:

    Efectivamente, hay que dar la batalla, a pesar de todo, porque «quien calla otorga».

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