Inicio » Sin categoría » El tren de Russell

El tren de Russell

Categorías

Ha venido la feria al pueblo. Huele a canela, a embutidos fuertes, a humo de freidurías. Una mano eficaz y laboriosa ha sembrado la calle de paradas donde se venden grandes hogazas de pan, prehistóricos pulpos sazonados que cuelgan de rotundos ganchos, collares de pedrería barata, máquinas de labrar. Casetas y toldillos se alinean al pie de ambas aceras, y por un efecto de sutileza geométrica la calle se hunde sin fin en una lacerante perspectiva de luces y gentío sazonada con una mezcla enervante de canciones de moda. Al fondo de la calle, hilando con los puestos con la mirada hasta al final de esa perspectiva expresionista, quien aventure la mirada alcanza a ver el oscuro descampado en el que acaban todas las ferias.

La vista se llena, se distrae con todo, apremia una necesidad pujante e infantil de comprar altramuces, caballitos de latón, churros o puritos de regaliz. Sin embargo, entre las idas y venidas de un puesto a otro (en un zigzag en el que el niño de antaño se reconoce como adulto sin la edad acumulada) no puede uno dejar de mirar de reojo aquel negro ámbito que se va haciendo más grande conforme cambio de parada. Llegado a ese tenderete ambiguo e imposible de situar en el tono de la fiesta (que obra en toda feria ambulante acumulando una magra colección de libros amarillos de Zane Grey, una jaula de perdices, linternas con o sin filamento, una caja de tuercas, dos muñecas tuertas, vigilado por un osco dependiente que sentado en una silla de mimbre tras el saco de pipas saladas no levanta la cabeza de una densa novela de título ilegible) se advierte que la perspectiva termina allí, es cierto, pero que tras un largo hiato de sombra aún queda un puesto más. En efecto: apartada del resto de las casetas se asienta una colección de flojas bombillas que entre sus halos irregulares, cuando el ojo se acostumbra, dejan leer un cartel que reza: “El Tren de la Bruja”. Algo puja muy adentro; el corazón se hace notar, oprimido por una emoción antigua. Todo deja de existir en derredor, sólo resta esa fijeza que atenaza nuestro ser entero ante la surgencia inesperada de la felicidad.

Con paso lento, pues los miembros pesan, se acerca uno a la caseta como a comulgar. Se anticipa la disolución del tiempo, la hierofanía irresistible. Es preciso detenerse ante la verja multicolor pues la densidad nos retiene: en ella reconocemos esa prudencia que también llaman liturgia. Así, de lejos, miro.

El primer vistazo a esa magnífica estructura porfiriana me deja una profunda desazón. Algo indefinible es contrario a lo que el cuarentón desañado presentía en sus adentros al ver el desleído cartel luminoso. Las imágenes de otros trenes, perdidos en mi infancia, acuden en tropel, pero no se superponen con estereoscópica perfección sobre el que tengo ante mí. Sí, en ese viejo cinematógrafo que es la memoria alguien proyecta recuerdos precisos de matinales sabatinas montado en los vagones descubiertos, de los gritos y escobazos que la bruja o sus esqueletos acólitos proporcionaban a los niños en el túnel, del girar sin desplazarse de la máquina. El hombretón de hoy, con el desgaste que a veces supone el intelecto, yuxtapone a la imagen unos subtítulos algo impertinentes en los que se lee una acotación extemporánea: que todo fueron símbolos de la entrada voluntaria del joven héroe en el reino de los monstruos, lugar del que saldrá victorioso o no saldrá, convertido en audaz, luminoso guerrero o sentado para siempre en el vagón,  sometido hasta la muerte por la vergüenza de no haber mirado el miedo a la cara.

Así es; el proyector se detiene, la memoria cesa, la luz quema durante un breve segundo, los ojos se acomodan para ver que todo ha cambiado. El panel donde antes había dragones alados escupiendo fuego, sedientos murciélagos membranosos, una balconada que daba una falsa impresión de respiro arquitectónico y, al cabo, una vieja encorvada luciendo un solo diente está ahora ocupado por una colección de dibujos de castillos en pseudofuga caballera, príncipes musculosos con mandíbulas de cachalote y pechos de gimnasio, búhos, pelícanos voladores, una mariposa psicodélica, árboles con delirios de cariátide pintados sobre un cielo azul con muelles nubes de campiña dominical. También hay ranas en una charca; no sapos verrugosos, sino ranas amazónicas, y dos perrillos enanos miran al espectador con ojos acuosos y sonrisa pedigüeña. Sólo arriba, colgada del andamio que sujeta la fachada, en un burdo e imposible vuelo (de continuar la trayectoria se estampará contra la suelo cien metros más allá) hay una bruja, aunque no tiene verrugas ni lleva un gato negro entre las faldas: está allí, tallada en el cartón, libre de las leyes bidimensionales del panel, sin poder ocultar su nueva naturaleza de incómodo postizo.

Un aplicado chiquillerío está montado en el único vagón del tren, que para abundar en el misterio de la inadecuación carece de máquina motriz, lo que eleva la pregunta de si privado de locomotora no será presa fácil de las fuerzas oscuras que habitan el túnel. Por su parte, un nutrido contingente de madres y padres, se diría que hasta cuatro por infante, se abalanza sobre la prole dando tirones a unas correas de seguridad más anchas que aquellos cintos de cuero con placa dorada de los guardas de coto, toqueteando como incrédulos unas gruesas barras que aprisionan o embuten a los niños contra el respaldo de los asientos. El blando pitido de un silbato (grabado, aunque no se escucha de fondo una carraspera de estática) pone fin a la espera y… aquí vuelve a haber un defecto, un tropezón narrativo, un descuajarse la memoria, porque donde antes el agudo y apremiante silbato despejaba el ámbito estimulando toda clase de chillidos de alegría guerrera entre la hueste juvenil ahora no hay más que silencio y quietud en las filas, confeccionando así una imagen terriblemente análoga a la de esa vagoneta de campo de trabajo que en el documental previo a la primera sesión avanzaba hacia el humeante horno crematorio, pero sin los saltitos propios de la película de celuloide.

Cuando el tren se hunde por fin en el túnel (cinco madres capitaneadas por una más encendida -aunque por una pasión para mí irreconocible- todavía advierten al vendedor de entradas para que el tren no corra mucho) al silencio de la partida le sigue otro más ominoso, pues la vista de un vagón cargado de inocentes adentrándose lentamente en una cueva es siempre cosa que acongoja el alma. A tal silencio a su vez le sigue otro que no alcanzo a entender, reconocible por un tono menos grave en esa nota de ausencia que domina el aire fresco de la noche. No se oyen chillidos, ni gritos: no se oye nada. Pero cuando el vagón, tras una demasiado breve espera que denuncia un muy corto paso por el Reino de las Sombras, aparece por la otra boca de la gruta, llegado fuera, a la realidad russelliana iluminada por cenefas de bombillas, festoneada por un coro de madres que se ajustan las rebecas, comienza el griterío, el vagón se anima, y el coro antitrágico de preocupados progenitores rompe en aplausos porque una bruja de utillería (en la que reconozco al vendedor de las entradas bajo una careta barata) está siendo apaleada por los feroces e inocuos cachiporrazos que sobre ella descargan los jovenzuelos con unos largos cilindros de gomaespuma multicolor.

La desazón me ha sometido por completo. La moderna, edificante simplonería psicológica ha consumado una inversión más. Tan sólo cabe dar media vuelta, volver a casa cruzando la larga perspectiva de luces y puestos y refugiarse en el despacho al amparo de los libros cuyos lomos son ya casi nuestra única compañía. Bien sabemos que es inútil, que nada hay menos cabal que oponer resistencia al Espíritu del Tiempo que todo lo devora, pero dejemos reposar por un instante nuestro pesar hasta que se haga soportable. Quizá la feria llegue pronto a algún sitio donde alguien con más fuerzas que uno se conmueva. Quizá ese alguien aún desconocido sueñe con una reacción que restablezca no digo que el antiguo régimen de aquel niño que fue sino una menos estúpida disposición de las líneas de fuerza que rigen este mundo. Porque quien entrega su miedo al Estado, como hicieron los infantes en el tren, pierde todo resto de humanidad.

Debe de ser tarde. Noto el fresco de la noche en los dedos, en los labios. Subo el cuello del gabán, produzco una tosecilla que quiere despejar el ánimo, pero no puede. Antes de irme de la feria deslizo una nota a la mujerona que ocupa la taquilla (ya no cose o amamanta como antes hicieran las taquilleras, sino que cuenta y recuenta y vuelve a contar el taco mellado de las entradas que habrá de entregar a un funcionario recolector) en la que he escrito: “Estimada señora, le ruego tenga a bien situar en su puesto un luminoso que rece lo siguiente: Quien entre aquí, que abandone toda esperanza”.

 

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

bertrand russell niños 3

 

—————-

Apostilla:

No mucho después de haber escrito esta nota, leo por casualidad que en la lejana y querida Burriana…

“La Concejala de Cultura, en contacto con el grupo de teatro Bambalina, organizador del “Pasaje del Terror” previsto para este sábado por la noche, a la vista de la rapidez con la que se han agotado las entradas, ha decidido ampliar el número de horas y el número de entradas. Para facilitar horarios se repartirán en la casa de la cultura el mismo sábado por la mañana a partir de las 10.30 h. El Ayuntamiento da las gracias a la compañía de teatro por el esfuerzo y dedicación en esta actividad que tan popular se ha convertido.”

Burriana, a 30 de Octubre de 2015

Fuente: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=451231721727225

*******

Original:

La Regidoría de Cultura, en contacte amb el grup de teatre Bambolina, organitzador del “Passatge del Terror” previst per a este dissabte que ve la nit, a la vista de la rapidesa en la que s’han esgotat les entrades, ha decidit ampliar el nombre d’hores i el nombre d’entrades. Per a facilitar horaris es repartiràn a la casa de la cultura el mateix dissabte al matí a partir de les 10.30 h. L’Ajuntament dona les gràcies a la companyia de teatre per l’esforç i dedicació en esta activitat que tan popular s’ha convertit.

Fuente: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=451231721727225


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: