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Erosión

Desde que muriese el propietario y el mercado de la oliva, la granada y la garrofa no admitiera a minifundistas insancionados por los soviets estatales de la higiene y de la hacienda, cierta parcela de secano que ronda un villorrio de interior yacía hundida en esa latencia desmemoriada y polvorienta en la que se complace la huerta alicantina apenas la dejan de cultivar, ahormada en esa forma levantina de eludir el paso del tiempo que por un principio de exageración homeopática multiplica y acelera sus efectos hasta dejar el paisaje en una ruina vivificada por la espera. Se diría que en España tan sólo el paisaje fenicio ha aprendido que en la inutilidad, el caliche y la riada se esconde la única posibilidad de reviviscencia o el último resto de dignidad.

Algo de eso sabe el Numen del Progreso. Pareciera que, avisado de que la memoria anda siempre reñida con las devastaciones que causa el porvenir,  su empeño mayor consista en quebrar las defensas del olvido y los presupuestos del recuerdo. Quizá por eso envía a sus mejores agentes erosivos a esa huerta levantina encostrada en el pasado, y puede que conocedor de sus tercas resistencias se decida por una táctica de lento desgaste, confiado en que ciclistas, senderistas y moteros ejecutarán el encargo entregando por anticipado la cédula de defunción.

Esas arrugas de vieja que dejan las ruedas y las suelas, esa sorda rumorada que arruinan los gritos, esa horda colorida, refulgente, que agrieta la agrisada membrana de polvo y cascote clavan las estacas del progreso en cada una de las muertas terrazas y en los calvos taludes, pero mientras quede uno sólo de los que mamaron de la leche agria de amarillos alacranes, jugaron con las camisas de la sierpe, sestearon en el frescor de sus acequias o presintieron en el cielorraso de otoño la avenida y la riada ese Numen atascado no habrá completado su aciaga tarea.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent.

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Imagenes: cultivo de secano alicantino (entre San Vicente del Raspeig y Muchamiel) erosionado en sólo dos años por el paso de ciclistas, moteros y excursionistas (2018)

 

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Furtivos

Hay un lugar en España pequeño, recoleto y sombreado que desde antiguo viene siendo visitado por furtivos a la caza de cierto animal al que buscan por su carne, o por su piel, o por el gusto de vencerlo.  La senda por la que se llega es estrecha y bacheada, de modo que caminantes hay pocos, y porque lo exige el arte de la caza, y más de la caza furtiva, apenas se escuchan voces que no sean las de pájaros cantores. Va para cuarenta años que salvo alguna pareja en busca de amores apresurados o algún caminante solitario tan sólo los furtivos y algunos vecinos de las casas cercanas conocen esa vereda cubierta por el dosel arbolado. Es por eso que el sitio permanece idéntico a sí mismo, casi intacto, y como todo en él es castellano (sobrio en su verdor, gélido con las nieblas, recio cuando las tormentas, seco como un hueso en los calores de agosto), pocos son los que conocen su nombre y menos quienes lo quisieran saber. A cambio del secreto de su furtivo existir los hombres dejan alguna que otra botella abandonada, y siendo que no es mucho el rastro de su paso casi se agradece que allí queden tales restos de humanidad, para recordarnos que todo vergel está sujeto a los designios del hombre, única bestia que puede contar su historia y embellecerla con palabras escogidas.

Pero todo lo humano vierte en lenta caducidad. Más aún en estos tiempos atados al vertiginoso imperativo del progreso. Su negra curia ha decretado el penoso final; la secreta hijuela será pronto abierta por enorme maquinaria y substanciada en paso para ciclistas, en vía para turistas dizque rurales (de esa especie que detesta el campo hasta que no se lo allanan y lo sirven con hotel benidormita  y restaurant de cinco estrellas), todo ello adjetivado con un palabro de ocasión que rezuma cursilería y brutalidad: democratizar el monte.

Gracias sean dadas a los cazadores furtivos, Orden menguada y perseguida, por haber preservado esa pequeña maravilla durante tantos años a tan bajo precio. Y a lo que viene, maldita sea la res publica que lo parió.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

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Alfahuara

Con renovado acierto señala el escritor D. Francisco García Pérez que la frase cervantina “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia” ni la dijo Quijote ni aparece en los libros del manco. La fortuna con la que corre suelta se deba quizá al romanticismo que la impregna tanto como al aura que adorna su fuente. Naturalmente, hasta que D. Francisco hiciera justicia con ella y la situase ex Cervantes.

Cabe en consecuencia recordar que fue el propio Quijote, en su lecho de muerte, quien traicionó el ideal en ella contenido al denunciar sus nobles empeños de caballerías como delirios de un alma descarriada. Así fue como Cervantes reveló, esperando hasta el final, como si se tratara de Agatha Chirstie , que el ideal era Sancho. Su bajeza estomacal, su menestera artería, su cobarde actitud, su bizca, corta e inmediata necesidad fueron para Cervantes el modelo a seguir, y para probarlo no dudó en matar a Don Quijote y en hacerlo expirar repudiando su vis medieval. El mundo moderno, asqueado de las formas estamentales, contó desde entonces con un puntal materialista que para sí hubieran querido el socialismo utópico, la dialéctica de la historia, la frígida razón kantiana o el crudo cientifismo popperiano.

Esta crítica, por mucho que uno quisiera que fuese original, no le es ni por asomo, pues hasta Nietzsche se tomó la molestia de escribirla. Agradezcamos a Don Francisco su noble empeño erudito y quijotesco. En este mundo de sanchos no es extraño que a Quevedo se le olvide y que el cinismo cervantino cale tan hondo en todas partes. Con razón a Lenin le gustaba tanto el Quijote.

 

Fdo: José Antonio Martínez Climent

 

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Reseña de “La tierra del grajo”.

El diplomático y escritor D. Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón, comienza su reseña afirmando: ” Esta novela está llena de misterios, grandes y pequeños, relacionados con los espíritus, los hombres, los animales, las plantas, los elementos y los meteoros. Esos misterios plantean un caso de conciencia a quien escribe una reseña del libro.”

Texto completo en la bitácora del Marqués de Tamarón..

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La tierra del grajo, en la Editorial Verbum, Madrid.

ISBN: 9788490741573

 

 

Esta y la próxima entrada, DM, serán librescas.

 

 

Pijilandia rural: las contrageórgicas.

En cierta ocasión de bar de facultad, entre mucho humo de cigarrillo y algunos cascos de quintos, vine a decirle a un amigo que cada Parque Natural delimitado constituía la certificación del fracaso del biólogo. Naturalmente sobresaltado por tal revelación, desde entonces me miró siempre con recelo, y poco a poco dejó de hablarme. Contando el presente, va para veinte años que trabaja en uno de esos parques. Traigo esto a cuenta de que hoy son  muchos quienes celebran la Redención del campo en España, la extirpación de la condición paleta de sus habitantes, su ilustración según el modelo urbano, el adecentamiento de los caseríos, la iluminación de sus vías, la higienización de cenagales, todo ello en nombre del Progreso Social, que como Vds. saben es el nombre de una fe planetaria de naturaleza furiosamente laica. Permitan que me explique con brevedad y, quizá, con cierto tino.

No siempre el idealismo es buen compañero de viaje. Más aún cuando en su tradición consta el mandato de ocultar los precios que impone la consecución del ideal y el entierro a oscuras de los pecios que quedan hundidos a su paso. Así ocurre con el ideal que ha sometido al agro ibérico, a sus ramblas, pedreras, vallejos, barrancos, manantiales, sendas de cabra o de buey (también las de cabestro), poblachos, villorrios y aldeas. Bajo las especies del progreso económico y de la rehabilitación moral et espiritual del campesino (a quien el urbanita cataloga como su más mortífero enemigo, pues por lo general lo pone frente al espejo de sus necias complicaciones y sus vanas altanerías), el campo, como advertía Ortega, se ha convertido en poco más que en un locus amoenus infantil y aburguesado, desprovisto a punta de cizalla moral de todo rastro de misterio, cercenado hasta lo imposible de riesgo y resistencia, adecentado para poco más que el paseo de esa especie de hombre de hoy que ante todo cuida de su alma de funcionario. Esto, que suena a cascada un tanto ruidosa, lo ilustra un simple vistazo a la plaza Mayor de cualquier pueblecito castellano, levantino, extremeño, e incluso una visita a las Hurdes, región donde Buñuel, de vivir hoy, acudiría no a grabar sino a saciar su estómago y su sed prodigiosa en algún restaurant de cincuenta euros el plato.

Ya lo apuntó Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, en su novela “El rompimiento de gloria”, y también el asunto consta en otras, “Campo de víboras” o “La tierra del grajo”: La naturaleza “democratizada” prohíbe la hierofanía, desinfecta el misterio y dispone el peligro como excusa para su propia aniquilación. El resultado está a la vista: donde antes hubo campo hoy sólo queda jardín, convenientemente señalizado para la tranquilidad del burgués (del revolucionario) y del idealista (que sacrifica la naturaleza por el ideal de la naturaleza), con vistas y senderos dispuestos por el Estado regulados por policías (“monitores”, perdón por el palabro) y por organizaciones paragubernamentales que persiguen al paseante solitario. En suma, el hombre de hoy, tan altivo en su ansia de progreso e ideal, detesta al campo, y sólo lo transita si antes convierte veredas y barrancos en el paseo marítimo de Benidorm.

Tras semejante escabechina, pues ya no queda parcela rural en España que no haya inclinado la cerviz ni campesino que no deteste la soledad del monte, uno ve con renovado asombro cómo las voces de nuestros más notables se alzan orgullosas de haber enterrado al paleto ibérico y de haberlo vestido de mona, quiero decir, de cursi urbanita (contingente inmenso formado mayormente por legiones de quiero-y-no-puedo en perpetua exhibición de una supuesta superioridad moral derivada de su condición progresista, de cuyo cuerpo destacan lo que Nietzsche llamaba sacerdotes ascéticos¸ a saber, jetas más o menos ilustrados de toda laya y condición que se autoproclaman párrocos de la masa), y todo para que éste les reciba en lo que un día fue la casa de sus abuelos y ahora es un hotelito equipado con wifi¸ chef de postres, piscina, tumbonas estilo pub de Ibiza, canasta de basket para despachar a los críos a la hora del revolcón (quiero decir, de la merecida siesta tras cinco duras medias jornadas en la Consejería o en el Ayuntamiento), chalecos reflectantes, mountain bikes de alquiler y no menos de diez carteles subvencionados de plástico biodegradable que tapan la vista y ordenan el paseo.

Se me dirá que el campo se moría y que era cosa de urbanización o muerte, y uno responderá que bien podrían haber tomado el camino de la agricultura y la ganadería en lugar de caer por el turismo, ya que tanto les gustan las berzas y las mascotas. Lo cierto es que las tareas que aconseja Virgilio

uncir la vid al olmo, y qué cuidado
nos merezca el rebaño y el ganado
como también la diligente abeja,

que en castellano rudo se dice labrar de sol a sol u ordeñar la gruesa teta de la vaca, ya nadie las practica por el gusto de hacerlas, y, de verse forzado, tan sólo si consta por escrito la seguridad de una subvención. Se nos dirá que siempre estarán Constable o Pla como lugares intermedios, y responderá uno que no. El paisaje de Constable tiene su sitio su lugar, que no es otro que Inglaterra, y el de Pla, los minifundios catalanes, tan ordenados y productivos. Y no es que uno desprecie estos sabios consejos. Al contrario, Dios quiera que un día una porción del agro ibérico adquiera parte del impulso de utilidad y de belleza que ambos autores entrevieron en óleos y en ensayos, pero bien hará ese Numen tutelar que hoy se esconde en simas y encinadas (huyendo del grupo excursionista vestido de chaleco radiactivo, del animoso ciclista que lo mira todo sin ver nada, de la horda budista que ensucia el pinar esparciendo su Nada) en ponerle barrera a su ideal y en apartar lo más hondo de la sierra para sí. Dios quiera que los cuervos preserven su seno calcáreo o granítico y los grajos sus dominios de karts y berrocal para que allí sigan reinando la muerte y el misterio (la pudrición otoñal, el relámpago destructor, los consejos de hongos, las guerras del clanes de los lobos); todo para que un día lejano, junto a una cuerna de cabra, un excursionista perdido y desesperado encuentre allí la reseca calavera de unos huesos que todavía vistan el emblema raído de un piolet.

Y también para que este viejo cascarrabias pueda un día volver a pasear por las umbrías silenciosas y frías donde, estoy seguro, todavía caben sus huesos a poco que en el monte se hagan de nuevo el silencio y la soledad.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 27 de Noviembre de 2018

 

turismo rural pijos pijos

Monarquía

Hasta los salvajes de Sir James George Frazer sabían que es mejor divinizar y tabuar a un rey que extender el hechizo al consejo de ancianos. La concentración de ser (pues los reyes no representan nada, sino que son) bajo la especie de pueblo y nación en una persona supone un formidable ahorro de fuerza. Véase que la Reina de Inglaterra es Inglaterra, y que el resto es accidente, cosa mudable, y compruébense las ventajas de tal identidad comparadas con la democrática multiplicidad de ser que habita cualquier ayuntamiento, diputación, cámara nacional e incluso en los cuadros de las ONG’s parapoliciales que hoy tanto abundan o en la sede de los partidos políticos: cualquiera se cree depositario del ser de su nación, con el teratológico resultado de cutre nacionalismo que padecemos. Por eso la Monarquía es formalmente superior a la República.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

rey felipe princesa leticia

 

Satanás o el olvido

Hay un campo de almendros no lejos de aquí que nunca será valle de nada, y menos de caídos, que todavía guarda los huesos insepultos de unos cuantos fusilados. Pocos saben dónde está, y como su historia la han prohibido, los muertos que allí ejecutaron seguirán durmiendo en paz sin que ningún miserable los excave para exhibirlos como cobarde signo de victoria tardía. ¿De qué bando eran? Mezclados: algún republicano de feble mentalidad comunista, que así se ganó la bala en la nuca; un par de falangistas de ocasión, de esos a los que el devenir de las campañas dejó en un lado como pudo dejar en otro; unos pocos sin parte ni filiación que defendieron una iglesia de la quema, y entre ellos un paisano más bien seco de modales y casi mudo que estando allí de pie, esperando el tiro entre burlas gruesas y escupitajos en la cara, sólo acertaba a pensar en el hambre que esperaba a su familia tras su muerte. Ejecutados los de su izquierda, y antes de que le llegara el turno, para dentro de sí maldijo todo el aceite de estraperlo que esos hideputas le habían requisado en los últimos dos años. Tanto como los cabrones de enfrente.

Fue así que dos haces de luz amarilla y polvorienta cortaron las siluetas negras de los almendros, seguidos de un jeep destartalado en el que un mando local venia montado fumando un apestoso caliqueño. Finalizada la inspección de los cadáveres se llegó al paisano y le dijo al cabo ejecutor: “A este me lo dejas vivo que el muy perro cava pozos de puta madre, y de la huerta sabe un rato. Me lo mandas para casa. ¡Eh, Antonio, mira qué suerte has tenido!”

Antonio murió de un lento cáncer pocos años después, ya terminada la guerra. Se sentaba en una silla de mimbre al borde de la acequia del Gualeró, donde pasaba las tardes mirando la bajada de las aguas cuando el alguacil levantaba los partidores. Una de las últimas cosas que dijo mi abuelo fue esta: “Carmencita, no vayas nunca al campo de almendros, y si vas, santíguate todo el rato hasta que pases de largo. Con el cagao ese del capitán ya hablaré yo dentro de poco allá arriba, y lo que le voy a decir es mejor que no lo oigas. Pero que le estuve meando en el pozo un año entero te lo juro por estas”.

Lo que Carmencita no supo, porque nunca se lo dijo Antonio (aunque sí a su hijo, que ya acabada la guerra había heredado la servidumbre en la casona del capitán, para entonces metido en el textil, acumulando fortuna protegido por el apellido familiar y por una agenda a prueba de bandos), es que una noche tranquila de verano, pasada una estación desde aquella madrugada en la fila de los muertos, mi abuelo se coló en el dormitorio del señorito con un martillo de pelar almendra, y que detenido al borde de la cama donde dormía el capitán republicano estuvo allí de pie, escuchando el canto lejano de un mochuelo, pensando si abrirle la cabeza como se merecía o si dejarle el juicio a Dios.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 11 de Septiembre de 2018.

hombre y y piedra

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