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Reseña de una comida rural. Invierno de 2020.

Seré breve, pues el zumo de granada de mi desayuno está a punto de alcanzar esa temperatura perfecta, exactamente anumérica, en la que su sabor gomoso y coagulado… pero dije brevedad.

1.- La imposición del repertorio a servir & comer no corresponde al dueño del local, sino que es elección plenipotenciaria del cliente limitada por la carta de viandas, convertido por el mero hecho de entrar en el local en una suerte de Luis XVI que lo espera todo del servicio, como el servicio lo espera todo del cliente y con la misma educada discreción. Cuando por tres veces, como Pedro a Nuestro Señor, el propietario corrige al cliente y le impone sus platos, está cometiendo delito de lesa majestad.

2.- ¿Qué se puede esperar de un lugar cuyos magníficos ventanales dan a un paisaje castellano abochornado por el “¡Adelanteeeee, chicooos!” del susodicho y ya cargante propietario-regicida? ¿Hemos de poner en duda toda esta fenomenología rural?

3.- Uno espera lo peor, y sin embargo las alcachofas tocadas por variadas pero prudentes materias agropecuarias derriten nuestras defensas. Cuando el goce del silencio mezclado con huevo, sal y jamón alcanza el paroxismo en la quietud del local (pues todavía estamos solos), un camarero vestido de luto republicano incurre por el lado izquierdo del cuadro para agrietarlo en mil pedazos con un indigerible “¿Cómo va la experienciaaaa, chicoooos?”.  Cuántas veces a lo largo de una vida uno desearía haber acudido a ese curso de esgrima del que nos distrajo un amor universitario.

4.- El vino. ¿De verdad es precisa esa parábola amanerada que lleva el corcho a la nariz? ¿Qué clase de simiesca geometría es esta que despliega el camarero en repetidas trayectorias? ¿Es incapaz este súcubo siniestro de la más mínima naturalidad en el puro artificio que es cualquier acto estético? ¿Pero de verdad no ha leído y absorbido por su médula blanda, desviada, acúmulo gangliolar darwiniano, Cómo quiero que me sirvan el vino, de Arturo Pardos Batiste? ¿Debe ser el cliente quien le informe de la existencia de ese libro? ¿Será capaz de alejar el corcho de la nariz?

5. A- Pièce de résistance. Color marrón intenso por exceso de cebolla dorada, una enorme cama de lava irregularmente distribuida en borbotones sobre la que mueren unos trozos poliédricos de pollo corralino y bogavante de posguerra. La entrega del plato, su deposición en la mesa, ocurre bajo el signo fatídico de la dichosa expresión de moda: ”Bla bla bla, chicoooos”. El cliente extrae las gafas del bolsillo de su americana y contempla asombrado el plato de barro. Total ausencia de perspectiva o de simetría, tan sólo un derrubio de cadáveres, una fosa común. El sabor del escuálido bogavante, en caso de que se lo estén preguntando, abandonó el cuerpo del crustáceo hace demasiado tiempo como para captar un mero rastro. Las fibras musculares del pollo se incrustan pertinazmente entre los dientes, correítas de cuero, fetiche dental del camarero.

5. B.- Cuando todo recuerdo de aquellas maravillosas alcachofas con las que el truhán del propietario nos sedujo a su cueva platónica, pues aquí sólo sirven ideas, ha quedado reducido a polvo deseable, masticando el último cubo de ¿pechuga? llegamos a una suerte de látigo doblado, un apéndice impúdico y fláccido que yace en el centro mismo de la cazuela, momia aún fresca enmascarada por todavía una capa más de cebolla dorada en la que con gran atrevimiento, como el domador en el circo, acercando el tenedor con arrojo y temor, descubrimos el cuello del pollo. El cuello de un pollo muerto.

6.- Postre. La decencia belga del chocolate la matiza una goma verdosa con aspecto de gominola derretida cuyo sabor químico embadurna el paladar con un anticipo de la muerte.

7.- Licores. La potencia herbosa del orujo, con todo su empeño, no logra desviar nuestra mente del recuerdo de haber estado masticando el cuello de un pollo muerto.

8.- Cuenta astronómica en cajita de puros sin puros y un último y vengativo “¿Qué tal la experienciaaaa, chicoooos?”. Salida del local al frio castellano. Sol de invierno. Niebla incipiente. Un milano sobrevuela el valle. El olvido comienza su acción benefactora.

 

Fdo., sellado & cuñado,

José Antonio Martínez Climent

the picnic canvas

El tren de Russell

Ha venido la feria al pueblo. Huele a canela, a embutidos fuertes, a humo de freidurías. Una mano eficaz y laboriosa ha sembrado la calle de paradas donde se venden grandes hogazas de pan, prehistóricos pulpos sazonados que cuelgan de rotundos ganchos, collares de pedrería barata, máquinas de labrar. Casetas y toldillos se alinean al pie de ambas aceras, y por un efecto de sutileza geométrica la calle se hunde sin fin en una lacerante perspectiva de luces y gentío sazonada con una mezcla enervante de canciones de moda. Al fondo de la calle, hilando con los puestos con la mirada hasta al final de esa perspectiva expresionista, quien aventure la mirada alcanza a ver el oscuro descampado en el que acaban todas las ferias.

La vista se llena, se distrae con todo, apremia una necesidad pujante e infantil de comprar altramuces, caballitos de latón, churros o puritos de regaliz. Sin embargo, entre las idas y venidas de un puesto a otro (en un zigzag en el que el niño de antaño se reconoce como adulto sin la edad acumulada) no puede uno dejar de mirar de reojo aquel negro ámbito que se va haciendo más grande conforme cambio de parada. Llegado a ese tenderete ambiguo e imposible de situar en el tono de la fiesta (que obra en toda feria ambulante acumulando una magra colección de libros amarillos de Zane Grey, una jaula de perdices, linternas con o sin filamento, una caja de tuercas, dos muñecas tuertas, vigilado por un osco dependiente que sentado en una silla de mimbre tras el saco de pipas saladas no levanta la cabeza de una densa novela de título ilegible) se advierte que la perspectiva termina allí, es cierto, pero que tras un largo hiato de sombra aún queda un puesto más. En efecto: apartada del resto de las casetas se asienta una colección de flojas bombillas que entre sus halos irregulares, cuando el ojo se acostumbra, dejan leer un cartel que reza: “El Tren de la Bruja”. Algo puja muy adentro; el corazón se hace notar, oprimido por una emoción antigua. Todo deja de existir en derredor, sólo resta esa fijeza que atenaza nuestro ser entero ante la surgencia inesperada de la felicidad.

Con paso lento, pues los miembros pesan, se acerca uno a la caseta como a comulgar. Se anticipa la disolución del tiempo, la hierofanía irresistible. Es preciso detenerse ante la verja multicolor pues la densidad nos retiene: en ella reconocemos esa prudencia que también llaman liturgia. Así, de lejos, miro.

El primer vistazo a esa magnífica estructura porfiriana me deja una profunda desazón. Algo indefinible es contrario a lo que el cuarentón desañado presentía en sus adentros al ver el desleído cartel luminoso. Las imágenes de otros trenes, perdidos en mi infancia, acuden en tropel, pero no se superponen con estereoscópica perfección sobre el que tengo ante mí. Sí, en ese viejo cinematógrafo que es la memoria alguien proyecta recuerdos precisos de matinales sabatinas montado en los vagones descubiertos, de los gritos y escobazos que la bruja o sus esqueletos acólitos proporcionaban a los niños en el túnel, del girar sin desplazarse de la máquina. El hombretón de hoy, con el desgaste que a veces supone el intelecto, yuxtapone a la imagen unos subtítulos algo impertinentes en los que se lee una acotación extemporánea: que todo fueron símbolos de la entrada voluntaria del joven héroe en el reino de los monstruos, lugar del que saldrá victorioso o no saldrá, convertido en audaz, luminoso guerrero o sentado para siempre en el vagón,  sometido hasta la muerte por la vergüenza de no haber mirado el miedo a la cara.

Así es; el proyector se detiene, la memoria cesa, la luz quema durante un breve segundo, los ojos se acomodan para ver que todo ha cambiado. El panel donde antes había dragones alados escupiendo fuego, sedientos murciélagos membranosos, una balconada que daba una falsa impresión de respiro arquitectónico y, al cabo, una vieja encorvada luciendo un solo diente está ahora ocupado por una colección de dibujos de castillos en pseudofuga caballera, príncipes musculosos con mandíbulas de cachalote y pechos de gimnasio, búhos, pelícanos voladores, una mariposa psicodélica, árboles con delirios de cariátide pintados sobre un cielo azul con muelles nubes de campiña dominical. También hay ranas en una charca; no sapos verrugosos, sino ranas amazónicas, y dos perrillos enanos miran al espectador con ojos acuosos y sonrisa pedigüeña. Sólo arriba, colgada del andamio que sujeta la fachada, en un burdo e imposible vuelo (de continuar la trayectoria se estampará contra la suelo cien metros más allá) hay una bruja, aunque no tiene verrugas ni lleva un gato negro entre las faldas: está allí, tallada en el cartón, libre de las leyes bidimensionales del panel, sin poder ocultar su nueva naturaleza de incómodo postizo.

Un aplicado chiquillerío está montado en el único vagón del tren, que para abundar en el misterio de la inadecuación carece de máquina motriz, lo que eleva la pregunta de si privado de locomotora no será presa fácil de las fuerzas oscuras que habitan el túnel. Por su parte, un nutrido contingente de madres y padres, se diría que hasta cuatro por infante, se abalanza sobre la prole dando tirones a unas correas de seguridad más anchas que aquellos cintos de cuero con placa dorada de los guardas de coto, toqueteando como incrédulos unas gruesas barras que aprisionan o embuten a los niños contra el respaldo de los asientos. El blando pitido de un silbato (grabado, aunque no se escucha de fondo una carraspera de estática) pone fin a la espera y… aquí vuelve a haber un defecto, un tropezón narrativo, un descuajarse la memoria, porque donde antes el agudo y apremiante silbato despejaba el ámbito estimulando toda clase de chillidos de alegría guerrera entre la hueste juvenil ahora no hay más que silencio y quietud en las filas, confeccionando así una imagen terriblemente análoga a la de esa vagoneta de campo de trabajo que en el documental previo a la primera sesión avanzaba hacia el humeante horno crematorio, pero sin los saltitos propios de la película de celuloide.

Cuando el tren se hunde por fin en el túnel (cinco madres capitaneadas por una más encendida -aunque por una pasión para mí irreconocible- todavía advierten al vendedor de entradas para que el tren no corra mucho) al silencio de la partida le sigue otro más ominoso, pues la vista de un vagón cargado de inocentes adentrándose lentamente en una cueva es siempre cosa que acongoja el alma. A tal silencio a su vez le sigue otro que no alcanzo a entender, reconocible por un tono menos grave en esa nota de ausencia que domina el aire fresco de la noche. No se oyen chillidos, ni gritos: no se oye nada. Pero cuando el vagón, tras una demasiado breve espera que denuncia un muy corto paso por el Reino de las Sombras, aparece por la otra boca de la gruta, llegado fuera, a la realidad russelliana iluminada por cenefas de bombillas, festoneada por un coro de madres que se ajustan las rebecas, comienza el griterío, el vagón se anima, y el coro antitrágico de preocupados progenitores rompe en aplausos porque una bruja de utillería (en la que reconozco al vendedor de las entradas bajo una careta barata) está siendo apaleada por los feroces e inocuos cachiporrazos que sobre ella descargan los jovenzuelos con unos largos cilindros de gomaespuma multicolor.

La desazón me ha sometido por completo. La moderna, edificante simplonería psicológica ha consumado una inversión más. Tan sólo cabe dar media vuelta, volver a casa cruzando la larga perspectiva de luces y puestos y refugiarse en el despacho al amparo de los libros cuyos lomos son ya casi nuestra única compañía. Bien sabemos que es inútil, que nada hay menos cabal que oponer resistencia al Espíritu del Tiempo que todo lo devora, pero dejemos reposar por un instante nuestro pesar hasta que se haga soportable. Quizá la feria llegue pronto a algún sitio donde alguien con más fuerzas que uno se conmueva. Quizá ese alguien aún desconocido sueñe con una reacción que restablezca no digo que el antiguo régimen de aquel niño que fue sino una menos estúpida disposición de las líneas de fuerza que rigen este mundo. Porque quien entrega su miedo al Estado, como hicieron los infantes en el tren, pierde todo resto de humanidad.

Debe de ser tarde. Noto el fresco de la noche en los dedos, en los labios. Subo el cuello del gabán, produzco una tosecilla que quiere despejar el ánimo, pero no puede. Antes de irme de la feria deslizo una nota a la mujerona que ocupa la taquilla (ya no cose o amamanta como antes hicieran las taquilleras, sino que cuenta y recuenta y vuelve a contar el taco mellado de las entradas que habrá de entregar a un funcionario recolector) en la que he escrito: “Estimada señora, le ruego tenga a bien situar en su puesto un luminoso que rece lo siguiente: Quien entre aquí, que abandone toda esperanza”.

 

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

bertrand russell niños 3

 

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Apostilla:

No mucho después de haber escrito esta nota, leo por casualidad que en la lejana y querida Burriana…

“La Concejala de Cultura, en contacto con el grupo de teatro Bambalina, organizador del “Pasaje del Terror” previsto para este sábado por la noche, a la vista de la rapidez con la que se han agotado las entradas, ha decidido ampliar el número de horas y el número de entradas. Para facilitar horarios se repartirán en la casa de la cultura el mismo sábado por la mañana a partir de las 10.30 h. El Ayuntamiento da las gracias a la compañía de teatro por el esfuerzo y dedicación en esta actividad que tan popular se ha convertido.”

Burriana, a 30 de Octubre de 2015

Fuente: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=451231721727225

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Original:

La Regidoría de Cultura, en contacte amb el grup de teatre Bambolina, organitzador del “Passatge del Terror” previst per a este dissabte que ve la nit, a la vista de la rapidesa en la que s’han esgotat les entrades, ha decidit ampliar el nombre d’hores i el nombre d’entrades. Per a facilitar horaris es repartiràn a la casa de la cultura el mateix dissabte al matí a partir de les 10.30 h. L’Ajuntament dona les gràcies a la companyia de teatre per l’esforç i dedicació en esta activitat que tan popular s’ha convertit.

Fuente: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=451231721727225

Hegel ficha por el Barça

(Este artículo se firmó en Junio de 2013, y se diría que cada día que pasa cobra más vitalidad).

Acabo de leer la entrevista censurada, filtrada por un pasante, en la que el cardenal Bergoglio planta cara a un periodista rebajando sus ínfulas mesiánicas, seguramente por cuestión de celos, y ahora, con una media sonrisa, imagino que el vicario de Dios, cuando le llegue el retiro, acaba como capellán del Fútbol Club Barcelona. Algo de guerra sí que habría, pues tras haber leído su argumentación no sé si Monseñor estaría muy de acuerdo con ese lugar común que dicta que el Barça es el mejor equipo del mundo (por cuestión de celos), que su juego ha alcanzado las más altas cotas de perfección jamás soñadas por aquella ya un poco gazmoña Escuela del Ajax (que en nuestro muy loable empeño de anulación de todo lo español y de adopción de todo lo anglosajón bautizaron como fútbol de control total) y que la prueba palmaria de ello es su historial reciente (al que nuevamente ansiosos de cretinización llaman estadísticas). Con Benet, yo antes bien diría que la hoja de resultados del Barça, más que un éxito deportivo, refleja fielmente el historial reciente de la mediocridad.

Voy a ir sentando algunos puntos. Uno: Yo, que tengo un notable dominio de la lengua inglesa, no me plegaré a ella sin oponer resistencia, de modo que utilizaré aquí anglicismos como fútbol o gol sensu el españolito gazmoño tan bien representado por esa escuela que, a diferencia de la del Ajax, es de un único alumno y que se llama landismo. En realidad tiene dos, puesto que Jack Lemmon es el Alfredo Landa anglosajón: ambos representan lo pequeñoburgués, al hombre temeroso de todo, medroso y pudibundo que hoy asienta la socialdemocracia casi universal.

Dos: Llamar juego al fútbol a estas alturas es tanto un desatino como una ilusión. Lo primero porque el deporte ha tiempo que participa de la naturaleza del Trabajo, y así sólo a los trabajadores especializados se les permite participar, y lo segundo porque no se soporta la cruda realidad de lo primero.

Y tres: Negar que el juego del Barça es el optimum philosophicorum tanto del deporte como de su armazón ideológico equivale no a que a uno le miren con incredulidad o con desdén, sino que habiéndose convertido el equipo en algo más que un club (en una marca de clase), con la crítica, e incluso con apenas decir su nombre sin acompañarlo de las loas preceptivas se gana uno desprecio y ostracismo al más puro estilo clásico: expulsado de la polis, a extramuros. No lo diré en castizo.

¿Y cuál es ese armazón ideológico que da sustento a la en apariencia mayor colección de astros del balompié? Pues bien, unos dicen que sobre el sólido basamento de una humildad a prueba de copas, trofeos y condecoraciones el Barça ha logrado la más perfecta inteligencia entre sus jugadores (el tan ansiado jugar de memoria en los 80) así como la obediencia incondicional a los dictámenes de un entrenador cuya principal consigna es la paciencia. Permítanme que a mí esto me parezca una memez. El fútbol que emanado del Barça imitan ya todas y cada una de las categorías, desde los alevines a las viejas glorias, desde la Selección hasta un club de arrabal de Johannesburgo se sustenta sobre el ideal orientalizante de la negación de los impulsos y de las contingencias del siglo. Lo primero se sustancia en el refrenar esa vis de todo jugador nato de atacar el dominio contrario con jovialidad, a cara descubierta y por el placer de la forma conseguida en el envite. Lo segundo, en la posesión absoluta del balón: el rival no existe, luego no puede disponer del esférico.

Podría algún aficionado malicioso pensar que antes que al estatuto tibetano el fútbol blaugrana se hallaría sometido al ideal apolíneo nietzscheano de la sujeción a la más estricta norma, que dicta que la mejor y más placentera creación resulta de aquel que encuentra terra incogita donde crear en los escasos huecos que dejan las mismas y viejas leyes; pero no es así, pues mientras que el precepto nietzscheano exige una finalidad artística al trabajo creativo, el ideal budista pretende la extinción hasta de la búsqueda del placer artístico en la ejecución y en el producto. Mientras que una bacante ejecutará en todo momento su danza sujeta a la norma ritual de su templo, así esté ebria de hiedra y vino, con la finalidad trágica inscrita, patente en cada uno de los pasos tanto como en la evacuación del misterio así revelado al aterrorizado solicitante de sus servicios, el carpintero budista podrá lograr el más bello portal para aquél pequeño templo sito en un valle nevado a condición de que su trabajo se desarrolle más como un servicio que como una creación, más como una alegre carga que como un deber hacia lo bello.

 

La anulación de toda ansia artística, la búsqueda de la extinción de la persona y de sus apetitos queda bien patente cada domingo cuando Iniesta roba un balón, pero lejos de adelantarse hacia el campo enemigo con tres zancadas,el esférico pegado mágicamente a la puntera, se da la vuelta sobre sí mismo, tal y como el perro se gira para perseguir su propia cola (sin duda a imitación de su magister, Xavi,) para refrenar el impulso natural del jugador hacia la batalla con el rival, hacia el gol, y someterse a esa especie de soporífera meditación autista que los centrales del Barça o de la Selección hacen en la parte media del campo, pensando con los pies.

Así como es posible llegar a uno y el mismo punto por caminos aparentemente opuestos (en cocina a la tortilla de patata perfecta, bien deconstruyendo tanto los ingredientes que se llegue al espíritu mismo del huevo, bien mediante el infinito poder de freiduría de las manos de la abuela; en política, llegar al mismo escaño nacionalsocialista armado de txapela y crucifijo o de barretina y cachirulo) la norma oriental se repite en todas sus posibles variantes. Evitar pases a la cabeza, solo a los pies (lo que ha transformado al Barça de un club de fútbol en una congregación rural de hábito franciscano, los jugadores encorvados por la obligación de mirar al suelo de maitines a nonas); ni un pase largo por sorpresa que al levantar el tan ansiado ahhh en la grada despierte a ese aficionado venido de provincias que, decepcionado por la falta de carácter propio de los jugadores y aburrido por la maquinalidad de un juego que consiste en la repetición de una única jugada, da una cabezadita sosteniendo un bocadillo de jamón en una mano medio alzada. De ese modo, mediante la completa coerción puesta en práctica por el Barça, ha logrado el club liberar al pálido genio de los tiempos, que da santo, seña y password a la juventud deportiva actual, de la pesada necesidad que impone la búsqueda de las formas; en suma, de la belleza. Pues en el Barcelona, Iniesta juega de contable. De avaro prestamista holandés que precisa de la más severa, detallada y recelosa evaluación de los pros y de los contras, de los riesgos y beneficios, de los costes y las ganancias de cada pase antes de dar el vistiplau a la operación con una magistral patada al balón. No en vano su juego viene de la escuela del Ajax.

A lo que seguro no responde el fútbol actual es al mandato hegeliano que propicia la libertad completa y romántica de acción del artista, quien se abandonará a la creación con el sólo ánimo de lograr el placer artístico en la ejecución sin mirar que norma o escuela alguna limite u ordene su pincel, su pie o su lápiz. Hegel distinguía envenenadamente entre el arte bello y el arte servil; mientras que el primero es virtuoso por no tener más atadura que la propia expansión, inteligencia y sensibilidad del autor, sobre el servil pesa la objeción de haberse puesto en forma, fondo y medios al servicio de un fin extra-artístico. Este es el caso del fútbol blaugrana y el de sus hijos putativos: bajo la bandera de la humildad y el servicio debido se sirve a la causa de la anulación del individuo y de su natural hacia lo bello, así se encuentre ésta  en lo cómico, en lo ridículo o en lo trágico.

Por contra, la sujeción estricta al ideal nietzscheano conllevaría la creación de todo un estatuario balompédico (rota así la vieja férula que sostenía que las únicas poses canónicas -ya periclitadas- eran las del jugador en cuclillas apoyando las manos en el balón o en posición de firmes mirando al horizonte, escuchando el himno con los ojos entornados) a cuyo cumplimiento fiaría el jugador buena parte de su gloria; o bien, y sin necesidad de que un comité de estetas refiriese su repertorio de gestos a un canon escrito en piedra, que un público amateur hiciese lo propio sobre un derecho consuetudinario (y esto sería lo más difícil de alcanzar en estos tiempos, en los que el especialista, tras haberse adueñado de todos los ámbitos de la acción, se ha erigido también en moralista y no toleraría ser suplantado per causa d´amore). Bajo la estricta férula budista, sin un catálogo de figuras que cumplir y sin campo abierto para esa hegeliana libertad de medios y fines, imperceptiblemente, de temporada en temporada, menguan cada vez más las posibilidades de que el aficionado premie al jugador que de natural suyo ofrezca de domingo en domingo el desigual e imprevisible repertorio de pases y poses que los azares de cada jugada posibilitan al hombre de carácter. Y nótese que he dicho carácter y no talento, pues mientras que aquél posee el sello de la unicidad éste, sin el concurso del primero, aparece como el camino más seguro hacia la creación de otro jugador del montón, su potencia (su talento) malograda al grado de simple habilidad técnica por falta de esa chispa dionisíaca (nietzscheana) de genio.

 

Y hablando de potencia, estoy viendo ahora mismo un partido entre los alevines del Barça y los del Depor. El comentarista no deja de repetir algo sobre los beneficios producidos por los valores, aunque no menciona cuáles, que los niños reciben en La Masía. Y lo cierto es que no hace falta que los precise: al renacuajo culé, como veo que a cualquier otro que pase por las fábricas de los equipos, se le enseña lo mismo que a los mayores: no des carta de naturaleza a tu rival, dale el respeto vacío de contenido que se debe a todo lo vivo por el mero hecho de existir, pero que no llegue jamás a ganarse tu respeto con sus acciones; no debe jugar, no le dejes enfrentarse a ti, anuladlo, marcadlo hasta el existencialismo, hasta que no sólo se dobleguen como equipo sino hasta que cada jugador sienta el profundo hastío existencial de no poder organizar una sola jugada en noventa minutos.

Además, esos pequeños autómatas azulgranas reproducen algunas de las peores escenas que verse puedan en terreno de lucha alguno. Se mire como se mire, rodear y agobiar con tres o cuatro jugadores al contrario tan pronto recibe el balón, por mucho que lo llamen presionar, es innoble. Salir disparado de la barrera hacia el contrario que saca la falta para chocar con el balón, impidiendo así su llegada a otro jugador, como tantas veces hace Pedro, es innoble. Correr encorvados sobre la pelota, todos a la vez y a gran velocidad, como las cucarachas en la cocina cuando son sorprendidas por el destello amarillento y cansino de la bombilla (de 125) del techo, es innoble. No dejar que el rival juegue contra ti es innoble. Y ayer, adivinen a qué equipo vi sublimar todo ello: a los juveniles del Real Madrid, y justamente jugando la Copa del Rey (machacando así por cuatro a cero al Villareal), es decir, atentando directamente contra la nobleza, la cualidad que todo rey verdadero o todo aquel que aspire serlo debe hacer valer en todo momento y lugar. ¿Entregaría el Rey un trofeo a un contendiente indigno? Mucho me temo que sí.

Nobleza en el campo de batalla no sé si ahora habrá mucha o poca, pero lo que sí sé es que hubo alguien que nació investido de ella, y que supo hacerse digno de la misma hasta el final: Manfred von Richthofen, el Barón Rojo. El primer libro de táctica que yo daría a leer a mis futbolistas serían sus memorias.  Así aprenderían aquellos más dados a ello por su natural que conviene a la contienda que uno se presente bien vestido al terreno de batalla; que mejor que un entrenador, como si uno fuera un perro de presa, es tener a un superior por jerarquía y experiencia, siquiera para acabar suplantándole con tu propia, nueva e inexorable ciencia; que el respeto no se da de suyo sino que se gana o se pierde con las propias palabras y acciones; que es quien derriba la presa (quien marca el gol) el que reclama la gloria, y no quien da el último pase; que la alegría de sentirse por encima del rival se pone mejor de relieve cuando al enfrentarte a él le permites acometer para responder a continuación con una maniobra superior.

Yo creo que la directiva del Barça, por mejor ajustarse a su arte servil, debiera promover un cambio en el escudo del club; no por una pequeña y coqueta estelada en la pechera, bandera sosa hasta la inanición, demasiado manida e ideologizada, sino que los jugadores deberían adornarse con el escudo del 209 Escuadrón de la Royal Air Force, aquél que bajo una sólida corona isabelina y sobre círculo beige en campo de azur muestra con orgullo una poderosa águila roja en caída libre, exánime, entregada ya sólo a su peso muerto, que simboliza el derribo del barón von Richthofen, y con él, el final de toda una raza de hombres. Como añadido mórbido, con ese punto de gratuita crueldad que el populacho precisa de hacer bien patente cuando ha quemado y reducido a cascotes la casa de campo del aristócrata que hasta ahora le daba trabajo (trabajo que ahora se hará, como recordaba Nabokov al hablar de sus antiguos sirvientes liberados por la horda bolchevique, no ya con el justiprecio de un salario sino con la única remuneración de la alegría de hacerlo por el bien común), en la parte baja del escudo reza el lema: Con todas nuestras fuerzas.

Pero volvamos al partido de alevines. La presentadora de la televisión le pregunta al capitán del equipo que va perdiendo qué hace falta para remontar el partido. Y el mocoso, crecido al saber que responde con una frase que le hará ganar crédito a los ojos de todos, responde: ¡Más trabajo! Yo no les veo como alevines; antes bien se me antojan gente envejecida, recansada y renunciada de los tratos propios de la juventud, animados no por el espíritu del juego o de la caza sino por un impropio deseo de eficacia en todo movimiento del alma, hijos putativos de aquel futurismo áureo de Marinetti pero sin brillo ni orgullo ni lenguaje ni potencia ni deseo, salvo el deseo de embutirse en un chaleco reflectante (el primer uniforme del Trabajador) y de pedir una subvención para seguir jugando (trabajando) en la escuela deportiva municipal; lejos, muy lejos de aquel flaco niño de posguerra cuya única ambición era la de reventar a patadas un desflecado balón de cuero contra la soleada pared de la iglesia del pueblo.

Yo a su edad, tímido como era, acribillaba indios a balazos en mi solitaria imaginación; no soñaba con ganar el Campeonato Veraniego de Koljós del Bajo Ampurdán. Es más, los campeonatos en los que participaba no los organizaban seis comisiones interdisciplinares de concejales de cultura y deportes, diputación provincial, policía municipal y servicios sociales (para meter con calzador a ese niño árabe aún ligeramente desnutrido que gracias al cielo y a la Guardia Civil ha sobrevivido al naufragio de la patera y que, todavía perplejo por el aluvión de cuidados y atenciones recibidos intenta decirle al traductor que a él lo que le gusta es el baloncesto). No: los campeonatos en lo que yo jugaba (sin ganar más que aquel partido aislado que  justificaba el tan ibérico casi) los organizaba una liga de pequeños comerciantes; el panadero, el de los ultramarinos y el más pudiente de todos, el de la tienda de souvenirs, que reunían una modesta cantidad para comprar una copa y una medalla en la que el relojero del pueblo grababa a buril una inscripción conmemorativa. Otras ligas, y en estas también jugaban los mayores, las promovía y pagaba algún mediano industrial de provincias deseoso de presentarse como mecenas de aquel deporte que abandonase en su no tan lejana juventud. Estoy casi seguro de que recordaban con deleitada ensoñación los balones de piedra-cuero con gruesas costuras de hilo, las camiseta a rayas verticales, el pantalón a lo Zamora, y también al aguador armado con botijo, boina, sonrisa y pava, de rodillas junto a la banda y soñando siempre con entrar a un campo que le está vedado por una cojera de posguerra). Pero si algún campeonato recuerdo con especial cariño era el que verano tras verano organizaba ese dueño de chalet playero que, venido de la capital sólo para las vacaciones estivales, gustaba de ver a los equipos de cada apartamento destrozar sus geranios (a cuya restauración dedicaría el resto del verano) desde un rincón sombreado de su terraza, siempre deseando no hacerse notar; antes bien, en chanclas y con un bañador una talla más grande, dedicado a la poda de la palmera o a la reconstrucción de los desconchados de la valla durante el curso de cada partido con tal de pasar desapercibido. Y el terreno de juego (no de Trabajo) no estaba rodeado por una docena larga de vigilantes vestidos con uniformes de colores radiactivos tal cual si vinieran de regar el reactor de la central de Fukushima, ni en la banda había una ambulancia con tres miembros del SAMUR social, ni la psicóloga municipal nos había dado charla alguna sobre no darle patadas a los otros niños.

Contábamos con otro beneficio, este de orden casi espiritual. Entonces no había polideportivos, gracias a Dios. Jugábamos en un descampado. Desde luego que ya no abundan, desaparecidos presa no sólo de la avaricia de los partidos políticos por nutrirse del suelo sino también de la repugnancia que todo descampado que se precie provoca en un progre, pues se constituye en la materialización en piedra, polvo, yerbajo y caca de perro de sustancias para él intolerables: en un descampado el tiempo pasa con lentitud, no hay nada que hacer más que pasear (pero el paseo es demasiado corto como para necesitar de cardiómetro, podómetro, pulsómetro, bebida isotónica, gafas oscuras, casco de seguridad y camiseta reflectante), crecen las malas yerbas, antagonistas en todo de aquel jardincito japonés hecho de una apática gravilla sintética que tan obedientemente se deja limpiar de impurezas por un rastrillo en miniatura que cumple con la normativa ISO no se cuántos para que mis hijos no se atraganten con él (¡quién me iba a decir que mis hijos comerían rastrillos miniaturizados!), jardincito portátil cuyas propiedades sedantes, taumatúrgicas, ricas en valores y hasta carminativas avala otra psicóloga flaca con gafas de pasta en un suplemento dominical). Y no abundaré sobre lo de los perros.

En punto a descampados sí me reconozco cierta autoridad, pues no hay día, costumbre u onomástica de mi infancia que no haya transcurrido en uno. En Pascua florida y para comer la mona, el primer mandamiento para la familia consistía en buscar y plantar sendos pedruscos (para mayor desconcierto de cuatro cochinillas de San Antón, que velozmente se plegaban sobre sí mismas en un inútil acto de enfurruñamiento, o desaparecían inexplicablemente entre la tierra húmeda haciendo un mentís que dejaba al niño con un palmo de narices ante la expectativa de capturar alguna y llevarla al colegio al día siguiente en una fiambrera) que delineaban una portería cuyo arco, pese a ser invisible y carecer de sustancia, quedaba patente por un vitruviano extender de brazos y piernas que mi padre realizaba como acto de jurisprudencia geométrica tanto como para dejar patente a su hijo, con un sólo y efectivo gesto, que ni un sólo balón iba a franquear aquél marco aéreo en toda la tarde.

Al disfrute balompédico solía antecederle otro, este de carácter privado. En sábado y sin clases me sentaba en una silla con las piernas colgando y un álbum de animales prehistóricos en las rodillas, abierto la mayoría de las veces por la página en la que el tiranosaurio se retuerce hacia el cielo con las fauces abiertas mientras que al fondo un volcán lanza una palmera de lava, de lo que se comprendía no sólo que el reptil tenía un acusado sentido de la composición y de la estatuaria, sino que éste se manifestaba con mayor plenitud en los momentos más trágicos, sentido que sería muy conveniente aprender e incluso dominar en los años venideros. Cuando no con el de prehistoria pasaba la tarde con el álbum (que ya entonces anticipaba un tono beige, el de la pátina del tiempo) de animales del mundo, el que contenía el rey de los cromos, a saber, el de un par de leonas en pleno salto y detenidas en el aire en virtud de aquél espíritu que llevaba a todos los animales de los cromos a adoptar poses canónicas. Era en un salto interminable que las dejaba siempre a punto de derribar a un búfalo cafre que, adivinando lo fatal de su inmediato futuro, abría la boca y giraba la magnífica cabeza encornada, no se sabía si para ensartar la cuerna en la barriga beige de sus cazadoras o por mejor encomendarse a algún santo africano, de esos que han hecho mérito en misiones.

Si alguna enseñanza ha dejado poso en mí de aquellas horas dedicadas a los devocionarios de cromos es la de que el punto culminante de la velocidad se alcanza en la inmovilidad. Así para el Archaeopterix  (que se muestra detenido para siempre en su vuelo en una burbuja de ámbar en la que nos muestra los incomprensibles motivos palenotólogicos de su agon) como para las leonas en plena exhibición de estilo o para el tiranosaurio que muere lentamente una muerte shakesperiana, el punto culminante de la velocidad se alcanza cuando se logra una cierta inmovilidad, una cierta lentitud en los movimientos y en los gestos que pone de manifiesto un dominio natural sobre las cargas y urgencias del cuerpo, un saber sobreponerse a los imperativos de los lances del partido o los que conlleva la necesidad de puntos para el campeonato. A esa majestuosidad que se manifiesta a través del nieztscheano, epicúreo, noble y aristocrático sometimiento de la fisiología y de los imperativos seculares por medio de la voluntad, los toreros le llaman despaciosidad. No se debe confundir despaciosidad con gracilidad: tanta de la primera poseían Pujol y Goicoetxea, pesados e ingráciles como estatuas babilónicas, como reservas de la misma poseen Özil y Zidane, ligeros y aéreos como bailarinas de Ingres. Y creo que ahí casi se acaba el catálogo de los poseedores de despaciosidad en la Primera División, aunque confío en que a los Valerón o a los Joaquín que apenas medran ya en la Liga les dure muchos años ese poso de raza y ese punto taurino de gusto por la lentitud y la majestuosidad en el gesto.

Desposeído de nacimiento de la virtud de la despaciosidad y siendo refractario a la franciscana disposición blaugrana de obediencia ciega al precepto oriental de autismo futbolístico, Cristiano Ronaldo constituye una rara avis del fútbol contemporáneo. Una reliquia. Para ser más exactos: un enemigo. No sólo es más chulo que un ocho (siempre en abierta rebeldía ante ese periodista que incrustándole el micrófono bajo la nariz le reclama, le exige un gesto de humildad, de esa falsa humildad arriba revisada) sino que es hijo de un pueblo de cazadores de cachalotes. Hasta su pelo, residencia prototípica del vigor, parece impregnado de la grasa de las espermacetas. No creo que Cristiano rinda la ciudadela ante el periodista, que por lo general se ha erigido a si mismo en juez y portavoz del buen cumplimiento del principio oriental de rendición de la persona, pero si así fuera me quedará el consuelo de haber vuelto a ver en él una reminiscencia de aquella figura que salía a jugar al patio del instituto ataviado con vaqueros, botas camperas y un paquete de Ducados en la manga de una camiseta bien ceñida.

Y ahora planteamos una pregunta capital: ¿es Messi el epítome de todo jugador moderno? Tal y como yo lo veo, Messi, con todos sus méritos y condecoraciones, es jugador de una y la misma jugada, a saber, la entrada en diagonal en el área (en todas sus variantes), seguido siempre por una pequeña corte de defensas que replican su diagonal unos pasos por detrás sin apercibirse nunca de que el enemigo natural de la diagonal es la secante, ignorantes en su denodado esfuerzo por anular al delantero de las más elementales nociones de geometría euclídea y de los rudimentos de la trigonometría, que con severidad judaica dictan que una pequeña fortificación de defensas distribuidos como secantes respecto de la función seno-coseno reduciría angustiosamente el número de líneas de tiro disponibles para el súbdito de la diagonal. Córtesele el control del balón en el momento de la recepción del mismo, tal y como hicieron hace nada los jugadores del Bayern, y habrán ustedes proporcionado la receta que hará que todos y cada uno de los corresponsales deportivos, afectos o no, hablen no de la ciencia del adversario sino de la baja forma temporal del astro.

De Iniesta ya he dicho algo. Lo que hasta ahora no había dicho es que algunas veces, en el sopor de las pesadas siestas de pretemporada, imagino al de Albacete, en vez de regateando a su propia sombra o dando solitarios naturales al balón en medio del campo (o reteniéndolo en huecos de las extremidades inferiores jamás soñados por el más avezado anatomista para así detener el juego y volver a comenzar una y otra vez la misma y eterna jugada del mía-mía hasta que el contrario deje un hueco de puro sopor o le engañen con un truco de prestipedestación) repartiendo pases de treinta metros a Torres, a Ibrahimović, a Shevchenko o a ambos Ronaldos, quienes a su vez nos regalarían con desmarques previos fruto de esa virtud del delantero nato que consiste en hacerse pequeño, invisible en medio del campo o en un lateral sólo para aparecer de la nada ante los ojos de los aficionados, o en una esquina de la pantalla de televisión, ya en plena carrera e irremediablemente dirigido hacia la portería contraria al son de un épico creschendo de griterío en la grada.

En Inglaterra, Torres parece actuar a la tan ansiada orden por parte de cualquier jugador (por ese chiquillo inquieto y bullero, hábil como un demonio con la pelota de reglamento regalo de reyes) de muévete por donde quieras, mandato hegeliano por excelencia, que lejos de menguar un ápice ese punto juvenil tan suyo y que como un buen desodorante no le abandonará jamás, se sustancia en su mote, El Niño. Además, si bien Torres participa de esa élite formada por la fascia de los atletas de élite (una élite más del Trabajo), de esos elegidos por el Estado o por sus representantes en la Tierra para, como decía Benet, ser cebados, hinchados, adoctrinados y moldeados según el ideal prometéico de los tiempos, decía que pese a haber sido entrenado como todo futbolista contemporáneo según el ideal hitleriano y stalinista de la máxima eficacia en la prestación y en la radiación como imagen del trabajador, El Niño, quizá por su natural de pueblo, reticente allá adentro a la tiranía, tiene largos periodos de adormecimiento y letargo durante los cuales no mete un gol ni al arco iris. Es durante esos periodos cuando yo soy más torrista que nunca. Verlo fallar una y otra vez las escasas ocasiones de las que disfruta me recuerda a otros delanteros, a ese Julio Salinas, que erraba siete de cada ocho disparos sólo para así seguir sustanciando la ibericidad del casi, para enervamiento de una audiencia que entonces aún se debatía entre la tradición y la innovación, entre ir al pub o en seguir yendo los domingos al campo a comer la más humeantes de las paellas acompañada de una sangría servida en aquellos vasos de plástico que pertinazmente se doblaban apenas cogerlos (dejando así un borrón muy de Turner en la camisa) y de una sandía sobrevolada por robustas moscas dalinianas . Es durante esos periodos de ausencia cuando el ralo mostacho de del Bosque debe sufrir las más horrendas convulsiones, pensando su dueño en que por fin tiene motivo para no llevar al Niño a la Selección y deleitándose en la potente imaginación de un partido jugado exclusivamente por centrales y en el círculo central, sin concurso alguno del rival, ese partido ideal budista de anulación del impulso de gol, de contención de todo deseo de desmarque para cumplimiento de la orden antiartística del Conducător: sólo existís vosotros. Ya las porterías propia y contraria se difuminan, ambas áreas se alejan hasta desaparecer en una larga perspectiva caballera, y en el centro, sí, ahora todo es centro, un grupo de iniestas y silvas y matas se pasa el balón como en la merienda de campo de una acuarela impresionista, ajenos al mundo y a sus contingencias, ajenos a todo lo que no sea un hegeliano entregarse al principio de l’art pour l’art curiosamente sometido a la ley nietzschena del eterno retorno.

Del Bosque… ¿por qué Mourinho no ha llegado a triunfar en el Real Madrid? Porque el encaje entre dos mundos irreconciliables es imposible. Porque pese a todos los intentos del portugués (y como tal romántico; Mourinho es el último romántico del fútbol), el césped, las gradas, los recogepelotas (ese hermano de sangre del maletilla taurino que pasaba el partido pegado a la banda remasticando una faria cuyos efluvios inundaban la única y baja grada del campo y mareaban hasta al árbitro, que de manera impenitente corregía a chillidos todas y cada una de las ordenes del entrenador y que soportaba bajo su boina capada, con resignada paciencia rural, otra goleada más a su equipo; ese recogepelotas bajito y embutido en una gruesa chaqueta de pana abotonada hasta el cuello, cuya mayor y única satisfacción en toda la temporada consistía en recoger aquél balón mal despejado por un defensa o rebotado tras un sonoro plantillazo y devolverlo con una rotunda patada que, amén de enviar la bola al cañar del otro lado del campo, habría de ser el gesto que reivindicaría de una vez y por todas la valía de un delantero frustrada por la imperativa llamada del agro español), las banderillas del saque de esquina, los jugadores, todo, todo está impregnando por el Espíritu de los Tiempos, por esa sumaria formulación de la mediocridad rampante, y así el resultado de la hibris es algo deforme, monstruoso, un galimatías táctico. Mourinho no ganará esta batalla imposible de ganar, y mucho me temo que en su vejez futbolística bajará el número de victorias en su casillero. Pero, de igual manera que con su fichaje por el Bayern Guardiola amenaza con conquistar y destruir uno de los últimos bastiones del fútbol, implantando la tan exitosa fórmula artística oriental del desprecio al rival (que de aplicarse sin duda acabará con los rubios ídolos nibelungos transformados en calvos monjes budistas), cabe la esperanza de que Mourinho disfrute de una segunda y última juventud en el Chelsea dándoles a sus jugadores amplios espacios de césped donde dar patadas al balón. O eso es lo que a mi me gustaría, así no volviera a ganar un partido.

Se podría pensar que los porteros, por su condición de jugadores solitarios (la mayor parte del partido patrullando un área que libre del asedio del enemigo no por ello propicia una mengua en el número de rondas ni permite aquella relajación de las costumbres al amparo de la cual aquél un flaco imaginaria de provincias se fuma un pito apoyando los pies en una pared encalada), estarían exentos del gravamen oriental, pero… la legendaria chulería porteril… ¿queda algo de ella? Desde luego que ver a Casillas o a Reina volar hacia la escuadra con el mismo escorzo agónico y elástico que tiene el Cristo de una pietá, e igualmente elevados por los aires, libres de las pesadas cargas gravitatorias que pesan sobre el resto de los mortales, para al finalizar el partido declamar ante el micrófono de una presentadora (repeinada con esos rulos tan a la moda, de diosa griega vista por dibujante de manga japonés) que sí, bueno, que lo importante es el resultado, que el equipo estuvo bien, que hace falta humildad, que… pues deja patente que ni en su condición de santo Casillas está dispuesto a perder crédito de ciudadanía, eso que se compra cuando uno recita en público los lemas socializantes del momento. Quizá él no, pero puede que su representante viera las ventajas mercantiles y espirituales de fichar por un club indio, pues no hay duda de que promovidas por su condición de santón salvador del equipo local no tardarían en aparecer (en templos de provincias, cruces de caminos y tiendas para turistas) estatuillas de escayola pintadas en amarillo azafrán representando a un joven y delgado europeo atrapando un balón con alguno de sus tres pares de brazos.

Y es que como todo imitador, Del Bosque exagera. Así como aquél licencioso oficial de las SS, apenas finalizadas las tediosas maniobras y el interminable papeleo, aparecía en un oscuro club del arrabal berlinés con los morros cubiertos por un dedo de carmín, corsét, medias de rejilla y unos senos de caucho que ya los hubiera querido para sí la Venus de Willendorf, ofreciendo a la enardecida concurrencia cuartelaria un repertorio de chuscas canciones populares (a diferencia de aquél otro más mórbido y delicado cadete que, sentado al fondo de la sala en una mesa a media luz, fuma lánguidamente un fino pitillo, vestido con una falda hasta los pies desnudos -compuesta con una pesada cortina procedente de una requisa en un castillo- y una blusa semiabierta -que guarda en el secreto de su petate-, reproducción fiel y exacta de aquellas lánguidas peccatrici venecianas que un día anterior a la guerra viera en un libro de ilustraciones en la biblioteca de su padre -un ralo grupo de mujeres medio despeinadas y de aspecto tísico apoyadas en la pared desconchada y con borrosas manchas de humedad de un canal secundario-), igualmente el entrenador charro ha escogido y sublimado los rasgos más sobresalientes de la táctica blaugrana y los ha impuesto como sello personal sobre la frente de un equipo nacional al que ni siquiera se puede llamar Selección Española sin que algún memo circundante apostrofe: la Roja. Pues ni por esas, ya que manda la tradición futbolística que un equipo vestido de un solo color de pies a cabeza reciba como apodo el nombre de ese color, mientras que si camiseta y calzón fueran distintos se nombraría al equipo con el color de la zamarra y en diminutivo: la Rojilla. Tratándose de la selección nacional, y viendo el cariz que toman las cosas, yo casi que me quedo con Selección Española, siquiera sea para tocarle las narices a quienes admiten en el equipo a centrales fariseos y mediapuntas separatistas onerosamente pagados al amparo del blando escudo constitucional. Y es que Del Bosque no sólo ha traído a la Tierra un nirvana futbolístico, sino que habla de él con un lenguaje abiertamente esquivo so capa de que sus únicos intereses son la composición de la plantilla, su buen desarrollo táctico y abanderar a los parias y a los humildes de un país con nombre propio: Antiespaña. Anti no por dar cuerda a esa falsa moneda que es el separatismo subvencionado; digo anti por la asunción de todo precepto anglosajón (salvo los del fútbol), de esencia anti-ibérica (consulten a Stirner, a Nietzsche o  a Jünger, o publiquen mis inéditos Diarios de Guerra, 2003-2011, y paren mientes en las precauciones que se toman con respecto a la tal palabreja esencia), lo que ha convertido a los españoles en ovejas asustadizas, necesitados a cada paso y en cada dilema de la guía y patronazgo de un especialista, a saber, de un universitario de carrera (o de uno que hizo un cursillo o alcanzó un cargo en el municipio) capaz de todo con tal de arrogarse una mezquina cartera municipal, universitaria o privada con la que sancionar la composición del desayuno, el lenguaje de mi hijo o el paseo diario, que gracias a ellos tendrá más normas, preceptos y tabúes que la Torá, y para ejecutarla según los dictámenes policiales del Espíritu de los Tiempos.  Y conste que la no aceptación del dictamen del especialista conlleva una enorme mengua en el crédito social, que es la moneda acuñada el 11 de marzo de 2004 para sustituir a aquella otra que sólo sirvió, como agente infiltrado, para abrirle camino: la tolerancia. ¿Tanto les costaba a nuestros progres cromañones convivir con el tímido monacato neandertal sin dejar patente que, a lo sumo, habían accedido a tolerarnos?

Para mí que ese aire de santurronería que le precede y le da fama, esa mansedumbre adormilada y rural que le da sello y timbre no es más que la manifestación en cuerpo que se habrá de corromper del precepto orientaloide blaugrana: ¿a qué preocuparse, si el rival no existe? Y es que ya lo avisó Nietzsche allá en su cátedra; que cuando España hubiera agotado sus grandes reservas mineralógicas de ibericidad sería presa fácil de los preceptos anglosajones orientalizantes que su maestro de grandes patillas difundía con un sentido fatal de la fatalidad.

No es pues extraño que el mero hecho de criticar el juego del Barça, y el de la Selección equivalga a quedarse sin el crédito social que proporciona en estos tiempos tener al menos un par de hijos hiperactivos y uno con síndrome de Asperger, más aún porque los criterios diagnósticos se han relajado a conciencia: a mala conciencia. ¿No ha visto usted a las madres a la salida de los colegios dándose el parte completo y deliberadamente exagerado de las enfermedades mentales de las que están siendo atendidos sus hijos por el psicólogo de la escuela? Yo si. Fíjese. Pues lo que no ha mucho eran enfermedades raras y con cuadros bien delimitados ya son privilegio de todos, y así no menos de cuatro o cinco niños por clase habrán de ser diagnosticados con ellas. Tal es el ansia del psicólogo por transformar en enfermedad todas las facetas de la vida y con ello justificar su existencia, la incesante ampliación de su cuota de poder. Lo que no sabe el pobre es que ese poder le será extirpado de las manos por la Administración antes siquiera de que puede disfrutarlo. Si además de a Del Bosque y Cía. usted critica los blandos fundamentos ideológicos de ese juego usted ya es poco más que un paria, pues en Antiespaña hasta para jugar con una pelota necesitan de un sólido corpus, generalmente bendecido por una normativa municipal y autonómica que garantice no sólo que el jugador no se pelará las rodillas sino que el juego, si no le sirve para jugar, al menos le enseñará valores feministas, seguridad vial, respeto por los tapires amazónicos y la verdadera historia de su región autónoma, y todo ello de una sola patada y con tan sólo tres o cuatro concejalías trabajando en armonía.

Pero de igual manera que no veo a los jugadores blaugranas ni a los de la Selección (valga la redundancia) muy dispuestos a imbuirse del espíritu apolíneo de sumisión a la finalidad trágica, artística y simultáneamente dionisíaca de la obra, tampoco les veo con ánimos de liberarse de las imposiciones orientales para alzarse a la altura de los alegres pilotos del escuadrón de Manfred von Richthofen o a las cimas trágicas de don Federico. Y mira que me fastidia, porque uno le tiene más simpatía al Dioniso nibelungo que al plomizo patilludo, pero quizá la última esperanza de ver de nuevo partidos de fútbol en lugar de ejemplificaciones éticas sea que Hegel fiche por el Barça, y que desde el banquillo imparta su doctrina de una amplia libertad de acción: que como en aquél patio de colegio, la composición del once se eche a chapí-chapó, que la posición en el campo se asigne espontáneamente según el natural del niño; que vuelva el portero-jugador, ese híbrido imposible pero eficaz creado para resolver la deficiencia numérica en uno de los equipos en contienda y que acababa siempre o con un épico gol a favor en saque de esquina, libre de marcador porque al fin y al cabo quién va a marcar a un portero, o con ese desesperante gol en contra conseguido con un chut desde propio campo, el portero cesando a medio campo la carrera hacia su portería ante la inevitable trayectoria del balón; que el defensa del equipo más afortunado en el reparto, y por tanto menos atareado, se apoye en un poste de la portería para cambiar cromos de dinosaurios con su portero; que no haya más árbitro que la discusión a chillido limpio, ni más norma para declarar una falta que la fuerza del más listo.

En San Vicente del Raspeig,

a 14 de Junio de 2013

Jose Antonio Martínez Climent

PD: Este artículo está dedicado a quienquiera que sea el que, en la pared frente a la entrada del campo de fútbol del Alicante (Grupo IV de la Regional Preferente de la Región Valenciana), ha escrito la pintada que reza: Against modern football.

José Antonio Martínez Climent - Hegel - Barcelona - La Liga - Fútbol

 

Sub Eleusis

Los números son obstinados; casi tanto como los buenos adjetivos. Es por eso, por cuestión de tozudez, por gusto de mirar, y por guardar adjetivos, que son demasiado preciosos como para no empezar a ahorrar, por lo que durante cuatro años este observador ha ido tomado las notas que, sencillamente elaboradas, se han publicado aquí y allá para descrédito propio y beneficio de nadie. Hoy llega el caso de haber medido, fíjese usted, la abundancia de aves en tres tipos de hábitat muy de moda en el semiárido alicantino que yace en cierta esquina de la algo más que difunta Huerta de Alicante.

Los primero que hay que decir es que el nombre le queda grande hace ya muchos decenios. Nuestros terruñescos gobernantes lo mantienen y hasta lo venden al turismo para darse lustre ecologista e histórico, brillo que desmiente cualquier paseo por dicha huerta, que no es más que un océano de carreteras, rotondas, semáforos dizque no machistas, señales reflectantes, miserables radares de Tráfico, carriles-bici apenas usados y ahora abandonados, bungalows de la más catastrófica arquitectura imaginable, antiguas quintas de recreo erigidas tan atrás como en el siglo XV o antes y que ahora asientan al pijerío culinario local convertidas en restaurants de estilo morgue-Ikea con toques tradicionales: un azadón colgando sobre un dintel, cencerros en el recibidor, cuadros de huertanos recogiendo algodón, cestos de mimbre con clavos oxidados, fotos y más fotos de esas mismas casas en su gastado esplendor finsecular.

A esa biota del desastre acumulada durante cuarenta años de concienzuda aplicación de los fundamentos progresistas (no conozco un sólo caso en que fuera otro el basamento de la urbanización) se le añade desde hace poco una nueva especie que ya de inicio espanta por su oscura filogenia. Se trata del huerto urbano, ese pequeño anticipo del gulag que la Eco-redención al mando nos vende como la panacea contra los excesos del consumo y del mercado, paso primero, necesariamente sentimental, de una fantasmagoría agropecuaria que pretende desalojar a la aristocracia mercantil de los ayuntamientos (curiosamente conformada en esta tierra por las familias de los más aguerridos –subvencionados- ecologistas que, hasta donde llego, no han reparado en el problema) para que los barrios se conviertan mágicamente en comunidades de fellahs con Smartphone y las ciudades en falansterios de ciclistas, todo gracias al poder de la voluntad (Make it happen!; Yes, we can! ¡Tengo derecho a…!) o al más práctico recurso de movilizar la energía bruta del demos, cuyas inercias son oleaginosas, imparables, y sólo se agotan mediante el fuego o el desgaste. Recuerdan, salvo por la alta gracia que da el latín, a la gens Paulo-Emiliana adicta a los Escipiones, fanáticos constructores de utopías como aquella de la Ciudad del Sol, el primer ensayo de una ciudad friendly para amos y para esclavos que, naturalmente, acabó como el rosario de la aurora.

Es precisamente el pringue ideológico con el que vienen envueltos, las obligaciones estilísticas de bajura que traen adheridas, la cruda fuerza bruta, infantil, con la que se asientan impúdicamente en el extrarradio y en las plazas de las ciudades-dormitorio que hoy se llaman pueblos, la premeditada falta de rigor científico, que vistan de dacha leninista el almagre de la casa de campo y de república populachera la monarquía del huertano lo que los vuelve infumables para este observador, de natural alérgico a las imposiciones aborregantes. En el huerto urbano, el ecologista hace la parodia del huertano, y también la del insumiso estético.

No obstante, nada impide la deseable tarea de aliviar nuestras economías de los macabros impuestos socialistas y de verduras imposibles de pagar para un autónomo, e incluso sería de agradecer que alguna vez se entendiera la vis práctica que tienen las ordenadas descripciones agrarias de Pla, Delibes, Ortega, o las más tremebundas de Benet e incluso, si me apuran, las de un servidor, pero resulta oneroso que los precios incluyan la rendición de la persona, la destrucción de todo paisaje que no sea conforme a ideología, la conversión de la vida en común en una república sentimental gobernada por aprovechados de hoz y rastrillo, la transubstanciación de la potencia epifánica del agro en una eléusica desnutrida, razonable, acomodada a la hipocondría del hombre desencantado, al buey de lo civil. Así que lo admito: me lancé a este estudio con todos los predicamentos imaginables contrarios al huerto urbano, y a la porra con la neutralidad científica. Al menos tanto como los ideólogos socialistas-comunistas que lo imponen por doquier. En la guerra, todo vale. Todavía más en el bando perdedor.

De modo que siguiendo las directrices de Bibby et al. (1992)1 para conteos mediantes transectos en automóvil  y aprovechando ciertos traslados particulares que uno hace cada semana por las cicatrices de ese laberinto material & conceptual (no; no les voy a decir qué hago circulando por esos pagos) estudié la abundancia relativa de las aves en tres tipos de parcelas:

(1) Huertas en activo, a saber, apenas un puñado de chalets de estilo desarrollista rodeados por sobrias filas de acelgas, caballones con pimientos vegabajenses, matas de habas estoicas, guisantes medrosos, olivos carolingios, almendros quemados, higueras peludas, granados amenazantes, que a duras penas mantienen en uso cuatro labriegos jubilados.

(2) Huertas abandonadas, una mezcla indefinible de saladar, cascotes, verjas vencidas, llencas de regaliz, algarrobos y olivos, casitas dispersas o agrupadas con criterios imposibles, taludes amueblados con derrubios setenteros, chalets de rusos millonarios, chalets-merendero heredados de papá por funcionarios ecologistas de paella dominical y valenciano postizo, algunos pinos cuajados de procesionaria, cacas de perro fosilizadas y, dispersos pero notables, excrementos de un extinto antropoide huertano, ya de un seco color óxido y tan duros como el hierro. ¿Los tendrán en cuenta nuestros nacionalistas para sus loas al terreno?

(3) Huertos urbanos, alargados rectangulitos paralelos que conforman un terroso cementerio, vallados con reja en verde Inglaterra no en imitación, sino como empalizada contra la naturaleza, construidos apresuradamente a golpe de ideología adocenante et pasta gansa en subvención (¿cuánto puede llegar a costar un pimiento aquí sembrado, en patrón oro?) donde cohortes de nuevos pijos -funcionarios de paga extra y viaje al Bután; ecolos con ropa de marca e inseparable iphone surafricano, barco en el puerto para acomodar barraganas de ocasión y piso en primera línea de playa; particulares poseídos de iguales ansias viajeras, materiales y prostibularias pero algo mancados de posibilidades a causa de los impuestos; nacionalistas cuarentones que subarriendan porque eso de cavar como el abuelo es muy cansado y la pela, ¡joder!, es la pela, etc.- exhiben su superioridad moral sobre el resto de los mortales mientras reciben los benéficos rayos del sol poniente en sus camisetas del Ché.

Los resultados me han producido una gran alegría. Los doy bajo en forma de gráficos y tablas, sencillos, masticados, no hace falta más. Como sospechaba, los huertos urbanos que he estudiado son puros vertederos en lo que respecta a variedad y abundancia aviares. Allí no hay nada; cuatro bichos mal contados que, por lo que vi de su comportamiento, van a cazar en horario de oficina, se espantan con cada cultivador que echa la tarde (seguramente por la brusca expresión del Mataputos estampado en las camisetas), pían algo lastimero y desaparecen volando hacia las restos pútridos de la huerta, hacia las pocas huertecillas que todavía tienen dueños desprovistos de otra ideología que no sea la del uso aplicado del azadón. Allí si hay bichos. Muchos. Vuelan, cazan, fornican sobre postes de teléfono de cuando el sitio de Teruel, cantan mirando al Este por las mañanas y al Oeste cuando el ocaso, y cuando mueren lo hacen con la dignidad que da la soledad del campo, lejos de esos funerales de Estado que la hueste ecologista-animalista exigiría si encontrase una cotorra de Kramer expirando en el gulag. Ortega: “He aquí dos técnicas opuestas, frente a frente. El europeo, amigo de la mecánica, mata por medio de una ley física. El negro, más próximo a las fuentes de la vida, se finge ave, es decir, mata con una metáfora.”2 El ecologista in hortus reúne ambas figuras.

En otros sitios he alabado las virtudes de la ruina3. Si leyendo tal cosa siente Vd. inclinación a pensar del observador en los términos retrógrados que ordena la propaganda progresista, le ruego que se detenga y que al hablar de mí oigáis con benevolencia4, que es consejo ciceroniano contra el vicio maniqueo que hoy se impone a todo. Que la nada volátil más insulsa pueble el huerto urbano de esta tierra no es obra mía. Aquí he dejado una muestra más de la virtud de los descampados, de las escombreras, del olvido, de la superioridad en belleza aviar de la huerta cuando todavía se cultiva o se abandona, y prueba suficiente de que aunque llenaran sus gulags de bolsillo con cajas anidaderas (subvencionadas) jamás de los jamases conseguirían producir esos contagios que da la soledad, esa magnífica potencia que descarga el campo cuando de él se extirpan los ácidos ideológicos y los abusos de la física, la ordenada fecundidad de su seno para que, un poco cada día, ofreciendo sus doradas semillas de trigo, pueda morir su propia muerte.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

a 21 de Noviembre de 2019

 

El rapto de Perséfone

El rapto de Perséfone. Gian Lorenzo Bernini. Italia, 1622.

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PD: Para mejor ilustrar la fantasmagoría ideológica, cabe mencionar que uno de los huertos urbanos estudiados se emplaza en un colegio que presume de ser cúspide y milagro progresista, de la República, de la redención planetaria, y todo en valenciano normativo. De acuerdo con el tono fúnebre del asunto, a los chavales se les enseña a dejar morir de sed a los numerosos árboles (pinos, cipreses, pimenteros…) que hay en la finca mientras riegan con goteros delicados las cuatro berzas que produce su jardincillo, a más abundamiento, situado junto a un cruce de caminos perfumado por los humos de cientos de automóviles al día tanto como por los vapores metálicos de un gigantesco edificio municipal adjunto, amén del propio. No quisiera uno llegar a conocer cuántos tipos de cáncer adquirirá el mocete que mastique tales berzas5, aunque lo haga, eso sí, hinchado por un sentimiento redentor de superioridad moral.

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Referencias:

  1. Bibby , C. J., Burgess, N. D. y Hill, D. A. 1992.Bird CensusTechn iques. Academic Press. Londres.
  2.  José Ortega y Gasset, Los “ámbitos culturales”. En: Obras completas, Tomo III, 1917-1928, pág. 302.
  3. Audio de la ponencia de presentación del Premio Iberoamericano de Novela Verbum 2017, Campo de víboras (ruego se disculpe el tono algo cansado, por causas razonables, no por gusto).
  4.  Marco Tulio Cicerón. Segunda filípica. En: Filípicas, pág. 32. Ed. Planeta, 1984.
  5.  De 58 estudios consultados en revistas de impacto, a modo de ejemplo: W. I. Lin, Ch. L. Chen, S. B. Xu. 2013. Heavy Metal Contamination and Environmental Concerns on Orchard at Abandoned Tungsten Mine, Southern China. Applied Mechanics and Materials (Volumes 295-298), 2013., págs. 1609.1614. Sin embargo, resulta fascinante leer que una enorme y contaminada según la propia alcaldesa, Barcelona, produce verduras libres de contaminantes así le pasen por encima los tubos de escape de diez mil coches al día: A study on air quality and heavy metals content of urban foodproduced in a Mediterranean city (Barcelona) Mireia Ercilla-Montserrat, Pere Munoza,, Juan Ignacio Monteroc, Xavier Gabarrella,,Joan Rieradevall. Journal of Cleaner Production Journal homepage:www.elsevier.com/locat

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Resultados.

  • ·        La riqueza específica se da mediante el Indice de Margalef1,
  • ·        La biodiversidad entre hábitats se da con el Índice de Simpson1 porque está libre de las exigencias formales de otros, como el más común de Shannon-Wiener, que imponen conocer el catálogo de especies completo en el universo sujeto a estudio, entre otras semejantes.

 

Huerta en activo Huerta abandonada Huertos urbanos
Total de especies registradas 16 21 12
Nº total de individuos observados 388 603 93
Índice de Margalef para la riqueza específica 2,50 3,33 1,83

 

Huerta en activo Huerta abandonada Huertos urbanos
Índice de Simpson 0,133 0,141 0,175

 

Figura 1. Abundancia relativa específica por tipo de hábitat (primavera, verano u otoño de 2016, 2017, 2018, 2019, sobre un total de 1.084 observaciones).

Abundancia relativa aves huertos

 

Figura 2. En modo a informar de manera sencilla hemos contabilizado el número de desplazamientos de automóviles que discurren junto a dos de los huertos urbanos controlados, en dos  huertas abandonadas y en dos huertas en activo. Los conteos fueron 90 en cada lugar realizados de manera aleatoria durante tres meses, a razón de 5 minutos cada uno. No constan datos que permitan eliminar una cifra estimada de coches eléctricos, pero a juzgar por una consulta realizada en un concesionario local su número es irrelevante en esta zona. Los huertos urbanos se fuman el 88,69% de los desplazamientos observados (N= 4.769), cosa que, según el Ajuntamiento ecologista, es irrelevante en punto a salubridad de los vegetales allí plantados, lo que se desprende de que ni se menciona tal cosa en la propaganda oficial. El cálculo del número total de desplazamientos en cada tipo de hábitat es inabordable para el observador.

coches huertos

 

La extraña pureza de Alicante

Una buena amiga ahora instalada en España tuvo la extraña, no sé si llamarlo fortuna, de nacer y vivir tras el Telón de Acero, en pleno bloque comunista. No hace mucho, mientras tomábamos un vino en casa, acertó a contarnos algunos recuerdos de infancia. En particular, pues la memoria del niño es precisa donde el adulto escamotea el recuerdo falseando lo vivido con toda suerte de subterfugios y descargos, un sucedido de esa especie que perdura intacta a lo largo de lustros y decenios, conservado, pese a todo, como un tesoro.

El profesor de la Escuela Popular era un tipo muy acendrado y de entusiasmo fácil. Alto y muy delgado, hay quien decía que la flacura era cosa reciente, pues antes, siendo el hijo único del vaquero, había tenido sus anchuras. Entre sus no pocas virtudes estaba la de llevar la clase con unos horarios que cumplía a rajatabla. Así, llegado cada Jueves, anunciaba nada más entrar que a media mañana habría excursión. La natural algarabía de los zagales (y perdonen lo inadecuado de la expresión, pues no sé cómo se dice zagal en el dialecto que el Partido había aprobado para el valle donde se asentaba aquel pueblo) la cortaba el maestro con un varazo en la mesa. Pero a las once en punto y en fila de a dos la chiquillería tomaba la acera de la calle principal caminito de la carnicería del pueblo, para, una vez llegados frente al escaparate (donde tras un cristal con lamparones descansaban una cabeza de cerdo frecuentada por las moscas, dos riñones de vaca desinflados, medio pollo enflaquecido y un filete de cecina mal curada), el profesor se ajustaba sus gafas redondas, se alzaba sobre las putas de los raídos zapatos y así, en esa postura tan incómoda, lanzaba una arenga de la que, confiesa ella, los niños entendían la mitad, pero que de la mitad que entendían sabían lo que sigue: que el carnicero era gordo porque se comía “la grasa del pueblo”, imagen que ahora, pasados tantos años, todavía le produce a mi amiga unas arcadas homéricas; que el susodicho era un “asqueroso capitalista” porque su magro negocio, en realidad un economato del Estado, escamoteaba media docena de huevos y algunos huesos de pavo cada mes para destinarlos a la infecta ocupación del mercado negro, es decir, al beneficio individual; quién sabe si también algún filete; y que esas moscas tan grises eran “insectos venidos de Occidente”, y de ahí su pertinaz indolencia, pues antes, en los buenos tiempos de aquel pueblo, las moscas tenían un brío y una nobleza a la hora de escoger donde libar…

Lo cierto es que la flaca muchachada, que a decir verdad no había visto nunca en su mesa ni la grasa del pueblo ni los huevos hurtados a la economía planificada, comenzaba a impacientarse con tanta palabrería porque sabía lo que venía de seguido, a fuerza de repetirlo cada semana. Y es que con el primer gallito inducido por la fresca el profesor daba una tos un punto tísica, bajaba de sus puntas, se pasaba un pañuelo muy plegado por las comisuras, limpiaba los lentes y, seguramente por apego al método socrático, tomaba una piedra del suelo y la lanzaba contra el cristal.

Cuenta que ella también lanzaba piedras. Añade, entre risas y sollozos, que una vez cada Dios sabe cuándo un coche negro salía de una densa nube de polvo y grava por la parte del bosque, paraba en medio de la calle, y de sus élitros alzados bajaba un grueso abrigo tocado con un sombrero de fieltro. Era el Alto Comisionado del Partido, cuya mole ciega, gris, le producía pesadillas durante meses. Allí parada, aquella estatua viva saludaba con el puño en alto al socrático afecto al comunismo, que le entregaba, a modo de informe de progreso, las notas en ciencias, los suspensos en hidráulica, los notables en marxismo, y una lista con el número de piedras lanzadas por su clase contra aquel indeseable capitalista, con el nombre de los buenos lanzadores.

De todo esto me acordé ayer, día que preludia el solsticio de verano, y no porque un soplo de abundancia llenara mi mesa con algo mejor que las viandas que nunca vio mi amiga en otro sitio que no fuera en mesa ajena, sino porque leí en un diario, y mire usted que procuro no hacerlo, que en el Ayuntamiento de San Juan de Alicante se había ejecutado un acto de repudio contra la concejal de Vox durante la toma de posesión tras la elecciones municipales. En San Juan está prohibido decir San Juan, pues el nombre señala ahora una propiedad privada de algunos partidos. También, ha de decirse en catalán, o al menos en valenciano químico, normativo, lengua de la facción colaboracionista. Y el pueblo, que ya no existe más que encarnado en sus delegados en eso de existir, los concejales, ha convenido en declarar no-persona a una que, sin ser carnicera, a buen seguro es impura.

San Juan de Alicante era un villorrio de secano en el que los niños íbamos al colegio y aprendíamos a robar hojas de morera para forrar las cajas de zapatos donde criaban nuestros gusanos de seda; donde dábamos paseos Rambla arriba, Rambla abajo, cruzándonos con otras pandillas, que era la única forma extraña de ser que conocíamos. Ahora es un pueblo habitado por fantasmas.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

chica puerto de Alicante-autor desconocido

Fotografía vieja y buena, de autor desconocido.

Corrección política y (santa) reacción

Presentación en la Librería Troa-Neblí, Madrid, 21-5-19

Diccionario de Insultos de D. Francisco de Quevedo (Editorial Verbum)


Intervención de los autores (audio, 13 minutos)

José Antonio Martínez Climent -Diccionario de Insultos de Quevedo- Librería Troa-Neblí 21.5-19

José Antonio Martínez-Climent, coautor ©PeterWall, en “La Mirada Actual

Video de la presentación

Diccionario de Insultos de Quevedo- Editorial Verbum- Julia Escobar-Marqués de Tamarón-José Antonio Martínez

Julia Escobar Moreno (texto de su ponencia)

20190521_202721

Prólogo del Marqués de Tamarón

Marqués de Tamarón -Santiago de Mora-Figueroa, presentación Diccionario de Insultos de Quevedo, Tora-Neblí, Madrid, 21-5-19

Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón: Embajador de España, escritor. ©PeterWall, en “La Mirada Actual

Diccionario de Insultos de Quevedo- Editorial Verbum

Ricardo González-Haba- Diccionario de Insultos de Quevedo, Editorial Verbum

Con Ricardo González-Haba, coautor (entre el público, a la izquierda)

Diccionario de Insultos de Quevedo - Librería Troa-Neblí

Diccionario insultos Quevedo- Jose Antonio Martínez-Marqués de Tamarón-Julia Escobar

 


Fotógrafo en la presentación: PeterWall.- PeterWallAdobe@yahoo.es https://peterwallart.wordpress.com/https://www.instagram.com/peterwallart/

Bendito el país de camareros

Es un defecto, lo admito: la expresión “España es un país de camareros” me descompone un tanto. La emplean, como ustedes saben, aquellos que abanderan el progreso como los niños abanderan los berrinches: con un cretinoide sentido de superioridad que, no siendo niños, fundan en considerarse a sí mismos personas cultivadas, hombres de mundo, poseídos de una revisada ilustración, imbuidos de un socialismo mal disimulado en el que se postulan como predicadores de la modestia y del sentido común.

La peor facción de estos engreídos la sustancian los escritores, un difuso grupo de vanidosos de tercera que no se soportan entre ellos a fuerza de envidias, enchufes, reseñas, reportajes de suplemento, invitaciones al canapé ministerial, a soirées de casa de cultura o a saraos de diputación. Son la Corte de los Milagros de la intelligentsia de partido. Sin pudor alguno expelen borborigmos culturales copiados de los lemas del momento, y con igual fruición repican ideicas sobre devaluación de moneda, producción de energía, PIB, arquitectura y moral, fondos buitre, deuda pública, pintura impresionista, deforestación, pesca con mosca, astronomía, deconstrucción del lenguaje, ecumenismo leninista, Kant, y todo ese catálogo de filosofía superficial que nutre los editoriales de los diarios progresistas y sus artículos de encargo.

En lugar de postularse sin cesar, mostrando así su naturaleza advenediza cuando no parasitaria, mejor harían en sacudirse sus ansias redentoras y en acudir, cabizbajos y arrepentidos, a cierto bar de piel de gamba y quinto maloliente para que, entre servilletas aceitosas, paredes desconchadas, calendarios atrasados (esa modelo que anuncia tractores vestida del Betis; esa formidable italiana de pechos hercúleos que se apoya en el negro caucho de unas Pirelli de camión) y una parroquia de viejos desdentados atrapados en un eterno dominó, un camarero flaco y encorvado, masticando un palillo como la Pitia masticaba hiedra, relimpiando hasta el desgaste un sucio vaso de vermut, sin levantar la cabeza y mirando a la mosca posada en el hueso del jamón les anunciase que en la trastienda de ese bar, allende la cortina de canuto, mora el más puro duende del progreso; ese que a fuerza de fracasos aprendió que todo avance finca en el pasado, y que a la herida y no a la luz edificante está dedicado su templo, al que, a su debido tiempo lo verán, acuden también los escritores fracasados, por ver si un camarero revenido por la sabiduría que le es propia les redime de sus miserias sirviéndoles, sin mirarles, un pincho duro de tortilla y un tintorro avinagrado.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Castilla, tierra de mesón ceñudo y mosca terca, a 7 de Mayo de 2019.

bares

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