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Una Europa entre Benet y Larbaud

LA TIERRA DEL GRAJO muestra que es posible situar una novela de viajes tanto en los bosques de Karelia, en los del Alto Palatinado o en las costas croatas de principios de siglo XX como en las provincias de la vieja España rural, tan denostada por todos. Las misma irradiación poética es posible encontrar en los ordenados jardines de un sanatorio suizo que en las agrestes montañas del interior de Castellón o en las llanadas semiáridas alicantinas. Así lo vieron viajeros de necesidad o de fortuna, como Larbaud o Unamuno. ¿Qué diferencia sustancial hay, a los ojos del viajero, entre el valle del Palamó de principios del siglo XX (pequeña artesa aluvial del extrarradio de Alicante, hoy convertida en tierra de rotondas y edificios de varias plantas), con sus casas de recreo modernistas, sus jardines de cipreses y palmeras, y las soleadas laderas de la Toscana? Quizá entre ambas no haya más que la distancia que impone el prejuicio más arraigado en España: el que afirma que la tierra de nuestro país es la esencia misma del atraso. De ese pretendido atraso secular que ha servido como justificación para el desmembramiento de toda una cultura agrícola (a la que Sánchez Dragó viera ya herida de muerte) para promover su asimilación a las formas que impone un progreso algo más que dudoso. LTDG, en la tradición de Juan Benet, Valery Larbaud y Alvaro Cunqueiro, presenta alternativas a esas formas excesivamente rígidas. Y muchos, muchísimos kilómetros por recorrer, por medio mundo. Pero de otra manera.

La tierra del grajo

Editorial Verbum.

https://editorialverbum.es/producto/la-tierra-del-grajo

El viejo Nuevo Mundo

Estamos en el centro de esa zona oscura en la que, si mañana desapareciera el virus, las vidas de millones quedarían vacías.

 

Fdo.

José Antonio Martínez Climent

A 21 de agosto de 2020

La Balsa de la Medusa

Una buena razón para morir

No hay deber u obligación, no encuentro honra ni gloria en morir por la supervivencia de una sociedad que considera a mi infector, a quien conociendo las probables consecuencias de sus actos multiplica muerte y ruina, como a un simple irresponsable; y al gobernante negligente, merecedor de más poder.

Digo esto en contra de quienes promueven la democrática ley de los Grandes Números, y a favor de la legítima defensa.

Fdo.:

José Antonio Martínez Climent

A 11 de agosto de 2020

acantilado soledad

Caída y auge

Fue a principios de los años 80 cuando el diario El País ordenó: juancarlismo sí, monarquía no. Del subsiguiente juego de los comisionistas políticos se beneficiaron precisamente quienes hoy, cuando el Rey emérito abandona España, se rasgan las vestiduras; todos aquellos que durante cuarenta años han conformado un Estado y un país cuya estructura legal, económica y moral es estrictamente republicana, salvo el bastión de la Jefatura del Estado. Quienes, como Federico Jiménez Losantos, se rebelaron contra la orden progresista lo acabaron pagando con su empleo, con la llaga de quien en una empresa corrupta se niega a cobrar la comisión que compra su silencio.

Hoy es el día en que celebramos el fracaso de la república juancarlista, y en el que añoramos el advenimiento de una monarquía parlamentaria adscrita a la Constitución.

Larga vida  a S. M. Felipe VI.

Fdo.

José Antonio Martínez Climent

A 4 de agosto de 2020

rey felipe VI monarquía España

Son los gestos, no los datos, no las cuentas, los que, ejecutados de acuerdo a su condición de símbolos (fisuras por las que escapa el significado; o vapores divinos, para quien así lo prefiera) mediante una regla fija permiten al observador desapasionado, tanto como al furibundo antropólogo entusiasta, señalar a su objeto de estudio como a gentes civilizadas. Cierto; católicos de toda laya y orientalistas sobrevenidos en general clamarán que sin una cierta moral desarrollada y ejecutada con mayúscula unción, nada de civilización. Pero no; no cabe confundir el precepto ético con ínfulas (cuya suma consigue una moral) con el pulimento que da la liturgia, cualquiera que sea su naturaleza.

Así, un Capitán Cook que, llegado a la playa de Napo’opo’o hubiese ofrecido a los curiosos y nudos indígenas no un discurso ilustrado de conquista sino una danza escocesa, hubiera pasado por idiota (no sé cómo se dice «idiota» en hawaiano) ante la desconcertada concurrencia. De igual modo, un yanomamo que, dirigiéndose al mundo desde el púlpito de la ONU, en lugar de bailar la caza del Jaguar citase a Kant en apoyo de la supervivencia de su tribu pasaría por falso y pretencioso. Alguien malicioso podría incluso tildarlo de bobo solemne.

En consecuencia, y habida cuenta la acumulación de pruebas que sustancian la homicida negligencia del Gobierno Progresista (informes tempranos despreciados y ocultados por causa feminista; científicos-guía inexistentes; uso y desuso de simonescas mascarillas; Mando Único mágicamente desprovisto de Responsabilidad Absoluta, etc.), un país medianamente civilizado procedería a su inmediata detención para disponerlo a juicio nurengberiano, con la derivada prisión vitalicia como pena alternativa a la honorable pastilla de cianuro. Además, (y aquí ese mismo observador exclamaría un ¡ajá! pleno de académica certeza), todos los días a las tres, con la apertura de los telediarios, el Gobierno entrante sería abofeteado, ministro a ministro, por un Mayordomo al servicio de la Casa Real. Gesto que remite al “recuerda que eres mortal” de los romanos, pero ofrecido a la votante masa democrática cómodamente sentada en sus hogares.

Y así durante los próximos mil años de monárquica civilización.

 

Fdo.

José Antonio Martínez Climent

A 31 de julio de 2020

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PD: Si Vd., amigo lector, considera estas notas poco más que una gracieta, no se lo tendré en cuenta; temo que nos hallemos ante un caso terminal: sin duda será Vd. un Moderado.

AUGUSTO ROMA MONARQUIA

Reseña a “Mal de ojo”, de Pilar Carrillo.

Hace más de treinta años, se dice pronto, que aquí, en España, la educación positiva, de mucha ciencia, progresista, nos dice y asegura que el mundo es comprensible de suyo, que las nieblas del pasado, cubriendo desde Franco hasta el día (infausto) en que Lucy bajó a por nueces, las despeja para siempre un ánimo de razón que, cuando se adquiere, inunda el cuerpo, que no el alma, con una soberana plenitud de uno mismo. Así bendito, iluminado con un  Buda, todo se vuelve sereno, todo está lleno de promesas, el miedo se olvida y ya podemos caminar.

Como uno de orientalista tiene poco, o más bien nada, observa, rasgo reaccionario, ciertos reparos a eso de que un rayo de luz artificial baste para limpiar del pasado de polvo y telarañas, suponiendo, y ya es ingenuidad, que el pasado fuera un desván necesitado de limpieza. Así, recuerdo a mi abuela sentada en una silla de mimbre, limpiando lentejas de piedrecillas y gorgojos, sin levantar la vista de la olla, contándome cuentos que a su vez le contara su abuela, que me erizaban la pelusa del cuello con la sospecha de que ogros, lobos, salteadores de caminos, bandoleros o agriados gitanos pudieran aparecerse a mis espaldas.

Si, en cambio, abriera Vd. un libro de cuentos de hoy,  no encontraría nada del viejo misterio: tan sólo el esqueleto mal montado de una historia, aplastado bajo el peso de la moralina luminosa. Pues, no insistiré en lo que Vd. ya sabe, toda materia, y así todo libro, no es más que el molesto y antiguo soporte de las Nuevas Ideas, dice la grey res publicana.

Siendo así, encuentra uno de lo más agradable el libro de Pilar Carrillo, que además de escritora es buena amiga, titulado Mal de Ojo, publicado por Kolima. Diría que los cuentos de vieja que allí podrá encontrar no están atacados por ese cáncer de luz que hoy todo lo enferma, sino que permanece en cada página el toque anciano de su abuela, que fue la que en buena hora le contó esas historias de hogar y de gorgojo. Que el miedo, ese miedo infantil que a algunos les volvía hombres valerosos, repta entre las líneas, caído de calderos bullentes, montones de leña o escondido en los negros pliegues de la falda de la anciana.

Sé que a muchos tales cosas no les atraen más que como material de museo, literatura anestesiada por la ciencia de la antropología cultural, dicho sea esto con la pelusa del cuello erizada; cosas de un pasado felizmente lejano que uno recuerda con privada nostalgia y público rechazo. No cuenten conmigo para ello. Nada de eso me interesa. Si compro un libro y encuentro formol, lo cierro y lo tiro a la hoguera. El de Pilar cría polvo en una estantería; ese polvo que sueña con ser anciano tan pronto como pueda, para que, con la pátina del tiempo, encuentre un día a un lector necesitado de sombra y de frescor antes que de ciencia y solanera.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 21 de Julio de 2020.

Mal de Ojo, Editorial Kolima, 2017.

Mal de ojo

 

Reseña a “Memorias de un güelfo desterrado”, de Armando Puigbó

Armando Pego Puigbó bien podría ser el nombre de un trovador, miembro de esa corte de cantores desapegados de todo menos de trovar poesías y rimas melancólicas por caminos, pueblos, sierras y prados catalanes que, si no lo hicieron, debieron haberlo hecho cuando decir bellos tropos todavía era posible. Sin embargo, y pese a nuestra insistencia, Puigbó, con maneras gentiles, persiste en decir de sí que es güelfo desarraigado.

Se preguntarán ustedes, y con razón, a quién sirve hoy un güelfo; qué batallas libra, si va y viene de Milán a Constanza, si le tiene ojeriza a la casa de Suabia, ¿piensa vengar la derrota de Bolonia? o si es bien recibido en la Corte de Aviñón. Y la respuesta es que sí a todo, pero que no. Hemos de admitir que la condición de soldado papal es hoy una profesión extinta. Todavía más si el empleo dependiese del Papa Francisco, que anda algo desapegado de las cosas del Cielo como para meterse en batallas teológicas. Otra cosa, quizá, sería si Ratzinger… me estoy yendo del cauce.

Pero si algo nos enseña la Historia (la Historia; no esas fantasías metodológicas marxistas sobre la Historia) es que los caminos de Europa siempre han estado surtidos de personajes más o menos errabundos que sirvieron a las causas más desperdigadas. A buen seguro que Vd., amable lector, conocerá unas cuantas. ¿Qué no? Pues admita el consejo: adjunte a su colección de libros de trova, a la derecha de la serie reaccionaria, justo encima de los autores singulares y no muy lejos de esas partituras de música sacra los libros de Puigbó. Allí leerá cómo y cuándo es posible hoy la solitaria condición de güelfo.

Hubo más de un alemán que, para encontrar su sitio en este mundo de ruinas, se fue al bosque, y allí, enzarzado, vivió hasta su muerte. Armando les dirá que el bosque es hermoso, pero que él encontró otros bastiones para su fe. Ni mejores ni peores que una buena encinada: solamente los suyos, rodeado de un cierto aroma florentino y un tanto así de loor de Ascensión.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 17 de Julio de 2020

 

armando güelfo

Un verano con Julia

Hace una semana escasa se presentó, ella sola, muy peripuesta, la ocasión de volver a leer “Nadie dijo que fuera fácil”, primera novela de Julia Escobar Moreno. El verano tiene estas cosas. Así que, con mucho gusto, me puse a releer, que es cosa de mucho beneficio si se escoge bien el libro.

Al poco me di cuenta (por segunda vez) de que la sagacidad de Julia (se publicó en 1999) ni se había robustecido con el tiempo ni había perdido mordiente. Seguía allí, tal cual ella la dejó, dicha con el esmero de quien sabe escribir (¡ay, bobos antiestilistas!), sólo que con algo más de encanto por el amarillear de las hojas.

Encuentro algunos de los capítulos desternillantes, y comprendo que la siempre picajosa progresía del momento recibiese la novela con cierta amable suspicacia, cuando no de otra manera. También hubo quien no precisó de pretextos ideológicos y se hundió a disfrutar del libro, sin más. Como quiso la fortuna que un servidor estuviera entre estos últimos, ahora, pasados tantos años, cuando todo aquello que la autora describió con humor y brillantez se ha convertido en una turbia riada que ahoga la vida de quien no puede vivir fuera del mundo, he de decir que segundas partes fueron todavía mejores que las primeras; me alegro sobremanera de que esa campanilla invisible me advirtiera, como ahora les aviso a Vds., de que había llegado la hora de volver a Julia.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 8 de Julio de 2020

JULIA ESCOBAR

Lecturas desde la cueva.

Los aforismos de D. Carlos Marín-Blázquez son casi traslúcidos. En ello hay una virtud fácil de reconocer, incluso para quien busque en el lenguaje los estallidos de la pólvora, el filo de la navaja, la oclusión del cepo.  Quien complete la lectura de sus Fragmentos, publicados en la Editorial Sindéresis, sin embargo, encontrará engañosas mis palabras, porque, en la azulada mansedumbre de sus sintaxis espejean toda clase de explosivos, no pocas navajas y un número considerable de cepos.

La virtud reconocible, además de la puramente literaria, es la de la reacción. «Reaccionario» es, de acuerdo con la interesada imagen construida por la horda destinada a caer en las trampas dispuestas por D. Carlos, un personaje adusto, viejuno, aferrado a las costumbres y a los usos trogloditas que el Progreso asigna a quine obstinadamente se niega a ofrecerle el cuello. Ese fantoche de cartón triunfa entre la propaganda casi tanto como la estupidizante idea de que la gratuidad de todo lo que ofrece el Estado. No es así. Nos recuerda el Marqués de Tamarón que reaccionario era quien, vaya descaro, protestaba a la vista tremebunda de la guillotina francesa que lo iba a terminar. Pero cabe apresurarse a matizar, y es Tamarón quien de nuevo acude al rescate, que la simple protesta no define al reaccionario. El erudito aludirá aquí a un descabellado gusto por las formas del Antiguo Régimen, a un intolerable instinto de jerarquía, al más despreciable lenguaje altivo y cultivado, al hábito monacal de quien vive en un mundo imposible de habitar sin disponer de una cueva en el bosque. Serán, en primer lugar, los espinos de las palabras quienes definan los lindes de nuestra furtiva propiedad.

Es por ello que recomiendo la lectura de los Fragmentos del Sr. Marín-Blázquez tanto como en su día me permití alabar esa maravillosa gruta que es El rompimiento de gloria, novela de D. Santiago de Mora-Figueroa. Quien, descabelladamente, acepte mi consejo comprenderá, apenas lea las primeras páginas de ambos libros, que esas zarzas son insondablemente hermosas, cálidamente acogedoras para esa pequeña horda de solitarios reaccionarios destinados a una condición errante, irremediablemente huérfana.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

 

carlos fragmentoscomprar-el-rompimiento-de-gloria

Esquela.

 

esquela mando unico

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