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Erosión

Desde que muriese el propietario y el mercado de la oliva, la granada y la garrofa no admitiera a minifundistas insancionados por los soviets estatales de la higiene y de la hacienda, cierta parcela de secano que ronda un villorrio de interior yacía hundida en esa latencia desmemoriada y polvorienta en la que se complace la huerta alicantina apenas la dejan de cultivar, ahormada en esa forma levantina de eludir el paso del tiempo que por un principio de exageración homeopática multiplica y acelera sus efectos hasta dejar el paisaje en una ruina vivificada por la espera. Se diría que en España tan sólo el paisaje fenicio ha aprendido que en la inutilidad, el caliche y la riada se esconde la única posibilidad de reviviscencia o el último resto de dignidad.

Algo de eso sabe el Numen del Progreso. Pareciera que avisado de que la memoria anda siempre reñida con las devastaciones que causa el porvenir,  su empeño mayor consista en quebrar las defensas del olvido y los presupuestos del recuerdo. Quizá por eso envía a sus mejores agentes erosivos a esa huerta levantina encostrada en el pasado, y puede que conocedor de sus tercas resistencias se decida por una táctica de lento desgaste, confiado en que ciclistas, senderistas y moteros ejecutarán el encargo entregando por anticipado la cédula de defunción.

Esas arrugas de vieja que dejan las ruedas y las suelas, esa sorda rumorada que arruinan los gritos, esa horda colorida, refulgente, que agrieta la agrisada membrana de polvo y cascote clavan las estacas del progreso en cada una de las muertas terrazas y en los calvos taludes, pero mientras quede uno sólo de los que mamaron de la leche agria de amarillos alacranes, jugaron con las camisas de la sierpe, sestearon en el frescor de sus acequias o presintieron en el cielorraso de otoño la avenida y la riada ese Numen atascado no habrá completado su aciaga tarea.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent.

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Imagenes: cultivo de secano alicantino (entre San Vicente del Raspeig y Muchamiel) erosionado en sólo dos años por el paso de ciclistas, moteros y excursionistas (2018)

 

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Alfahuara

Con renovado acierto señala el escritor D. Francisco García Pérez que la frase cervantina “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia” ni la dijo Quijote ni aparece en los libros del manco. La fortuna con la que corre suelta se deba quizá al romanticismo que la impregna tanto como al aura que adorna su fuente. Naturalmente, hasta que D. Francisco hiciera justicia con ella y la situase ex Cervantes.

Cabe en consecuencia recordar que fue el propio Quijote, en su lecho de muerte, quien traicionó el ideal en ella contenido al denunciar sus nobles empeños de caballerías como delirios de un alma descarriada. Así fue como Cervantes reveló, esperando hasta el final, como si se tratara de Agatha Chirstie , que el ideal era Sancho. Su bajeza estomacal, su menestera artería, su cobarde actitud, su bizca, corta e inmediata necesidad fueron para Cervantes el modelo a seguir, y para probarlo no dudó en matar a Don Quijote y en hacerlo expirar repudiando su vis medieval. El mundo moderno, asqueado de las formas estamentales, contó desde entonces con un puntal materialista que para sí hubieran querido el socialismo utópico, la dialéctica de la historia, la frígida razón kantiana o el crudo cientifismo popperiano.

Esta crítica, por mucho que uno quisiera que fuese original, no le es ni por asomo, pues hasta Nietzsche se tomó la molestia de escribirla. Agradezcamos a Don Francisco su noble empeño erudito y quijotesco. En este mundo de sanchos no es extraño que a Quevedo se le olvide y que el cinismo cervantino cale tan hondo en todas partes. Con razón a Lenin le gustaba tanto el Quijote.

 

Fdo: José Antonio Martínez Climent

 

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Reseña de “La tierra del grajo”.

El diplomático y escritor D. Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón, comienza su reseña afirmando: ” Esta novela está llena de misterios, grandes y pequeños, relacionados con los espíritus, los hombres, los animales, las plantas, los elementos y los meteoros. Esos misterios plantean un caso de conciencia a quien escribe una reseña del libro.”

Texto completo en la bitácora del Marqués de Tamarón..

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La tierra del grajo, en la Editorial Verbum, Madrid.

ISBN: 9788490741573

 

 

Esta y la próxima entrada, DM, serán librescas.

 

 

Pijilandia rural: las contrageórgicas.

En cierta ocasión de bar de facultad, entre mucho humo de cigarrillo y algunos cascos de quintos, vine a decirle a un amigo que cada Parque Natural delimitado constituía la certificación del fracaso del biólogo. Naturalmente sobresaltado por tal revelación, desde entonces me miró siempre con recelo, y poco a poco dejó de hablarme. Contando el presente, va para veinte años que trabaja en uno de esos parques. Traigo esto a cuenta de que hoy son  muchos quienes celebran la Redención del campo en España, la extirpación de la condición paleta de sus habitantes, su ilustración según el modelo urbano, el adecentamiento de los caseríos, la iluminación de sus vías, la higienización de cenagales, todo ello en nombre del Progreso Social, que como Vds. saben es el nombre de una fe planetaria de naturaleza furiosamente laica. Permitan que me explique con brevedad y, quizá, con cierto tino.

No siempre el idealismo es buen compañero de viaje. Más aún cuando en su tradición consta el mandato de ocultar los precios que impone la consecución del ideal y el entierro a oscuras de los pecios que quedan hundidos a su paso. Así ocurre con el ideal que ha sometido al agro ibérico, a sus ramblas, pedreras, vallejos, barrancos, manantiales, sendas de cabra o de buey (también las de cabestro), poblachos, villorrios y aldeas. Bajo las especies del progreso económico y de la rehabilitación moral et espiritual del campesino (a quien el urbanita cataloga como su más mortífero enemigo, pues por lo general lo pone frente al espejo de sus necias complicaciones y sus vanas altanerías), el campo, como advertía Ortega, se ha convertido en poco más que en un locus amoenus infantil y aburguesado, desprovisto a punta de cizalla moral de todo rastro de misterio, cercenado hasta lo imposible de riesgo y resistencia, adecentado para poco más que el paseo de esa especie de hombre de hoy que ante todo cuida de su alma de funcionario. Esto, que suena a cascada un tanto ruidosa, lo ilustra un simple vistazo a la plaza Mayor de cualquier pueblecito castellano, levantino, extremeño, e incluso una visita a las Hurdes, región donde Buñuel, de vivir hoy, acudiría no a grabar sino a saciar su estómago y su sed prodigiosa en algún restaurant de cincuenta euros el plato.

Ya lo apuntó Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, en su novela “El rompimiento de gloria”, y también el asunto consta en otras, “Campo de víboras” o “La tierra del grajo”: La naturaleza “democratizada” prohíbe la hierofanía, desinfecta el misterio y dispone el peligro como excusa para su propia aniquilación. El resultado está a la vista: donde antes hubo campo hoy sólo queda jardín, convenientemente señalizado para la tranquilidad del burgués (del revolucionario) y del idealista (que sacrifica la naturaleza por el ideal de la naturaleza), con vistas y senderos dispuestos por el Estado regulados por policías (“monitores”, perdón por el palabro) y por organizaciones paragubernamentales que persiguen al paseante solitario. En suma, el hombre de hoy, tan altivo en su ansia de progreso e ideal, detesta al campo, y sólo lo transita si antes convierte veredas y barrancos en el paseo marítimo de Benidorm.

Tras semejante escabechina, pues ya no queda parcela rural en España que no haya inclinado la cerviz ni campesino que no deteste la soledad del monte, uno ve con renovado asombro cómo las voces de nuestros más notables se alzan orgullosas de haber enterrado al paleto ibérico y de haberlo vestido de mona, quiero decir, de cursi urbanita (contingente inmenso formado mayormente por legiones de quiero-y-no-puedo en perpetua exhibición de una supuesta superioridad moral derivada de su condición progresista, de cuyo cuerpo destacan lo que Nietzsche llamaba sacerdotes ascéticos¸ a saber, jetas más o menos ilustrados de toda laya y condición que se autoproclaman párrocos de la masa), y todo para que éste les reciba en lo que un día fue la casa de sus abuelos y ahora es un hotelito equipado con wifi¸ chef de postres, piscina, tumbonas estilo pub de Ibiza, canasta de basket para despachar a los críos a la hora del revolcón (quiero decir, de la merecida siesta tras cinco duras medias jornadas en la Consejería o en el Ayuntamiento), chalecos reflectantes, mountain bikes de alquiler y no menos de diez carteles subvencionados de plástico biodegradable que tapan la vista y ordenan el paseo.

Se me dirá que el campo se moría y que era cosa de urbanización o muerte, y uno responderá que bien podrían haber tomado el camino de la agricultura y la ganadería en lugar de caer por el turismo, ya que tanto les gustan las berzas y las mascotas. Lo cierto es que las tareas que aconseja Virgilio

uncir la vid al olmo, y qué cuidado
nos merezca el rebaño y el ganado
como también la diligente abeja,

que en castellano rudo se dice labrar de sol a sol u ordeñar la gruesa teta de la vaca, ya nadie las practica por el gusto de hacerlas, y, de verse forzado, tan sólo si consta por escrito la seguridad de una subvención. Se nos dirá que siempre estarán Constable o Pla como lugares intermedios, y responderá uno que no. El paisaje de Constable tiene su sitio su lugar, que no es otro que Inglaterra, y el de Pla, los minifundios catalanes, tan ordenados y productivos. Y no es que uno desprecie estos sabios consejos. Al contrario, Dios quiera que un día una porción del agro ibérico adquiera parte del impulso de utilidad y de belleza que ambos autores entrevieron en óleos y en ensayos, pero bien hará ese Numen tutelar que hoy se esconde en simas y encinadas (huyendo del grupo excursionista vestido de chaleco radiactivo, del animoso ciclista que lo mira todo sin ver nada, de la horda budista que ensucia el pinar esparciendo su Nada) en ponerle barrera a su ideal y en apartar lo más hondo de la sierra para sí. Dios quiera que los cuervos preserven su seno calcáreo o granítico y los grajos sus dominios de karts y berrocal para que allí sigan reinando la muerte y el misterio (la pudrición otoñal, el relámpago destructor, los consejos de hongos, las guerras del clanes de los lobos); todo para que un día lejano, junto a una cuerna de cabra, un excursionista perdido y desesperado encuentre allí la reseca calavera de unos huesos que todavía vistan el emblema raído de un piolet.

Y también para que este viejo cascarrabias pueda un día volver a pasear por las umbrías silenciosas y frías donde, estoy seguro, todavía caben sus huesos a poco que en el monte se hagan de nuevo el silencio y la soledad.

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 27 de Noviembre de 2018

 

turismo rural pijos pijos

Satanás o el olvido

Hay un campo de almendros no lejos de aquí que nunca será valle de nada, y menos de caídos, que todavía guarda los huesos insepultos de unos cuantos fusilados. Pocos saben dónde está, y como su historia la han prohibido, los muertos que allí ejecutaron seguirán durmiendo en paz sin que ningún miserable los excave para exhibirlos como cobarde signo de victoria tardía. ¿De qué bando eran? Mezclados: algún republicano de feble mentalidad comunista, que así se ganó la bala en la nuca; un par de falangistas de ocasión, de esos a los que el devenir de las campañas dejó en un lado como pudo dejar en otro; unos pocos sin parte ni filiación que defendieron una iglesia de la quema, y entre ellos un paisano más bien seco de modales y casi mudo que estando allí de pie, esperando el tiro entre burlas gruesas y escupitajos en la cara, sólo acertaba a pensar en el hambre que esperaba a su familia tras su muerte. Ejecutados los de su izquierda, y antes de que le llegara el turno, para dentro de sí maldijo todo el aceite de estraperlo que esos hideputas le habían requisado en los últimos dos años. Tanto como los cabrones de enfrente.

Fue así que dos haces de luz amarilla y polvorienta cortaron las siluetas negras de los almendros, seguidos de un jeep destartalado en el que un mando local venia montado fumando un apestoso caliqueño. Finalizada la inspección de los cadáveres se llegó al paisano y le dijo al cabo ejecutor: “A este me lo dejas vivo que el muy perro cava pozos de puta madre, y de la huerta sabe un rato. Me lo mandas para casa. ¡Eh, Antonio, mira qué suerte has tenido!”

Antonio murió de un lento cáncer pocos años después, ya terminada la guerra. Se sentaba en una silla de mimbre al borde de la acequia del Gualeró, donde pasaba las tardes mirando la bajada de las aguas cuando el alguacil levantaba los partidores. Una de las últimas cosas que dijo mi abuelo fue esta: “Carmencita, no vayas nunca al campo de almendros, y si vas, santíguate todo el rato hasta que pases de largo. Con el cagao ese del capitán ya hablaré yo dentro de poco allá arriba, y lo que le voy a decir es mejor que no lo oigas. Pero que le estuve meando en el pozo un año entero te lo juro por estas”.

Lo que Carmencita no supo, porque nunca se lo dijo Antonio (aunque sí a su hijo, que ya acabada la guerra había heredado la servidumbre en la casona del capitán, para entonces metido en el textil, acumulando fortuna protegido por el apellido familiar y por una agenda a prueba de bandos), es que una noche tranquila de verano, pasada una estación desde aquella madrugada en la fila de los muertos, mi abuelo se coló en el dormitorio del señorito con un martillo de pelar almendra, y que detenido al borde de la cama donde dormía el capitán republicano estuvo allí de pie, escuchando el canto lejano de un mochuelo, pensando si abrirle la cabeza como se merecía o si dejarle el juicio a Dios.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

En Alicante, a 11 de Septiembre de 2018.

hombre y y piedra

Cazar a Leviatán

Para presentar este libro, empezaría por decir que “nos llena de orgullo y satisfacción” que Julia Escobar, dama Caballero de las Artes y las Letras de la República de Francia, traductora, escritora y periodista, firme el prólogo, pues constituye una gran alegría. Cabe seguir a continuación por esta senda de montaña:

Vivimos tiempos agitados. Todo se conduce hoy bajo el sello de una movilización circumplanetaria en la que las ideologías se presentan como meras máscaras mortuorias, con su repertorio de avalorios de canje y su lenguaje prestado de un pasado en el que apenas sobreviven los restos de sus fracasos. Sometida a las marejadas de todas las fuerzas, que por primera vez y desde la Revolución Francesa operan en un mismo sentido, la persona singular se enfrenta al dilema, expresado en términos carcelarios, de adherirse a la movilización a cambio de réditos fantasmales, o emboscarse. El conservador o el moderado se exponen a canjes imposibles entre los pecios del ayer y las promesas de paraísos terrenales de hoy. El sosiego lo turba el murmullo incesante de la turba, el paisaje lo acastillan postes con advertencias y calaveras, el demos muestra cada día un poco más su naturaleza brutal.

Pero no cabe desesperar. Toda batalla perdida de antemano ofrece la ventaja táctica de un enorme ahorro de fuerzas que cada cual podrá invertir en sí; en un sí señalado por el Estado, paradójicamente, como la tumba del ser. Dejemos pues que las ideologías prosigan su labor, la ornamentación funeraria del planeta; que el amanerado cortejo de la Nada exhiba su pompa fúnebre; que Leviatán, en suma, reine mil años en un Reich demoníaco, y aprestémonos en cambio a pensar, como advierte el Marqués de Tamarón, que no hay belleza que no irradie del cuadro de San Jerónimo.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 27 de Julio de 2018

en Alicante.

Disponible aquí.

Cazar a Leviatán - José Antonio Martínez Climent 2018

 

Reseña a Entre líneas y a contracorriente. Bitácora 2008-2018, de Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón.

Lo que hoy nos convoca es la publicación de un libro, asunto (casi) siempre gozoso. Más aún porque además de un libro, resulta que éste es una bitácora. Lo que ha hecho Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, no ha sido escribir ex novo para la ocasión, sino verter su bitácora virtual (es decir, insustancial; no por falta de interés, sino por estar hecha de unos pocos orbitales cuánticos, vacuos como todo lo electrónico por muy llamativo y útil que resulte) en un libro contundente de presencia y elegante de factura, nada insustancial. Y en eso tienen no poco mérito amigos discretos y diligentes, como Shenai Martínez y Chimo Soler, que han participado en la edición con la misma competencia con la que el demiurgo platónico resolvió la hechura de todas las cosas.

A la sazón. Bitácora es el diario que lleva el marinero y que guarda en la bitácora. Dirán que es paradoja que alguien de tierra adentro escriba una derrota marítima en lugar de un dietario serrano, aunque discrepo: cartas de marino tiene el autor por haber servido en un barco, y no precisamente al modo inconsolable del gaviero Maqroll o con la solitaria amargura de Nemo; diría que antes bien con algo de la finura estilizada y polaca de Conrad, por mucho que Santiago sea andaluz. Y no vean adulación en estas consideraciones personales, pues hoy rige el propósito de probar que, en Tamarón, persona y obra son uno. No dirán que tal rareza en las letras patrias no merece el esfuerzo.

Bitácora casa con el hábito anotador de quien caminado va viendo el mundo y lo reseña en su cuaderno. Decía George Steiner que anotar es mostrar respeto a lo leído, y uno añade que también a lo vivido, que también es lo navegado. La bitácora bien empernada contiene un compás magnético suspendido mediante un cardán que contrarresta el sincronismo transversal y longitudinal del buque. Ahí es nada. Más aún, en su exterior está la línea de fe, que debe estar ajustada con el centro del barco o línea de crujía. Por si ésta fuera poca lucha contra las seducciones del mundo, que a todo trance buscan desviar el rumbo del navegante, en su interior se colocan imanes para contrarrestar el campo magnético terrestre, fuerza tremebunda, y a ambos costados habrá sendas esferas de hierro dulce para anular la desviación causada por el hierro de la propia nave. Sólo tomando semejantes precauciones estará seguro el capitán de que la aguja náutica señalará en todo momento el Norte magnético.

El Norte magnético de Tamarón bien podría ser la belleza, y las agujas que la señalan son varias: la erudición sabiamente administrada, una justa reacción, los modales perfectos, una cierta condición de heresiarca comedido, un elegante estoicismo y un sutil pesimismo, de esa especie rara que sólo está en el corazón de las personas de natural alegre. Con tales instrumentos preciosos va componiendo su hoja de servicios y escribiendo su bitácora, que es otra forma de decir “que cumple con su carta de marear”. No busque más el lector en materia de navegación santiaguina, aunque lo hay; con ello tendrá suficiente para ocupar años enteros siguiendo las muchas pistas que sobre lo bello y sus derivaciones va dejando en sus páginas, así como material para fortificar los límites de su propia reacción a un mundo cada vez menos atractivo y más abiertamente hostil a lo singular y a lo cultivado.

Item más. Como buen liberal reaccionario, Tamarón está dotado para el mirar venatorio que describe Ortega como condición de un pensamiento cabal y como guía en la escritura. Ahí donde lo ven, tan alto y como distraído (y en eso verá alguno el sello british que dicen que lo adorna), yo afirmo que lo ve todo. Ya en cierta ocasión de sobremesa tuvo uno la certeza de que por esos ojillos apuntados y coquetos no cesaba de entrar en ordenada sucesión todo aquello que uno era, todo aquello que uno decía, y hasta lo que callaba por torpeza. El propio orgullo de cazador con los ojos quedó ese día rebajado por el de un cazador más potente. Y como buen venator, el Marqués guarda memoria de todos los rastros, de todas la veredas, de los altos oteaderos, de los aguardos mejores, así como lo hace el gaviero desde el castillete de su palo mayor, descifrando con su vista acostumbrada corrientes, vientos, meteoros, surtidores, remolinos, olas, fosas y puntas de arrecife.

Quede claro: la bitácora es prerrogativa náutica del capitán. En ella apunta lo extraordinario y lo reglado, todo lo que es de orden para la buena guía del barco. Así hay registros en este grueso cuaderno tripartito que son fuegos de San Telmo por su brillo hermoso y fugaz; los hay irónicos, mas no de esa ironía moderna que antes bien es sarcasmo y crueldad ideológica, sino finura intelectual, mordaz y elegante, puya fatal acertadísima y breve de alto diplomático que da un sorbo a su Martini con ginebra y que con su interdicto acaba de asegurarse la admiración secreta de todas las esposas de la reunión, tanto como el resquemor de sus picajosos maridos. También hay piezas sentidas, como cuando en forma de esquela despide a un amigo que lo fue por cercanía o por admiración de su obra; otros son anécdota, y por ello material de primera clase para el historiador sagaz, no para el estructuralista, miopón irredento; en otros arrecia el carácter, como cuando toca sancionar al pirómano ibérico, especie detestable y consentida. Componen al cabo estas notas y artículos no una frívola collazione de curiosidades eruditas, sino un canon que sólo al corto de miras le parecerá puramente personal, pues sin dejar de serlo tienen virtud escolástica, aire de universitas, sazón de ecumene, todo eso de lo que en mala hora se desprendiera Europa para vaciarse en una cultura progresista tan altiva como pueril que ha reducido el conocimiento a la utilidad, el brillo de la Creación a la luz explosiva del Big Bang, el localismo cosmopolita al nacionalismo, la erudición a la inane curiosidad científica, la literatura a la indignada servidumbre ideológica. Disfrute así el lector de las reflexiones de un capitán calmo, sereno, solitario en su camarote y hasta un poco melancólico (lo justo para que la nostalgia no devenga lacrimante, cual es vicio de mal escritor), y hágase la muy marinera estampa de un don un tanto conrradiano posando para el retrato bajo unas velas bien cazadas, firmes de escota, altivas de porte, desplegadas para recibir el viento.

Y dígase esto con urgencia: a pesar de la saturación intelectual y exigente que nutre la obra, presentada siempre con un goliardesco toque pagano, no podrá el crítico acusar a este libro de rancio o de plomizo, pues a la fresca densidad erudita de los textos añade el autor la novedad editorial de ofrecer los escolios de quienes en su día leyeron los capítulos en la moderna pantalla de su ordenador, máquina que en verdad dejó de computar hace veinte años para ordenar la vida de todo el orbe. A fe que hay escolios de altura, pues amén de algún distraído bienintencionado, mayormente es gente educada y culta quien anota los textos.

Siendo así amena, y esta es la pega que le encuentro al libro, la lectura de Entre líneas y a contracorriente deja a su comprador del todo insatisfecho, como los cigarrillos a Oscar Wilde, porque después de leer sus 1.400 páginas nos queda la clara impresión de que lo que Tamarón ha dejado fuera es mucho más de lo que ha escrito. Quizá sea éste talento de escritor de fuste; apuntar al vuelo de un mirlo, a la forma de una nube, a una debilidad conceptual en Hegel, dar en la diana como distraído, y dejar así la certidumbre de que nos encontramos ante un formidable tirador que por modestia y por modales no desea exhibir toda su potencia de fuego. En esto se diferencia Tamarón del ensayista moderno, que descarga en dos párrafos o en dos páginas todo aquello de lo que es capaz en punto a intelecto y reservas de pólvora, cayendo sin darse cuenta en el fondo oscuro del peor estilo, presa de soberano engolamiento. Y esto hila con esto otro que ahora digo. No sé dónde leí, o sí lo sé pero lo callo, que Santiago de Mora-Figueroa era un cínico y un mal diplomático, y por ende un mal escritor, porque se entregaba con demasiada propensión al estilo y no tanto a la función. ¡Qué craso error de juicio! ¡Qué escasez y qué cortedad! “¡Qué melonar!”, que decía Baroja. Inazō Nitobe, japonés de temple british y diplomático al servicio del Sol Naciente allá por el cambio del pasado siglo, tuvo el acierto de cifrar, también en un bello libro, que la virtud diplomática coincide con la del buen escritor, y que ésta no es otra que acumular fuerza en la santabárbara del estilo. Una alta hechura administrada con soberana contención y deliberada reserva no sólo ahorra dispendios bélicos sino que predispone al enemigo (y, desengáñense; el lector es el enemigo jurado de todo libro) a moderar su ímpetu atacante ante la sospecha de que lo que hay tras la apostura es una vis aniquiladora en todo superior a la propia. El estilo deviene así una economía de fuerzas, un ahorro de moneda, acumulación de un capital que en cuestión diplomática, y por ende en la escritura, no es otro que dignidad. Un hombre digno es un hombre poderoso. Un libro de alto estilo es pura potencia contenida, y Rilke ya lo dijo, que aquello que es más potente podría hacernos perecer por su mero existir.

Mas descuide el lector de esta reseña. La lectura de Entre líneas y a contracorriente no producirá más bajas que las debidas al prejuicio contra el estilo tan propio de estos tiempos. No sé si causará más filiaciones a los altos motivos que en él se tratan (desde la pertinencia de una rima hasta el incendio devastador; de la virtud de la polifonía a la separación entre cursilería y paletez), pero afirmo que ante la sosa gravitas que lastra a los escritores de hoy, leer a Tamarón supone un alivio de primer orden, lustración tras la ardua jornada en un mundo decantado hacia la fealdad, escorado e incapaz de navegar de bolina cuando el viento no caza las velas. Digo alivio a conciencia, no por componer una figura retórica: toda belleza consuela, y dado que nadie en la República de las Letras Españolas (que paradójicamente componen la suma de esos monarcas absolutos que son los escritores) la desea en su obra por no verse acusado de elitista, celebremos la publicación de este libro por lo que és: un codex pulchritudinis.

Sí; hay en él un cierto ánimo escurialense, un hábito benedictino, una propensión de cartuja, un humor jerónimo, un deseo de claustro y a la vez un soberano alabar las maravillas materiales extramuros que, salvo para el marxista irredento, también son las del espíritu. No vean aquí herejía ni mucho menos panteísmo. Uno cree que se puede ser pagano siendo cristiano; en confidencia, diría que es algo natural. Por eso, a modo de ensueño literario, componiendo un cuadro entre realista y de Tiziano que nace desde hondo, a veces se imagina uno en lo borroso de una siesta al Marqués de Tamarón departiendo con ese otro formidable cazador que fue Nicolás Gómez Dávila. Están ambos al fondo, de pie, apoyados en un carro tirado por bestias y, delante, hombres con armas preparan y mueven bultos pesados, animados por los preparativos de la columna. Pronto lo sabemos: es la expedición de caza con la que concluye uno de los mejores libros que leerse puedan; Eumeswill, de Ernst Jünger. El hechizo de la inminente partida ha ensanchado el mundo. El sol brilla en el cenit de un cielo claro, la brisa sacude las camisas entreabiertas y las banderolas del campamento que se levanta. Dávila y Tamarón departen animadamente, de vez en cuando dan alguna orden que se cumple de inmediato y con vigor. Lían una picadura mordiente, alzan la mano de visera, secan el ligero calor del medio día que humedece las frentes. Si pudiéramos oírles, pero no podemos,  sabríamos que mientan la abundancia de tal o cual planta ruderal vista en el margen de la senda; que inscrito en el vuelo alto del milano hay una promesa de calor y de carroñas; acotan ahora a Heidegger, que no podía ser tan nihilista como presumía de serlo si vivía en un gran bosque, y de seguidas matizan una rima gongorina con un asonante inédito y feliz. Y así nos alejamos, pues la hora de nuestra expedición todavía no ha llegado. Hemos de partir, más no es nuestra hora de cazar. Para no olvidar la forma de la felicidad futura volvemos la vista, pero ya no los vemos, mezclados entre sus hombres fieles. Quién sabe si un día seremos nosotros tan altivos monteros, o tan afortunados peones.

 

Fdo:

José Antonio Martínez Climent

A 5 de Abril de 2018

en Alicante.

Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón

Santiago de Mora-Figueroa y Williams, Marqués de Tamarón, diplomático y escritor.

Entre lineas y a contracorriente.- Marqués de Tamarón.- Santiago de Mora-Figueroa

Portada de ENTRE LÍNEAS Y A CONTRACORRIENTE, Vol.I.

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ENLACES DE INTERÉS:

Entre líneas y a contracorriente, Volúmen I, II y III en Amazón.

Libros de Santiago de Mora-Figueroa

Bitácora del Marqués de Tamarón, reabierta en la primavera de 2018.

Vídeo: resumen de la presentación en la Escuela Diplomática

 

Tamaron ed

El Marqués de Tamarón durante la presentación, y en la firma de libros que siguió, el día 4 de Abril en la Escuela Diplomática de Madrid (© Escuela Diplomática, imágenes extraídas del vídeo).

Tamaron ed 2

 

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