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Carta abierta al catedrático de la RAE, D. Pedro Álvarez de Miranda.

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Estimado Sr. de Miranda:

He leído con la debida atención su reseña publicada en EL MUNDO1 sobre el diccionario de Doña Marta P. Campos, ese que ofrece, a razón de una palabra por página, no sé cuántas entradas en desuso, olvidadas, enterradas por el Tiempo, extraño agente que todo lo paga cuando los hombres no aceptan las consecuencias de sus actos. Es decir, casi siempre.

Entro en sazón: Declaro ser culpable de haber usado, y mucho, esa palabra maldita para Vd.: “amarrazón”. Ahora, al conocer gracias a su artículo que la palabra tiene origen en un desliz tipográfico, la voz me cae todavía mejor. Antes apreciaba su ruda eufonía, su consonante arquitectura arquitrabada por vocales de alto rango (lo decía Casanova, Giacomo, que también para amar los libros tenía un don), el tizne rural, y la rotundidad a la que apela su significado. A lo que ahora añado el feliz azar de su nacimiento, que para Vd. constituye una mancha de orígen, una desgracia de sangre. Tan funesta apreciación por el (pretendido) bajo abolengo de “amarrazón”, me lleva a preguntarme cuál será el criterio de alcurnia al que se acoge el académico para aceptar nuevas palabras en la sacrosanta oficialidad del Diccionario de la RAE.

Lo que sí está claro, en cambio, es el criterio que la RAE tiene para borrar acepciones. Todos recordamos, algunos con sorpresa no precisamente agradable, cómo la tan altiva institución se plegó a la petición (perdón: a la orden) de los alumnos de 4.º de la ESO de los institutos de Peñafiel, Tudela de Duero y Cuéllar de eliminar, descastar, exanguinar, destruir, borrar, dinamitar, momificar, deslucir, desalmar, execrar, el significado despectivo asociado a la palabra “rural”2. Uno no es nadie para empeñarse contra el Espíritu de los Tiempos, así se encarne en unos cuantos niños criados en la maligna superchería de que la servidumbre progresista que se les inocula en las escuelas les convierte en perros-policía de la moral; pero uno sí es alguien para rechazarlo frontalmente, por muy inútil que sea el berrinche, y decir lo que le plazca del campo o de la urbe sin la supervisión ideológica de nadie, por muy sancionada que esté por la RAE.

Nada tengo que decir de los criterios gramaticales, pues ahí mi voz está de más y me pliego a la orden de quien es más sabio. Lo que no me obliga a usar, como no uso hace años, el Diccionario de la Real Academia; antes bien, y por cuestión de rigor (pues el rigor no está en la norma; eso es un prejuicio determinista), seguiré teniendo en mi mesa de trabajo los pertinentes diccionarios de uso, que, al menos por ahora, y sé que no por mucho tiempo, no se arrodillan ante nadie.

Por esto que he dicho no comparto la alegría del autor por la eliminación del diccionario de la palabra “amarrazón” allá en 1992. Seguiré usándola en libros y en artículos, e incluso haré lo que esté en mi mano para encuñarla en el bar tomando el vino o en el quiosco de la plaza cuando pida el pan. Quizá me mueva un inútil gesto de apego al manifiesto rebelde de D. Mariano Ucelay3, levantado en armas lingüísticas contra la RAE, y no con escasa razón.

De la obra reseñada, esos libracos de Doña Marta, sólo los conozco por la descripción de Vd y por lo visto en internet. Ojalá me equivoque, pero por lo que ahí se dice me recuerdan a esas horteradas sin cuento que salen de las facultades de Bellas Artes (con perdón), a esas necedades que se exponen en ARCO o en cualquier casita de cultura con ambiciones de modernidad, valga la redundancia. O la tautología, pues el Estado es incompatible con la cultura (lo razonó sobradamente el viejo Cabezapólvora alemán, Don Federico Nietzsche, en esto tan perspicaz). La intención de darle nueva alma a vejestorios lingüísticos, empero, bien pudiera ser loable; siquiera porque a la modernidad a cualquier precio que abandera la RAE cabe oponer una calma hostil, un rechazo por principio, casi por rigor metodológico, vistos los principios ideológicos que la mueven.

Dicho esto, teme uno que, a lo que se desprende de su reseña, esos libracos más o menos resucitantes se ofrezcan con el sentimentalismo propio de esta época, y así la intención se devalúa hasta la Nada. Pues la Nada, y no otra cosa, es el destino que a todos y a todo aguarda. También a la RAE.

Sabiendo que me disculpará Vd. el desvarío si por un acaso acierta a leerlo,

suyo affmo.

José A. Martínez Climent

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Referencias:

 

(2) https://www.fundeu.es/noticia/una-tesis-doctoral-lleva-a-la-rae-a-cambiar-la-definicion-del-termino-rural/?fbclid=IwAR2Qhgr2AvVhzp4OtxT6pgWxK7Pk-DDZmSUGL78HMt71BVGqmvl3XGLTmGU

(3) https://marquesdetamaron.blogspot.com/2010/11/mas-insobornable-contemporaneidad.html


© de la imagen, desconocido.

Pedro Alvarez de Miranda

 


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