Inicio » Articles posted by joseantoniomartinezcliment

Author Archives: joseantoniomartinezcliment

qvcocotiers@hotmail.com

Anuncios

Pijilandia rural: las contrageórgicas.

En cierta ocasión de bar de facultad, entre mucho humo de cigarrillo y algunos cascos de quintos, vine a decirle a un amigo que cada Parque Natural delimitado constituía la certificación del fracaso del biólogo. Naturalmente sobresaltado por tal revelación, desde entonces me miró siempre con recelo, y poco a poco dejó de hablarme. Contando el presente, va para veinte años que trabaja en uno de esos parques. Traigo esto a cuenta de que hoy son  muchos quienes celebran la Redención del campo en España, la extirpación de la condición paleta de sus habitantes, su ilustración según el modelo urbano, el adecentamiento de los caseríos, la iluminación de sus vías, la higienización de cenagales, todo ello en nombre del Progreso Social, que como Vds. saben es el nombre de una fe planetaria de naturaleza furiosamente laica. Permitan que me explique con brevedad y, quizá, con cierto tino.

No siempre el idealismo es buen compañero de viaje. Más aún cuando en su tradición consta el mandato de ocultar los precios que impone la consecución del ideal y el entierro a oscuras de los pecios que quedan hundidos a su paso. Así ocurre con el ideal que ha sometido al agro ibérico, a sus ramblas, pedreras, vallejos, barrancos, manantiales, sendas de cabra o de buey (también las de cabestro), poblachos, villorrios y aldeas. Bajo las especies del progreso económico y de la rehabilitación moral et espiritual del campesino (a quien el urbanita cataloga como su más mortífero enemigo, pues por lo general lo pone frente al espejo de sus necias complicaciones y sus vanas altanerías), el campo, como advertía Ortega, se ha convertido en poco más que en un locus amoenus infantil y aburguesado, desprovisto a punta de cizalla moral de todo rastro de misterio, cercenado hasta lo imposible de riesgo y resistencia, adecentado para poco más que el paseo de esa especie de hombre de hoy que ante todo cuida de su alma de funcionario. Esto, que suena a cascada un tanto ruidosa, lo ilustra un simple vistazo a la plaza Mayor de cualquier pueblecito castellano, levantino, extremeño, e incluso una visita a las Hurdes, región donde Buñuel, de vivir hoy, acudiría no a grabar sino a saciar su estómago y su sed prodigiosa en algún restaurant de cincuenta euros el plato.

Ya lo apuntó Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, en su novela “El rompimiento de gloria”, y también el asunto consta en otras, “Campo de víboras” o “La tierra del grajo”: La naturaleza “democratizada” prohíbe la hierofanía, desinfecta el misterio y dispone el peligro como excusa para su propia aniquilación. El resultado está a la vista: donde antes hubo campo hoy sólo queda jardín, convenientemente señalizado para la tranquilidad del burgués (del revolucionario) y del idealista (que sacrifica la naturaleza por el ideal de la naturaleza), con vistas y senderos dispuestos por el Estado regulados por policías (“monitores”, perdón por el palabro) y por organizaciones paragubernamentales que persiguen al paseante solitario. En suma, el hombre de hoy, tan altivo en su ansia de progreso e ideal, detesta al campo, y sólo lo transita si antes convierte veredas y barrancos en el paseo marítimo de Benidorm.

Tras semejante escabechina, pues ya no queda parcela rural en España que no haya inclinado la cerviz ni campesino que no deteste la soledad del monte, uno ve con renovado asombro cómo las voces de nuestros más notables se alzan orgullosas de haber enterrado al paleto ibérico y de haberlo vestido de mona, quiero decir, de cursi urbanita (contingente inmenso formado mayormente por legiones de quiero-y-no-puedo en perpetua exhibición de una supuesta superioridad moral derivada de su condición progresista, de cuyo cuerpo destacan lo que Nietzsche llamaba sacerdotes ascéticos¸ a saber, jetas más o menos ilustrados de toda laya y condición que se autoproclaman párrocos de la masa), y todo para que éste les reciba en lo que un día fue la casa de sus abuelos y ahora es un hotelito equipado con wifi¸ chef de postres, piscina, tumbonas estilo pub de Ibiza, canasta de basket para despachar a los críos a la hora del revolcón (quiero decir, de la merecida siesta tras cinco duras medias jornadas en la Consejería o en el Ayuntamiento), chalecos reflectantes, mountain bikes de alquiler y no menos de diez carteles subvencionados de plástico biodegradable que tapan la vista y ordenan el paseo.

Se me dirá que el campo se moría y que era cosa de urbanización o muerte, y uno responderá que bien podrían haber tomado el camino de la agricultura y la ganadería en lugar de caer por el turismo, ya que tanto les gustan las berzas y las mascotas. Lo cierto es que las tareas que aconseja Virgilio

uncir la vid al olmo, y qué cuidado
nos merezca el rebaño y el ganado
como también la diligente abeja,

que en castellano rudo se dice labrar de sol a sol u ordeñar la gruesa teta de la vaca, ya nadie las practica por el gusto de hacerlas, y, de verse forzado, tan sólo si consta por escrito la seguridad de una subvención. Se nos dirá que siempre estarán Constable o Pla como lugares intermedios, y responderá uno que no. El paisaje de Constable tiene su sitio su lugar, que no es otro que Inglaterra, y el de Pla, los minifundios catalanes, tan ordenados y productivos. Y no es que uno desprecie estos sabios consejos. Al contrario, Dios quiera que un día una porción del agro ibérico adquiera parte del impulso de utilidad y de belleza que ambos autores entrevieron en óleos y en ensayos, pero bien hará ese Numen tutelar que hoy se esconde en simas y encinadas (huyendo del grupo excursionista vestido de chaleco radiactivo, del animoso ciclista que lo mira todo sin ver nada, de la horda budista que ensucia el pinar esparciendo su Nada) en ponerle barrera a su ideal y en apartar lo más hondo de la sierra para sí. Dios quiera que los cuervos preserven su seno calcáreo o granítico y los grajos sus dominios de karts y berrocal para que allí sigan reinando la muerte y el misterio (la pudrición otoñal, el relámpago destructor, los consejos de hongos, las guerras del clanes de los lobos); todo para que un día lejano, junto a una cuerna de cabra, un excursionista perdido y desesperado encuentre allí la reseca calavera de unos huesos que todavía vistan el emblema raído de un piolet.

Y también para que este viejo cascarrabias pueda un día volver a pasear por las umbrías silenciosas y frías donde, estoy seguro, todavía caben sus huesos a poco que en el monte se hagan de nuevo el silencio y la soledad.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 27 de Noviembre de 2018

 

turismo rural pijos pijos

Anuncios

Monarquía

Hasta los salvajes de Sir James George Frazer sabían que es mejor divinizar y tabuar a un rey que extender el hechizo al consejo de ancianos. La concentración de ser (pues los reyes no representan nada, sino que son) bajo la especie de pueblo y nación en una persona supone un formidable ahorro de fuerza. Véase que la Reina de Inglaterra es Inglaterra, y que el resto es accidente, cosa mudable, y compruébense las ventajas de tal identidad comparadas con la democrática multiplicidad de ser que habita cualquier ayuntamiento, diputación, cámara nacional e incluso en los cuadros de las ONG’s parapoliciales que hoy tanto abundan o en la sede de los partidos políticos: cualquiera se cree depositario del ser de su nación, con el teratológico resultado de cutre nacionalismo que padecemos. Por eso la Monarquía es formalmente superior a la República.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

rey felipe princesa leticia

 

Satanás o el olvido

Hay un campo de almendros no lejos de aquí que nunca será valle de nada, y menos de caídos, que todavía guarda los huesos insepultos de unos cuantos fusilados. Pocos saben dónde está, y como su historia la han prohibido, los muertos que allí ejecutaron seguirán durmiendo en paz sin que ningún miserable los excave para exhibirlos como cobarde signo de victoria tardía. ¿De qué bando eran? Mezclados: algún republicano de feble mentalidad comunista, que así se ganó la bala en la nuca; un par de falangistas de ocasión, de esos a los que el devenir de las campañas dejó en un lado como pudo dejar en otro; unos pocos sin parte ni filiación que defendieron una iglesia de la quema, y entre ellos un paisano más bien seco de modales y casi mudo que estando allí de pie, esperando el tiro entre burlas gruesas y escupitajos en la cara, sólo acertaba a pensar en el hambre que esperaba a su familia tras su muerte. Ejecutados los de su izquierda, y antes de que le llegara el turno, para dentro de sí maldijo todo el aceite de estraperlo que esos hideputas le habían requisado en los últimos dos años. Tanto como los cabrones de enfrente.

Fue así que dos haces de luz amarilla y polvorienta cortaron las siluetas negras de los almendros, seguidos de un jeep destartalado en el que un mando local venia montado fumando un apestoso caliqueño. Finalizada la inspección de los cadáveres se llegó al paisano y le dijo al cabo ejecutor: “A este me lo dejas vivo que el muy perro cava pozos de puta madre, y de la huerta sabe un rato. Me lo mandas para casa. ¡Eh, Antonio, mira qué suerte has tenido!”

Antonio murió de un lento cáncer pocos años después, ya terminada la guerra. Se sentaba en una silla de mimbre al borde de la acequia del Gualeró, donde pasaba las tardes mirando la bajada de las aguas cuando el alguacil levantaba los partidores. Una de las últimas cosas que dijo mi abuelo fue esta: “Carmencita, no vayas nunca al campo de almendros, y si vas, santíguate todo el rato hasta que pases de largo. Con el cagao ese del capitán ya hablaré yo dentro de poco allá arriba, y lo que le voy a decir es mejor que no lo oigas. Pero que le estuve meando en el pozo un año entero te lo juro por estas”.

Lo que Carmencita no supo, porque nunca se lo dijo Antonio (aunque sí a su hijo, que ya acabada la guerra había heredado la servidumbre en la casona del capitán, para entonces metido en el textil, acumulando fortuna protegido por el apellido familiar y por una agenda a prueba de bandos), es que una noche tranquila de verano, pasada una estación desde aquella madrugada en la fila de los muertos, mi abuelo se coló en el dormitorio del señorito con un martillo de pelar almendra, y que detenido al borde de la cama donde dormía el capitán republicano estuvo allí de pie, escuchando el canto lejano de un mochuelo, pensando si abrirle la cabeza como se merecía o si dejarle el juicio a Dios.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 11 de Septiembre de 2018.

hombre y y piedra

De dioses y tormentas

Netón no es dios con el que andarse con melindres ni zarandajas. Sólo un necio o un laicista (…) tendrían la osadía de negarle culto o de hacerle burla al dueño del rayo y del trueno. Es cierto que va para siglos que nadie le rinde las debidas ofrendas ni solicita sus oráculos, montaraces, caprichosos, como los de todo dios que se precie, pero no es menos cierto que si algo tiene lo divino es una infinita paciencia para esperar la ocasión propicia.

En punto a enfados destructores Netón nada tiene que envidiar al viejo Ukko o al Thor escandinavos, ni al Tláloc del desierto mejicano, tan áspero que cuando no estaba en el cielo vivía en los espinos. Apegado a la celeste tradición, el viejo dios celtibérico tenía por orgullo enviar de vez en cuando una lluvia de serpientes que a medida que caían desde las negras nubes o del cielo despejado (para aumentar el efecto) se aserraban e incendiaban de pura luz hasta convertirse en rayos. Es muy posible, en consecuencia, que la tan hispánica expresión “que te parta un rayo” venga de aquellos tiempos antiguos cuando tal cosa era, más que posible, casi segura a poco que uno airase al dios o mal le hiciera a su vecino, que, resentido, apelaría a su justicia incendiaria.

Hay quien dice que fue Nikola Tesla el enterrador determinista de la dinastía tonante. Con empeñado genio científico, el joven inventor hijo del imperio austríaco acabó por entender la potencia fantasmal de la luz circulante, e incluso con el tiempo fue capaz de producirla enclaustrada en bobinas y dinamos sin necesidad de que nadie solicitase oráculo ni diese óbolo para venganzas. Más no cree uno que así fuera. Tesla no fue el domesticador del rayo, sino su exégeta en términos científicos. Cabe incluso que Netón, para entonces ya muy hecho a la morada celeste con vistas a una tierra que ni siquiera recordaba su nombre, viese con buenos ojos a aquel científico finsecular tan espigado y bien vestido, con su bigotín almidonado y sus modales imperio mostrando al mundo sus enormes e incomprensibles aparatos que, al cabo, mediando un seco chasquido anunciador, hacían nacer del mero aire de la sala la centella azulada, aserrada, serpentina, entre oes de asombro y algún que otro desmayo de las señoras de bien.

Y he aquí que ayer mismo un rayo venido de la nada acertó con fina puntería el tronco de una altiva y moruna palmera que crecía en sus abonos municipales en un jardincito del pueblo de San Juan, provincia de Alicante, uno de esos que de jardín sólo tienen el nombre porque no pasan de ser concreción de esa legislación sobre la higiene del comportamiento en que el munícipe progresista convierte la vida del votante. Nubarrones veloces agrisados, fanfarria de negros truenos, algo de lluvia para completar el atrezzo, un chasquido eléctrico (como los de las máquinas de Tesla), y palmera derribada, sin causar mayores daños.

Será porque la religión está cada vez más retirada o prohibida de la vida pública (menos las religiones seculares, que están en pleno auge de fe). O quizá porque sólo los viejos huertanos y pastores del pueblo, ya octogenarios o cesantes de vivir, conocen la cuna de ese rayo al que los técnicos del concilio apellidan de “aislado”, como si San Juan estuviera ya tan lavado de su historia reciente y rural que nadie pudiera cuestionar la naturaleza determinista y azarosa de aquella sierpe eléctica. Sea como sea, el sol ha vuelto a salir esta mañana. Netón estará otra vez en plena siesta de cien años, a la espera de que una picazón divina le mueva a levantarse de su lecho y a pensar por un momento si nos envía rayo suelto o si baja en serio a este valle de lágrimas (moderno, higiénico, descreído de todo salvo de sí mismo, tan aburguesado en su autodevoción como en sus grises revoluciones) aprovechando las gotas frías de septiembre. Mientras tanto nadie tema que rayo alguno le parta, pues el concilio sanjuanero ha creado comisión de investigación en “coordinación con el Departamento de Medio Ambiente” con el fin de completar “un estudio exhaustivo de las diferentes especies de arbolado y su situación”. Así, con ideología e impuestos disfrazados de harapos técnicos, es como el necio hombre progresista cree domeñar incluso al rayo destructor.

Netón, te lo ruego: no tardes.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 18 de Agosto de 2018.

Netón, dios del rayo

 

Cazar a Leviatán

Para presentar este libro, empezaría por decir que “nos llena de orgullo y satisfacción” que Julia Escobar, dama Caballero de las Artes y las Letras de la República de Francia, traductora, escritora y periodista, firme el prólogo, pues constituye una gran alegría. Cabe seguir a continuación por esta senda de montaña:

Vivimos tiempos agitados. Todo se conduce hoy bajo el sello de una movilización circumplanetaria en la que las ideologías se presentan como meras máscaras mortuorias, con su repertorio de avalorios de canje y su lenguaje prestado de un pasado en el que apenas sobreviven los restos de sus fracasos. Sometida a las marejadas de todas las fuerzas, que por primera vez y desde la Revolución Francesa operan en un mismo sentido, la persona singular se enfrenta al dilema, expresado en términos carcelarios, de adherirse a la movilización a cambio de réditos fantasmales, o emboscarse. El conservador o el moderado se exponen a canjes imposibles entre los pecios del ayer y las promesas de paraísos terrenales de hoy. El sosiego lo turba el murmullo incesante de la turba, el paisaje lo acastillan postes con advertencias y calaveras, el demos muestra cada día un poco más su naturaleza brutal.

Pero no cabe desesperar. Toda batalla perdida de antemano ofrece la ventaja táctica de un enorme ahorro de fuerzas que cada cual podrá invertir en sí; en un sí señalado por el Estado, paradójicamente, como la tumba del ser. Dejemos pues que las ideologías prosigan su labor, la ornamentación funeraria del planeta; que el amanerado cortejo de la Nada exhiba su pompa fúnebre; que Leviatán, en suma, reine mil años en un Reich demoníaco, y aprestémonos en cambio a pensar, como advierte el Marqués de Tamarón, que no hay belleza que no irradie del cuadro de San Jerónimo.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 27 de Julio de 2018

en Alicante.

Disponible aquí.

Cazar a Leviatán - José Antonio Martínez Climent 2018

 

La medida exacta de mi cráneo

El historiador de la literatura Paul Kluckhohn, en un día no poco inspirado de la húmeda primavera tudesca de 1942, escribió esto en su cuaderno de notas: “Hoy es un gran punto de inflexión: la idea de una comunidad racial popular se revive y se fortalece, las divisiones parecen obsoletas, y también esta concepción tendenciosa luchada por Hölderlin que, según sea el caso, reduce al individuo a ser un intelectual o un manual clavado en su máquina. Nuestra comunidad racial popular debe recuperar su unidad para que todos se sientan miembros de un cuerpo al que pertenece con todo su ser”.

Como tantos después en aquél Reich de los Mil Años y un sólo Hundimiento, herr Kluckhohn creía haber formulado de manera harto lírica la sentencia de muerte del individuo, la fórmula de disolución del romanticismo, y el ensalmo que repetirían arias madres a arios hijos durante al menos un milenio, hasta que el Cuarto Reich viniera para alzar a esa comunidad racial popular a Wotan sabe qué alturas socialistas.

Se cuenta en los mentideros de la universidad (valga la redundancia), que años después, humeantes aún las trincheras de Verdum por la fuerza piroclástica de los lanzallamas arios, el guardabosques Martin Heidegger repasó el texto de Kluckhohn como fuente primaria para sus cursos de filosofía, y que tras una primera lectura frunció el ceño. Su formidable intelecto había encontrado una quebradura en la línea de carga de la comunidad racial. Como ario sí, pero perezoso no era, se puso inmediatamente a la tarea y esa misma mañana la grieta conceptual quedó subsanada con este razonamiento sencillo y eficaz: era precisamente por la agencia del lenguaje poético alemán, y en particular por medio de la poesía de Hölderlin, que los alemanes se distinguían del resto de Europa, ganando en ello legitimación como guías y como jueces de todo el continente. En las mismas fuentes del demenciado poeta suabo donde Kluckhohn viera mancanza socializante, Heidegger había encontrando fundamento y justificación para la práctica de una “soberanía fuera de la ley”. Mientras que la ciencia, decía, dirige su foco y su potencia al control material de la naturaleza mediante la creación de puros automatismos, la poesía holderliniana se constituía como el puro pensamiento al que la ciencia era constitucionalmente ajena. El fondo telúrico de lo tudesco emergía con fuerza versificada en los poemas del romántico Hölderlin, dando sustancia e ímpetu al ser germánico, a cada verso más diferenciado de las perezosas razas mediterráneas, anquilosadas por las fláccidas emanaciones de una poesía griega exangüe desde hacía siglos, por una tradición cristiana contaminada de judaísmo, de progresismo anglosajón y de republicanismo afrancesado.

Así, de un sólo movimiento Heidegger justificaba un biologicismo elemental de raíces germánicas sustentado en la poesía, y, de paso, también quedaba apuntalado filosóficamente el difunto Tercer Reich, aunque fuera a posteriori. Y quien sabe si también el Cuarto, en caso de que alguien tomase la antorcha de las manos cadavéricas del Führer. Los alemanes puros, en cuanto que susceptibles a Hölderlin, estaban facultados para pensar; el resto, judío o polinesio, cherokee o negro congoleño, era biológicamente incapaz de ello, y residía en una condición infrahumana, bestial. En consecuencia, una Alemania de nuevo purificada debería regir el destino del mundo, por su propio bien.

Convertir la poesía en medio de clasificación racial fue, como poco, algo peculiar. Fiar la posibilidad del pensamiento a la orgánica receptividad hacia un poema suponía un refinamiento sin precedentes que, como todo refinamiento, presuponía un filo acerado con el que el mundo se dividía entre quienes cortan libras de carne impura (los refinados) y quienes son tasados mediante el peso de la porción cortada. Refinados o no, versificadores o afines a la prosa, los amigos de la pureza racial medran hoy en España como setas en el antiguo bosque de Heidegger. Y es pena que así sea, porque donde la subvencionada legión (que a Dios gracias ya no es famélica) ve motivo de ruptura ontológica, biológica y administrativa uno, más orteguiano, admira la maravilla erosiva de una cuenca hidrólogica, la mansa solemnidad de un glacis, el humor petrificado de un escudo cuaternario, la brusca pertinencia de una sierra y, al cabo, el interminable repertorio de las costumbres de los hombres urdido para siempre en el paisaje. La generosa variedad que puebla la tierra desde el Aneto nevado hasta la mar atunera de Cádiz quisiera verla uno indivisa y regida por un Estado único, mínimo, fuerte, económico y monárquico (porque tanto poder nunca debe caer en unas solas manos), en lugar de andar partida y endeudada. Puede que así, mediante una mínima intervención, se pudiera fortificar una cierta libertad de acción, pensamiento y sentimiento hoy en franca retirada, de modo que el ser de cada cuál no dependa del delirio poeticoracial de nadie. O del ideológico, que viene a ser lo mismo pero en el gulag. Y que así lo popular regrese a su legítimo propietario: el pueblo, dejando a los administradores e ideólogos del folklore secarse al sol ibérico cual fardachos sedientos en pleno mes de agosto.

No deseo que nadie mida mi cabeza. Ni con barretina cuatribarrada, ni con hoces y martillos, ni con el casco de Don Jaime, ni menos aún con una tupida txapela-bomba. Deseo inútilmente que la juiciosa máxima de Arcadi Espada, “contra la idea maligna e impracticable de que a cada comunidad cultural deba corresponderle un Estado” cuaje por doquier. Y mientras espero lo imposible, veo que hasta mis amigos se vuelven craneometristas. Pienso melancólico cuál será la medida exacta de mi cráneo. A lo que se ve, es una cifra tan valiosa que bien merece la pena saberla y guardarla en secreto, para decirla al oído de mi amada justo antes de morir.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 24 de Mayo.

Festividad de San Simeón Estilita El Joven, que buscando la soledad cambió tres veces de columna.

Simeón el Estilita

 

 

 

Reseña a Entre líneas y a contracorriente. Bitácora 2008-2018, de Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón.

Lo que hoy nos convoca es la publicación de un libro, asunto (casi) siempre gozoso. Más aún porque además de un libro, resulta que éste es una bitácora. Lo que ha hecho Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, no ha sido escribir ex novo para la ocasión, sino verter su bitácora virtual (es decir, insustancial; no por falta de interés, sino por estar hecha de unos pocos orbitales cuánticos, vacuos como todo lo electrónico por muy llamativo y útil que resulte) en un libro contundente de presencia y elegante de factura, nada insustancial. Y en eso tienen no poco mérito amigos discretos y diligentes, como Shenai Martínez y Chimo Soler, que han participado en la edición con la misma competencia con la que el demiurgo platónico resolvió la hechura de todas las cosas.

A la sazón. Bitácora es el diario que lleva el marinero y que guarda en la bitácora. Dirán que es paradoja que alguien de tierra adentro escriba una derrota marítima en lugar de un dietario serrano, aunque discrepo: cartas de marino tiene el autor por haber servido en un barco, y no precisamente al modo inconsolable del gaviero Maqroll o con la solitaria amargura de Nemo; diría que antes bien con algo de la finura estilizada y polaca de Conrad, por mucho que Santiago sea andaluz. Y no vean adulación en estas consideraciones personales, pues hoy rige el propósito de probar que, en Tamarón, persona y obra son uno. No dirán que tal rareza en las letras patrias no merece el esfuerzo.

Bitácora casa con el hábito anotador de quien caminado va viendo el mundo y lo reseña en su cuaderno. Decía George Steiner que anotar es mostrar respeto a lo leído, y uno añade que también a lo vivido, que también es lo navegado. La bitácora bien empernada contiene un compás magnético suspendido mediante un cardán que contrarresta el sincronismo transversal y longitudinal del buque. Ahí es nada. Más aún, en su exterior está la línea de fe, que debe estar ajustada con el centro del barco o línea de crujía. Por si ésta fuera poca lucha contra las seducciones del mundo, que a todo trance buscan desviar el rumbo del navegante, en su interior se colocan imanes para contrarrestar el campo magnético terrestre, fuerza tremebunda, y a ambos costados habrá sendas esferas de hierro dulce para anular la desviación causada por el hierro de la propia nave. Sólo tomando semejantes precauciones estará seguro el capitán de que la aguja náutica señalará en todo momento el Norte magnético.

El Norte magnético de Tamarón bien podría ser la belleza, y las agujas que la señalan son varias: la erudición sabiamente administrada, una justa reacción, los modales perfectos, una cierta condición de heresiarca comedido, un elegante estoicismo y un sutil pesimismo, de esa especie rara que sólo está en el corazón de las personas de natural alegre. Con tales instrumentos preciosos va componiendo su hoja de servicios y escribiendo su bitácora, que es otra forma de decir “que cumple con su carta de marear”. No busque más el lector en materia de navegación santiaguina, aunque lo hay; con ello tendrá suficiente para ocupar años enteros siguiendo las muchas pistas que sobre lo bello y sus derivaciones va dejando en sus páginas, así como material para fortificar los límites de su propia reacción a un mundo cada vez menos atractivo y más abiertamente hostil a lo singular y a lo cultivado.

Item más. Como buen liberal reaccionario, Tamarón está dotado para el mirar venatorio que describe Ortega como condición de un pensamiento cabal y como guía en la escritura. Ahí donde lo ven, tan alto y como distraído (y en eso verá alguno el sello british que dicen que lo adorna), yo afirmo que lo ve todo. Ya en cierta ocasión de sobremesa tuvo uno la certeza de que por esos ojillos apuntados y coquetos no cesaba de entrar en ordenada sucesión todo aquello que uno era, todo aquello que uno decía, y hasta lo que callaba por torpeza. El propio orgullo de cazador con los ojos quedó ese día rebajado por el de un cazador más potente. Y como buen venator, el Marqués guarda memoria de todos los rastros, de todas la veredas, de los altos oteaderos, de los aguardos mejores, así como lo hace el gaviero desde el castillete de su palo mayor, descifrando con su vista acostumbrada corrientes, vientos, meteoros, surtidores, remolinos, olas, fosas y puntas de arrecife.

Quede claro: la bitácora es prerrogativa náutica del capitán. En ella apunta lo extraordinario y lo reglado, todo lo que es de orden para la buena guía del barco. Así hay registros en este grueso cuaderno tripartito que son fuegos de San Telmo por su brillo hermoso y fugaz; los hay irónicos, mas no de esa ironía moderna que antes bien es sarcasmo y crueldad ideológica, sino finura intelectual, mordaz y elegante, puya fatal acertadísima y breve de alto diplomático que da un sorbo a su Martini con ginebra y que con su interdicto acaba de asegurarse la admiración secreta de todas las esposas de la reunión, tanto como el resquemor de sus picajosos maridos. También hay piezas sentidas, como cuando en forma de esquela despide a un amigo que lo fue por cercanía o por admiración de su obra; otros son anécdota, y por ello material de primera clase para el historiador sagaz, no para el estructuralista, miopón irredento; en otros arrecia el carácter, como cuando toca sancionar al pirómano ibérico, especie detestable y consentida. Componen al cabo estas notas y artículos no una frívola collazione de curiosidades eruditas, sino un canon que sólo al corto de miras le parecerá puramente personal, pues sin dejar de serlo tienen virtud escolástica, aire de universitas, sazón de ecumene, todo eso de lo que en mala hora se desprendiera Europa para vaciarse en una cultura progresista tan altiva como pueril que ha reducido el conocimiento a la utilidad, el brillo de la Creación a la luz explosiva del Big Bang, el localismo cosmopolita al nacionalismo, la erudición a la inane curiosidad científica, la literatura a la indignada servidumbre ideológica. Disfrute así el lector de las reflexiones de un capitán calmo, sereno, solitario en su camarote y hasta un poco melancólico (lo justo para que la nostalgia no devenga lacrimante, cual es vicio de mal escritor), y hágase la muy marinera estampa de un don un tanto conrradiano posando para el retrato bajo unas velas bien cazadas, firmes de escota, altivas de porte, desplegadas para recibir el viento.

Y dígase esto con urgencia: a pesar de la saturación intelectual y exigente que nutre la obra, presentada siempre con un goliardesco toque pagano, no podrá el crítico acusar a este libro de rancio o de plomizo, pues a la fresca densidad erudita de los textos añade el autor la novedad editorial de ofrecer los escolios de quienes en su día leyeron los capítulos en la moderna pantalla de su ordenador, máquina que en verdad dejó de computar hace veinte años para ordenar la vida de todo el orbe. A fe que hay escolios de altura, pues amén de algún distraído bienintencionado, mayormente es gente educada y culta quien anota los textos.

Siendo así amena, y esta es la pega que le encuentro al libro, la lectura de Entre líneas y a contracorriente deja a su comprador del todo insatisfecho, como los cigarrillos a Oscar Wilde, porque después de leer sus 1.400 páginas nos queda la clara impresión de que lo que Tamarón ha dejado fuera es mucho más de lo que ha escrito. Quizá sea éste talento de escritor de fuste; apuntar al vuelo de un mirlo, a la forma de una nube, a una debilidad conceptual en Hegel, dar en la diana como distraído, y dejar así la certidumbre de que nos encontramos ante un formidable tirador que por modestia y por modales no desea exhibir toda su potencia de fuego. En esto se diferencia Tamarón del ensayista moderno, que descarga en dos párrafos o en dos páginas todo aquello de lo que es capaz en punto a intelecto y reservas de pólvora, cayendo sin darse cuenta en el fondo oscuro del peor estilo, presa de soberano engolamiento. Y esto hila con esto otro que ahora digo. No sé dónde leí, o sí lo sé pero lo callo, que Santiago de Mora-Figueroa era un cínico y un mal diplomático, y por ende un mal escritor, porque se entregaba con demasiada propensión al estilo y no tanto a la función. ¡Qué craso error de juicio! ¡Qué escasez y qué cortedad! “¡Qué melonar!”, que decía Baroja. Inazō Nitobe, japonés de temple british y diplomático al servicio del Sol Naciente allá por el cambio del pasado siglo, tuvo el acierto de cifrar, también en un bello libro, que la virtud diplomática coincide con la del buen escritor, y que ésta no es otra que acumular fuerza en la santabárbara del estilo. Una alta hechura administrada con soberana contención y deliberada reserva no sólo ahorra dispendios bélicos sino que predispone al enemigo (y, desengáñense; el lector es el enemigo jurado de todo libro) a moderar su ímpetu atacante ante la sospecha de que lo que hay tras la apostura es una vis aniquiladora en todo superior a la propia. El estilo deviene así una economía de fuerzas, un ahorro de moneda, acumulación de un capital que en cuestión diplomática, y por ende en la escritura, no es otro que dignidad. Un hombre digno es un hombre poderoso. Un libro de alto estilo es pura potencia contenida, y Rilke ya lo dijo, que aquello que es más potente podría hacernos perecer por su mero existir.

Mas descuide el lector de esta reseña. La lectura de Entre líneas y a contracorriente no producirá más bajas que las debidas al prejuicio contra el estilo tan propio de estos tiempos. No sé si causará más filiaciones a los altos motivos que en él se tratan (desde la pertinencia de una rima hasta el incendio devastador; de la virtud de la polifonía a la separación entre cursilería y paletez), pero afirmo que ante la sosa gravitas que lastra a los escritores de hoy, leer a Tamarón supone un alivio de primer orden, lustración tras la ardua jornada en un mundo decantado hacia la fealdad, escorado e incapaz de navegar de bolina cuando el viento no caza las velas. Digo alivio a conciencia, no por componer una figura retórica: toda belleza consuela, y dado que nadie en la República de las Letras Españolas (que paradójicamente componen la suma de esos monarcas absolutos que son los escritores) la desea en su obra por no verse acusado de elitista, celebremos la publicación de este libro por lo que és: un codex pulchritudinis.

Sí; hay en él un cierto ánimo escurialense, un hábito benedictino, una propensión de cartuja, un humor jerónimo, un deseo de claustro y a la vez un soberano alabar las maravillas materiales extramuros que, salvo para el marxista irredento, también son las del espíritu. No vean aquí herejía ni mucho menos panteísmo. Uno cree que se puede ser pagano siendo cristiano; en confidencia, diría que es algo natural. Por eso, a modo de ensueño literario, componiendo un cuadro entre realista y de Tiziano que nace desde hondo, a veces se imagina uno en lo borroso de una siesta al Marqués de Tamarón departiendo con ese otro formidable cazador que fue Nicolás Gómez Dávila. Están ambos al fondo, de pie, apoyados en un carro tirado por bestias y, delante, hombres con armas preparan y mueven bultos pesados, animados por los preparativos de la columna. Pronto lo sabemos: es la expedición de caza con la que concluye uno de los mejores libros que leerse puedan; Eumeswill, de Ernst Jünger. El hechizo de la inminente partida ha ensanchado el mundo. El sol brilla en el cenit de un cielo claro, la brisa sacude las camisas entreabiertas y las banderolas del campamento que se levanta. Dávila y Tamarón departen animadamente, de vez en cuando dan alguna orden que se cumple de inmediato y con vigor. Lían una picadura mordiente, alzan la mano de visera, secan el ligero calor del medio día que humedece las frentes. Si pudiéramos oírles, pero no podemos,  sabríamos que mientan la abundancia de tal o cual planta ruderal vista en el margen de la senda; que inscrito en el vuelo alto del milano hay una promesa de calor y de carroñas; acotan ahora a Heidegger, que no podía ser tan nihilista como presumía de serlo si vivía en un gran bosque, y de seguidas matizan una rima gongorina con un asonante inédito y feliz. Y así nos alejamos, pues la hora de nuestra expedición todavía no ha llegado. Hemos de partir, más no es nuestra hora de cazar. Para no olvidar la forma de la felicidad futura volvemos la vista, pero ya no los vemos, mezclados entre sus hombres fieles. Quién sabe si un día seremos nosotros tan altivos monteros, o tan afortunados peones.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 5 de Abril de 2018

en Alicante.

Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón

Santiago de Mora-Figueroa y Williams, Marqués de Tamarón, diplomático y escritor.

Entre lineas y a contracorriente.- Marqués de Tamarón.- Santiago de Mora-Figueroa

Portada de ENTRE LÍNEAS Y A CONTRACORRIENTE, Vol.I.

—————————————-

ENLACES DE INTERÉS:

Entre líneas y a contracorriente, Volúmen I, II y III en Amazón.

Libros de Santiago de Mora-Figueroa

Bitácora del Marqués de Tamarón, reabierta en la primavera de 2018.

Vídeo: resumen de la presentación en la Escuela Diplomática

 

Tamaron ed

El Marqués de Tamarón durante la presentación, y en la firma de libros que siguió, el día 4 de Abril en la Escuela Diplomática de Madrid (© Escuela Diplomática, imágenes extraídas del vídeo).

Tamaron ed 2

 

A %d blogueros les gusta esto: