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Hegel ficha por el Barça

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(Este artículo se firmó en Junio de 2013, y se diría que cada día que pasa cobra más vitalidad).

Acabo de leer la entrevista censurada, filtrada por un pasante, en la que el cardenal Bergoglio planta cara a un periodista rebajando sus ínfulas mesiánicas, seguramente por cuestión de celos, y ahora, con una media sonrisa, imagino que el vicario de Dios, cuando le llegue el retiro, acaba como capellán del Fútbol Club Barcelona. Algo de guerra sí que habría, pues tras haber leído su argumentación no sé si Monseñor estaría muy de acuerdo con ese lugar común que dicta que el Barça es el mejor equipo del mundo (por cuestión de celos), que su juego ha alcanzado las más altas cotas de perfección jamás soñadas por aquella ya un poco gazmoña Escuela del Ajax (que en nuestro muy loable empeño de anulación de todo lo español y de adopción de todo lo anglosajón bautizaron como fútbol de control total) y que la prueba palmaria de ello es su historial reciente (al que nuevamente ansiosos de cretinización llaman estadísticas). Con Benet, yo antes bien diría que la hoja de resultados del Barça, más que un éxito deportivo, refleja fielmente el historial reciente de la mediocridad.

Voy a ir sentando algunos puntos. Uno: Yo, que tengo un notable dominio de la lengua inglesa, no me plegaré a ella sin oponer resistencia, de modo que utilizaré aquí anglicismos como fútbol o gol sensu el españolito gazmoño tan bien representado por esa escuela que, a diferencia de la del Ajax, es de un único alumno y que se llama landismo. En realidad tiene dos, puesto que Jack Lemmon es el Alfredo Landa anglosajón: ambos representan lo pequeñoburgués, al hombre temeroso de todo, medroso y pudibundo que hoy asienta la socialdemocracia casi universal.

Dos: Llamar juego al fútbol a estas alturas es tanto un desatino como una ilusión. Lo primero porque el deporte ha tiempo que participa de la naturaleza del Trabajo, y así sólo a los trabajadores especializados se les permite participar, y lo segundo porque no se soporta la cruda realidad de lo primero.

Y tres: Negar que el juego del Barça es el optimum philosophicorum tanto del deporte como de su armazón ideológico equivale no a que a uno le miren con incredulidad o con desdén, sino que habiéndose convertido el equipo en algo más que un club (en una marca de clase), con la crítica, e incluso con apenas decir su nombre sin acompañarlo de las loas preceptivas se gana uno desprecio y ostracismo al más puro estilo clásico: expulsado de la polis, a extramuros. No lo diré en castizo.

¿Y cuál es ese armazón ideológico que da sustento a la en apariencia mayor colección de astros del balompié? Pues bien, unos dicen que sobre el sólido basamento de una humildad a prueba de copas, trofeos y condecoraciones el Barça ha logrado la más perfecta inteligencia entre sus jugadores (el tan ansiado jugar de memoria en los 80) así como la obediencia incondicional a los dictámenes de un entrenador cuya principal consigna es la paciencia. Permítanme que a mí esto me parezca una memez. El fútbol que emanado del Barça imitan ya todas y cada una de las categorías, desde los alevines a las viejas glorias, desde la Selección hasta un club de arrabal de Johannesburgo se sustenta sobre el ideal orientalizante de la negación de los impulsos y de las contingencias del siglo. Lo primero se sustancia en el refrenar esa vis de todo jugador nato de atacar el dominio contrario con jovialidad, a cara descubierta y por el placer de la forma conseguida en el envite. Lo segundo, en la posesión absoluta del balón: el rival no existe, luego no puede disponer del esférico.

Podría algún aficionado malicioso pensar que antes que al estatuto tibetano el fútbol blaugrana se hallaría sometido al ideal apolíneo nietzscheano de la sujeción a la más estricta norma, que dicta que la mejor y más placentera creación resulta de aquel que encuentra terra incogita donde crear en los escasos huecos que dejan las mismas y viejas leyes; pero no es así, pues mientras que el precepto nietzscheano exige una finalidad artística al trabajo creativo, el ideal budista pretende la extinción hasta de la búsqueda del placer artístico en la ejecución y en el producto. Mientras que una bacante ejecutará en todo momento su danza sujeta a la norma ritual de su templo, así esté ebria de hiedra y vino, con la finalidad trágica inscrita, patente en cada uno de los pasos tanto como en la evacuación del misterio así revelado al aterrorizado solicitante de sus servicios, el carpintero budista podrá lograr el más bello portal para aquél pequeño templo sito en un valle nevado a condición de que su trabajo se desarrolle más como un servicio que como una creación, más como una alegre carga que como un deber hacia lo bello.

 

La anulación de toda ansia artística, la búsqueda de la extinción de la persona y de sus apetitos queda bien patente cada domingo cuando Iniesta roba un balón, pero lejos de adelantarse hacia el campo enemigo con tres zancadas,el esférico pegado mágicamente a la puntera, se da la vuelta sobre sí mismo, tal y como el perro se gira para perseguir su propia cola (sin duda a imitación de su magister, Xavi,) para refrenar el impulso natural del jugador hacia la batalla con el rival, hacia el gol, y someterse a esa especie de soporífera meditación autista que los centrales del Barça o de la Selección hacen en la parte media del campo, pensando con los pies.

Así como es posible llegar a uno y el mismo punto por caminos aparentemente opuestos (en cocina a la tortilla de patata perfecta, bien deconstruyendo tanto los ingredientes que se llegue al espíritu mismo del huevo, bien mediante el infinito poder de freiduría de las manos de la abuela; en política, llegar al mismo escaño nacionalsocialista armado de txapela y crucifijo o de barretina y cachirulo) la norma oriental se repite en todas sus posibles variantes. Evitar pases a la cabeza, solo a los pies (lo que ha transformado al Barça de un club de fútbol en una congregación rural de hábito franciscano, los jugadores encorvados por la obligación de mirar al suelo de maitines a nonas); ni un pase largo por sorpresa que al levantar el tan ansiado ahhh en la grada despierte a ese aficionado venido de provincias que, decepcionado por la falta de carácter propio de los jugadores y aburrido por la maquinalidad de un juego que consiste en la repetición de una única jugada, da una cabezadita sosteniendo un bocadillo de jamón en una mano medio alzada. De ese modo, mediante la completa coerción puesta en práctica por el Barça, ha logrado el club liberar al pálido genio de los tiempos, que da santo, seña y password a la juventud deportiva actual, de la pesada necesidad que impone la búsqueda de las formas; en suma, de la belleza. Pues en el Barcelona, Iniesta juega de contable. De avaro prestamista holandés que precisa de la más severa, detallada y recelosa evaluación de los pros y de los contras, de los riesgos y beneficios, de los costes y las ganancias de cada pase antes de dar el vistiplau a la operación con una magistral patada al balón. No en vano su juego viene de la escuela del Ajax.

A lo que seguro no responde el fútbol actual es al mandato hegeliano que propicia la libertad completa y romántica de acción del artista, quien se abandonará a la creación con el sólo ánimo de lograr el placer artístico en la ejecución sin mirar que norma o escuela alguna limite u ordene su pincel, su pie o su lápiz. Hegel distinguía envenenadamente entre el arte bello y el arte servil; mientras que el primero es virtuoso por no tener más atadura que la propia expansión, inteligencia y sensibilidad del autor, sobre el servil pesa la objeción de haberse puesto en forma, fondo y medios al servicio de un fin extra-artístico. Este es el caso del fútbol blaugrana y el de sus hijos putativos: bajo la bandera de la humildad y el servicio debido se sirve a la causa de la anulación del individuo y de su natural hacia lo bello, así se encuentre ésta  en lo cómico, en lo ridículo o en lo trágico.

Por contra, la sujeción estricta al ideal nietzscheano conllevaría la creación de todo un estatuario balompédico (rota así la vieja férula que sostenía que las únicas poses canónicas -ya periclitadas- eran las del jugador en cuclillas apoyando las manos en el balón o en posición de firmes mirando al horizonte, escuchando el himno con los ojos entornados) a cuyo cumplimiento fiaría el jugador buena parte de su gloria; o bien, y sin necesidad de que un comité de estetas refiriese su repertorio de gestos a un canon escrito en piedra, que un público amateur hiciese lo propio sobre un derecho consuetudinario (y esto sería lo más difícil de alcanzar en estos tiempos, en los que el especialista, tras haberse adueñado de todos los ámbitos de la acción, se ha erigido también en moralista y no toleraría ser suplantado per causa d´amore). Bajo la estricta férula budista, sin un catálogo de figuras que cumplir y sin campo abierto para esa hegeliana libertad de medios y fines, imperceptiblemente, de temporada en temporada, menguan cada vez más las posibilidades de que el aficionado premie al jugador que de natural suyo ofrezca de domingo en domingo el desigual e imprevisible repertorio de pases y poses que los azares de cada jugada posibilitan al hombre de carácter. Y nótese que he dicho carácter y no talento, pues mientras que aquél posee el sello de la unicidad éste, sin el concurso del primero, aparece como el camino más seguro hacia la creación de otro jugador del montón, su potencia (su talento) malograda al grado de simple habilidad técnica por falta de esa chispa dionisíaca (nietzscheana) de genio.

 

Y hablando de potencia, estoy viendo ahora mismo un partido entre los alevines del Barça y los del Depor. El comentarista no deja de repetir algo sobre los beneficios producidos por los valores, aunque no menciona cuáles, que los niños reciben en La Masía. Y lo cierto es que no hace falta que los precise: al renacuajo culé, como veo que a cualquier otro que pase por las fábricas de los equipos, se le enseña lo mismo que a los mayores: no des carta de naturaleza a tu rival, dale el respeto vacío de contenido que se debe a todo lo vivo por el mero hecho de existir, pero que no llegue jamás a ganarse tu respeto con sus acciones; no debe jugar, no le dejes enfrentarse a ti, anuladlo, marcadlo hasta el existencialismo, hasta que no sólo se dobleguen como equipo sino hasta que cada jugador sienta el profundo hastío existencial de no poder organizar una sola jugada en noventa minutos.

Además, esos pequeños autómatas azulgranas reproducen algunas de las peores escenas que verse puedan en terreno de lucha alguno. Se mire como se mire, rodear y agobiar con tres o cuatro jugadores al contrario tan pronto recibe el balón, por mucho que lo llamen presionar, es innoble. Salir disparado de la barrera hacia el contrario que saca la falta para chocar con el balón, impidiendo así su llegada a otro jugador, como tantas veces hace Pedro, es innoble. Correr encorvados sobre la pelota, todos a la vez y a gran velocidad, como las cucarachas en la cocina cuando son sorprendidas por el destello amarillento y cansino de la bombilla (de 125) del techo, es innoble. No dejar que el rival juegue contra ti es innoble. Y ayer, adivinen a qué equipo vi sublimar todo ello: a los juveniles del Real Madrid, y justamente jugando la Copa del Rey (machacando así por cuatro a cero al Villareal), es decir, atentando directamente contra la nobleza, la cualidad que todo rey verdadero o todo aquel que aspire serlo debe hacer valer en todo momento y lugar. ¿Entregaría el Rey un trofeo a un contendiente indigno? Mucho me temo que sí.

Nobleza en el campo de batalla no sé si ahora habrá mucha o poca, pero lo que sí sé es que hubo alguien que nació investido de ella, y que supo hacerse digno de la misma hasta el final: Manfred von Richthofen, el Barón Rojo. El primer libro de táctica que yo daría a leer a mis futbolistas serían sus memorias.  Así aprenderían aquellos más dados a ello por su natural que conviene a la contienda que uno se presente bien vestido al terreno de batalla; que mejor que un entrenador, como si uno fuera un perro de presa, es tener a un superior por jerarquía y experiencia, siquiera para acabar suplantándole con tu propia, nueva e inexorable ciencia; que el respeto no se da de suyo sino que se gana o se pierde con las propias palabras y acciones; que es quien derriba la presa (quien marca el gol) el que reclama la gloria, y no quien da el último pase; que la alegría de sentirse por encima del rival se pone mejor de relieve cuando al enfrentarte a él le permites acometer para responder a continuación con una maniobra superior.

Yo creo que la directiva del Barça, por mejor ajustarse a su arte servil, debiera promover un cambio en el escudo del club; no por una pequeña y coqueta estelada en la pechera, bandera sosa hasta la inanición, demasiado manida e ideologizada, sino que los jugadores deberían adornarse con el escudo del 209 Escuadrón de la Royal Air Force, aquél que bajo una sólida corona isabelina y sobre círculo beige en campo de azur muestra con orgullo una poderosa águila roja en caída libre, exánime, entregada ya sólo a su peso muerto, que simboliza el derribo del barón von Richthofen, y con él, el final de toda una raza de hombres. Como añadido mórbido, con ese punto de gratuita crueldad que el populacho precisa de hacer bien patente cuando ha quemado y reducido a cascotes la casa de campo del aristócrata que hasta ahora le daba trabajo (trabajo que ahora se hará, como recordaba Nabokov al hablar de sus antiguos sirvientes liberados por la horda bolchevique, no ya con el justiprecio de un salario sino con la única remuneración de la alegría de hacerlo por el bien común), en la parte baja del escudo reza el lema: Con todas nuestras fuerzas.

Pero volvamos al partido de alevines. La presentadora de la televisión le pregunta al capitán del equipo que va perdiendo qué hace falta para remontar el partido. Y el mocoso, crecido al saber que responde con una frase que le hará ganar crédito a los ojos de todos, responde: ¡Más trabajo! Yo no les veo como alevines; antes bien se me antojan gente envejecida, recansada y renunciada de los tratos propios de la juventud, animados no por el espíritu del juego o de la caza sino por un impropio deseo de eficacia en todo movimiento del alma, hijos putativos de aquel futurismo áureo de Marinetti pero sin brillo ni orgullo ni lenguaje ni potencia ni deseo, salvo el deseo de embutirse en un chaleco reflectante (el primer uniforme del Trabajador) y de pedir una subvención para seguir jugando (trabajando) en la escuela deportiva municipal; lejos, muy lejos de aquel flaco niño de posguerra cuya única ambición era la de reventar a patadas un desflecado balón de cuero contra la soleada pared de la iglesia del pueblo.

Yo a su edad, tímido como era, acribillaba indios a balazos en mi solitaria imaginación; no soñaba con ganar el Campeonato Veraniego de Koljós del Bajo Ampurdán. Es más, los campeonatos en los que participaba no los organizaban seis comisiones interdisciplinares de concejales de cultura y deportes, diputación provincial, policía municipal y servicios sociales (para meter con calzador a ese niño árabe aún ligeramente desnutrido que gracias al cielo y a la Guardia Civil ha sobrevivido al naufragio de la patera y que, todavía perplejo por el aluvión de cuidados y atenciones recibidos intenta decirle al traductor que a él lo que le gusta es el baloncesto). No: los campeonatos en lo que yo jugaba (sin ganar más que aquel partido aislado que  justificaba el tan ibérico casi) los organizaba una liga de pequeños comerciantes; el panadero, el de los ultramarinos y el más pudiente de todos, el de la tienda de souvenirs, que reunían una modesta cantidad para comprar una copa y una medalla en la que el relojero del pueblo grababa a buril una inscripción conmemorativa. Otras ligas, y en estas también jugaban los mayores, las promovía y pagaba algún mediano industrial de provincias deseoso de presentarse como mecenas de aquel deporte que abandonase en su no tan lejana juventud. Estoy casi seguro de que recordaban con deleitada ensoñación los balones de piedra-cuero con gruesas costuras de hilo, las camiseta a rayas verticales, el pantalón a lo Zamora, y también al aguador armado con botijo, boina, sonrisa y pava, de rodillas junto a la banda y soñando siempre con entrar a un campo que le está vedado por una cojera de posguerra). Pero si algún campeonato recuerdo con especial cariño era el que verano tras verano organizaba ese dueño de chalet playero que, venido de la capital sólo para las vacaciones estivales, gustaba de ver a los equipos de cada apartamento destrozar sus geranios (a cuya restauración dedicaría el resto del verano) desde un rincón sombreado de su terraza, siempre deseando no hacerse notar; antes bien, en chanclas y con un bañador una talla más grande, dedicado a la poda de la palmera o a la reconstrucción de los desconchados de la valla durante el curso de cada partido con tal de pasar desapercibido. Y el terreno de juego (no de Trabajo) no estaba rodeado por una docena larga de vigilantes vestidos con uniformes de colores radiactivos tal cual si vinieran de regar el reactor de la central de Fukushima, ni en la banda había una ambulancia con tres miembros del SAMUR social, ni la psicóloga municipal nos había dado charla alguna sobre no darle patadas a los otros niños.

Contábamos con otro beneficio, este de orden casi espiritual. Entonces no había polideportivos, gracias a Dios. Jugábamos en un descampado. Desde luego que ya no abundan, desaparecidos presa no sólo de la avaricia de los partidos políticos por nutrirse del suelo sino también de la repugnancia que todo descampado que se precie provoca en un progre, pues se constituye en la materialización en piedra, polvo, yerbajo y caca de perro de sustancias para él intolerables: en un descampado el tiempo pasa con lentitud, no hay nada que hacer más que pasear (pero el paseo es demasiado corto como para necesitar de cardiómetro, podómetro, pulsómetro, bebida isotónica, gafas oscuras, casco de seguridad y camiseta reflectante), crecen las malas yerbas, antagonistas en todo de aquel jardincito japonés hecho de una apática gravilla sintética que tan obedientemente se deja limpiar de impurezas por un rastrillo en miniatura que cumple con la normativa ISO no se cuántos para que mis hijos no se atraganten con él (¡quién me iba a decir que mis hijos comerían rastrillos miniaturizados!), jardincito portátil cuyas propiedades sedantes, taumatúrgicas, ricas en valores y hasta carminativas avala otra psicóloga flaca con gafas de pasta en un suplemento dominical). Y no abundaré sobre lo de los perros.

En punto a descampados sí me reconozco cierta autoridad, pues no hay día, costumbre u onomástica de mi infancia que no haya transcurrido en uno. En Pascua florida y para comer la mona, el primer mandamiento para la familia consistía en buscar y plantar sendos pedruscos (para mayor desconcierto de cuatro cochinillas de San Antón, que velozmente se plegaban sobre sí mismas en un inútil acto de enfurruñamiento, o desaparecían inexplicablemente entre la tierra húmeda haciendo un mentís que dejaba al niño con un palmo de narices ante la expectativa de capturar alguna y llevarla al colegio al día siguiente en una fiambrera) que delineaban una portería cuyo arco, pese a ser invisible y carecer de sustancia, quedaba patente por un vitruviano extender de brazos y piernas que mi padre realizaba como acto de jurisprudencia geométrica tanto como para dejar patente a su hijo, con un sólo y efectivo gesto, que ni un sólo balón iba a franquear aquél marco aéreo en toda la tarde.

Al disfrute balompédico solía antecederle otro, este de carácter privado. En sábado y sin clases me sentaba en una silla con las piernas colgando y un álbum de animales prehistóricos en las rodillas, abierto la mayoría de las veces por la página en la que el tiranosaurio se retuerce hacia el cielo con las fauces abiertas mientras que al fondo un volcán lanza una palmera de lava, de lo que se comprendía no sólo que el reptil tenía un acusado sentido de la composición y de la estatuaria, sino que éste se manifestaba con mayor plenitud en los momentos más trágicos, sentido que sería muy conveniente aprender e incluso dominar en los años venideros. Cuando no con el de prehistoria pasaba la tarde con el álbum (que ya entonces anticipaba un tono beige, el de la pátina del tiempo) de animales del mundo, el que contenía el rey de los cromos, a saber, el de un par de leonas en pleno salto y detenidas en el aire en virtud de aquél espíritu que llevaba a todos los animales de los cromos a adoptar poses canónicas. Era en un salto interminable que las dejaba siempre a punto de derribar a un búfalo cafre que, adivinando lo fatal de su inmediato futuro, abría la boca y giraba la magnífica cabeza encornada, no se sabía si para ensartar la cuerna en la barriga beige de sus cazadoras o por mejor encomendarse a algún santo africano, de esos que han hecho mérito en misiones.

Si alguna enseñanza ha dejado poso en mí de aquellas horas dedicadas a los devocionarios de cromos es la de que el punto culminante de la velocidad se alcanza en la inmovilidad. Así para el Archaeopterix  (que se muestra detenido para siempre en su vuelo en una burbuja de ámbar en la que nos muestra los incomprensibles motivos palenotólogicos de su agon) como para las leonas en plena exhibición de estilo o para el tiranosaurio que muere lentamente una muerte shakesperiana, el punto culminante de la velocidad se alcanza cuando se logra una cierta inmovilidad, una cierta lentitud en los movimientos y en los gestos que pone de manifiesto un dominio natural sobre las cargas y urgencias del cuerpo, un saber sobreponerse a los imperativos de los lances del partido o los que conlleva la necesidad de puntos para el campeonato. A esa majestuosidad que se manifiesta a través del nieztscheano, epicúreo, noble y aristocrático sometimiento de la fisiología y de los imperativos seculares por medio de la voluntad, los toreros le llaman despaciosidad. No se debe confundir despaciosidad con gracilidad: tanta de la primera poseían Pujol y Goicoetxea, pesados e ingráciles como estatuas babilónicas, como reservas de la misma poseen Özil y Zidane, ligeros y aéreos como bailarinas de Ingres. Y creo que ahí casi se acaba el catálogo de los poseedores de despaciosidad en la Primera División, aunque confío en que a los Valerón o a los Joaquín que apenas medran ya en la Liga les dure muchos años ese poso de raza y ese punto taurino de gusto por la lentitud y la majestuosidad en el gesto.

Desposeído de nacimiento de la virtud de la despaciosidad y siendo refractario a la franciscana disposición blaugrana de obediencia ciega al precepto oriental de autismo futbolístico, Cristiano Ronaldo constituye una rara avis del fútbol contemporáneo. Una reliquia. Para ser más exactos: un enemigo. No sólo es más chulo que un ocho (siempre en abierta rebeldía ante ese periodista que incrustándole el micrófono bajo la nariz le reclama, le exige un gesto de humildad, de esa falsa humildad arriba revisada) sino que es hijo de un pueblo de cazadores de cachalotes. Hasta su pelo, residencia prototípica del vigor, parece impregnado de la grasa de las espermacetas. No creo que Cristiano rinda la ciudadela ante el periodista, que por lo general se ha erigido a si mismo en juez y portavoz del buen cumplimiento del principio oriental de rendición de la persona, pero si así fuera me quedará el consuelo de haber vuelto a ver en él una reminiscencia de aquella figura que salía a jugar al patio del instituto ataviado con vaqueros, botas camperas y un paquete de Ducados en la manga de una camiseta bien ceñida.

Y ahora planteamos una pregunta capital: ¿es Messi el epítome de todo jugador moderno? Tal y como yo lo veo, Messi, con todos sus méritos y condecoraciones, es jugador de una y la misma jugada, a saber, la entrada en diagonal en el área (en todas sus variantes), seguido siempre por una pequeña corte de defensas que replican su diagonal unos pasos por detrás sin apercibirse nunca de que el enemigo natural de la diagonal es la secante, ignorantes en su denodado esfuerzo por anular al delantero de las más elementales nociones de geometría euclídea y de los rudimentos de la trigonometría, que con severidad judaica dictan que una pequeña fortificación de defensas distribuidos como secantes respecto de la función seno-coseno reduciría angustiosamente el número de líneas de tiro disponibles para el súbdito de la diagonal. Córtesele el control del balón en el momento de la recepción del mismo, tal y como hicieron hace nada los jugadores del Bayern, y habrán ustedes proporcionado la receta que hará que todos y cada uno de los corresponsales deportivos, afectos o no, hablen no de la ciencia del adversario sino de la baja forma temporal del astro.

De Iniesta ya he dicho algo. Lo que hasta ahora no había dicho es que algunas veces, en el sopor de las pesadas siestas de pretemporada, imagino al de Albacete, en vez de regateando a su propia sombra o dando solitarios naturales al balón en medio del campo (o reteniéndolo en huecos de las extremidades inferiores jamás soñados por el más avezado anatomista para así detener el juego y volver a comenzar una y otra vez la misma y eterna jugada del mía-mía hasta que el contrario deje un hueco de puro sopor o le engañen con un truco de prestipedestación) repartiendo pases de treinta metros a Torres, a Ibrahimović, a Shevchenko o a ambos Ronaldos, quienes a su vez nos regalarían con desmarques previos fruto de esa virtud del delantero nato que consiste en hacerse pequeño, invisible en medio del campo o en un lateral sólo para aparecer de la nada ante los ojos de los aficionados, o en una esquina de la pantalla de televisión, ya en plena carrera e irremediablemente dirigido hacia la portería contraria al son de un épico creschendo de griterío en la grada.

En Inglaterra, Torres parece actuar a la tan ansiada orden por parte de cualquier jugador (por ese chiquillo inquieto y bullero, hábil como un demonio con la pelota de reglamento regalo de reyes) de muévete por donde quieras, mandato hegeliano por excelencia, que lejos de menguar un ápice ese punto juvenil tan suyo y que como un buen desodorante no le abandonará jamás, se sustancia en su mote, El Niño. Además, si bien Torres participa de esa élite formada por la fascia de los atletas de élite (una élite más del Trabajo), de esos elegidos por el Estado o por sus representantes en la Tierra para, como decía Benet, ser cebados, hinchados, adoctrinados y moldeados según el ideal prometéico de los tiempos, decía que pese a haber sido entrenado como todo futbolista contemporáneo según el ideal hitleriano y stalinista de la máxima eficacia en la prestación y en la radiación como imagen del trabajador, El Niño, quizá por su natural de pueblo, reticente allá adentro a la tiranía, tiene largos periodos de adormecimiento y letargo durante los cuales no mete un gol ni al arco iris. Es durante esos periodos cuando yo soy más torrista que nunca. Verlo fallar una y otra vez las escasas ocasiones de las que disfruta me recuerda a otros delanteros, a ese Julio Salinas, que erraba siete de cada ocho disparos sólo para así seguir sustanciando la ibericidad del casi, para enervamiento de una audiencia que entonces aún se debatía entre la tradición y la innovación, entre ir al pub o en seguir yendo los domingos al campo a comer la más humeantes de las paellas acompañada de una sangría servida en aquellos vasos de plástico que pertinazmente se doblaban apenas cogerlos (dejando así un borrón muy de Turner en la camisa) y de una sandía sobrevolada por robustas moscas dalinianas . Es durante esos periodos de ausencia cuando el ralo mostacho de del Bosque debe sufrir las más horrendas convulsiones, pensando su dueño en que por fin tiene motivo para no llevar al Niño a la Selección y deleitándose en la potente imaginación de un partido jugado exclusivamente por centrales y en el círculo central, sin concurso alguno del rival, ese partido ideal budista de anulación del impulso de gol, de contención de todo deseo de desmarque para cumplimiento de la orden antiartística del Conducător: sólo existís vosotros. Ya las porterías propia y contraria se difuminan, ambas áreas se alejan hasta desaparecer en una larga perspectiva caballera, y en el centro, sí, ahora todo es centro, un grupo de iniestas y silvas y matas se pasa el balón como en la merienda de campo de una acuarela impresionista, ajenos al mundo y a sus contingencias, ajenos a todo lo que no sea un hegeliano entregarse al principio de l’art pour l’art curiosamente sometido a la ley nietzschena del eterno retorno.

Del Bosque… ¿por qué Mourinho no ha llegado a triunfar en el Real Madrid? Porque el encaje entre dos mundos irreconciliables es imposible. Porque pese a todos los intentos del portugués (y como tal romántico; Mourinho es el último romántico del fútbol), el césped, las gradas, los recogepelotas (ese hermano de sangre del maletilla taurino que pasaba el partido pegado a la banda remasticando una faria cuyos efluvios inundaban la única y baja grada del campo y mareaban hasta al árbitro, que de manera impenitente corregía a chillidos todas y cada una de las ordenes del entrenador y que soportaba bajo su boina capada, con resignada paciencia rural, otra goleada más a su equipo; ese recogepelotas bajito y embutido en una gruesa chaqueta de pana abotonada hasta el cuello, cuya mayor y única satisfacción en toda la temporada consistía en recoger aquél balón mal despejado por un defensa o rebotado tras un sonoro plantillazo y devolverlo con una rotunda patada que, amén de enviar la bola al cañar del otro lado del campo, habría de ser el gesto que reivindicaría de una vez y por todas la valía de un delantero frustrada por la imperativa llamada del agro español), las banderillas del saque de esquina, los jugadores, todo, todo está impregnando por el Espíritu de los Tiempos, por esa sumaria formulación de la mediocridad rampante, y así el resultado de la hibris es algo deforme, monstruoso, un galimatías táctico. Mourinho no ganará esta batalla imposible de ganar, y mucho me temo que en su vejez futbolística bajará el número de victorias en su casillero. Pero, de igual manera que con su fichaje por el Bayern Guardiola amenaza con conquistar y destruir uno de los últimos bastiones del fútbol, implantando la tan exitosa fórmula artística oriental del desprecio al rival (que de aplicarse sin duda acabará con los rubios ídolos nibelungos transformados en calvos monjes budistas), cabe la esperanza de que Mourinho disfrute de una segunda y última juventud en el Chelsea dándoles a sus jugadores amplios espacios de césped donde dar patadas al balón. O eso es lo que a mi me gustaría, así no volviera a ganar un partido.

Se podría pensar que los porteros, por su condición de jugadores solitarios (la mayor parte del partido patrullando un área que libre del asedio del enemigo no por ello propicia una mengua en el número de rondas ni permite aquella relajación de las costumbres al amparo de la cual aquél un flaco imaginaria de provincias se fuma un pito apoyando los pies en una pared encalada), estarían exentos del gravamen oriental, pero… la legendaria chulería porteril… ¿queda algo de ella? Desde luego que ver a Casillas o a Reina volar hacia la escuadra con el mismo escorzo agónico y elástico que tiene el Cristo de una pietá, e igualmente elevados por los aires, libres de las pesadas cargas gravitatorias que pesan sobre el resto de los mortales, para al finalizar el partido declamar ante el micrófono de una presentadora (repeinada con esos rulos tan a la moda, de diosa griega vista por dibujante de manga japonés) que sí, bueno, que lo importante es el resultado, que el equipo estuvo bien, que hace falta humildad, que… pues deja patente que ni en su condición de santo Casillas está dispuesto a perder crédito de ciudadanía, eso que se compra cuando uno recita en público los lemas socializantes del momento. Quizá él no, pero puede que su representante viera las ventajas mercantiles y espirituales de fichar por un club indio, pues no hay duda de que promovidas por su condición de santón salvador del equipo local no tardarían en aparecer (en templos de provincias, cruces de caminos y tiendas para turistas) estatuillas de escayola pintadas en amarillo azafrán representando a un joven y delgado europeo atrapando un balón con alguno de sus tres pares de brazos.

Y es que como todo imitador, Del Bosque exagera. Así como aquél licencioso oficial de las SS, apenas finalizadas las tediosas maniobras y el interminable papeleo, aparecía en un oscuro club del arrabal berlinés con los morros cubiertos por un dedo de carmín, corsét, medias de rejilla y unos senos de caucho que ya los hubiera querido para sí la Venus de Willendorf, ofreciendo a la enardecida concurrencia cuartelaria un repertorio de chuscas canciones populares (a diferencia de aquél otro más mórbido y delicado cadete que, sentado al fondo de la sala en una mesa a media luz, fuma lánguidamente un fino pitillo, vestido con una falda hasta los pies desnudos -compuesta con una pesada cortina procedente de una requisa en un castillo- y una blusa semiabierta -que guarda en el secreto de su petate-, reproducción fiel y exacta de aquellas lánguidas peccatrici venecianas que un día anterior a la guerra viera en un libro de ilustraciones en la biblioteca de su padre -un ralo grupo de mujeres medio despeinadas y de aspecto tísico apoyadas en la pared desconchada y con borrosas manchas de humedad de un canal secundario-), igualmente el entrenador charro ha escogido y sublimado los rasgos más sobresalientes de la táctica blaugrana y los ha impuesto como sello personal sobre la frente de un equipo nacional al que ni siquiera se puede llamar Selección Española sin que algún memo circundante apostrofe: la Roja. Pues ni por esas, ya que manda la tradición futbolística que un equipo vestido de un solo color de pies a cabeza reciba como apodo el nombre de ese color, mientras que si camiseta y calzón fueran distintos se nombraría al equipo con el color de la zamarra y en diminutivo: la Rojilla. Tratándose de la selección nacional, y viendo el cariz que toman las cosas, yo casi que me quedo con Selección Española, siquiera sea para tocarle las narices a quienes admiten en el equipo a centrales fariseos y mediapuntas separatistas onerosamente pagados al amparo del blando escudo constitucional. Y es que Del Bosque no sólo ha traído a la Tierra un nirvana futbolístico, sino que habla de él con un lenguaje abiertamente esquivo so capa de que sus únicos intereses son la composición de la plantilla, su buen desarrollo táctico y abanderar a los parias y a los humildes de un país con nombre propio: Antiespaña. Anti no por dar cuerda a esa falsa moneda que es el separatismo subvencionado; digo anti por la asunción de todo precepto anglosajón (salvo los del fútbol), de esencia anti-ibérica (consulten a Stirner, a Nietzsche o  a Jünger, o publiquen mis inéditos Diarios de Guerra, 2003-2011, y paren mientes en las precauciones que se toman con respecto a la tal palabreja esencia), lo que ha convertido a los españoles en ovejas asustadizas, necesitados a cada paso y en cada dilema de la guía y patronazgo de un especialista, a saber, de un universitario de carrera (o de uno que hizo un cursillo o alcanzó un cargo en el municipio) capaz de todo con tal de arrogarse una mezquina cartera municipal, universitaria o privada con la que sancionar la composición del desayuno, el lenguaje de mi hijo o el paseo diario, que gracias a ellos tendrá más normas, preceptos y tabúes que la Torá, y para ejecutarla según los dictámenes policiales del Espíritu de los Tiempos.  Y conste que la no aceptación del dictamen del especialista conlleva una enorme mengua en el crédito social, que es la moneda acuñada el 11 de marzo de 2004 para sustituir a aquella otra que sólo sirvió, como agente infiltrado, para abrirle camino: la tolerancia. ¿Tanto les costaba a nuestros progres cromañones convivir con el tímido monacato neandertal sin dejar patente que, a lo sumo, habían accedido a tolerarnos?

Para mí que ese aire de santurronería que le precede y le da fama, esa mansedumbre adormilada y rural que le da sello y timbre no es más que la manifestación en cuerpo que se habrá de corromper del precepto orientaloide blaugrana: ¿a qué preocuparse, si el rival no existe? Y es que ya lo avisó Nietzsche allá en su cátedra; que cuando España hubiera agotado sus grandes reservas mineralógicas de ibericidad sería presa fácil de los preceptos anglosajones orientalizantes que su maestro de grandes patillas difundía con un sentido fatal de la fatalidad.

No es pues extraño que el mero hecho de criticar el juego del Barça, y el de la Selección equivalga a quedarse sin el crédito social que proporciona en estos tiempos tener al menos un par de hijos hiperactivos y uno con síndrome de Asperger, más aún porque los criterios diagnósticos se han relajado a conciencia: a mala conciencia. ¿No ha visto usted a las madres a la salida de los colegios dándose el parte completo y deliberadamente exagerado de las enfermedades mentales de las que están siendo atendidos sus hijos por el psicólogo de la escuela? Yo si. Fíjese. Pues lo que no ha mucho eran enfermedades raras y con cuadros bien delimitados ya son privilegio de todos, y así no menos de cuatro o cinco niños por clase habrán de ser diagnosticados con ellas. Tal es el ansia del psicólogo por transformar en enfermedad todas las facetas de la vida y con ello justificar su existencia, la incesante ampliación de su cuota de poder. Lo que no sabe el pobre es que ese poder le será extirpado de las manos por la Administración antes siquiera de que puede disfrutarlo. Si además de a Del Bosque y Cía. usted critica los blandos fundamentos ideológicos de ese juego usted ya es poco más que un paria, pues en Antiespaña hasta para jugar con una pelota necesitan de un sólido corpus, generalmente bendecido por una normativa municipal y autonómica que garantice no sólo que el jugador no se pelará las rodillas sino que el juego, si no le sirve para jugar, al menos le enseñará valores feministas, seguridad vial, respeto por los tapires amazónicos y la verdadera historia de su región autónoma, y todo ello de una sola patada y con tan sólo tres o cuatro concejalías trabajando en armonía.

Pero de igual manera que no veo a los jugadores blaugranas ni a los de la Selección (valga la redundancia) muy dispuestos a imbuirse del espíritu apolíneo de sumisión a la finalidad trágica, artística y simultáneamente dionisíaca de la obra, tampoco les veo con ánimos de liberarse de las imposiciones orientales para alzarse a la altura de los alegres pilotos del escuadrón de Manfred von Richthofen o a las cimas trágicas de don Federico. Y mira que me fastidia, porque uno le tiene más simpatía al Dioniso nibelungo que al plomizo patilludo, pero quizá la última esperanza de ver de nuevo partidos de fútbol en lugar de ejemplificaciones éticas sea que Hegel fiche por el Barça, y que desde el banquillo imparta su doctrina de una amplia libertad de acción: que como en aquél patio de colegio, la composición del once se eche a chapí-chapó, que la posición en el campo se asigne espontáneamente según el natural del niño; que vuelva el portero-jugador, ese híbrido imposible pero eficaz creado para resolver la deficiencia numérica en uno de los equipos en contienda y que acababa siempre o con un épico gol a favor en saque de esquina, libre de marcador porque al fin y al cabo quién va a marcar a un portero, o con ese desesperante gol en contra conseguido con un chut desde propio campo, el portero cesando a medio campo la carrera hacia su portería ante la inevitable trayectoria del balón; que el defensa del equipo más afortunado en el reparto, y por tanto menos atareado, se apoye en un poste de la portería para cambiar cromos de dinosaurios con su portero; que no haya más árbitro que la discusión a chillido limpio, ni más norma para declarar una falta que la fuerza del más listo.

En San Vicente del Raspeig,

a 14 de Junio de 2013

Jose Antonio Martínez Climent

PD: Este artículo está dedicado a quienquiera que sea el que, en la pared frente a la entrada del campo de fútbol del Alicante (Grupo IV de la Regional Preferente de la Región Valenciana), ha escrito la pintada que reza: Against modern football.

José Antonio Martínez Climent - Hegel - Barcelona - La Liga - Fútbol

 


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